Obispo José Guerra Campos (8)

ORACIÓN FÚNEBRE

– MAESTRO DE CIENCIA Y VIRTUD.

Excelentísimo y Reverendísimo Señor Nuncio Apostólico de Su Santidad, Excelentísimos Señores Arzobispo Metropolitano y Obispo de la Diócesis, queridos hermanos en el Episcopado, Excelentísimo Cabildo de la Catedral de Cuenca, queridos sacerdotes, personas de vida consagrada a Dios, queridos hermanos todos; querido Presidente de La Junta Autonómica de Castilla-La Mancha y Excelentísimas Autoridades que le acompañáis:

Yo me encuentro profundamente abatido; pero no sin esperanza. El abatimiento tiene sus raíces en la flaqueza de la condición humana. Yo era muy amigo de Monseñor Guerra Campos; casi un hermano. Y él era para mí, como para tantos, un maestro de ciencia y de virtud. Y cuando se dan estos dos valores unidos es muy fácil que la ciencia se convierta en sabiduría, que es distinto, y es muy fácil que la virtud venga a ser como una oblación generosa y continua de lo mejor que uno tiene para los demás; y los demás son todos.

Espero que no revelo ninguna cosa indiscreta si refiero ahora algo que pertenece a la intimidad religiosa y sagrada, pero que tampoco tiene ninguna significación de voluntarismo afanoso de llamar la atención. Yo era obispo de Astorga hace muchos años y tenía tierras de Galicia en aquella diócesis pertenecían a Astorga. El Señor Nuncio, Monseñor Ribieri, hubo de venir a la diócesis de Astorga para inaugurar unos colegios que habíamos logrado poner en marcha en aquellas tierras pobres, a las que había que enseñar a pescar más que darles pez por alimento. Y antes de llegar a Astorga, avisó que se detenía en Samos, y luego ya supe por alguien que le acompañaba que su moratoria en Samos obedecía a que había llamado al Cardenal Quiroga, de Santiago de Compostela, para que viniese a entrevistarse con él en Samos; pero le había dicho: Que venga con usted un canónigo del que, según me han informado todos, todo lo hace pronto y bien; un canónigo que se llama José Guerra Campos. Y vino con Monseñor Quiroga a Samos. Y el Sr. Nuncio le conoció por las diversas conversaciones que tuvieron. Y como era tan profundo como un pozo sin fin, y tan agudo como un cuchillo cortante, y tan sencillo como el canto de un niño, como era tan bueno -empleando la palabra “bueno” en toda la grandeza que da el idioma castellano a esta palabra- Guerra Campos, sin pretenderlo, dejó traslucir lo que era. Al poco tiempo era nombrado obispo y también otro, oriundo de Galicia, Maximino; uno para trabajar en la Acción Católica, el otro para moverse en los ambientes universitarios. Pero pronto, D. José Guerra rompió los muros que podían recluirle en ese campo múltiple del apostolado seglar y, sin abandonarlo, fue secretario de la Conferencia Episcopal.

– MAESTRO DE LOS OBISPOS ESPAÑOLES.

¡Oh, ¡Dios mío, qué años! ¡Cuánta turbulencia innecesaria! ¡Qué pobreza la de todos para interpretar un Concilio al que habíamos asistido los que entonces éramos, casi todos, a todas las sesiones! ¡Qué pobreza para interpretar un Concilio que con buena voluntad dejaba abiertas sus páginas para el que quisiera poner sobre ellas los ojos limpios del amor y del respeto a la Iglesia! Y Guerra Campos supo hacerlo así. Él no se turbó. ¿Cómo se iba a turbar el que estuvo actuando como perito de la Conferencia Episcopal Española en Roma durante el Concilio y que nos daba conferencias a los obispos sobre los temas que teníamos entre manos? Él nos exponía esta tarde, por ejemplo, y se declaraba a favor de la colegialidad; mañana nos convocaba para exponer la tesis contraria y nos decía: Ahora, discurran ustedes, obren libremente. Ustedes son los obispos. Así, en las cuestiones más difíciles que pudieran presentarse.

Por eso me siento hoy particularmente abatido, pero no sin esperanza. La tengo muy grande porque este grano de trigo sepultado ahora en esta catedral dará frutos, dará muchos frutos, en todos los sentidos.

– PIADOSO Y VALIENTE.

Monseñor Guerra Campos era y ha sido pobre, muy pobre, hasta el final. Ha sido mortificado como un monje medieval que no tuviera más que una cabaña para poder albergarse en medio de la noche. Ha sido caritativo con todos. No ha replicado nunca a las ofensas que se le han hecho. Se movió en ciertos detalles de los que dio explicación a quien, situado en la altura de la Iglesia, podía recibir explicaciones de quien estaba siempre dispuesto a darlas. Era piadoso, piadoso como un jovencito lleno de pudor, y candoroso. Era valiente. Había luchado en los frentes porque su conciencia se lo pidió en aquella hora triste de España en que tantos hombres también tuvieron que hacer una opción porque eran libres para hacerla, aunque fueran equivocados, unos u otros, los que fuesen. Luchó, y luchó creyendo que cumplía con un deber.

