Contracorriente

~ Blog del P. Manuel Martínez Cano, mCR

Contracorriente

Archivos anuales: 2014

Meditación sobre la Natividad de la Virgen María

03 miércoles Sep 2014

Posted by manuelmartinezcano in Meditaciones de la Virgen, Uncategorized

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1º Nuestro nacimiento.-El día de nuestro nacimiento lo celebramos y festejamos como día de alegría. -Es costumbre de familia alegrarse con el nacimiento de un niño…, y mucho más si es el primero de los hijos… ¡qué alegrías! ¡qué enhorabuenas no reciben sus padres!… Y, sin embargo, ¡cuántas veces deberíamos llorar! ¡Cuántas veces deberíamos dar un pésame mejor que una felicitación! -Pregunta ante la cuna de un niño recién nacido, qué porvenir le espera, y a todo lo dulce y agradable tienes que contestar con duda e incertidumbre… lo sabes… Sólo puedes asegurar que tendrá que sufrir y esto ciertamente. –Nadie le enseña a llorar…, es lo único que aprende sin maestros, y esas lágrimas ya no se secarán más en sus ojos y en su corazón.natividad maria

¿Y en el orden espiritual? Lo mismo…, tampoco hay razón para enhorabuenas y felicidades. -Apenas comienza a vivir y ya es esclavo del demonio manchado de pecado, aunque parezca inocente…, privado del Cielo…, si ahora se muere, el Cielo no será para él. -Recibirá el bautismo Y: con él la gracia, pero… ¿cuánto le durará?… Bien se puede asegurar que cuanto le dure su inconsciencia… apenas tiene uso de razón y ya comienza a pecar. -¿Te has fijado cómo se conoce que ya tiene uso de razón? … precisamente en que ya tiene malicia para pecar… ¡Qué pena! Pero es así. -Bien pensado, pues, no hay nada más triste que el nacimiento de un niño… El dolor, l.as lágrimas, la incertidumbre, el pecado, la concupiscencia rodean su cuna… ¿Dónde está el motivo para alegrarnos?…

2º Cómo obra la Iglesia. -La Iglesia obra, de modo completamente distinto. -Nunca celebra el nacimiento de sus hijos como el mundo; en cambio, cuando el mundo se viste de luto, ella se alegra en el día de su muerte. -Fíjate Cómo en todos los santos conmemora el día de su muerte y le llama el nacimiento para el Cielo y establece en ese mismo día su fiesta; en cambio, pasa en silencio· el día en que nació a este mundo. Principios diametralmente opuestos. -EI mundo considera las cosas con ojos terrenos y celebra el comienzo de esta vida. -La Iglesia atiende, sobre todo, a la vida celestial y no le importa el nacimiento en la tierra, sino en el Cielo. -¿Quién tiene más razón?-Convéncete de que el punto de vista de la Iglesia es el verdadero…, el día en que se nace, es día en que comienza el dolor, la enfermedad y la muerte. -Nacemos condenados a morir y padecer.-En el día de la muerte, da principio la vida verdadera que no tendrá ya muerte, ni fin…, ni dolores, ni sufrimientos…, sino una eternidad dichosa, feliz y bienaventurada. Esta es la vida. -El nacimiento para esta vida eterna, es el único digno de ser celebrado.

3º Nacimiento de la Virgen. -Sin embargo, esa es la regla general.-Pero tiene una excepción. -La Iglesia misma así lo reconoce. –Ella que nunca[1] celebra el nacimiento terreno de sus hijos, llega un momento en que por una excepción extraordinaria se viste de alegría, se transforma y manifiesta en grandes efusiones de ternura y contento inmenso, que no puede reprimir, y establece una fiesta especial para celebrar un nacimiento. -¡El nacimiento de la Santísima Virgen! -La mujer predestinada para ser Madre de Dios aparece sobre la tierra con su alma santa e inmaculada…, con la misma pureza y santidad con que salió de las manos de Dios… y su vida terrena es vida de gracia…, no es una vida celestial sino verdaderamente divina. -Por eso, la Iglesia, la celebra y a todos nos invita a celebrarla con estas palabras: «Con alegría grande celebremos la Natividad de la Santísima Virgen María, pues su nacimiento ha llenado de gozo el universo mundo.» Alégrate y corre a felicitar a tu Madre querida…, la única que merece ser felicitada en su nacimiento…, la única que trae con su vida terrena el germen de la vida de la gracia para sí, y para todos los demás.

