En el año 1491 nacía en el castillo de Loyola, San Ignacio, el octavo hijo de una familia de once hermanos. Casi cincuenta años después el 27 de Septiembre de 1540 el Papa Paulo aprobaba en Roma la fundación de la Compañía de Jesús.
Entre estas dos fechas, 27 de Septiembre, con los 450 años de la fundación de la Compañía de Jesús, y el 31 de Julio, fiesta de San Ignacio celebramos en 1990-1991 el año ignaciano, que quiere poner ante nuestros ojos con renovada luz, la figura de aquel santo que a los 500 años de su nacimiento sigue siendo el maestro espiritual más común de la Iglesia en los tiempos modernos.
No fue San Ignacio un teólogo de profesión, ni un escriturista, ni un escritor ascético. Aquel hombre que vivió 30 años entregado a una vida mundana; que convertido al servicio de Cristo Rey, inicia su etapa de santidad hasta que entre mil visicitudes reúne los compañeros que habían de participar de su mismo ideal; aquel hombre que una vez aprobada su “mínima compañía”, querrá que no sea “suya”, sino “Compañía de Jesús”, tendrá en los dieciséis restantes años de su vida una actividad de gobierno y dirección impresionante como lo demuestran sus 6.500 cartas conservadas, y los mil jesuítas que de una forma u otra se habían agrupado en la Compañía a su muerte; aquel hombre, que aunque achacoso ya por su vida penitente, con una clarividencia del juicio admirable, escribe las Reglas y Constituciones de la Compañía, y encontraba tiempo aún para sus notas espirituales intimas y la atención a otros muchos asuntos de la Iglesia; aquel hombre irrepetible por la grandeza de su corazón, la visión universal de sus afanes, nos dejó, algo más importante aún, y fue un librito de apuntes de su primera época de conversión, en el que apuntaba las “luces que el Señor le comunicaba” y que podrían ser de “alguna utilidad” para otros y que luego a lo largo de su vida completó con muy ligeras añadiduras que en nada variaban el núcleo fundamental terminado en Manresa. Ese es el Libro de los Ejercicios, libro esquemático, sustancioso y personalísimo, todo él diríamos subjetivo, como fruto de su experiencia interior espiritual, pero universal, objetivo en el pleno sentido de la palabra, porque es la plasmación en sus cortas líneas de toda la ortodoxia católica y de toda la tradición dogmática y espiritual católica enmarcadas para emprender el camino de la perfección a la que es llamado todo hombre, según su estado y el nivel de gracia a que el Señor le tiene destinado.
Por los Ejercicios Espirituales, es San Ignacio el maestro indiscutible de la vida espiritual católica de los últimos cinco siglos de la Iglesia. Maestro espiritual, director de almas, organizador de conciencias y mentor más lejano o más próximo de cuanto ha sido y es en la Iglesia desde su conversión hasta nuestros días. Todo a través de sus Ejercicios Espirituales que a millones de hombres han santificado y han hecho surgir heroísmos de santidad en todos los grupos sociales y en todos los pueblos. Solamente en el cielo podremos contemplar el bien inmenso que han hecho los Ejercicios Espirituales.
Nosotros hijos espirituales de San Ignacio, todo se lo debemos también en el orden de la gracia a los Ejercicios Espirituales. Amemos los Ejercicios, practiquemos los Ejercicios, pongámonos como meta preparar un nuevo ejercitante para este año ignaciano, a fin de que siga en crecimiento el número de los que se salvarán y se santificarán por- los Ejercicios Espirituales. Y demos continuas gracias a Dios por habernos llamado a Ejercicios como camino seguro para amar a Dios en su servicio.
Rvdo. P. José María Alba Cereceda, S.I.
Meridiano Católico Nº 145, noviembre de 1990
