P.albacenaNuestro problema espiritual, el problema que explica todos los otros problemas del espíritu tiene un nombre: ORACIÓN. El avance en la virtud procede del avance en la oración. Los fracasos en la vida cristiana son en realidad fracasos en la oración.

Tratareis con personas devotas, religiosas, sacrificadas, piadosas. Un trato más hondo, un conocimiento de ellas más profundo os llevará a descubrir que la raíz de todo es su vida de oración. Conoceréis otras personas en apariencia semejantes a las primeras, incluso con dones y cualidades superiores, pero que en un momento dado se derrumban, o ente el sacrificio de su fama o de su hacienda, toman decididamente otro camino o dan marcha atrás. Es que no te­nían oración, practicaban la oración, sin tener “vida de oración”. En nosotros mismos, advertiremos que no avanzamos en nuestro propio conocimiento, que le imitación de Nuestro Señor Jesucristo no pasa de ser un libro bien escrito, y que las perspectivas de nuestra vida en lugar de ser cada vez más desprendidas, siguen siendo conservadoras, pueriles. Todo ello se debe a que no hemos penetrado en la vida verdadera de la oración.

Ese es nuestro, negocio más importante. Esa ha de ser nuestra decisión más decidida. Esa ha de ser nuestra tarea hasta el fin de la vida.

Desde los tiempos casi apostólicos se hizo clásica la definición de oración de San Nilo: “Oración es elevación de la mente a Dios”.

La mejor preparación pare la oración es vivir una vida íntegramente cristiana, colocar con sinceridad por encima de todo las cosas de Dios, abnegar con sinceridad las cosas carnales, las pasiones egoístas, los infantilismos y caprichos constantes o del momento. El rato de oración es reflejo del día. Si durante el día nos sumergimos en lo terreno, no podremos sentir facilidad y elevar nuestro espíritu a Dios durante los minutos que consagramos a la oración. Al comienzo de la oración es muy importante hacer con sosiego un acto de fe en la presencia de Dios y penetrarnos de su misteriosa habitación en nosotros: “Mi Padre y Yo vendremos y haremos morada en el alma”. La presencia de Dios en nuestro interior, con quien vamos a tratar, es el prólogo de toda oración.

¿Cuál es el tiempo más apto para la oración diaria? En general podemos decir que el mejor parece ser el de la mañana, antes de comenzar otros quehaceres. Pero cada uno ha de elegir según sus propias circunstancias, para tener su oración del modo más recogido. La duración ha de ser de tal manera que permita llegar al íntimo y profundo recogimiento del alma con Dios. Decía San Ignacio que para hombres verdaderamente mortificados en sus pasiones, les bastaba un cuarto de hora. Pero para personas, como son la mayoría, que están muy ocupados exteriormente, no parece que sea suficiente menos de media hora. Lo que a esto se añada, sin faltar al propio deber o en días excepcionales, será preciosa ayuda para alcanzar la familiaridad y unión permanente con Dios.

El criterio para saber si nuestra oración es buena, nos lo da San Ignacio, cuando al oír de una persona espiritual que era de mucha oración, respondía, “será de mucha mortificación”, enseñando que quería pusieran atención en el fruto de la oración, que consiste en el vencimiento propio y en la imitación de las virtudes del Señor, para conformarnos más y más con el modelo de Cristo Jesús.

Que es lo mismo que enseñaba Santa Teresa cuando decía que “en estas cosas interiores de espíritu, la que más acepta y acertada es, es la que deja mejores “dejos”. Llamo “dejos”, confirmados con obras. No deseo otra oración sino la que me hace crecer en las virtudes.”

Mes de Mayo y mes de Junio, sean para todos avanzar en la vida de oración.

Rvdo. P. José María Alba Cereceda, S I.
Meridiano Católico Nº 130, junio de 1989

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