[1] También celebra la natividad de San .Juan Bautista. por su relación con el Mesías y haber nacido ya santificado; pero el Bautista no es de los hijos de la Iglesia.

La unción de los enfermos

03 miércoles Sep 2014

Posted by manuelmartinezcano in Uncategorized

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  1. ENFERMEDAD Y VIDA CRISTIANA

 

La enfermedad y el sufrimiento se han contado siempre entre los problemas más graves que aquejan a la vida humana. En la enfermedad, el hombre experimenta su impotencia, sus límites y su finitud. Toda enfermedad puede hacernos entrever la muerte.

 

La enfermedad puede conducir a la angustia, el repliegue sobre sí mismo, a veces incluso a la desesperación y a la rebelión contra Dios. Puede también hacer a la persona más madura, ayudarla a discernir en su vida lo que no es esencial para volverse a lo que lo es. Con mucha frecuencia, la enfermedad empuja a una búsqueda de Dios, un retorno a Él. (Catecismo de la Iglesia Católica).uncionenfermos

 

Por su pasión y muerte en la cruz, Cristo dio un sentido nuevo al sufrimiento y a la enfermedad. Nuestros sufrimientos nos hacen semejantes a Cristo y nos unen a su pasión redentora.

 

  1. CRISTO MÉDICO

 

 

Isaías anunció que Dios hará venir un tiempo en que perdonará toda falta y curará toda enfermedad (Is 33, 24).

 

La compasión de Cristo hacia los enfermos y sus numerosas curaciones de toda clase (Mt 4, 24) son un signo maravilloso de que “Dios ha visitado a su pueblo” (Lc 7, 16) y que el Reino de Dios está muy cerca.

 

Jesús demuestra que tiene poder para curar y perdonar los pecados. Cura al hombre entero, alma y cuerpo; es el médico de los enfermos que lo necesitan (Mc 25, 36). Su compasión hacia todos los que sufren llega hasta identificarse con ellos: “Estuve enfermo y me visitasteis” (Mt 25, 36).

 

Los enfermos se acercaban a Jesús para tocarlo, “pues salía de Él una fuerza que los curaba a todos” (Lc 6, 19).

 

Su amor de predilección para con los enfermos no ha cesado a lo largo de los siglos. A sus discípulos les hace participar de su ministerio de compasión y de curación: “Expulsaban a muchos demonios y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban” (Mc 6, 1213).

 

Hoy Cristo continúa “tocándonos” para curarnos el alma y el cuerpo por medio del sacramento de la Unción de los enfermos: «¿Está enfermo alguno de vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que oren sobre él y le unjan con óleo en el nombre del Señor. Y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor hará que se levante y si hubiera cometido pecados, le serán perdonados» (St 5, 1415).

 

  1. NOCIÓN DE UNCIÓN DE LOS ENFERMOS

La Unción de los enfermos es el sacramento por el cual el cristiano gravemente enfermo recibe la gracia de Dios para salud del alma y, a veces, del cuerpo.

 

“La Extremaunción, que también, y mejor, puede llamarse Unción de los enfermos, no es solamente el sacramento de los que se encuentran en los últimos momentos de su vida. Por tanto, el tiempo oportuno para recibirlo comienza cuando el cristiano ya empieza a estar en peligro de muerte por enfermedad, vejez o accidente” (Vaticano II).

 

La Unción de los enfermos es el complemento del sacramento de la Penitencia, como la Confirmación lo es del Bautismo. En la Confirmación el bautizado se fortalece en su fe para confesarla y defenderla valientemente como soldado de Cristo. En la Unción de los enfermos, el cristiano recibe un aumento de energía sobrenatural para superar victoriosamente la última batalla de la vida.

