El democratismo liberal-marxista, que ininterrumpidamente está predicando las libertades y derechos del hombre moderno es, en realidad, el totalitarismo más salvaje de la historia. Los democratistas no creen en la libertad del hombre, al que reducen a una partícula más del universo.
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Cuando un ciudadano vota en unas elecciones políticas, somete su voluntad a “la voluntad general”, según Rousseau, padrastro de la democracia moderna. Voluntad general que ejecuta el Estado. Esta es una de las razones por la que no voto. Mi voluntad sólo está sometida a la ley divina. Yo gozo de la libertad de los hijos de Dios.
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En eso que llaman Estado de Bienestar, todos nos contagiamos de todo ¡Ojo! Hay que ser prudentes como serpientes y sencillos como palomas. El Santo Padre Francisco, nos advierte que: “El bienestar nos adormece es una anestesia, nos quita el coraje fuerte para caminar cerca de Jesús, nos hace perezosos y poco valientes”.
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Un joven amigo, me ha dicho que el arzobispo de la diócesis, en visita pastoral, estuvo toda la mañana en su parroquia. Los delegados de actividades apostólicas, expusieron sus apostolados. Al final, el arzobispo recordó que estaban muy bien las ayudas materiales y culturales que hacían. Pero que lo más importante en la Iglesia es predicar el Evangelio, enseñar el catecismo, actividades católicas que ellos no hacían.
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Predicaba una novena y, en esos días, un misionero español en África, vino a Barcelona a ver a su familia. Me dijo que, en muchas partes, estamos regando fuera de tiesto porque, es evidente, que la cultura no salva a las almas eternamente. Lo que nos salva es la fe en Jesucristo y la práctica de las virtudes. Para salvarse es necesario bautizarse y bautizar las culturas.
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Jesucristo no dijo: Toleraos los unos a los otros; ni tampoco solidarizaos los unos con los otros. Cristo nos dijo: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”. Así seremos felices en la tierra y eternamente en el cielo.
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Hace años, asistí a la conferencia de un gran intelectual católico y español. Formidable. En un instante me adormilé. A los pocos días, pregunté al conferenciante: ¿Ha dicho usted que los polítiqueros de ahora son los bandoleros de siempre, escondidos en sus despachos? No -me dijo- no he dicho exactamente esas palabras. Su pícara sonrisa, me confirmó en lo que yo entendí adormilado. Pero lo dijo con otras palabras.
Padre Cano, mCR