padre canoManuel Martínez Cano, mCR.

La hermana de un párroco decía que no entendía a las mujeres que aspiran a ser iguales a los hombres. Las mujeres –afirmaba– siempre hemos sido superiores a los hombres. Dicho está. Pero sabía lo que decía. La mujer tiene la misma dignidad que el hombre y virtudes propias. Santa Teresita de Jesús confesaba: “la obra más grande que ha hecho Dios es el corazón de una madre”. Tal como suena. También de la madre espiritual, la Esposa de Cristo, las religiosas y monjas.

Resulta infantil que se hable y escriba tanto de la presencia de la mujer en la Iglesia, como si acabara de ser fundada. Dos mil años de historia, son muchos años. Y la historia de la Iglesia está repleta de extraordinarias mujeres, de mujeres insuperables. La mujer católica ha estado siempre en primera fila en la Iglesia. Todos los santos y santas, han tenido una madre. Y el corazón de una madre es lo más hermoso que ha hecho Dios.

Santa Teresa Benedicta de la Cruz afirma que no hay vocación más grande que ser Esposa de Cristo. Millones de mujeres han sido y son elevadas a este sublime estado religioso. No hay mayor dignidad que ser digna Esposa del Señor.

Las mujeres siempre han estado en primera línea en la Iglesia de Cristo, en las trincheras de Dios. Son innumerables las santas y mártires de la Iglesia, las fundadoras de órdenes y congregaciones de monjas y religiosas. Las abadesas, prioras, superioras generales, misioneras. Se ha dicho que ningún hombre merece ser sacerdote, pero sí que muchas mujeres han merecido ser madres de un sacerdote.

Todos los apóstoles abandonaron a Jesús en el Calvario. San Juan volvió después. Sólo varias mujeres estuvieron firmes al pie de la Cruz del Señor, junto a María Santísima. Sublime ideal, mujeres. Mujeres como os quiere María Santísima, como os quiere Jesús en la Cruz y en la Eucaristía: Santa Maravillas de Jesús, Santa Teresa Jornet…

Esas fantasmas de toca y vaqueros que pasean por los medios de comunicación son otra historia. Son las mundanas que, dentro de pocos días rendirán cuentas de sus vidas, ante el Supremo Tribunal de Cristo.

Recemos todos por todos, que el infierno es eterno.