14 -¿Otros Papas han hablado en términos semejantes?
-Los Papas siempre han predicado la verdad. Y, por tanto, han debido de recordar continuamente lo que San Pablo llama «apostasía universal». Y la historia camina hacia la presencia del Anticristo, en el que «el diablo le insufla su malicia de un modo eminente muy superior que a la de cualquier hombre», como enseña Santo Tomás.
Ese Anticristo, concentración de toda la maldad orgullosa y rebelde contra Dios, el «hijo de la perdición» (II Tes. 2,3), busca esta tiranía que privará de toda libertad a los que le siguen y llevará a la condenación eterna a muchos. Benedicto XV, en «Bonum sane», dibuja así este panorama: «En los deseos y la expectativa de cualquier desvergonzado se presenta como inminente la aparición de cierta República Universal de los hombres y la común posesión de bienes, y en la cual no habría diferencia alguna de nacionalidades ni se acataría la autoridad de los padres sobre los hijos, ni la del poder público sobre los ciudadanos, ni la de Dios sobre los hombres unidos en sociedad. Si esto se llevara a cabo no podría menos de haber una secuela de horrores espantosos; hoy día ya existe esto en una
no exigua parte de Europa que los experimenta y siente.
Ya vemos que se pretende producir esa misma situación en los demás pueblos; y que, por eso, ya existen aquí y allá grandes turbas revolucionarias porque las excitan el furor y la audacia de unos pocos» (25-VII- 1920).
15 -Así pues, ¿cuál es la alternativa social?
-No lo es el binomio capitalismo-comunismo. El capitalismo, engendrado por el liberalismo de la Revolución Francesa, ha sido un atajo hacia la descristianización de la sociedad, lo que ha dado paso al comunismo. Para un católico, ni el capitalismo liberal ni el comunismo son caminos. Ninguno de ellos es compatible con la civilización católica. Y, como dice San Pío X en «Notre charge apostolique», «no se edificará la ciudad de modo distinto de cómo Dios la ha edificado, no se edificará la sociedad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la ciudad nueva para edificar en las nubes. Ha existido y existe, es la civilización cristiana, es la ciudad católica». Y Juan XXIII, en la «Mater et Magistra», denuncia: «El aspecto más siniestramente típico de la época moderna se encuentra en la tentativa absurda de querer edificar un orden temporal sólido y fecundo fuera de Dios, único fundamento sobre el cual puede existir y querer proclamar la grandeza del hombre cortándolo de la fuente de la que brota esta grandeza y en la que se alimenta.» Y la actitud pastoral del Vaticano II, expresamente fue señalada por Pablo VI, en su clausura, el 7 de diciembre de 1965, como «determinada por las distancias y las rupturas ocurridas en los pasados siglos, en el siglo último, y en éste, particularmente entre la Iglesia y la civilización profana».
Todo el magisterio pontificio es concorde en fijar el liberalismo como causa de la separación de los hombres y de la sociedad, de su destino eterno y de su actuación pública. Los católicos no pueden caer en las mentiras liberales, ni en las soluciones falsas de las reacciones paganas, ni mucho menos en el marxismo. La luz sólo se encuentra en la fidelidad al Evangelio, a la vida cristiana y a la iluminación de la sociedad con la ley natural, y la experiencia histórica de los siglos cristianos. Entonces, hay que apuntar a lo que León XIII nos dice en la «Inmortale
Dei»: «Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba a los Estados… Organizada de este modo la sociedad, produjo un bienestar muy superior a toda imaginación». Lo que no tiene nada que ver ni con el liberalismo, ni con la democracia cristiana, ni con el indiferentismo ante la política. La verdadera santidad empuja en la dinámica del Reino de Cristo, incompatible con las esclavitudes del supercapitalismo y del comunismo.


