Contracorriente

~ Blog del P. Manuel Martínez Cano, mCR

Contracorriente

Archivos mensuales: febrero 2014

Página para meditar nº 74

18 martes Feb 2014

Posted by manuelmartinezcano in Padre Alba, Uncategorized

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San Juan Berchmans en una de sus máximas escribió: “Todo lo que me da tristeza, proviene del diablo.”

st_joannes_berchmansDios, que es fuente de la felicidad, infunde en el corazón de sus hijos la alegría y el gozo de saberse queridos y guardados por su amorosa providencia. El diablo, el eterno desesperado, ese triste ser incapaz de amar como dice Santa Teresa, intenta infundir en las almas lo que él posee: tristeza y desesperación.

Debemos poner mucha atención al hacer nuestro examen de conciencia para ver si nuestro carácter mejora o empeora; si nuestro carácter está inclinado a la alegría, o más bien se deja influir de los engaños del diablo que nos traen tristeza, si a nuestro prójimo le comunicamos alegría y gozo del alma, o más bien nos mostramos adustos y ásperos, como dominados de aquel espíritu que al rey Saul le llevó a la tristeza y a la desesperación.

Aquel escritor que decía: “Señor, que los malos sean buenos; que los buenos sean santos y que los santos sean simpáticos”, estaba afirmando esa misma verdad.

El Ritual Romano pide a Dios en el momento del bautismo “Que este nuevo hijo Tuyo, te sirva Señor alegre en Tu Iglesia.”

Porque Dios quiere al dador alegre, y quiere que sus hijos le sirvan llenos de alegría, puesto que servir a Dios es reinar. Reinar desde el mundo y sobre el demonio que son la fuente del mal y de la tristeza para el hombre.

Nuestra Asociación ha de señalarse en una sana alegría, comunicativa, gozosa, cristiana. Únicamente el pecado puede quitarnos la alegría al hacernos siervos del Diablo. Luchar para vivir en permanente alegría.

Hasta en el rostro quería san Ignacio que se manifestara la virtud de la alegría cuando dejó escrito: “el rostro muestre antes alegría que tristeza.”

Los males del mundo, las tribulaciones y las luchas no podrán nunca arrebatarnos nuestra alegría que viene de Cristo y de María. San Agustín se complacía en decir: “Las vitales alegrías de un corazón puro, eres Tú, Cristo” y ¿no llamamos a nuestra Madre la Santísima Virgen: “Causa de nuestra alegría”?

Dejémonos poseer por Jesús y por María y viviremos felices. El Sagrario, la devoción tierna a la Virgen Santísima, como a Madre, son los raudales diarios que nos llenarán de alegría íntima. Así vivieron los santos. No hay mártires ni santos tristes. Tampoco los debe haber entre nosotros.

Oh Jesús, en medio de una juventud herida por el pecado y la tristeza, danos una juventud alegre y fuerte conforme a la enseñanza de San Pablo: “la alegría de Dios al servirle nosotros, es nuestra fortaleza.”

Rvdo. P. José María Alba Cereceda, S.I.
Meridiano Católico Nº 74, febrero de 1984

Apariciones en Lourdes

18 martes Feb 2014

Posted by manuelmartinezcano in Uncategorized

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Era el 11 de febrero de 1858, cuando una sencilla niña, por nombre Bernardita, al intentar pasar el Gave, que corre al oeste de Lourdes, para recoger con su hermana María y otra amiga de ésta, un poco de leña entre las sinuosidades de las rocas de Massabielle, oyó un ruido como de una suave brisa, que lentamente agitaba las ramas de los árboles. Levanta su vista sin percibir objeto alguno; pero al reproducirse la agitación, vuelve a mirar, apareciendo a sus ojos una visión celestial. Una Señora rodeada de una claridad más brillante que la del sol, de incomparable hermosura, cubierta con un velo blanquísimo y ceñida con un cinturón azul. Los pies de tan incomparable y encantadora belleza descansaban sobre la roca, rozando ligeramente el ramaje de un rosal silvestre y dejando ver sobre cada uno de ellos una rosa de oro.

