OBJECIONES FUERA DE LUGAR
- Muchos dicen: «Yo no soy un ateo, como se supone. Creo en Dios, en un Ser Supremo. Es claro que ha de existir Uno que ha hecho el mundo». Y con esta afirmación creen estar a bien con Dios.
¡No! No basta. Así como no basta que los hijos crean que tienen padre, sino que es necesario que reconozcan a su padre en aquella persona determinada, así tampoco basta creer que hay un Dios, sino que es necesario reconocer que este Dios es la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, y que Jesucristo es, precisamente, la segunda Persona de la Santísima Trinidad que se ha hecho hombre para enseñarnos cómo debemos practicar la Religión.
- A menudo, demasiado a menudo, se oye decir: «Jesucristo es el genio· más grande, el mayor bienhechor de la Humanidad, el primer filántropo, etc.». Y algunos piensan que quien habla así alaba y estima bastante a Jesucristo.
¡No! El que habla en estos términos no alaba, sino que blasfema de Jesucristo. Como es una ofensa para un médico llamarle el mas, hábil de los enfermeros; como se ofende a un maestro albañil si se le dice que es el más hábil de los peones; así se blasfema gravemente de Jesucristo al decir que es el primero de los hombres, el primer filántropo.
Es necesario reconocerle y proclamarle Dios.
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III. A veces, se oye decir a alguno: «Si yo viese con mis ojos un milagro, entonces creería que Jesucristo es Dios».
A los que piensan de este modo, es decir que no quieren rendirse a las pruebas claras de que Jesucristo es Dios, venido a la tierra para enseñarnos cómo debemos practicar la Religión se les puede responder con, las palabras del mismo Evangelio: «Aunque resucitase uno de entre los muertos, tales personas no le creerían».
Con frecuencia estas gentes no tienen la cabeza en su sitio, porque el corazón no está en su lugar. Sería necesario primeramente poner en orden la conciencia y la cabeza se pondría por sí misma como es debido.
Un incrédulo había ido hasta Ars para discutir con el Santo Cura sobre cuestiones de Religión; el Santo, en vez de responder a sus dificultades, le señaló el confesionario.
– Pero, señor Cura, yo no he venido a Ars para confesarme; he venido para resolver mis dificultades acerca de la fe.
– ¡Confiésese! – replicó lacónicamente el Santo.
Acabada la confesión, el Santo le dijo sonriendo:
– Ahora oigamos sus dificultades.
– Ya no las tengo -respondió aquél con los ojos llenos de lágrimas.
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- Otros dicen: «Yo no soy un incrédulo; creo que, Jesucristo es Dios. ¿Qué más queréis? No hay que ser exagerados».
Para ser cristiano no basta creer que Jesucristo es verdaderamente Dios; hay que creer, también en todas las demás verdades que Jesucristo nos ha enseñado y que nos propone creer· por medio de la Iglesia. Quien cree, por ejemplo, en Jesucristo y después no cree que haya infierno y piensa que con la muerte acaba todo, no cree que Jesucristo sea Dios, sino que considera que es un embustero.
¿Y por qué esto?
Porque Él ha afirmado que hay un infierno eterno. En efecto, en dieciocho ocasiones Jesucristo ha dicho en el Evangelio que hay un infierno, y por ocho veces ha afirmado que el infierno es eterno. Ahora bien: o el infierno existe o Jesucristo es un embustero, lo cual sería una gravísima blasfemia.
Y digamos lo mismo de todas las demás verdades reveladas por Él y enseñadas por la Iglesia.
Además, se ha de observar que para salvarse no basta creer, sino que es también necesario hacer todo lo que Jesucristo quiere. El Cielo es una retribución. Y así Goma para recibir una retribución no basta saber que se tiene un dueño y conocer el trabajo que quiere, sino que es necesario hacerlo conforme a sus órdenes, del mismo modo que hay que saber y «hacer» lo que Jesucristo quiere de nosotros; de otro modo se va uno al infierno.
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- «Los pobres campesinos y los obreros no van al infierno -responden otros- porque pasan ya en este mundo una vida de infierno: trabajan como bestias y, con frecuencia, son maltratados como perros. Al infierno sólo van los ricos».
Ciertamente, es más fácil salvarse siendo pobre que siendo rico. Lo asegura el Evangelio: «¡Bienaventurados los pobres porque de ellos es el Reino de los Cielos!». Es, en verdad, difícil salvarse cuando se es, rico lo dice igualmente el Evangelio: «¡Ay de vosotros los ricos…, que estáis hartos!».
Pero esta verdad ha de entenderse bien. Así como la ley natural de alimentarse rige para todos, y si lino no, come, sea rico o pobre, muere de hambre, así lo mismo para los pobres que para los ricos rige la verdad de que para salvarse se han de observar todos y no únicamente algunos mandamientos de, la ley de Dios. En efecto, en un pasaje de la Sagrada Escritura dice Dios: «Si uno observa todos los mandamientos; pero quebranta uno solo de ellos se hace reo de todos».
Es decir, va al infierno. Si uno observa todos los mandamientos, pero, por ejemplo, cae en el pecado impuro, sea rico o pobre, se merece el infierno.
«HAY UN SILENCIO MAS ATERRADOR QUE EL DE LAS CONSTELACIONES: ES EL DEL HOMBRE QUE CIERRA OBSTINADAMENTE SUS LABIOS A LA ORACIÓN», afirmaba el gran literato francés León Bloy. Por esto si el hombre peca, lo peor que puede hacer es quedarse en el pecado. Resbalar sobre el barro es humano. Permanecer voluntariamente en el barro es estúpido. Si pecas, inmediatamente reacciona. Lo más pronto posible reza el Acto de Contrición. Y en cuanto puedas, una confesión bien hecha. Que la confesión es la misma misericordia de Dios que fácilmente se pone a nuestro alcance. ¿No tienes fuerzas para salir del pecado? Es que no rezas… No te olvides jamás de las TRES AVEMARÍAS, cada mañana y cada noche, a la Santísima Virgen.