Uno de los engaños del progresismo moderno, que ha esterilizado tantos corazones generosos y ha desviado a tantos incautos, ha sido el proponer como deseo de la Iglesia el abandono de las tradiciones particulares de las asociaciones y de los institutos religiosos, el abandono de costumbres seculares y de maneras de proceder bien fundadas, en aras de un cambio que de momento sería la destrucción de lo anterior, pero que al poco tiempo daría lugar a unas nuevas formas de religiosidad, de apostolado, de presencia de la Iglesia en medio del mundo, que constituiría la nueva juventud de la Iglesia que nuestra edad necesitaba.
Para vencer la natural resistencia de quienes tenían presente la enseñanza de San Ignacio, de que “en tiempos de desolación no se deben hacer mudanzas”, se esgrimió, con las apariencias de una comprensión caritativa hacia todos, la idea del pluralismo y del respeto a todas las opiniones y actitudes, a fin de lograr una convivencia armónica entre todos. El sofisma consistía en trastocar el respeto y la caridad que se debe al hombre y a la persona que yerra, con el respeto y la intangibilidad de las- ideas erróneas. Por eso el pluralismo se entendió a la postre como la libre interpretación del pensamiento y de las maneras de proceder, como la creatividad espontánea, que sin salirse del todo de los “esquemas” que teóricamente se repudiaban, se vivía gracias a ellos y se vegetaba sobre los restos que quedaban de la fecundidad anterior.
Estaba latente en el pluralismo la idea más radical del relativismo. En ese relativismo cabía ya todo y era el sustentáculo filosófico que todo lo posibilitaba, todo lo justificaba y alimentaba con la etiqueta pluralista. Ese pluralismo traería una auténtica renovación de la Iglesia, anquilosada, parada en el tiempo, incapaz de aceptar el mundo moderno. Vendría la “primavera” de la Iglesia, Sin embargo todas estas utopías han constituido un estrepitoso fracaso. ¿Dónde están los cines debate, los cine forum, las agrupaciones juveniles sin formalismos, las experiencias mixtas, los que profetizaban tiempos de autenticidad y aperturas avasalladoras? Las iglesias se han vaciado de jóvenes, lo mismo que las casas religiosas y sólo quedan grupitos invertebrados. En Santiago lo comprobamos: cientos de miles de jóvenes, llamados por el Papa, pero sin consiliarios, sin directores, sin agrupaciones apostólicas reunidas por los nuevos profetas. Era la juventud católica, unida con el Papa, e invertebrada en todo su conjunto.
La explicación es muy clara: al romper el progresismo y sus epígonos con el pasado, no solamente rompieron con lo que decían accesorio, sino que rompieron con la tradición, sin la cual es imposible el progreso verdadero y la fecundidad. En esa situación es casi imposible volver a las fuentes y realizar la auténtica reforma que hubiera deseado la Iglesia.
Esa es la razón, por la que la Unión Seglar, siguiendo a San Ignacio, no se movió. Tuvo que oír los epítetos de conservadora, de anticuada, de integrista, de retrógrada, de tridentina etc. Se vio postergada e ignorada voluntariamente en el ambiente eclesiástico más o menos “oficioso”. Pero esta postura acaba de tener una esplendorosa confirmación con la decisión del Papa de permitir a las Carmelitas Descalzas que lo deseen seguir en todo las Reglas y Constituciones que en 1581 dejó Santa Teresa para sus monjas, para seguir así, en una reforma de fondo, el espíritu y la letra de la Santa. Más, de cien monasterios empiezan, con la bendición del Papa, esa reforma, que pone a todas esas generosas carmelitas descalzas, en consonancia, no solamente con lo que la Iglesia ha querido en el sino con el verdadero ser de una carmelita de Concilio Vaticano II, Santa Teresa.
Seamos nosotros como nos quisieron quienes nos dieron el ser: la Virgen de la Merced en 1969 y el P. Piulachs.
Rvdo. P. José María Alba Cereceda, S.I.
Meridiano Católico Nº 148, febrero de 1991
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