LourdesGrSus manos cruzadas tenían un rosario, cuyas cuentas de alabastro, engarzadas con cadena de oro, se deslizaban entre sus dedos, guardando, sin embargo, un silencio misterioso.

Los ojos de la excelsa Señora se habían fijado llenos de benignidad en la niña, que se hallaba asombrada, extasiada y como fuera de sí.

Aquélla hizo la señal de la cruz y la niña, tomando su rosario, empezó a rezar. Concluido el rezo del santo Rosario, la celestial Aparición volvió a la eterna morada, de donde había venido, dejando en pos de sí un rayo luminoso, que al poco tiempo también se desvaneció.

Tuvo lugar la segunda Aparición el domingo siguiente, en que la niña acude acompañada de su hermana y otras compañeras, llevando un frasquito con agua bendita.

«Oremos, dijo Bernardita, y pasemos el rosario». Súbitamente se siente arrobada en éxtasis Bernardita, que exclama: «Mirad, ahí está». Sus amigas, que no ven la aparición, alargan a su compañera el frasquito del agua bendita, quien, rociando a la Señora, le dice: «Si venís de parte de Dios, acercaos», a cuyas palabras la Virgen se inclina graciosamente y se adelanta hasta el borde de la roca en ademán de sonreír. La niña, con sus compañeras, continúa rezando el rosario, deslizándose, entre los dedos de la Virgen, las cuentas del suyo.

El 18 de febrero, después de oír la santa misa, se dirige Bernardita a la gruta con una señora de Lourdes y una joven de la Congregación de María. Llegadas a la gruta, se postran de rodillas, empezando el rezo del santo rosario. La celestial aparición hace señas con la mano para que se aproxime Bernardita «Ahí está, dice a sus compañeras, y me hace señas para que me acerque». Pregúntale si le molesta que estemos aquí contigo. A lo que la Virgen contesta: «Podéis quedaros».

La niña dice a la Virgen: «Señora mía, si tenéis algo que comunicarme, quisiera que tuvieseis la bondad de escribir en este papel quién sois y qué deseáis», a lo que sonriendo la Virgen responde: «Lo que tengo que decirte no es necesario escribirlo. Hazme únicamente el favor de venir aquí durante quince días».

«Os lo prometo», respondió Bernardita, a lo que agregó la visión: «Y yo, a mi vez, te prometo hacerte dichosa, no en este mundo sino en el otro». Al ver Bernardita la dirección de la vista de la Señora, le dice a la hija de María: «La Señora te mira en este momento». A insinuación de ésta, Bernardita pregunta a María si le molestará que vengan acompañándola. «Pueden venir contigo, respondió la Santísima Virgen, no sólo ellas, sino también otras personas; deseo ver aquí mucha gente».

Esparcida la noticia de las apariciones y los deseos de María de que acudiesen muchos fieles a la gruta, millares de personas habíanse congregado en este lugar el día 21 de febrero. Llegada Bernardita, cae arrodillada, andando en esta actitud hacia el interior de la gruta. La Madre de Dios pareció recorrer con mirada triste toda la tierra. Al verla así la niña, llena de dolor exclama: ¿Qué tenéis, Señora? ¿Qué es preciso hacer? Respóndele María: «Rezad por los pecadores». El dolor que manifiesta la Santísima Virgen llena de pena a la vidente que contempla cómo de sus ojos se desprenden dos gruesas lágrimas, que ruedan por sus mejillas, donde se detienen, sin caer hasta la tierra.

En vano trata la impiedad de cortar la afluencia de gentes en torno a la gruta. El 23 de febrero acude Bernardita y arrodillada con un cirio en una mano y el rosario en la otra, empezó a rezar, apareciéndose la celestial Señora que le dijo: «Bernardita». Aquí estoy, respondió la niña. Y la Virgen entabló con ella una conversación íntima, revelándole un secreto para sí sola, concluyendo con esta otra: «Di a los sacerdotes que quiero se me edifique aquí una capilla», manifestando con sus ademanes que allí repartiría gracias sin cuento.