 

  1. EFECTOS DE LA UNCIÓN DE LOS ENFERMOS

La Unción de los enfermos comunica al sujeto que lo recibe la gracia santificante suficiente para aliviarle y confortarle. Despierta en él la confianza en la divina misericordia y le da fuerzas y valor para soportar los sufrimientos de la enfermedad, la vejez, la agonía de la muerte y para resistir a las tentaciones del demonio.

 

Por la Unción de los enfermos, el enfermo vive más íntimamente la Pasión de Cristo y el sufrimiento, secuela del pecado original, se convierte en una participación de la obra salvífica de Jesús, y uniéndose libremente a la pasión y muerte de Cristo, contribuye al bien del Cuerpo Místico de Cristo.

 

La Unción de los enfermos perdona los pecados mortales (si el enfermo hizo el acto de contricción o atricción), los pecados veniales y las penas temporales debidas por los pecados.

 

Si conviene para el bien espiritual del enfermo, la Unción de los enfermos produce la recuperación de la salud del cuerpo, como ha ocurrido en muchísimas ocasiones.

 

Santo Tomás dice: “este sacramento es el último y, en cierto modo, el que consuma toda la curación espiritual, sirviendo como de medio para que el hombre se prepare para recibir la gloria”.

 

  1. NECESIDAD DE LA UNCIÓN DE LOS ENFERMOS

La Unción de los enfermos no es necesaria para la salvación eterna, porque el estado de gracia se adquiere y conserva sin este sacramento. Ahora bien, la Unción de los enfermos puede ser necesaria para el cristiano enfermo que esté en pecado mortal y no puede recibir el sacramento de la penitencia, porque está imposibilitada para confesar.

El hecho de que Cristo haya instituido un sacramento especial para la enfermedad incluye el precepto de aprovecharse de él.

 

La caridad hacia sí mismo, y la alta estima en que deben tenerse los sacramentos, imponen al enfermo la obligación grave de recibir el sacramento de la Unción de los enfermos.

 

Los que rodean al enfermo tienen la obligación, por caridad, de procurar que no muera sin haber recibido el sacramento.

Los familiares tienen obligación grave de procurar que el enfermo reciba la Unción de los enfermos, y, si es posible, antes de que pierda el conocimiento.

 

El Concilio de Trento condenó el menosprecio de este sacramento como “grave delito e injuria contra el Espíritu Santo” (D 910).

 

  1. ELEMENTO MATERIAL Y FÓRMULA RITUAL DE LA UNCIÓN DE LOS ENFERMOS

 

 

 

El elemento material de la Unción de los enfermos es el aceite de oliva u otro aceite de plantas.

 

El aceite, según una antigua tradición, ha de estar bendecido por el obispo. Si no dispone de aceite bendecido por el obispo, el sacerdote puede bendecir el aceite en el momento de la administración del sacramento.

 

“El aceite expresa muy bien la eficacia interior del sacramento. Porque, así como el aceite mitiga los dolores del organismo humano, así también la Unción de los enfermos atenúa la angustiosa pena del alma del enfermo. El aceite, además, da salud, produce alegría, alimenta la luz y repara las cansadas energías del cuerpo fatigado; imágenes todas muy expresivas de los admirables efectos espirituales que la Unción de los enfermos produce en el espíritu enfermo” (Catecismo Romano).

 

La fórmula ritual del sacramento de la Unción de los enfermos son las palabras que pronuncia el sacerdote al ungir al enfermo: “Por esta santa unción y por su bondadosa misericordia te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo, para que te libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad”.

 

Para la validez del sacramento basta una unción sobre un solo sentido y mejor aun en la frente.

 

  1. MINISTRO Y SUJETO DE LA UNCIÓN DE LOS ENFERMOS

El ministro del sacramento de la Unción de los enfermos es el sacerdote: “Llamen a los presbíteros de la Iglesia”, dice el apóstol Santiago.

 

El sujeto de la Unción de los enfermos es el bautizado que, una vez llegado al uso de razón, se halle en peligro de muerte a causa de enfermedad, accidente o vejez.

