Franco Caudillo por la gracia de Dios

Pedro Carlos González Cuevas

Francisco Franco - Besando Jesús SacramentadoMuerto Sanjurjo en accidente de aviación, Franco se convirtió en el katechon deseado por las derechas españolas. Según parece, el propio Carl Schmitt reconoció al militar español como el katechon que logró derrotar a la revolución en la guerra civil española. Desde los inicios de la sublevación, una Junta de Defensa comenzó a actuar como gobierno en ciernes. En una reunión de la Junta, se propuso a Franco como titular del nuevo mando, que apareció como “Jefe del Gobierno español” y “Generalísimo de las Fuerzas Nacionales de Tierra, Mar y Aire”. En un primer momento, no estuvo claro el modelo de régimen político gestado en la zona dominada por los rebeldes. Según Franco, oscilaba entre el italiano y el portugués.

Pronto Franco logró convertirse en el auténtico árbitro de la situación y decidió unificar al conjunto de las fuerzas políticas concurrentes en el alzamiento: monárquicos alfonsinos, tradicionalistas carlistas, falangistas, social-católicos, etc. Poco dado a las especulaciones ideológicas, Franco era consciente de que necesitaba un frente y una retaguardia perfectamente unidos. En el decreto de unificación, se daba por hecho que en España de se establecía un “régimen totalitario”. Su norma programática eran los 26 puntos de Falange. La nueva entidad política se denominaba movimiento, no partido. De hecho, lo que se establecía, siguiendo la tipología elaborada por Schmitt, era una dictadura soberana, en la que el dictador no se encontraba sometido, en principio, a ninguna norma previa, a causa de que la legitimidad que le acompañaba no era ab origine, sino quo ad exercitum, es decir, por su efectiva capacidad para alcanzar los fines propuestos, como era ganar la guerra. Así, el poder de Franco fue, desde el principio, inmenso, consiguiendo un grado de autonomía que resultaba extraordinario. El papel de su autoridad como “Caudillo” fue decisivo, Franco acertó a situarse por encima de las tendencias políticas concurrentes en el alzamiento y, gracias a su imagen de “Salvador de España”, le fue atribuida una personalidad carismática, de la que se aprovechó para afianzar su poder. Desde el principio, su carisma estuvo impregnado de un claro componente religioso. La fórmula “Caudillo por la gracia de Dios” no sólo era producto del propio contexto social, impregnado de instancias religiosas, sino de la propia situación en que hubo de perfilarse su liderazgo.

(Razón Española)

 

El Generalísimo Francisco Franco en este bloc

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Tiempos sombríos

Juan Manuel de Prada

Virgen María aplasta la cabeza del malignoLo denunciaba Julián Besteiro en una fecha tan lejana como junio de 1923: -Los regionalistas catalanes han venido a este Congreso en más de una ocasión a formular peticiones autonomistas y han cedido ante la concesión de ventajas económicas.

Esta acusación de cohecho que Besteiro lanzaba al gobierno conserva hoy toda su vigencia. Pues, en efecto, el procedimiento empleado durante las últimas décadas para aplacar al nacionalismo no ha sido otro sino la concesión de ventajas no sólo económicas, sino también otras formas de cohecho todavía más inmorales, como la entrega de competencias educativas. De este modo, los nacionalistas pudieron sembrar el odio en el pueblo catalán hasta convertir a varias generaciones en jenízaros del independentismo. Y esto no fue una labor clandestina: ocurrió a la vista de todos, con el beneplácito de gobernantes dimisionarios que ahora tienen la desvergüenza de posar de patriotas. Durante décadas, el nacionalismo se dedicó a exasperar a su conveniencia el odio contra España, mientras en Madrid favorecía la “gobernabilidad” (o sea, mientras su codicia sin límites se aprovechaba de los cohechos pactados con los sucesivos gobiernos de España). Pero, en este juego de doble personalidad, al nacionalismo acabó ocurriéndole lo mismo que al personaje de Stevenson que liberaba o reprimía su naturaleza más salvaje ingiriendo un bebedizo. Llegó un momento en que el nacionalismo ya no pudo controlar sus metamorfosis y dio rienda suelta a sus peores instintos. Pero esta conversión definitiva del nacionalismo en un monstruo insaciable no debe hacernos olvidar que el bebedizo que durante décadas ingirió se lo suministraron los sucesivos gobiernos de España.

Así se ha llegado a una triste jornada como la de ayer, en la que una proporción muy significativa de catalanes ha roto definitivamente amarras con España. A un caballo se le puede arrastrar hasta el río; pero no se le puede obligar a beber agua. Y hay muchos, muchísimos catalanes, sobre todo entre las nuevas generaciones, que ya nunca van a beber el agua que les brinde España, porque están convencidos que está envenenada. Además, en la jornada de ayer han conseguido el hito que necesitaban para crearse una mitología que galvanice su odio y lo convierta en una antorcha llameante, contemplada con admiración por el papanatismo mundial.

Mienten quienes afirman que esta situación puede arreglarse con “diálogo”. Pues el diálogo sólo es posible cuando existe una premisa común que las partes dialogantes aceptan y a partir de la cual pueden desarrollar razones que limen asperezas. Pero aquí no existe tal premisa compartida, sino dos premisas irreconciliables (unidad e independencia); por lo que el diálogo resulta imposible o, en todo caso, sólo podrá fundarse en el cambalache (esa milonga del “referéndum pactado”). Esta situación terrible sólo la podría arreglar un gobernante abnegado y valeroso, capaz de inmolarse sin mirar por el rabillo del ojo las encuestas, capaz de poner bálsamo en las heridas abiertas y de integrar en España la realidad distintiva de Cataluña, envenenada por siglos de errores que comenzaron con la abolición de los fueros y se han culminado con los sobornos de las últimas décadas. Pero ese gobernante no existe; y, si existiera, el clima corruptor de nuestra política lo ahogaría. De modo que nos aguardan tiempos sombríos; pues, como nos advertía Cervantes en el Persiles, los catalanes, cuando están pacíficos, son suaves; pero enojados son terribles.

(ABC, 2 de octubre de 2017)

Semillicas 164

Padre Cano, m.C.R.

San Felix de Valois* Uno cree lo que solo quiere creer. El infierno existe, lo ha dicho Dios.

* No basta la inteligencia para salvarse. Nos tenemos que convertir-vivir, como vivió Cristo.

* Para la mayoría, la democracia, es una superstición; para la minoría, que la cocina una artimaña.

* En la cruz, Jesús le dice al Padre: “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado”. ¡Para salvarnos!

* El demonio nos odia, quiere nuestro mal. No le hagamos caso. No hablemos con él. Ha llegado a engañar a santos.

* “El hombre emplea la hipocresía para engañarse a sí mismo, incluso más que para engañar a los otros”. ( Jaime Balmes).