Al día siguiente, mézclanse en el número incontable de visitantes de la gruta, muchos incrédulos que no pueden menos de reconocer, al ver la transfiguración que se obraba en Bernardita, que allí estaba el dedo de Dios. La Santísima Virgen pronunció estas palabras: «Penitencia, penitencia, penitencia». Las cuales repetidas por Bernardita fueron oídas muy distintamente por las personas que se hallaban a su paso.

Cada día crecía el inmenso oleaje de personas que acudían a la gruta. El 25 de febrero se presentó Bernardita en cumplimiento de la promesa que había hecho de dirigirse allí durante quince días. Postrada de hinojos al poco tiempo su faz se transforma y todos creen ver a la Santísima Virgen en los rayos de luz que se reflejaban en las facciones de Bernardita, entablándose entre ella y la Reina de los cielos una misteriosa conversación. «Ahora -dijo la Virgen- ve a beber y a lavarte en la fuente y come la hierba que brota junto a ella».

Bernardita quedó suspensa al oír de labios de la Virgen la palabra fuente, y, sin apartar los ojos de Ella, se dirigió hacia el río, por no existir en aquellos parajes otra agua más que la que arrastraba el Gave. La Aparición la detuvo diciéndole: «No es ahí; no te he dicho que bebas en el Gave, sino en la fuente que está aquí».

Bernardita empezó a escavar en la tierra tornándose húmeda la cavidad que ella había abierto. Un agua misteriosa comenzó a filtrarse gota a gota bajo las manos de Bernardita llenando el hueco abierto del tamaño de un vaso. Bernardita tuvo que hacer esfuerzos sobrehumanos para llevar a su boca aquella agua turbia y cenagosa, pero, obediente a la Aparición, bebió, se lavó y comió un poco de la planta silvestre que brotaba al pie de la roca. Miróla complacidamente la Virgen, desapareciendo a los pocos instantes.

El agua, que al principio brotaba tan tenuemente, fue aumentándose hasta convertirse en fuente caudalosa de agua pura.

Las gentes, impulsadas por secreta inspiración, acudían a beber de aquella agua, empezándose bien pronto la serie de milagros que todavía perduran. Con estos portentos, el entusiasmo religioso y la, devoción se acrecentaron poderosamente; y el pueblo, a pesar de que la Aparición no había manifestado quién era, creía que no podía ser otra que la Santísima Virgen.

El 25 de marzo fue el escogido por María para satisfacer ampliamente la ansiedad de todos.

Al preguntar la niña por cuatro veces si tendría la bondad de decir su nombre y quién era, la Aparición desplegó las manos, suspendió del brazo derecho el rosario, abrió los brazos y los inclinó al suelo, como para indicar las bendiciones que derramaría sobre la tierra. Elevándolos después hacia el cielo, pronunció con una gratitud indecible: «Yo soy la Inmaculada Concepción».

Dieciocho veces se había aparecido la Santísima Virgen María a Bernardita, siendo la última en el día de Nuestra Señora del Carmen.

El Sr. Obispo de Tarbes, después de la más escrupulosa depuración de los hechos, confirmó la verdad de las apariciones por un decreto del 18 de enero de 1862.

Desde esta fecha el mundo católico, ansioso de corresponder a los deseos de la Santísima Virgen, ha acudido a su llamamiento y todos los años llegan a Lourdes muchos millares de peregrinos de las cinco partes del mundo.

Nadie puede llegar a comprender en esta vida todo lo que María ha hecho y hace para salvarnos. Siendo Ella la Madre de la misericordia, es el medio por donde nos vienen todas las gracias. Como fue el instrumento para venir el Hijo de Dios a redimirnos, quiere que el género humano halle en Ella, escala mística, el medio fácil para subir de la tierra al cielo.

