P.albacenaAborrecemos lo ordinario, lo de todos los días, lo que nos resulta monótono por su repetición constante. Y, sin embargo, es en lo de todos los días en lo que tenemos que irnos educando para adquirir las virtudes, desarraigar los vicios y dar gloria a Dios.

Cada año tendríamos que desarraigar un vicio como nos recomienda Kempis, y en muy poco tiempo seríamos perfectos. La labor de autoeducación es la que más nos urge a todos. Al irnos haciendo mayores, al ser ya mayores, se olvida este aspecto, y nos acostumbramos a que los demás como solemos decir, “nos acepten como somos”. Y no tendríamos que ser así, sino que la autoeducación sobrenatural que nos da la Iglesia, tiene que ir formando en nosotros, hombres y mujeres, no abandonados, sino en camino de avance. Como le gusta a D. Luis Madrid Corcuera, “estemos en marcha”.

Para avanzar como nos enseña S. Ignacio, hemos de ordenar nuestros afectos desordenados, nuestras operaciones desordenadas. Cuando S. Agustín explica que la virtud consiste en el “orden del amor”, nos enseña lo mismo que S. Ignacio y lo mismo que siglos antes en el Libro del Cantar de los Cantares, decía al Espíritu Santo, en boca de la Esposa: “El Esposo ha ordenado en mi la caridad”. Amar y saber amar es el secreto de la perfección de la santidad. Con la ayuda de nuestro Señor tenemos que enseñar a nuestro corazón a amar y a saber amar.Estampa Virgen de Lourdes

Debemos, por encima de toda otra consideración, amar a Dios. Nos lo manda en su santa Ley: “Amarás a tu Dios con todo tu corazón, alma y fuerza”. Y para enseñar a amar a nuestro corazón, le tenemos que enseñar a conocer los objetos amados, los objetos dignos de ser amados. De ahí la meditación, el trato con Dios, la Sagrada Comunión que nos va descubriendo poco a poco el conocimiento interno de Dios. Y como sabemos por el Principio y Fundamento y por la Contemplación para alcanzar a amor, el corazón va aprendiendo también a amar al hombre y todas las demás cosas con respecto a Dios. Así se ordena el amor al prójimo, el amor al mundo, obra de Dios, el amor a la obra sobrenatural de Dios, que es la nueva creación, el amor a los misterios revelados, el amor a la Iglesia. Y como consecuencia de todo el amor a la virtud, a la ley, a las costumbres cristianas, a la familia, a la patria, a todo lo santo y bueno que Dios ama.

Por eso, porque para amar más y más hay que conocer más y más con el conocimiento sabroso del trato interno, hay que ordenar la inteligencia y el corazón para que sepamos educarnos en el orden del amor y en el caso aparente de lucha de bienes o deberes, de conflictos de actitudes y de tiempos, sepamos dar la preferencia al orden del amor que nos enseña a conocer y amar a Dios cada día más.

Rvdo. P. José María Alba Cereceda, S.I.
Meridiano Católico Nº 125, enero de 1989

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