Cuando por fin fue destinado a regir una diócesis, aquí vino, a ésta de Cuenca, ilustre, de la que yo decía al sacerdote conquense que me acompañaba para llegar hasta la Sede y no entorpecer con mi paso lento la marcha de la comitiva, yo le decía, esto es una fortaleza que (seguramente gran parte de ella al menos) fue reconquistada a los moros en aquellas épocas de otras luchas y otros dolores y perturbaciones en que también se mezclaba lo civil y lo religioso, como tantas veces se ha mezclado, no sólo dentro del orden cristiano, sino en países de otras culturas y de otras religiones. ¿Por qué? Pues porque de alguna manera lo pide la naturaleza humana. Es un esfuerzo constante el que hay que hacer para deslindar los campos, como el que está haciendo la Iglesia hoy. La Iglesia española no quiere mezclarse para nada en asuntos políticos, pero sí pide en nombre del pueblo y en nombre de Cristo que por parte de quienes tienen el poder y la autoridad se den pasos para clarificar lo que está oscuro y puedan tomarse decisiones en cuanto a la enseñanza religiosa y el apoyo a los que han de ofrecerla, decisiones que el pueblo mismo reclama con esos abrumadores sesenta, setenta, incluso noventa por ciento que piden enseñanza religiosa para sus hijos. En ese sentido es en el que digo que muchas veces tienen que aparecer, no mezclados, pero si examinándose unos a otros para ver quién cumple mejor con su deber.

– HUMILDE Y SABIO.

Guerra Campos era un talento privilegiado. Yo recuerdo también aquella época en que explicábamos la religión en las universidades españolas diversos sacerdotes. Guerra Campos es de quien se hablaba más por la brillantez de sus exposiciones en Compostela y en el Seminario. Y le recuerdo aún en otro congreso de Perfección y Apostolado que se celebró bajo la dirección del Cardenal Arraona, y Guerra Campos atrajo hacia sí, del número copioso y abundante de sacerdotes de España que se habían reunido, atrajo al mayor número porque todos queríamos escucharle. Y él se sentía confundido y cada vez más humilde, casi humillado, porque no se sentía merecedor de una distinción tan relevante como la que se le ofrecía en aquellas Jornadas que tuvimos durante una semana en Madrid. Le recuerdo después de tantos trabajos y gestiones suyas en la secretarla del Episcopado Español.

Monseñor Guerra Campos… Pero no sin esperanza, he dicho; abatido sí, pero no sin esperanza. Yo quisiera poder imitarte en aquello que pueda ser fruto de una decisión cristiana afanosa de seguir tu camino y tus virtudes, ya que no podría imponerme el deseo de lograr una imitación de otras excelsas cualidades. No sin esperanza, porque me acuerdo de las palabras de San Pablo: Si vivimos, vivimos para el Señor. Si morimos, morimos para el Señor. Para el Señor vivimos y para el Señor hemos de morir. Y esas palabras consuelan, como estas otras, también de San Pablo: Por el bautismo habéis muerto con Jesucristo, y el que muere con Jesucristo resucitará con Jesucristo también.

Porque muere con el mismo Cristo, pero no para quedarse en un sepulcro; muere también para resucitar, y así es que el mismo Jesucristo, hablando en algunas ocasiones a quienes acudían a Él, bien el pueblo ignorante y afanoso de escuchar una palabra de luz, o bien algunos amigos como los de la familia de Marta y María cuando acudían a Él buscando consuelo, y Cristo quería consolarles y decirle a Marta si creía en la resurrección. Ella contestó: Creo que Tú eres el Mesías, Hijo de Dios, y Jesús continuó hasta el sepulcro y dijo: Lázaro, sal afuera; pero antes había dicho: Yo soy la Resurrección y la Vida. De manera que confirmaba con esas expresiones de aplicabilidad inmediata a la persona que lo escucha o que ha de meditarlo después, expresiones rotundas en que hablaba de Sí mismo, como cuando dijo: Yo soy el Buen Pastor. O cuando al apóstol atrevido, no por ningún afán de llamar la atención sino por un mayor temperamento expresivo, Tomás, cuando está hablando con los apóstoles y les dice Jesús: Hermanos -les dijo- fijaos, que os conviene que yo me vaya porque yo me voy para prepararos la estancia allí; allí hay muchas estancias, pero volveré, volveré y os recogeré a vosotros para llevaros conmigo al Cielo, donde hay muchas estancias. Así, vosotros, preparad el camino. Y entonces, Tomás le dijo: Pero, Señor, ¿cómo vamos a preparar el camino si no sabemos bien a dónde vas? Y Jesús se quedó mirándole y dijo otra frase de aplicabilidad a cada perso­na: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.

