Hace más de dos años falleció mi padre y escribí un artículo al respecto. Desde entonces, he observado con más atención que ante el fallecimiento de aquéllos a quiénes he conocido, y la forma como sus familiares y amigos la viven.
He constatado que las personas de fe encaran la muerte con serenidad y sus familias la aceptan con conformidad. A veces das el pésame, y responden –como nosotros respondíamos ante la muerte de papá- frases como: “Él está bien, somos nosotros los que le echamos de menos…”; “Murió confortado por la Fe. Ha ido al Cielo. No debemos estar tristes…”; “El ya no sufre. Ahora es feliz…”; y frases similares.
Personas, sin embargo, que carecen de fe están tristes y llorosas ante la muerte de un ser querido, a veces durante meses, e incluso años. Hay quien no halla consuelo más que visitando el cementerio cada día, como si así pudiera retener a su lado al que se ha ido. A estas personas les das el pésame y su único consuelo, normalmente, se reduce a que el difunto ha dejado de sufrir. Les hablas de Dios y de vida eterna, y con frecuencia parece que no escuchan, cuando no se rebelan. Les dices que rezarás por el difunto, y parece que les hablas del tiempo o de la floración de la lechuga.
Pero viví no hace mucho una muerte que me impactó bastante. Un amigo del pueblo, joven, más o menos de mi edad, se ahorcó. Tenía una grave depresión, y cometió un acto irreparable. Irreparable e inesperado incluso para su propia familia, que no creía que él estuviera tan mal. Más o menos tres semanas después del hecho, vi a su madre y estuve hablando con ella. Me conmovió profundamente, porque me decía, llorando, que no se quitaba la imagen de su hijo muerto de la cabeza (le encontró ella) y además… “¿dónde estaría su chico ahora?”. Me lo preguntaba en un tono de dolor y desesperación que me impresionaron, porque aunque yo suponía que ella tenía fe, no es practicante asidua, aunque su caridad con los demás es ejemplar. Ella sufría por la muerte de su hijo, pero temía por encima de todo que el joven se hubiera condenado y estuviera en el infierno, porque el suicidio –ella lo sabía- es pecado mortal.
Comprendí su dolor y Dios iluminó mi respuesta. Le dije que rezara mucho por su hijo y que no desesperara, porque estaba enfermo. Un enfermo de depresión tiene altibajos en que un día parece que está bien, y al rato está sumido en un pozo de negrura y desesperación que embota su entendimiento y le impulsa a actos a veces irreparables sin pensar siquiera que aquello que va a hacer está bien o mal, si se perjudica a sí mismo o a otros, si otros sufrirán por su causa o no. Sólo ve su desesperación. El conocimiento y el razonamiento se alteran, y por tanto es dudosa la gravedad del pecado, porque es dudoso que haya conocimiento pleno y verdadera libertad. Sólo Dios puede saber qué pasó por la mente de ese muchacho en ese momento, pero hay lugar para la esperanza. Además, desde el momento que cayó hasta que entregó el alma, seguramente hubo tiempo suficiente para el arrepentimiento. Unos segundos bastaban, y tuvo unos segundos. Le dije que rezara por él, que yo también lo haría, porque podía muy bien haberse salvado.
Creo que ella agradeció más esta esperanza que todas las muestras de cariño y expresiones de condolencia que había recibido.
Porque al fin, la muerte es el inicio de nuestro destino eterno. Según sea nuestra muerte, será nuestra eternidad, por eso, lo más importante es morir bien.
Pidamos a San José, Patrono de la Buena Muerte, que nos auxilie en nuestros últimos momentos de vida terrena. Y vivamos hasta ese momento tan santamente como podamos, para merecer una muerte santa. Porque aunque Dios puede hacer -y cuando conviene, hace- milagros, suele darnos el tipo de muerte que hemos merecido con nuestra vida. Aunque otro puede ganar para nosotros con sus oraciones y sacrificios el don del arrepentimiento final, debemos vigilar y estar alerta.
Mª Pilar Frigola