La mayor de todas las fortunas es tener la gracia santificante. El más importante de los negocios debe ser, ante todo, guardar la gracia santificante recibida con el Bautismo. Pero el que comete un pecado mortal la pierde: hace quiebra.Tentaciones-desierto

Pero la puede recobrar con la Confesión. Por esto la Confesión es denominada la segunda tabla de salvación, el segundo Bautismo.

La Confesión es el medio necesario, insustituible para salvarnos después del pecado mortal. Así como el mecánico que se mancha el traje con aceite lubrificante sólo se lo puede limpiar si lo lava con Jabón o con ácidos adecuados para este fin, del mismo modo el «Jabón», el «ácido» que puede volver a limpiar el alma, después del pecado mortal, es la Confesión.

Cuando decimos Confesión, entendemos también la Confesión «In voto», o sea el acto de dolor perfecto. Este consiste en un sincero pesar por haber causado una grave falta a Dios, que es tan bueno, causando tantos dolores a Jesucristo, con el ánimo de no ofenderle ya y, además, con el propósito, por lo menos implícito, de confesarse.

El acto de dolor perfecto es, por lo tanto, mejor que el acto de dolor imperfecto. Expliquémonos, con un ejemplo. Un niño, después de haber cometido una falta grave, murmura: «¡Lo que he hecho! ¡Mamá morirá de pena cuando lo sepa!» (dolor perfecto). Tiene un dolor más perfecto que el que sólo pensase: «¡Ahora sí que la voy a pagar de Verdad!» (dolor imperfecto).

El dolor perfecto borra inmediatamente los pecados aun antes de que uno se confiese, y por eso se comprende en seguida cuán útil es que cada uno de nosotros conozca bien esta importantísima verdad.

En efecto, siendo hoy tan frecuentes los casos de muerte repentina, se sigue de aquí que el acto de dolor perfecto es, para muchísimos, la única vía que los libra del infierno. El Santo Cura de Ars cuenta que uno salvó su alma precisamente porque tuvo tiempo de hacer un acto de dolor perfecto en el espacio que va desde el puente a las rocas que estaban debajo, contra las que se destrozó la cabeza.

El acto de dolor perfecto no es difícil. ¿Qué cosa más fácil que decir de corazón: «Dios mío, te amo; me pesa haberte ofendido»?

Sin embargo, para la mayor parte de los que viven en el pecado, sin hacer mucho caso, el acto de dolor perfecto no es cosa fácil, como no es fácil tampoco inducir a éstos para que ayuden a los pobres cuando lo podrían hacer sin molestarse mucho.

En la práctica es una cosa buena que después del pecado vayan pronto a confesarse; así estarán más seguros de haber vuelto a la gracia de Dios. Para ser perdonados con la Confesión basta también el acto de dolor imperfecto, que es más fácil. En efecto, a todos les desagrada haber merecido él infierno con sus pecados.

El que para confesarse aguarda a tener más de un pecado en su conciencia se parece al que habiendo cogido una pulmonía dijese: No merece la pena llamar al médico para una sola enfermedad; esperaré a que vengan otras y así me curaré de todas de una sola veza. Este se iría pronto al otro mundo.

¡Seamos sagaces! La prudencia que usamos con la bicicleta o con Ia pulmonía tengámosla también con nuestra alma, y por esto, así como el que se hiere desinfecta inmediatamente la llaga para que no le sobrevenga cualquier grave infección, y luego, en cuanto puede, va al médico para la curación completa, del mismo modo el que por desgracia cae en pecado mortal debería desinfectar inmediatamente el alma del pecado al menos con el acto de dolor perfecto, y, apenas le fuese posible, ir a confesarse. Obrando de este modo no permanece en peligro de condenación y se preserva de nuevos pecados, cada vez más graves en los que inevitablemente caería si estuviese mucho tiempo en pecado mortal. Por el contrario, así como los corredores que quieren ganar no esperan a que las cámaras de sus bicicletas estén vacías del todo, sino que las inflan a menudo, teniéndolas siempre bien hinchadas, del mismo modo se puede hacer con el alma. Aunque no haya pecados mortales conviene confesarse a menudo, para mantenerse mejoren gracia de Dios.

El que no teniendo pecados mortales va también a confesarse, obtiene un aumento de gracia y. por lo tanto, fuerza para resistir a las tentaciones.

De lo que se ha dicho sobre la importancia de la Confesión aparece claro que es preciso confesarse bien, es decir, con un vivo dolor de los pecados propios, con un firme propósito de evitarlos en adelante y con el valor de decir todos los pecados, al menos mortales.

Por esto, cuando vayamos a confesarnos hagamos todo lo posible para realizar una buena confesión. Si no se tiene valor para decir a un confesor todos nuestros pecados, vayamos a otro.