Hojas Marianas, Nº 10
Apostolado Mariano, Recaredo, 44 – 41003 Sevilla

Religión verdadera y religiones

12 miércoles Feb 2014

Posted by manuelmartinezcano in P. Manuel Martínez Cano, Uncategorized

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cruzEs un hecho histórico indiscutible que el hombre es un “animal religioso”. En los pueblos prehistóricos encontramos indicios de religiosidad en los monumentos megalíticos, sepulturas, amuletos y objetos relacionados con Dios. Los hombres de los pueblos históricos reconocen su dependencia de un Ser Supremo y que existe otra vida después de la muerte. Distinguen entre el bien y el mal moral y tiene como obligatorios ritos y sacrificios a Dios. Esta obligación ha sido grabada por Dios en la conciencia de las personas. La religión es la aceptación racional y libre con que los hombres reconocemos nuestra dependencia de Dios. Tenemos la obligación de relacionarnos con Dios, relaciones de amor, de amistad, de ternura. Dar culto a Dios en público y en privado.

En los pueblos cultos es patente y constante la fe en Dios y el desarrollo de sus religiones. En oriente destaca el confucionismo (China); el budismo (India) el islamismo en varias naciones; el judaísmo en Israel, pueblo elegido por Dios. El hombre es animal religioso y sociable por naturaleza. Por tanto, la sociedad también es obra de Dios y, como tal tiene el deber de dar culto a Dios. Las sociedades civiles deben dar culto a Dios y promover la religión en sus naciones como lo más beneficioso para el bien común de la sociedad.

Entre los pueblos occidentales están las religiones de los griegos, romanos, galos, germanos, escandinavos, aztecas, incas etc.… Los pueblos no solo han dado culto a Dios sino que han sentido la necesidad de practicar su religión. Esta obligación ha sido grabada por Dios en la conciencia de las personas para que todas se salven y para que todas las naciones alcancen su fin social. Las religiones que se practican en el mundo son contradictorias entre sí en su doctrina, moral y culto. Como Dios no puede contradecirse, solo una religión puede ser la verdadera. Tenemos la obligación de reflexionar hasta encontrar la verdadera religión. La única religión que ofrezca garantías ciertas de su carácter divino y sobrenatural.

La filosofía y la historia demuestran que solo la religión cristiana es la verdadera religión. Por la trascendente personalidad de Jesucristo, su vida admirable, su doctrina sublime y la supervivencia de la Iglesia, a pesar de las persecuciones. Los milagros y las profecías son pruebas de la divinidad de la Iglesia Católica. La religión cristiana tiene un origen histórico (no es una mitología) y una tradición libre de errores y fraudes. Nuestros lectores y todos los humanos tenemos la obligación de buscar, indagar y reflexionar hasta encontrar la verdadera religión. La única religión que ofrezca garantías de su carácter divino y sobrenatural. Seguiremos, Dios mediante, con los milagros y las profecías.

                                                                                                         P. Manuel Martínez Cano, m.C.R.

La voz de los sin voz LI (51)

12 miércoles Feb 2014

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Juan: Para mí siempre será un misterio insondable que, a pesar de la corrupción de la casta política, que salta a algunos medios de comunicación, se siga votando a los partidos políticos de los cuales han salido tantos políticos corruptos.  A los mismos ciudadanos que manifiestan su asco de tanta corrupción, se les ve , llegadas las elecciones, votar a uno u otro de los partidos que han generado una corrupción moral y económica manifiesta.

la-voz-de-los-sin-vozSalomé: ciertamente, es extraño, porque, si a esa corrupción, le unimos la incompetencia democrática ante la crisis económica que sufrimos muchos españoles, cae por tierra su mito del bienestar económico para todos los ciudadanos. Evidentemente, es un bienestar general para los políticos, sus familiares y sus amigos.

