Capítulo 20

De la confesión de la propia flaqueza
y de las miserias de esta vida

El Alma.- 1. «Confesaré, Señor, contra mí mismo mi iniquidad» (Sal 31,5). Te confesaré mi flaqueza.
Muchas veces es una cosa bien pequeña la que me abate y entristece.
Propongo pelear varonilmente; mas en viniendo una pequeña tentación, me lleno de angustia.
Algunas veces de la cosa más vil me viene una grave tentación.
Y cuando me creo algún tanto seguro, me hallo a veces, sin sentirlo, casi vencido y derribado de un ligero soplo.

imitacion-de-cristo2. Mira, pues, Señor, mi bajeza y fragilidad, que te es bien conocida.
«Compadécete y «sácame del lodo, porque no quede atollado» (Sal 68,15) y desamparado del todo.
Esto es lo que frecuentemente me acongoja y confunde delante de ti, que tan deleznable y flaco soy para resistir a las pasiones.
Y aunque no me lleven enteramente al consentimiento, sin embargo, me son molestos y pesados sus asaltos y muy tedioso el vivir así, siempre en combate. De aquí conozco yo mi flaqueza, que las abominables imaginaciones más fácilmente vienen sobre mí que se van.

3. ¡Ojalá, fortísimo Dios de Israel celador de las almas fieles, mires el trabajo y dolor de tu siervo y le asistas en todo, dondequiera que fuere!
Esfuérzame con celestial fortaleza para que ni el hombre viejo ni la carne miserable, aún no bien sujeta al espíritu, pueda señorearme; contra la cual conviene pelear en tanto que vivimos en esta vida misérrima.
¡Ay! ¡Cuál es esta vida, donde no faltan tribulaciones y miserias, donde todo está lleno de lazos y de enemigos!
Porque pasada una tribulación o tentación, viene otra; y aun antes que se acabe el combate de la primera, sobrevienen otras muchas no esperadas.

4. ¿Y cómo se puede amar una vida llena de tantas amarguras, sujeta a tantas calamidades y miserias?
¿Y cómo se puede llamar vida la que engendra tantas muertes y pestes?
Y con todo esto, se ama, y muchos la quieren para deleitarse en ella.
Muchas veces nos quejamos de que el mundo es engañoso y vano; mas no por eso lo dejamos fácilmente, porque los apetitos sensuales nos señorean demasiado.
Unas cosas nos incitan a amar al mundo y otras a despreciarlo.
Nos incitan a amarlo «el deseo de la carne, el deseo de los ojos y la soberbia de la vida» (Jn 2,16); pero las penas y miserias que justamente les siguen, causan tedio y aversión al mundo.

5. Pero, ¡oh dolor!, que vence el mal deleite al alma entregada al mundo, y tiene por gusto estar envuelta en espinas, porque ni vio ni gustó la suavidad de Dios, ni el interior gozo de la virtud.
Mas los que perfectamente desprecian al mundo y trabajan en vivir para Dios en santa observancia, saben que está prometida la divina dulzura a quien de veras se renunciare, y ven más claro cuan gravemente yerra el mundo y de muchas maneras se engaña.