He dicho varias veces que no voto. L a democracia es una superstición en la que tiene mucho que ver el demonio. No son los Parlamentos la fuente de la verdad y del bien. Hace miles de años que lo reveló Dios. Y la Iglesia lo viene enseñando veinte siglos. Sólo la ley de Dios debe ser el código de vida personal y social; debería ser el de todos los políticos y ciudadanos modernos.

Como no es así, el mundo camina a su ruina moral. Todos deberíamos saber, incluidos sacerdotes, monjas y religiosos que la democracia la sacralizan los votantes con sus votos. Yo no voto.

El catedrático Dalmacio Negro ha dicho que en “las alianzas entre los partidos para formar gobiernno votoo, no sólo burlan la voluntad de los electores sino que son formas de dictaduras”. “El Estado de partidos políticos es un Estado totalitario”. Es el dios de los demócratas que jamás devolverá al pueblo la libertad política. Yo no voto. El pueblo no es soberano. Es el designado por Dios para elegir a sus gobernantes. El único soberano es Cristo Rey y sólo El es fuente y origen de todo poder.

Benedicto XVl condenó la dictadura del relativismo que, entre otras estructuras de pecado, ha creado la democracia laicista y atea. Dicen los demócratas que para qué esperar un cielo eterno, si ya tenemos el Estado de bienestar en la tierra; su dios es el bienestar, el placer, el hedonismo, hacer lo que les dé la gana.

Tengo varias razones para no votar. Basta solo una: no quiero colaborar con mi voto al asesinato de niños y niñas inocentes. Cuarenta y cinco millones cada año.

 P. Manuel Martínez Cano, mCR