Santiago: Pero no creáis, algo se está moviendo y lo constatan las encuestas del CIS, que señalan el rechazo de los españoles a los partidos políticos, a las autonomías y al propio régimen democrático. Verdaderamente es necesario un cambio radical de rumbo que abarque a todos los españoles.

Judit: No obstante, es triste constatar que hay una mano negra que los dirige todo. Porque tanto los partidos mayoritarios como el PP y el PSOE y los nacionalistas, se limitan a vivir del sistema democrático. El PSOE instituye leyes anticatólicas desde el aborto al mal llamado matrimonio homosexual, y el PP las consolida. Efectivamente, a la casta política solo le interesa vivir en sus privilegios.

Pablo: El llamado modelo democrático que se está imponiendo en distintas culturas es diametralmente contrario al humanismo católico. No se debe llamar “cultura de la muerte” a lo que es salvajismo. El asesinato de niños inocentes es un crimen abominable. No hay nada tan inhumano.

Rut: Y es que la fundamentación de una ética al margen de la ley de Dios, como hacen los parlamentos democráticos, iniciado en el Romanticismo y seguido por la Revolución Francesa terminan por fabricar una moral irreligiosa y anticristiana.

Andrés: La historia está ahí y nos dice que, frente al hombre medieval, dependiente en su vida privada y pública de Dios Creador y Legislador, el hombre democrático de nuestros días quiere y ordena su vida en una autonomía completa de la Ley de Dios. “Nada hay superior al hombre”, lo dice el hombre democrático.

María: Y esa actitud ante Dios ha llevado al hombre por una pendiente suave, tolerante y hedonista, hacia una completa bestialización. Entiéndame: no todos los hombres y las mujeres, sino aquellos que dejando de lado a Dios, se han hecho ídolos de sí mismos, narcisistas.

José: Con Maquiavelo la política se desconecta de la ética y se convierte en una disciplina técnica. Los demócratas actuales han llevado a la práctica las ideas antinaturales de Maquiavelo, creando una ambiente social favorable al desarrollo de la inmoralidad, la simulación y el sofisma.

Sara: Mi padre decía que eso que llamamos Estado es el producto de la fragmentación de la Cristiandad en la que el gobernante regía justamente la comunidad social, bajo la inspiración de Dios, transmitida por la Iglesia. El gobernante regía justamente la comunidad bajo la inspiración de Dios y Dios velaba por la armonía entre los hombres; y la Iglesia tenía un fin o misión mayor, la salvación de las almas.

Pedro: El relativismo imperante, al negar a Dios, renuncia a la Verdad y el Bien absolutos, descarta obligadamente la fijación de principios  ciertos que guíen el comportamiento individual y colectivo del ser humano. Así el poder político carece de Potestad y se dedica a la manipulación y dirigismo de las masas.

Magdalena,  presidenta

La invariable moral del orden político (2)

12 miércoles Feb 2014

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2. Lo que revela el ejemplo del abortismo

 guerra camposEste texto ‑tanto si es literalmente de la profesora como del informador‑ es revelación de un estado mental bien curioso. Quiero prescindir de comentar la incongruencia dialéctica que hay en llamar contradictorias a dos exigencias totalmente coincidentes (la de no matar al adulto y no matar al no nacido). Lo que resulta claro, a través de esa incongruencia, es que a la profesora o al informador le parece ética la exigencia de respeto a unas vidas, y no la del respeto a otras.

El ejemplo que se aduce ‑el aborto‑ es oportunísimo. Vamos a aprovecharlo, no para tratar de frente el asunto, sino como ejemplo ‑quizá el más revelador‑ que nos permite analizar brevemente una situación mental contemporánea y la estructura de todo el orden moral. Y, sobre todo, nos permite proceder de forma inductiva. Porque la réplica más frecuente ahora, cuando se toca un tema moral, es esta: eso lo dice usted desde su concepción, pero la mía… No. No voy a hablar deductivamente desde una concepción determinada del orden moral. Evidentemente, por su índole práctica, lo moral sólo puede vivirse desde una concepción determinada; pero para mostrar la necesidad de una concepción determinada, no hace falta partir de una concepción determinada. Para empezar, será mejor insertarnos en la hipótesis del pluralismo indeterminado, y desde una opinión cualquiera caminar sin imponerle a priori nada exterior a ella misma; exigiéndole una sola condición ineludible; que no se contradiga, que no juegue con trampas.

