El Beato Juan Pablo ll condenó el capitalismo salvaje que deja morir a millones de personas por falta de alimentos y ha hecho del asesinato de niños y niñas inocentes el mayor negocio de ese capitalismo salvaje.
El santo padre Francisco ha recordado varias veces las palabras evangélicas “no se puede servir a Dios y al dinero”, y ha manifestado que hay algo “en la actitud de amor hacia el dinero que nos aleja de Dios” y que “la codicia del dinero, de hecho, es la raíz de todos los males”. El mal está en la codicia, no en el dinero, que bien usado puede hacer mucho bien a las almas y a los cuerpos de tantos millones de pobres que hay en el mundo.
El Papa Francisco ha recordado la doctrina de San Ignacio de Loyola de las “dos banderas”, de sus ejercicios espirituales. El demonio tienta con “la riqueza para sentirse suficiente; la vanidad, para sentirse importante y al final, el orgullo, la soberbia: es precisamente su lenguaje, la soberbia”. San Ignacio enseña que debemos combatir la tentación de codicia de riquezas con la pobreza, la humildad y la sencillez de los hijos de Dios.
El capitalismo salvaje es un sistema político que tiene como centro la adoración del becerro de oro, el culto a un ídolo que se llama dinero. El papa Francisco ha dicho que “Este sistema sin ética, tiene un ídolo en el centro y se ha vuelto idólatra, manda el dinero y todo lo que sirve a este ídolo”
Dar limosna al necesitado no es un consejo evangélico, es un precepto, que ningún cristiano puede descuidar, según la medida de sus posibilidades. Es obligatorio ayudar al pobre que se encuentra en extrema necesidad hasta con los bienes propios que necesitamos. En las necesidades comunes de los indigentes tenemos la obligación de ayudar al prójimo con los bienes que no necesitamos.
Nos ayudará mucho a cumplir nuestras obligaciones de caridad para con los necesitados meditar el juicio final en San Mateo 25, 31-46: “Entonces dirá el Rey a los que están a su derecha: Venid benditos de mi Padre, tomad posesión del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer (v.34-35). Y dirá a los de la izquierda: Apartaos de mí malditos al fuego eterno, preparado para el diablo y según sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer (v.40-44) En verdad os digo que cuando dejasteis de hacerlo con uno de estos pequeñuelos, conmigo dejasteis de hacerlo (v.45)”.
P. Manuel Martínez Cano, m.C.R.
