Capítulo 33

De la inconstancia del corazón,
y que la intención final se ha de dirigir a Dios

1. Hijo, no creas a tu deseo; pues el que ahora es, presto se te mudará en otro. Mientras vivieres, estás sujeto a mudanzas, aunque no quieras, porque ya te hallarás alegre, ya triste; ya sosegado, ya turbado; ya inmaculado_corazon2devoto, ya indevoto; ya diligente, ya perezoso; ahora pesado, ahora liviano. Mas el sabio bien instruido en el espíritu, es superior a estas mudanzas; no mirando lo que experimenta dentro de sí ni de qué parte sopla el viento de la instabilidad, sino dirigiendo toda la intención de su espíritu al debido y deseado fin. Porque así podrá permanecer siempre el mismo e ileso en tan varios casos, dirigiendo a mí sin cesar la mira de su sencilla intención.

2. Y cuanto más pura fuere, tanto más constante estará entre las diversas tempestades.
Pero en muchas cosas se obscurecen los ojos de la pura intención, porque se mira fácilmente a lo que se presenta como deleitable.
Porque rara vez se halla quien esté enteramente libre del lunar de su propio interés.
De este modo, los judíos en otro tiempo fueron a casa de Marta y María, en Betania, «no sólo por Jesús, sino también por ver a Lázaro» (Jn 12,9).
Débense, pues, limpiar los ojos de la intención, para que sea sencilla y recta, y se enderece a mí por encima de todos los medios.