Tomemos, pues, la opinión que legitima el aborto: que ahora en muchas partes pugna por por adquirir vigencia social; que conforma ya un número creciente de legislaciones en el mundo; que pretende justificarse, no sólo por razones de tolerancia política de un mal, sino como un derecho, y, por tanto, no se contenta con leyes permisivas sino que reclama la cooperación social. Es un hecho espectacular. No interesa ahora atender a las diferencias entre los opinantes ‑en cuanto a los motivos justificantes, en cuanto a la amplitud y las limitaciones de la autorización legal. El núcleo central de ese hecho es clarísimo: para servir a determinados intereses de los adultos, se postula el derecho a disponer de la vida de una criatura humana incipiente, inocente, indefensa, confiada al cobijo insustituíble de quien la mata o deja matar.

No será inútil sacar a la luz los caracteres que configuran ese hecho, y ponerlos en fila esquemáticamente:

a) El eclipse de una intuición básica: que la sociedad, para no ser criminal, ha de defender a los más débiles e inocentes, aunque para ello hayan de sacrificarse muchos. Frente a ese eclipse recientemente el Magisterio de la Iglesia, en todo el mundo y de manera absolutamente unánime, ha reiterado que el aborto procurado es un «crimen abominable» (palabras de la Constitución «Gaudium et spes»); es con palabras de Juan Pablo II (6) «asesinato de una criatura inocente, y toda legislación favorable…, gravísima ofensa a los derechos primarios del hombre y al mandamiento divino de «No matarás»~.

(Siendo así, cabe anticipar una pregunta, que, proyectada sobre los criterios políticos vigentes en tantas partes del mundo, es bien inquietante: un orden político en que, por ejemplo, se tenga por normal hacer propaganda de eso, o que obligue a un Jefe de Estado a sancionar eso, ¿no estará, no sólo moralmente débil, sino moralmente corrompido?)

b) Pero no olvido que no he de juzgar todavía desde una concepción moral, sino dentro de la perspectiva de los partidarios del aborto. Pues bien, antes de juzgarlos, hay que decirles que practican una flagrante contradicción: el que justifica o permite el aborto pierde el derecho a recusar moralmente el terrorismo. Moralmente, esto es: como algo exigible ante la conciencia de los demás. El caso moral es el mismo; y si hay alguna atenuante, será, por comparación, en favor del terrorista. La imposibilidad de evitar la contradicción ¿no revela que estamos ante un absoluto moral, que no se puede dejar de afirmar incluso cuando se lo viola? Es la regla de oro de la tradición moral, recogida también en el Evangelio como fórmula «operativa» de la Ley del Amor: «No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a tí» (7).

c) El ejemplo muestra que el orden moral es indivisible. Juan Pablo II lo expresó así el 1 de octubre de 1979: «Atacar una vida que todavía no ha visto la luz en cualquier momento de su concepción es minar la totalidad del orden moral, auténtico guardián del bien humano» (7 bis). Querer justificarlo es subvertir los propios derechos; y hace dudar de que las altisonantes proclamaciones de la dignidad e inviolabilidad de la persona sean de índole moral, y no más bien cobertura de intereses egoístas: pues el no nacido, cuando no lo cubre el instinto amoroso, sólo está protegido si se estima su condición radical de persona; todavía no ha creado en torno intereses, ni afectivos ni económicos.

