ma lourdes vilaDios nos ha hecho un regalo este pasado verano: asistir a la JMJ en Madrid. En un principio íbamos a ir con mi cuñado Joaquín, pero al poco tiempo le dijimos que no podíamos por problemas económicos. Pero Dios nos esperaba allí y se las arregló para que, finalmente, pudiéramos viajar a Madrid con mi hermana Mª Roser y su familia. Allí nos juntamos con mis otros hermanos José y Luis y sus familias.

La comodidad de poder dormir en una cama según la primera propuesta de viaje, se transformó, en el suelo de Cuatro Vientos sobre una colchoneta que poco a poco, se iba deshinchando.

Las cuatro familias que “desembarcamos” en Leganés, al otro lado de la M-40, y que debíamos recorrer la distancia que nos separaba del recinto, sumábamos 26 personas, de las cuales 18 eran niños, el mayor con 10 años, pues todos los hermanos mayores que habrían podido ayudar, estaban en los campamentos de la ”Unión Seglar”. También ellos vinieron a Cuatro Vientos los vimos pasar, a lo lejos, pero no pudimos alcanzarles.

Después de vadear un pequeño cauce seco, con el “socorro” de unos jóvenes voluntarios, que nos ayudaron a pasar a los niños con sus cochecitos, tiendas, colchonetas, sacos de dormir, comida… y ¡mucha agua! pudimos llegar a nuestro destino, que no fue otro que el primer lugar que vimos libre en la zona H5, ¡la penúltima! Antes de eso tuvimos que atravesar la riada humana de peregrinos que entraban en el recinto. Mi marido no paraba de contar niños y de vigilar que todo el mundo siguiera. ¡Toda una odisea!

Instalamos las tiendas para los más pequeños, hinchamos las colchonetas, cenamos un poco a la espera del Santo Padre. Por las pantallas pudimos ver el testimonio de un muchacho sordo y sus palabras al Papa nos conmovieron profundamente y nos animaron a soportar los pequeños sacrificios de aquella noche al raso.

Llegó pos fin el Papa y las emociones fueron cada vez más intensas. No paramos de gritar ¡Viva el Papa! Y tanto debimos gritar que a mi hijo Rafael Mª de 2 años, se le ha quedado grabado el grito y no para de repetir ¡Viva el Papa! ante cualquiera ocasión. Y entonces llego el huracán. Metimos a los niños en las tiendas y tratamos de calmarlos cantando todo el repertorio que sabíamos de canciones a la Virgen. Todos los que se mojaron, ¡y mucho!,  a causa de la lluvia, quedaron secos enseguida, fue como un pequeño milagro.madrid-jmj-20111

Como que en la zona donde estábamos no veíamos el escenario donde estaba Benedicto XVI, y las pantallas no emitían imagen ni sonido, pasamos unos instantes de cierta angustia o incertidumbre al no saber cómo estaba el Papa. Sus palabras de saludo y ánimo al poco rato, realmente nos animaron y nos confortaron.

Lo que me impresiono más, fue el silencio que se vivió durante la adoración al Santísimo Sacramento. Seguramente los que estuvisteis allí pudisteis sentir lo mismo que yo: dos millones de personas, la mayoría jóvenes, orando en el más absoluto silencio a Jesús Eucaristía.

Cuando los niños se durmieron, entrada ya la noche, pude ir con mi marido Antonio, a hacer compañía al Señor, en una de las capillas de adoración que teníamos cerca y que no había dañado el vendaval y la lluvia. Una se emociona al  ver  a tantos jóvenes adorando con mucha devoción al Señor. También  me emocionó ver como cuatro sacerdotes confesaban continuamente y los abrazos que les daban los jóvenes después de ser perdonados.

Al día siguiente, los gritos de los presentadores nos despertaron a todos; seguimos con toda la devoción que pudimos las oraciones de la mañana y las laudes cantadas por unas religiosas. Oímos con devoción la Santa Misa y emprendimos la expedición de regreso a los coches ¡otra aventura!

El lunes fuimos invitados por mi hermano, Ramón Mª, que es sacerdote del Camino Neocatecumenal, al encuentro vocacional en la plaza de Cibeles. Fue extraordinario ver la respuesta de los jóvenes a la llamada vocacional que hizo Kiko Argüello; primero dijo que se levantaran los chicos que se sintieran llamados por el Señor, después fueron llamadas las chicas; ¡5.000 chicos y 3.200 chicas se levantaron como una oleada de generosidad! Con gran gozo vi como una de mis hijas se levantaba, mi hija Anna. Al volver con nosotros –ella tenía miedo de no encontrarnos, pues la cantidad de gente que había era enorme, varios cientos de miles de personas- nos abrazó y llorando nos pidió la  bendición. Fue un regalo muy hermoso del Señor. Dios quiera que su vocación llegue a buen término.

Mi hermana María Roser me contó, que vio como un chico que llevaba pendientes y piercings se levantó a la llamada, y al volver se quitó los pendientes y piercings, los tiró al suelo y los pisó, después se abrazó a sus amigos y compañeros con una alegría sobrenatural. Esto me ha hecho ver cuántas veces he juzgado a las personas por las apariencias externas y como es preciso no juzgar, para no ser juzgado.

Maria Lourdes Vila Morera