La fe es el asentimiento de nuestra mente a las verdades reveladas por Dios, y enseñadas por la Iglesia, fundado en la autoridad de Dios que no puede engañarse ni engañarnos. Para hacer un acto de fe se ha de tener antes certeza completa de que Dios ha revelado.
Para probar el origen divino de la revelación divina, tenemos los milagros y las profecías. Milagro es un hecho sensible, realizado por Dios, fuera del orden acostumbrado de la naturaleza. Profeta es hablar en nombre de otro (Ex 7,1). Profecía y vaticinio es lo mismo y es el conocimiento y predicción cierta y determinada de un acontecimiento futuro y libre, que no puede ser conocido por causas naturales, sino solamente por una ciencia comunicada por Dios.
Jesús, hizo muchos milagros, como resurrecciones de muertos, que solo puede hacer Dios. Precisamente la resurrección de Lázaro, después de cuatro días muerto, fue la gota que colmo el odio de sus enemigos para sentenciarlo a muerte. En la Iglesia Católica han ocurrido cientos y cientos de milagros, como los que se requieren para la canonización de los santos. En el santuario de la Virgen de Lourdes en Francia, han ocurrido cientos de milagros que la Iglesia estudia con todas las precauciones. En otros lugares de la Iglesia también ha habido y siguen habiendo auténticos milagros, Benedicto XIV distinguía: milagros mayores, los que exceden a las fuerzas de la naturaleza creada, y menores, los que superan las fuerzas de la naturaleza corporal y visible. Dios puede valerse de intermediarios para hacer milagros: La Virgen María, los ángeles y los santos.
Los milagros físicos nos muestran a Dios como omnipotente y las profecías como omnisciente. En el tiempo y en la vida de nuestro Señor Jesucristo, se cumplieron muchas profecías del Antiguo Testamento. El mismo Jesús vaticino varias profecías que se cumplieron como su propia muerte y resurrección. La profecía supera con creces la capacidad de toda naturaleza creada.
Mis queridos amigos el que no cree es porque no quiere, porque tenemos sobradas razones para creer.
P. Manuel Martínez Cano, MCR