d) Se ve muy bien que el absoluto moral no es una vaguedad polivalente. Es concretísimo (se trata siempre de matar o no matar a una criatura individual) (8). Por eso, para la bondad moral no basta cualquier «buena voluntad» o «buena intención», si no busca el bien real y determinado, suprasubjetivo. No basta la veleidad de quien afirma «yo no quiero mal a nadie», pero reservándose plenamente la determinación de lo que se ha de hacer. Como si el «amor» nos independizase de las directrices, los preceptos, las direcciones marcadas. Bien claro está en la Carta de San Pablo a los Romanos que el que ama al prójimo ha cumplido la Ley: ¡pero no por anulación sino por cumplimiento de todos los mandatos del Decálogo! (9).

e) Aparece por lo mismo el error, frecuentísimo, de los que dicen que la universalidad de la norma se afirma a costa de !a persona concreta. ¡Es esa universalidad la tutela de la persona!: la que impide que una persona sea degradada a instrumento de otras. Quedan descalificados los falsos juegos de lo «existencial».

Es la evidencia expresada por Kant, según el cual la libertad de cada uno se revela precisamente en la ley moral que se impone por si misma de modo incondicional, y de la que es ley fundamental esta: «Obra de tal modo que la máxima de tu voluntad pueda valer siempre, al mismo tiempo, como principio de una legislación universal» (10). (Pretender que la ley no sea universal, pero que proteja al interesado, es parasitismo) (11).

f) Lo característico, en la situación reflejada por el ejemplo, no es el hecho de las violaciones de la integridad de los no nacidos. En mayor o menor número las ha habido siempre. Pero ahora se busca el aprecio social, el prestigio, para ellas. Los que vemos la desfachatez con que se montan campañas de exaltación de los abortistas, evocamos el tremendo dictamen de San Pablo, quien después de pintar el cuadro de las depravaciones de su tiempo, añade: «Y no sólo las hacen, sino que aplauden a quienes las hacen» (Rom. 1, 29‑32).

g) El modo como se aboga por el aborto es síntoma de anemia moral. Aunque a veces los propagandistas y los gobernantes se excusan (en este como en otros casos de permisivismo) apelando a casos‑límite o a la liberación de situaciones angustiosas, de hecho se crean situaciones que favorecen y estimulan las formas menos confesables de egoísmo. Las campañas pro aborto invocan la mera emancipación irresponsable. (No hace mucho leimos el testimonio de una pareja joven, enamorada, «feliz» y sin problemas, que obtuvo de los servicios estatales de Lyon la reducción de su primer hijo a una masa sanguinolenta, ¡sólo porque el momento en que iba a nacer perturbaba su plan de vacaciones en España!) (12).

(Hasta ahora, sólo con abrir las entrañas del abortismo, han quedado patentes: el desprecio monstruoso de los más débiles (a) la imposibilidad lógica de condenar el terrorismo (b), el socavamiento de todo el orden moral y de los propios derechos (c), la imposibilidad de ser honrado sin someterse a norma universal (d), la manipulación de las personas y el parasitismo (e), el aplauso a las depravaciones (f), el fomento del egoísmo más inconfesable (g).)

h) ¿Reacción de muchos fautores del aborto ante tal reventón de tejido canceroso? Se resisten a reconocerlo, aunque no puedan anular su evidencia. ¿Cómo?

En un primer momento, cerrando los ojos. Protestando contra el cirujano que saja el tumor. Les irrita incluso que esas cosas se planteen como cuestión moral y se relacionen con un orden moral absoluto. Hablan de exageración.

Pero tampoco aceptan ser excluidos del orden moral. ¡Y cómo evitar la contradicción sangrante! Postulando un «orden moral» que no incluya esas exigencias. (Como si dijéramos: implantando un libro de Patología que no incluya como enfermedad ni la sífilis ni el cáncer.) ¿Y cómo se realiza esa operación? La profesora, ya citada, del Simposio comillense daba una pista cuando, a falta de norma moral absoluta, abogaba por la racionalidad «intersubjetiva» o «dialógica», aunque no alcance el consenso total. Para tener socialmente una base, sin salir del subjetivismo, algunos políticos o intelectuales agnósticos acuden a un «consenso» o «apariencia de consenso» en el sentido que interese. Para sentirse seguros, basta contar, por ejemplo, con que unos cuantos órganos de opinión repitan impávidos que la humanidad civilizada ve muy mal el terrorismo, pero estima como un derecho el aborto (y sólo se oponen algunos recalcitrantes, reaccionarios o al servicio de turbios intereses); que digan que este tema no es de orden moral, sino un «opinabile politicum», y por eso el Papa y los Obispos no deben intervenir…