 

No se requiere que la enfermedad sea necesariamente mortal o que el enfermo esté ya agonizando. Basta que se trate de una enfermedad seria, grave, que pueda ocasionar la muerte del enfermo, aunque haya, por otra parte, esperanzas de salir de ella.

A los muy ancianos puede administrárseles la Unción de los enfermos aunque de momento no estén aquejados de ninguna enfermedad.

 

Es un gran abuso, que perjudica gravemente al enfermo, retrasar la Unción de los enfermos hasta que esté ya a punto de morir, por el peligro de llegar tarde y porque se priva al enfermo, mientras tanto, de los poderosos auxilios que lleva consigo el sacramento, y quizás el remedio oportuno para recuperar la salud corporal.

 

  1. EL SANTO VIÁTICO

A los que van a dejar esta vida, la Iglesia ofrece, además de la Unción de los enfermos, la Eucaristía como Viático. Recibida en el momento trascendental del paso hacia Dios Padre, la comunión del Cuerpo y la Sangre de Cristo tiene una significación y una importancia particulares.

El Viático es semilla de vida eterna y poder de resurrección, según las palabras del Señor: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo le resucitaré el último día” (Jn 6, 54).

La Eucaristía sacramento de Cristo muerto y resucitado es en el Viático sacramento del paso de la muerte a la vida, de este mundo al Padre (Jn 13, 1).

Así como los sacramentos del Bautismo, de la Confirmación y de la Eucaristía constituyen una unidad llamada “los sacramentos de la iniciación cristiana”, se puede decir que la Penitencia, la Santa Unción y la Eucaristía, en cuanto Viático, constituyen, cuando la vida cristiana toca a su fin, “los sacramentos que prepara para entrar en la Patria”, o los sacramentos que cierran la peregrinación terrena. (Catecismo Católico).

Página para meditar nº 103

03 miércoles Sep 2014

Posted by manuelmartinezcano in Padre Alba, Uncategorized

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Dos compañeros vuestros, Javier y José María, dos miembros de nuestra Asociación, recibieron ya la imposición de manos del Obispo que los constituyó para siempre como Diáconos, para el servicio de Dios y de la Iglesia. Los habéis visto constantemente en los campamentos, en nuestras excursiones, en todas nuestras reuniones, en los Ejercicios Espirituales, en la Adoración Nocturna… en todas las actividades que organizaba la Asociación, participando activamente de su vida. Ahora su paso hacia delante ha sido el definitivo quedarán consagrados al servicio de Dios, para la causa de Dios, para siempre. «Todos los que se quieran consagrar en todo Servicio del Rey y Señor universal ofrecerán sus personas al trabajo…» Dentro de sus limitaciones humanas y de sus defectos, Javier y José María han dicho que sí al Señor y se han puesto en camino detrás de Él.imposicion_de_manos

Mirad que en estas dos palabras está resumida toda la espiritualidad que recibimos en nuestra Unión Seglar: «Con Jesucristo para servir». Eso es todo. En el lugar que cada uno ocupa y que le ha señalado Nuestro Señor, ha de tener exclusivamente que ha sido creado, redimido, hecho cristiano y llamado a la Unión Seglar y a la Asociación juvenil y a tal estado de vida en concreto para estar siempre unido a Jesucristo y servirle a Él. Mientras asistía a la liturgia de la ordenación al diaconado y meditaba en los pasos de todo el ceremonial, se me agolpaban vuestros rostros en mi memoria y vuestros nombres y por ellos le suplicaba al Señor que hallara muchos de entre nosotros, que nos hallara a todos dispuestos para responder a Jesucristo en su llamada, ya que nos llama a todos en su alvino seguimiento.

Las mayores satisfacciones, la felicidad más íntima, la alegría más indefinible, está vinculada solamente al seguimiento de Jesucristo. No tenemos muchas vidas, sino solamente la presente, que por cierto pasa velozmente. Importa mucho, nos importa mucho dársela por completo a quien nos la dio sin reserva, para responder así nosotros a su amor.

