Queridos Hermanos:

Hace tiempo que la nobilísima nación española se ofrece a los ojos del mundo y se atrae el afecto de fraterna compasión de los católicos, no tan sólo por la guerra cruel y tristísima que la desgarra, sino principalmente porque recoge palmas de virtud cristiana y laureles de martirio.

 

Nosotros, pues, los Obispos de las tres Provincias Canadienses, los de Quebec, Otawa y Marianópolis, al reunirnos hoy en Quebec, hemos leído con el corazón angustiado la Carta Colectiva que, a modo de común gemido, habéis enderezado a los Obispos de la Iglesia Universal. Inmensa es, estad seguros, nuestra compasión. Y con toda el alma os enviamos la expresión de ella, en nombre propio y en el de los fieles que nos están confiados; para Vosotros, para vuestra esclarecida patria y vuestra ley, tan amada y afligida.

 

Seguiremos, pues, con crecido fervor repitiendo las preces que ya se decían en las misas contra los perseguidos de la Iglesia y contra los que obran mal, fiados en la palabra divina de que el Señor, por amor a los elegidos, que Él se buscó, abreviará 1os días de tribulación y restaurará su paz en el Reino de Cristo.

 

En prueba de ello os escribimos. Y con el ósculo de paz nos ofrecemos devotísimos hermanos vuestros en la Religión y en el afecto del común cargo.

 

Québec, 28 de septiembre de 1937.

 

Por los Arzobispos y Obispos de las tres Provincias, los de Québec, Marianópolis y Otawa, J. M. Rodrigo, Cardenal Villeneuve, Arzobispo de Quebec.