Excluida la referencia trascendente, se trata de una moral convencional, artificiosa; de un estado de «opinión» más o menos extendido. Y, para ensanchar la apariencia de solidez, entran en juego automáticamente: el acoso a los que siguen proclamando la evidencia de que la vida humana necesita fundamento más real (y no pudiendo acallarlos moralmente, es decir, en conciencia, se intenta amordazarlos con la bruta presión externa); el falseamiento constante, incluso del dato social, con propagandas engañosas, con representatividades ficticias.

Sin embargo, el tejido canceroso de las contradicciones y las inconsistencias no cambia por ello. Aunque se consiguiera que una gran parte de la sociedad consintiera momentáneamente en lo que se le repite, no se lograría una base moral sin contradicciones. Agrietada la base, se busca refugio en una moral parcializada: una moral que no lleva a los hombres a ser buenos según la total exigencia de la Verdad y el Bien, sino en relación con ciertas conveniencias subjetivas; una moral que es «buena» sólo en cuanto favorece a un determinado régimen convencional de convivencia. A esta Moral, y por estas razones, Santo Tomás de Aquino, con total imparcialidad técnica, la compara a la que vige en una sociedad o partida de bandoleros (13). Moral que funciona en ese acotado, pero está arbitrariamente parcializada. ¿Que sólo eso es posible? Bien; mas eso es radicalmente incapaz de fundar la comunidad del orden político a la medida de la dignidad del hombre. Los bandoleros se pondrán de acuerdo en que les es lícito para sus fines disponer de la vida y hacienda de otros hombres; pero no podrán repudiar en el orden moral que otros hombres ‑incluso miembros de la partida‑ piensen por la misma razón que les es lícito disponer de la vida y el botín de los bandoleros.

i) Lo que antecede pone al desnudo un preocupante fenómeno de ceguera. (Al defender la vida del que va a nacer ‑‑ha dicho el Papa‑‑ «defendemos las conciencias humanas… para que llamen bien al bien y mal al mal, para que vivan en la verdad») (14).

j) Y si hay ceguera en punto tan simple y evidente, relacionado con la Justicia, cabe sospechar que también se dé en otras áreas delicadísimas, tratadas con tanta despreocupación (15). Pensando en la proyección social de la ceguera, parece resonar la voz de Jesús ante los fariseos: «si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en la hoya» (Mt. 15, 14).

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Ejercicios Espirituales predicados por el P. Cano

Meditaciones y Pláticas del P. José María Alba Cereceda, S.I.

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“Espíritu Santo, infúndenos la fuerza para anunciar la novedad del Evangelio con audacia, en voz alta y en todo tiempo y lugar, incluso a contracorriente”. Padre Santo Francisco.

"Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la construyen. (Salmo 127, 1)"

Nuestro ideal: Salvar almas

Van al Cielo los que mueren en gracia de Dios; van al infierno los que mueren en pecado mortal

"Id al mundo entro y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado" Marcos 16, 15-16.

"Es necesario que los católicos españoles sepáis recobrar el vigor pleno del espíritu, la valentía de una fe vivida, la lucidez evangélica iluminada por el amor profundo al hombre hermano." San Juan Pablo II.

"No seguirás en el mal a la mayoría." Éxodo 23, 2.

"Odiad el mal los que amáis al Señor." Salmo 97, 10.

"Jamás cerraré mi boca ante una sociedad que rechaza el terrorismo y reclama el derecho de matar niños." Monseñor José Guerra Campos.

¡Por Cristo, por María y por España: más, más y más!

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