Debemos honrarnos santamente por haber nacido de nuestra Asociación esos dos nuevos clérigos, en medio de tanta escasez de vocaciones en todas partes; debemos dar muchas gracias a Dios por ellos y pedirle que siga bendiciéndonos con los dones de la vocación sacerdotal y religiosa; pero por encima de todo debemos pedirle al Señor que tenga piedad de nuestras almas para que ninguno se quede a medio camino en el servicio de Dios, crucificados al mundo y para quienes el mundo está crucificado. Si vivimos ese ideal de nuestra Asociación, todo lo demás se nos dará por añadidura; sacerdotes, misioneros, apóstoles, matrimonios felices y santos.

Rvdo. P. José María Alba Cereceda, S.I.
Meridiano Católico Nº 103, enero de 1987

Imitación de Cristo 78

01 lunes Sep 2014

Posted by manuelmartinezcano in Uncategorized

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Capítulo 40

Que no tiene el hombre de sí bien alguno
ni cosa de qué alabarse

El Alma.- 1. Señor, «¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, o el hijo del hombre para que le visites?» (Sal 8,5).
¿Qué ha merecido el hombre para que le dieses tu gracia?
Señor, ¿de qué me puedo quejar si me desamparas? ¿O cómo justamente podré contender contigo si no hicieres lo que pido?
Por cierto, una cosa puedo yo pensar y decir con verdad: Nada soy, Señor, nada puedo, nada bueno tengo de mí; mas en todo estoy falto y camino siempre a la nada.
Y si ni soy ayudado e instruido interiormente por ti, me vuelvo enteramente tibio y disipado.cruz

  1. «Mas tú, Señor, eres siempre el mismo» (Sal 101,27), y permaneces eternamente, siempre bueno, justo y santo, haciendo todas las cosas bien, justa y santamente, y ordenándolas con sabiduría. Pero yo, que soy más inclinado a caer que aprovechar, no persevero siempre en un estado, y me mudo siete veces cada día.
    Mas luego me va mejor cuando te dignas alargarme tu mano auxiliadora porque tú solo, sin humano favor, me puedes socorrer y fortalecer, de manera que no se mude más mi semblante, sino que a ti solo se convierta y en ti descanse mi corazón.
  2. Por lo cual, si yo supiese bien desechar toda consolación humana, ya sea para alcanzar devoción, ya por la necesidad que tengo de buscarte, pues no hay hombre que me consuele, entonces con razón podría yo esperar en tu gracia y alegrarme con el don de la nueva consolación.
  3. Gracias sean dadas a ti, de quien viene todo, siempre que me sucede algún bien.
    Porque delante de ti yo soy vanidad y nada, hombre mudable y flaco.
    ¿De dónde, pues, me puedo gloriar o por qué deseo ser estimado?
    ¿Por ventura de la nada? Pero esto es vanísimo.
    Verdaderamente, la vanagloria es una mala pestilencia y grandísima vanidad, porque nos aparta de la verdadera gloria y nos despoja de la gracia celestial.
    Porque contentándose un hombre a sí mismo, te descontenta a ti; cuando desea las alabanzas humanas, es privado de las virtudes verdaderas.
  4. La verdadera gloria y alegría santa consiste en gloriarse en ti y no en sí; gozarse en tu nombre y no en la propia virtud, ni deleitarse en criatura alguna sino por ti.
    Sea alabado tu nombre, no el mío; engrandecidas sean tus obras, no las mías; bendito sea tu santo nombre, y no me sea atribuida parte alguna de las alabanzas de los hombres.
    «Tú eres mi gloria» (Sal 3,3); tú, la alegría de mi corazón.
    En ti me gloriaré y gozaré todos los días; «mas de mi parte no hay de qué, sino de mis flaquezas» (2Cor 12,5).
    Busquen los judíos la gloria que se dan unos a otros; yo buscaré la gloria que viene solamente de Dios (Jn 5,44; 8,50).
    Porque toda la gloria humana, toda la honra temporal, toda la alteza del mundo, comparada con tu eterna gloria, es vanidad y necedad.
    ¡Oh verdad mía y misericordia mía, Dios mío, Trinidad bienaventurada; a ti solo sea alabanza, honra, virtud y gloria para siempre jamás!

