Por ser un principio de año, me voy a extender algo en esta meditación, pues he pensado muchas veces en vosotros a través de ella.

Padre Alba ISan José y la Virgen que con Jesús en su seno parten de Nazaret, dejan a Jerusalén y llegan a Belén, donde va a nacer Jesús.

Nazaret.- Era la vida de familia, de paz de orden interior y exterior, de vida de previsión y de acontecimientos “controlados” cada día en su cotidiano discurrir humano y divino. En Nazaret, los dos santos esposos se hallaban bien, estaban a gusto, esperando la llegada de su divino Hijo. Sin embargo, se trunca inesperadamente aquella mansión de paz, irrumpieron las preocupaciones, la precariedad, la intemperie, los disgustos, y el sentirse como abandonados de aquella dulce protección con la que se había tejido la vida de su hogar. A nosotros se nos llama periódicamente a dejar nuestro Nazaret, en el que creímos vivir a gusto, desde donde íbamos a poder capear con ventaja humana y espiritual las circunstancia adversas… Pero entraron repentinamente y por donde menos lo podíamos esperar, las sacudidas de las preocupaciones agobiantes, las que no estaban precisamente “controladas” en nuestro programa… Fueron, hijos, mujer, marido, trabajo, estudios, economía, desilusiones, aislamiento, soledad, desolación en mi ambiente y en mi interior… ¿No os ha pasado algo de esto a todos? A unos más, a otros menos.

¿Qué hacer? Avanzar, avanzar, sin desaliento por una senda donde hay menos luz de la tierra, pero más claridad en el seguimiento de Cristo. ¡Ah!, sí, la sabiduría ignaciana, de no hacer mudanza… Dejaros, desposeeros, abandonaros, para encontrarnos cada día más con Él. Ese disgusto, esa pena que disimulo, esa preocupación que se ha hecho paralela con todo mi acontecer diario, ha venido en buena hora, es la hora de Jesús. Un día llegará en el que todo nuestro Nazaret, el Nazaret que hemos levantado con ilusión, desaparecerá. Era preciso para que Él viva en mí y yo en Él. Señor, Señor, no dejo el Nazaret que amo. Me dejo a mí para hallarme contigo en el nuevo Nazaret que me has levantado Tú y no mi vana, aunque buena ilusión mía.

Jerusalén.- Es la ciudad, la ciudad del Señor. La ciudad que es imagen de la ciudad definitiva. Pero la Sagrada Familia, no se detiene en ella. No puede, porque debe pasar a lo largo de ella, hacia el sur. La ciudad de Jerusalén queda atrás. Ahora no es tiempo de poseerla todavía, de morar tranquilamente en ella, sino de esperar. Esperar la hora de Dios, cuando se realice el ideal. Hay que luchar por el ideal, aspirar a él, anhelar el día dichoso en el que ese ideal sea realidad. Hay que esperar sin desánimo para hacernos dignos de morar un día en Jerusalén. La Patria que deseamos, la que debemos acariciar en nuestro corazón y tener ante nuestros ojos como la ciudad en el alto, un día cuando suene la hora de la plenitud de la Voluntad de Dios y del premio de sus elegidos, será una realidad en la historia de los hombres. Está escrito, “te daré en posesión hasta los confines de la tierra”; pero aún no podemos morar en esa ciudad santa. La gloria de Dios está ahora en no ceder en la empresa, una empresa que para millones de buenas gentes es utópica e imposible. Y sin embargo llegará un día Jerusalén para nosotros, y en ella moraremos nosotros, o nuestros hijos… para que quede cumplida la Voluntad de Dios, el día en que le alabarán todos los reyes y le sirvan todos los pueblos.

Ahora nos toca esperar en Dios que cumple sus promesas, orar, ansiar esa Patria, antesala de la salvación general, que podrá llevarse a término en un corno cuerpo místico de todas las naciones unidas y fundamentadas en el Rey de reyes.

Con la Sagrada Familia, veo a lo lejos las bellas murallas de Jerusalén y la maravilla del templo de Dios, pero sigo adelante porque Jesús ha de nacer aún en Belén, y morir y resucitar, antes de que Jerusalén sea del todo suya y nuestra. Sí Señor, creemos en esa esperanza, viviremos esa esperanza, ya en nuestro corazón ha nacido esa esperanza, por la que lucharemos y que trasmitiremos sin cansancio a nuestros hijos, discípulos y compañeros de peregrinación.

Belén.- Es la casa de pan. Aquí reposarán al calor del hogar y del pan José, María y Jesús. Gozos íntimos, gozos de amor ordenado, porque todo está ordenado en el amor.

En Belén me ordenaste en el amor. Aquí dejé en el olvido Nazaret. Aquí pienso en Jerusalén, sin angustia de llegar. Aquí Jesús, María y José son pan. El pan que encarna el Pan de vida. A la sombra de Belén reposaré y sus frutos son agradables a mi paladar, para confortarme en la gran travesía de la vida hacia ti. Paz en Belén, pero paz en el destierro. Porque toda vida es destierro. Hay que atravesar la ronda de la ciudad para encontrar al Amado. Ahora le tengo Niño, pero aún no le poseo completamente, porque me poseo demasiado a mí. SO rico de mí, y necesito ser pobre en Belén. En la pobreza y el desasimiento de Belén, aprenderé a quitarme la tónica y vestirme el nuevo vestido que me haga desfallecer de amor.

En Belén se firmará mi estad, hasta que en sueños me avise el ángel que es hora de partir. Sí, porque al fin y al cabo, el pan de Belén es pan de destierro. Pero el destierro es para ordenarme en el amor. Blanco pan de Belén, con Jesús, María y José, escuela de mi afecto.

Cuando os tengo en la presencia de mi alma, toda ella memoria, os deseo siempre una felicidad sin límite. Vuestra memoria se agudiza en estos días santos de Navidad y Año Nuevo, en la que pido para vosotros al Señor, no los oropeles espirituales, sino la felicidad verdadera que se encuentra donde mora el Señor que ya vino y nos lleva con Él. Desde Nazaret, en Belén, hacia Jerusalén.

Rvdo. P. José María Alba Cereceda, S.I.
Meridiano Católico Nº 147, enero de 1991

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