Dios es extremadamente generoso y, si somos capaces de verlo, todo el día tendríamos que estar dándole gracias por sus muchos dones. Uno de los dones que me ha concedido, es la gracia de ser Adoradora Nocturna.
Es algo que conocí por referencias bastante joven, pero que no pude serlo sino cuando con más de veinte años, y con cierta independencia, tuve carnet de conducir y posibilidad de desplazarme y volver tarde a casa. La primera referencia que tuve de la Adoración Nocturna, fue la lectura de la biografía de un joven que lo era. Me impactó el detalle de que ese joven en cuestión entendía que la noche de Adoración es noche de sacrificio, y como parte de tal sacrificio, él pasaba toda la noche en vela. Mientras sus hermanos de turno se acostaban y dormían algunas horas, él rezaba las oraciones que le correspondían cuando debía hacerlo, y el resto de la noche la pasaba charlando, leyendo, estudiando,… pero no durmiendo. Esa noche no tocaba.
Años más tarde, con otras personas, deseábamos ingresar en la adoración nocturna, pero en nuestro pueblo no la había, y nos costó encontrar un turno en que integrarnos. Al final lo encontramos, y empezamos a acompañar al Señor algunas noches.
Entiendo la adoración nocturna como un compromiso que he adquirido, libre y voluntariamente, con Jesucristo, de acompañarle una noche al mes, pasando sueño, y tal vez frío. Son unas horas de intimidad con el Señor, en que puedo pararme, reflexionar, rezar, abandonarme a su Providencia.
En una charla, una vez, nos explicaron que la adoración nocturna respondía a la petición que Jesús hizo a sus discípulos en Getsemaní: “¿No habéis podido velar ni una hora?”. Pues el adorador nocturno es la persona que vela una noche, con Jesús, para acompañarle y consolarle en la agonía del huerto de los Olivos. En el Evangelio se lee que en Getsemaní, se le apareció a Jesús un ángel del cielo que le confortaba. Me gusta pensar (aunque tal vez soy muy atrevida) que en la figura de ese ángel están prefigurados los adoradores que velan por las noches, atendiendo el ruego de Jesús, y que de alguna forma le damos consuelo en su agonía.
Estas consideraciones me han llevado a tomarme muy en serio la adoración. Por supuesto que no soy perfecta, y que pese a mi buena voluntad, muchas noches me distraigo con preocupaciones mundanas, otras parece que no sé rezar, y estoy ante el Santísimo como ausente, y a veces hay flaquezas que se podrían evitar,… pero la considero una obligación que no debo abandonar por nada, simplemente porque no dejas sola a la persona que amas y está sufriendo. He conocido quien no ha ido una noche de adoración porque al día siguiente iba a una boda, o a salir de viaje, o a una excursión con su familia, y quería dormir bien la noche anterior. Entiendo que el sueño del día siguiente es parte del sacrificio de la adoración, y me cuesta entender que un compromiso que surja al día siguiente sea razón suficiente para dejar de adorar a Nuestro Señor (a no ser que la falta de sueño pueda comprometer la seguridad personal propia o ajena). Al fin y al cabo, muchos trabajan con sueño porque, simplemente, han ido de fiesta la noche anterior. ¿No es mejor tener sueño por algo santo y meritorio, que no por dar gusto al cuerpo?
No hace mucho, tuvo lugar en Manresa un encuentro de Adoradores Nocturnos que se realiza cada dos años. En él, un sacerdote nos hizo una charla preciosa, que versó sobre el año de la Fe. Pero en un momento de la misma, nos dijo algo que me sorprendió, pero que pensándolo bien, es cierto. Nos dijo que los adoradores somos los amigos íntimos de Jesús, aquellos que él se ha elegido hoy para acompañarle en el huerto de los Olivos y en el Tabor, como hace 2000 años eligió a Pedro, Juan y Santiago. ¡Qué gracia tan grande es pertenecer al círculo de amigos íntimos de Jesús!
Mª Pilar Frigola