El humo de Satanás: tentación primera

01 lunes Sep 2014

Posted by manuelmartinezcano in Uncategorized

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El Papa nos ha advertido sobre una infiltración extraordinaria del demonio en la hora presente de la Iglesia; es un ataque, desde el interior, a las raíces del ser mismo de la Iglesia y de la religión.
¿Cuál es el sentido de ese ataque radical, según las continuas enseñanzas del Papa? El día de San Ignacio lo resumíamos en tres pretensiones descaradas (sin olvidar que les preparan el camino otras más disimuladas y ambiguas): la primera, vaciar la fe de su contenido revelado y confundirla con una corriente de opiniones y deseos de este tiempo; la segunda, prescindir de la constitución divina de la Iglesia, para reinventar una nueva; la tercera, reducir la misión de la Iglesia a una acción temporal, de carácter político revolucionario.Guerra-Campos.5
Anunciamos que otro día procuraríamos explicar un poco estas formas de la tentación diabólica. Comencemos hoy por la primera, con la ayuda de la Virgen María, vencedora de la serpiente.
El vaciamiento del contenido o de las verdades de la fe es un efecto del desinterés por aquellas realidades vivas, anteriores y superiores a nosotros, de las cuales se alimenta nuestra vida personal. La fe se empobrece, hasta reducirse a pensamiento humano, como simple creador de nuestros planes de acción.
Suele empezar todo por una desgana misionera en relación con los demás. Y suele cubrirse con una apariencia de bien, por deformación de una verdad. ¿Qué verdad es ésta? Que la revelación predicada por la Iglesia no caen en un vacío: Dios prepara el corazón de los hombres sembrando en ellos valores, que vienen de Dios, conducen a Dios, y por lo mismo disponen al hombre para recibir la palabra divina. Los que sin resistencia culpable ignoran la revelación pueden salvarse, si siguen de buena fe la voz de Dios que resuena en su interior; pero no por ello la Iglesia se siente menos urgida a proponer el mensaje de Cristo, luminoso y alegre, que confiere todo su sentido a los valores del corazón sincero, los hace conscientes, los purifica y los eleva. Como dijimos en otra ocasión, la buena fe del no creyente apunta hacia la fe, y la Iglesia le sale al paso con su acción misionera.
La deformación diabólica de esta verdad lleva a algunos cristianos a pensar: ¿para qué inquietar a los hombres con la acción misionera? Cualquier expresión sincera del espíritu humano, religiosa o atea, es de igual valor para ir a Dios. Y los mismo que destacan la malicia, la injusticia de la sociedad cuando se trata de realizar los derechos propios, dan por supuesto que en relación con Dios la buena fe es lo ordinario. (Sin embargo, cuando nos ponemos ante Dios, no podemos cerrar los ojos ante la abundancia de nuestra mala fe, ante el envilecimiento, que nos puede llevar a la idolatría, ante la desesperación, sorda o patética…) Se menosprecia la necesidad de la revelación divina; se multiplica el número de los que llaman «cristiano» anónimos, que no reconocen a Cristo; y así se favorece la inhibición de la tarea evangelizadora, la desgana por ofrecer a los hombres la fe como un bien máximo. Si dependiese de este modo de pensar, la Iglesia, renunciando a su aportación propia, se limitaría a promover valores comunes de índole moral o social.
Está claro que este desinterés por los demás brota de un desinterés por nosotros mismos. El enemigo de la verdad produce en muchos desgana de la verdad, con muchos pretextos inconscientes, que hemos examinado ya, oponiendo, por ejemplo, la verdad a la vida, a la humildad, a la libertad, a la unidad. A la humilde y serena aceptación de la verdad sucede la inapetencia, la autonomía, solitaria o solidaria; la búsqueda inquieta, el empeño en abrirse camino sin norma ni orientación de validez permanente.
Para suplirlas, se recurre a veces a las voces o signos del tiempo que vivimos: lo que opinan y desean los hombres. Aquí late algo verdadero: Dios actúa en el corazón de los hombres y en la historia. Pero las voces de éstos son equívocas, pues tanto pueden reflejar la inspiración de Dios como las resistencias y argucias del espíritu malo; por eso, como enseña el Concilio, hay que interpretar y valorar tales significados a la luz superior del Evangelio.