Como cuando habló del Pan de Vida de tal manera que las gentes, el pueblo, le decía: Señor, danos siempre de ese pan, y Él, Jesús, dijo: Yo soy el Pan de Vida, el que come mi Carne no morirá para siempre, el que bebe mi Sangre no tendrá sed jamás.

– PASTOR MODÉLICO.

Éste era el Evangelio en que se movía el obispo José Guerra Campos. Sin horarios, dispuesto a recibir a los sacerdotes y a cualquiera que viniera, aunque fuesen las cinco de la tarde y no hubiera comido todavía un bocado de pan; que recorrió la diócesis constantemente, y predicó. ¡Oh, si se pudieran recoger todas sus predicaciones; las que dejó aquí sembradas, en esta noble tierra de Cuenca! Sus reflexiones teológicas, sus aplicaciones pastorales, su cariño a los pobres y a los niños, su templanza, su moderación en relación con los sacerdotes, su deseo de hacer el bien. Nunca se enfadó o muy raras veces, y cuidado que es difícil dado lo que somos los hombres que, rigiendo una diócesis en la cual tantas veces hay que emplear las armas de la caridad, tan difíciles de usar; cuidado que es difícil emplearlas constantemente y hacer que los que están con él discutiendo cualquier problema que pueda afectarles, salgan de entrevistarse con él llenos de unción religiosa y de cariño y venerabilidad hacia el prelado que les ha recibido. Pero así era Don José. Y cuando en la Conferencia Episcopal adoptó algunas determinaciones, que no me corresponde a mí juzgar, él siguió caminando, dio alguna explicación, la que le pidieron los que podían pedírsela, pero no ofendió jamás, ni siquiera cuando aparecían en revistas y periódicos comentarios que mejor es que no hubieran existido.

– CUÍDANOS DESDE EL CIELO.

Descansa en paz, hermano querido. Yo fui indigno metropolitano tuyo. Nos reuníamos como Conferencia Regional, cuantas veces fuera necesario, los obispos de Castilla-La Mancha. Era él siempre el que llevaba la voz cantante, el que exponía con una lucidez extraordinaria los temas que teníamos que examinar, el que contaba con gracejo inimitable un chiste oportuno que nos hacía reír a todos. Siempre el mismo. Si se le pedía que esperase una hora más, no replicaba, esperaba lo que fuera necesario. Algún día le tocó venir con una nevada copiosa por estos caminos, desde Toledo a Cuenca. Cuando le insistíamos en que no viniera, que se quedara allí, nos miraba con cierta sonrisa, como no dando importancia a la cosa, y diciendo: Por el camino se puede rezar muy a gusto, y más todavía cuando ves caer la nieve. Adiós, hasta otro día. Y se ponía en marcha el único coche que le he visto utilizar por él durante todo el tiempo que ha estado.

Hermanos y hermano José Guerra Campos, inolvidable. Desde el Cielo cuida de tu grey y extiende un poco tu cuidado fraterno a todos nosotros, los que estamos aquí. A las autoridades civiles, también para que cumplan con su deber en tantas dificultades como se encuentran muchas veces, como ahora sucede en estos días tristes que hemos vivido, aunque se han iluminado con el resplandor de una reacción vigorosa que ha brotado de las piedras y de los ríos de España. Para ellos, logra la luz del Cielo, que sean hombres honrados y, si tienen fe, que sean cristianos también capaces de dar ejemplo. Y por tus sacerdotes, los muchos sacerdotes de Cuenca; de aquí han salido a muy diversos lugares los que llevarán sobre sí el sello de tu labor. Y por nosotros, los obispos, que aún estamos aquí. Deseamos que cuando nos llegue la hora, que ha de llegar, -y a algunos, lógicamente pensando por la edad que tenemos, no tardando mucho- alguien situado junto a nosotros nos diga despacito la frase de Pascal: Un cristiano, cuánto más un sacerdote, cuánto más un obispo, no muere sólo. Cristo está contigo. Cristo está contigo y tú resucitarás, vendrá la resurrección. Por el bautismo fuiste incorporado a la muerte de Cristo. Es San Pablo también el que habla. EI que ha muerto con Cristo incorporado a Él, resucita con Él, como resucitó Jesús. No puede dejar Él en la tierra muertos para siempre a los que por el bautismo fueron buscando su vida, la vida del mismo Cristo, de la cual han vivido mientras estuvieron en este mundo.

Deseamos cumplir con nuestros deberes tal y como los has cumplido tú. Que Dios nos ayude a todos.

Marcelo González Martín, Cardenal