Suplemento II
Después de la Sagrada Comunión.
270. Después de la Sagrada Comunion, recogiéndoos interiormente, introduciréis a Jesucristo en el Corazón de María. Le daréis a su Madre, que le recibirá amorosamente, le colocará honrosamente, le adorará profundamente, le amará perfectamente, le abrazará estrechamente, y le hará, en espíritu y en verdad, muchísimos oficios que, en nuestras espesas tinieblas, nos son desconocidos.
271. O bien, estaréis profundamente humillados en vuestro corazón, en presencia de Jesús que reside en María; o permaneceréis como un esclavo a la puerta del palacio del Rey, donde está hablando con la Reina, y mientras se hablan mutuamente sin necesidad de vos, iréis en espíritu al cielo y por toda la tierra a rogar a las criaturas que agradezcan, adoren y amen a Jesús en María en vuestro nombre: Venid, adoremos; venid (Ps. 94,6).
272. O bien, pediréis a Jesús, en unión de María, el advenimiento de su reino sobre la tierra por su Santísima Madre, o la divina Sabiduría, o el amor divino, o el perdón de vuestros pecados, o cualquier otra gracia, pero siempre por María y en María, diciendo, mientras fijas los ojos en tu miseria: Señor, no miréis a mis pecados. Pero vean vuestros ojos en mí las virtudes y méritos de María. Y recordando vuestros pecados, añadiréis: Soy yo el que ha cometido estos pecados. O también: Del hombre injusto y engañador, que soy yo, líbrame, Señor (Ps. 42,1). O bien: Jesús mío, es menester que Vos crezcáis en mi alma, y que yo decrezca; María, mi buena Madre, es menester que Vos crezcáis en mí y que yo disminuya más que nunca (Hebr. 10,38).
273. El Espíritu Santo inspira y os inspirará otra infinidad de pensamientos, si sois interior, mortificado y fiel a esta grande y sublime devoción que acabo de enseñaros. Pero acordaos siempre que cuanto más dejéis a María obrar en vuestra Comunión, tanto más será glorificado Jesús; y dejaréis obrar más a María para Jesús, y a Jesús en María, cuanto más profundamente os humilléis, y con cuanta mayor paz y silencio le escuchéis, sin inquietaros por ver, gustar ni sentir; porque el justo vive en todo de la fe, y particularmente en la santa Comunión, que es un acto de fe: Mi justo vivirá de la fe (Jn. 3,30).
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