Ahora bien, el demonio logra que algunos escuchen esas voces como nueva palabra de Dios; que piensen que Dios habla ahí igual que hablo por Cristo y los Apóstoles; y, naturalmente, que terminen por quedarse con las voces del mundo, como las únicas interesantes, tachando la tradición del Evangelio como fórmulas del pasado. Y así se llega a lo que llaman el ateísmo cristiano, fórmula hábil del llamado espíritu moderno: al que no interesa lo que Dios dice de sí mismo y de nuestra vida en El, sino solamente lo humano, tal como lo pueden vivir también los no creyentes, lo que se expresa por medio de la cultura o de la praxis, es decir, por la acción tendente a organizar o reconstruir este mundo. La religión se desvanece. Lo que muchos denominan «encarnación de la Iglesia en el mundo» terminaría por servir, no para elevar el mundo hacia Dios, como lo requiere la auténtica Encarnación, sino para diluir a la Iglesia misma en una humanidad endiosada.
El Padre Santo, en su discurso del 23 de junio, dijo: «Algunos piensan que la Iglesia debería renunciar incluso a las certezas adquiridas para dedicarse únicamente a escuchar las aspiraciones del mundo.» Y el 29 de junio: «Ya no se confía en la Iglesia; se confía en el primer profeta profano que nos viene a hablar desde algún periódico o desde algún movimiento social.» He aquí una ilustración pintoresca de las palabras del Papa: si vamos mundo adelante y entramos en las habitaciones de algunos, pocos, sacerdotes y religiosos, comprobaremos que han desaparecido las imágenes de Jesús, de María y de los santos, y ocupan su puesto las de Che Guevara o de Mao Tse-Tung.
Hemos de vigilar, porque podemos vaciarnos de la fe por rendijas a las que no damos importancia, pero que dan entrada –como diría el Papa- al «humo de Satanás». Señales inconfundibles de que se está produciendo ese escape interior son la desgana misionera, la falta de aprecio de la fe y la vida religiosa por sí mismo (no sólo por sus derivaciones temporales), el descuido y abandono de la comunicación personal con Dios (oración, sacramentos), la pérdida del sentido del pecado, que equivale al desprecio de la presencia y del amor de Dios.
Para terminar, recojamos otras dos notas señaladas por el Papa en el discurso antes citado: «Una falsa y abusiva interpretación del Concilio, que querría una ruptura con la tradición, incluso doctrinal»; un «pluralismo, concebido como libre interpretación de las doctrinas y coexistencias tranquila de afirmaciones opuestas…, prescindiendo de la doctrina sancionada por las definiciones pontificias y conciliares». (La marca del diablo aparece en que se reclama pluralismo en lo dogmático, que es palabra y verdad recibida de Dios, y en cambio se trata de imponer uniformidad en lo opinable: lo que son tácticas y planes humanos)
Reafirmemos nuestra fidelidad. Y que nos conforten las palabras de Jesús: «Confiad, Yo he vencido al mundo»; las palabras de San Juan: «Esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe»; las palabras de San Pablo «Fiel es el Señor, que os confirmará y guardará del maligno».

José Guerra Campos

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“Espíritu Santo, infúndenos la fuerza para anunciar la novedad del Evangelio con audacia, en voz alta y en todo tiempo y lugar, incluso a contracorriente”. Padre Santo Francisco.

"Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la construyen. (Salmo 127, 1)"

Nuestro ideal: Salvar almas

Van al Cielo los que mueren en gracia de Dios; van al infierno los que mueren en pecado mortal

"Id al mundo entro y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado" Marcos 16, 15-16.

"Es necesario que los católicos españoles sepáis recobrar el vigor pleno del espíritu, la valentía de una fe vivida, la lucidez evangélica iluminada por el amor profundo al hombre hermano." San Juan Pablo II.

"No seguirás en el mal a la mayoría." Éxodo 23, 2.

"Odiad el mal los que amáis al Señor." Salmo 97, 10.

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