Hace relativamente poco, en una multitudinaria y magnífica ceremonia que fue retransmitida por televisión, la Iglesia beatificó al Papa Juan Pablo II, ya canonizado. Fue una Jornada de gozo para todos los que le amábamos, aunque por desgracia, no fue una jornada de gozo para todos.
El Papa polaco fue muy querido en vida, pero también fue muy odiado y combatido. Como lo es el Papa actual. Los enemigos de Dios y de la Iglesia nunca le perdonaron su coherencia, ni su valentía en denunciar los errores del mundo. A pesar de las multitudes que le seguimos por todo el mundo, estimulados por su ejemplo y su valentía, no faltaron personas que le denigraron cuanto pudieron, incluso dentro de la misma Iglesia. Lo triste es que muchos de estos sacerdotes y laicos que, llamándose católicos, critican al Papa en lo que éste pudiera tener de criticable y algunos incluso en lo que no se puede criticar porque pertenece al cuerpo de la enseñanza perenne de la Iglesia, muchos de ellos obran así –dicen- en defensa de la recta doctrina y de la misma Iglesia.
El mismo día de la beatificación un amigo muy querido, de Misa y comunión diaria, me sorprendió diciéndome que a él no le gustaba que beatificaran al Papa del cambio de siglo. Argumentó en favor de su tesis que a juicio de él, el nuevo beato había cometido errores en su pontificado que eran motivo para dudar de su santidad, y que creía que con esa beatificación la Iglesia -y el Papa Benedicto- cometían un error. Me expuso unos cuantos de esos “errores” de Juan Pablo II. Todos ellos pertenecían a las decisiones de gobierno de la Iglesia, en las que el Papa, como hombre que es, puede equivocarse. Aunque eso importa poco, pues pecadores somos todos, y es Dios quien nos ha de juzgar. Lo primero que pensé al escucharle fue en todas esas pláticas sobre la acedia que escuchamos no hace mucho en retiros sucesivos. Pensé, y así se lo dije, que una beatificación, sea quien sea la persona beatificada, es una alegría siempre, porque significa que a uno de nuestros hermanos de la Iglesia triunfante se le han reconocido virtudes heroicas que dan mayor gloria a Dios, y que la Iglesia nos lo propone como modelo para nuestra santificación. Y lo mismo respecto a una canonización. Ambos dan gloria a Dios, y aunque la persona beatificada o canonizada no tiene porque ser santo de mi devoción, SIEMPRE ES MOTIVO DE GOZO que un hermano nuestro merezca un reconocimiento público de sus virtudes y nos sea propuesto como ejemplo.
No olvidemos que beatificación y canonización son dos cosas distintas. La primera autoriza la veneración pública del nuevo beato, que por su vida, virtudes y muerte parece digno de la gloria de los altares. La segunda reconoce esas virtudes, le otorga el derecho del culto debido a los santos al inscribirle en la lista de los mismos, y en esa decisión la Iglesia actúa por su magisterio infalible.
Más tarde, ya en casa y dándole vueltas al tema, pensé con disgusto que con demasiada frecuencia tendemos a juzgar a los demás. A juzgar de todo y de todos. En parte es uno de los defectos de nuestra época, en que todos y a todos nos piden nuestro juicio en todos los temas que se ventilan en la prensa y medios audiovisuales, tengamos conocimiento de ellos o no, estemos formados en la materia o no. Mi amigo, cargado -no lo dudo- de buena intención, se permitía juzgar a Pedro y a la Iglesia, y se atrevía a condenarlos sin apelativos, e incluso no tenía reparo en manifestarlo. Creo que no se daba cuenta de la soberbia que implicaba su actitud. Su juicio le parecía más valioso y certero que el de la Iglesia que, sin duda, al decidir sobre una beatificación, y el Papa al firmarla, cuenta con todos los datos necesarios, pruebas, testimonios favorables y desfavorables, conocimiento, discernimiento y, naturalmente, con la asistencia del Espíritu Santo, más que ninguno de nosotros. Que mi amigo me perdone, pero prefiero confiar en el criterio de la Iglesia que en el suyo, e incluso que en el mío propio.
Cada año la Iglesia beatifica y con frecuencia canoniza a hermanos nuestros que han traspasado a la Casa del Padre. Todas y cada una de ellas son motivo de alegría. Y no tengo duda que todos los beatificados y canonizados son santos de la devoción de alguien, así como todos y cada uno de ellos nunca serán invocados particularmente por muchos cristianos, y solo les invocaremos cuando pidamos la intercesión de «TODOS LOS SANTOS Y SANTAS DE DIOS» en la letanía de los santos. Reconozco que, al menos, ése es mi caso.
Mª Pilar Frigola