Un anciano, llamado Simeón, hombre justo y temeroso de Dios, sólo suspiraba por ver al Mesías antes de morir, y Dios le concedió esta gracia, pues al entrar José y María en el templo con el Niño, Dios le inspiró que aquel Niño era el Mesías, y tomándolo de los brazos de María en los suyos, alabó a Dios diciendo: «Ahora ya puedes dejar partir de este mundo a tu siervo en paz, porque mis ojos han visto al Salvador» (Lc. 2, 25-32).PRESENTACIÓN-DEL-NIÑO-JESÚS-EN-EL-TEMPLO1

El padre y la madre de Jesús, allí presentes, estaban maravillados de las cosas que se decían de Él.

Entonces Simeón dijo a María su Madre: «Puesto ha sido éste para caída y para resurrección de muchos en Israel y para ser una señal de contradicción, y una espada atravesará tu alma para que sean descubiertos los pensamientos de muchos corazones». Jesús, según esta profecía, sufriría contradicción. Este es el gran misterio de todo el Evangelio, pues vemos que Jesús es admitido por muchos y rechazado por otros; unos le blasfeman, otros le adoran; para unos es causa de caída y para otros causa de salvación…

A la Virgen le tocaría sufrir mucho, porque tomaría parte en la pasión de su Hijo, y luego la vemos en el Calvario junto a Él crucificado… De San José no nos dice nada aquí la profecía, pero también le tocó sufrir como veremos al recordar sus dolores y gozos…