P.albacenaLa parroquia de San Estanislao, en el extrarradio de Varsovia, era para nosotros una visita obligada. En el pequeño parque que la rodea y que embellece su entrada, a la sombra de un roble, símbolo de la nobleza, bajo una gran lápida de granito, reposan los restos mortales del mártir de la fe y de la patria, Rvdo. Popieluszko.

Al vernos de rodillas ante los restos del mártir, al oírnos cantar nuestro himno, “Por la fe”, al vernos invocar la intercesión del mártir, por una Polonia católica, varios turistas se detuvieron y más de uno sacó fotografías ante aquel hecho insólito. Pero la meditación de nuestro corazón es otra. Queremos España para Cristo, queremos Polonia para Cristo. Queremos como término de nuestro apostolado en este mundo y de nuestra intercesión en el cielo, cuando nos reunamos en la Gloria, que se realice en este mundo una nueva Cristiandad.

Los mártires cristeros de Méjico morían gritando, ante las balas que dirigía la masonería para quitarles la vida, “Viva Cristo Rey”. Y los miles y miles de cristeros que murieron en aquella guerra santa, luchaban y morían con el mismo grito de victoria, “Viva Cristo Rey”. Porque morían para que Jesucristo fuera el verdadero Rey de Méjico, su deseo, el ideal de aquellos mártires, era alcanzar del Cielo una Patria para Cristo.

Innumerables mártires de nuestra última Cruzada contra el ateísmo militante comunista, en la persecución religiosa de España, morían en la zona dominada por los comunistas, y en los frentes de batalla, “por Dios y por España”. Es decir, por la España católica, la de Jesucristo, la de la Inmaculada, la de los santos, los misioneros, los cruzados, los mártires y los héroes católicos. El cielo se llenó de los innumerables mártires de España.

La Polonia católica ha estado durante cuarenta años bajo la tiranía comunista, y aunque es verdad que la persecución no ha sido tan sangrienta como en España, pues se guardaban ciertas formas externas de respeto y tolerancia, sin embargo, la persecución se desataba furiosa, frenética, cuando se encontraba frente a quienes defendían los derechos de la patria católica y deseaban un régimen político católico, en conformidad con el ser católico de la Patria. Si, el comunismo permitía a regañadientes la piedad externa, los actos religiosos católicos, aunque fueran multitudinarios. Lo que no soportaba era la escuela católica, el patriotismo católico, la enseñanza de la política tradicional católica, el trabajar para instaurar en Polonia el Reinado Social de Nuestro Señor Jesucristo.

Cuando el P. Popieluszko predicaba sus sermones, que llamaban “predicaciones patrióticas”, no hacía otra cosa que enseñar al pueblo la sociología católica y la política católica, que si es verdadera, ha de desembocar en el reconocimiento de todos los derechos de Jesucristo sobre la sociedad, y convertir finalmente la Patria en un Reino de Jesucristo. Entonces, el comunismo decretó la muerte del P. Popieluszko. Aquella voz no se debía escuchar en Polonia.

Queridos míos: nuestro espíritu está con los cristeros de Méjico, con los mártires de España, con los popieluszkos de Polonia. Soñamos y anhelamos la Cristiandad, porque sabemos que si no es así, las almas no tendrán, además de los medios sobrenaturales, los medios sociales para salvarse con facilidad, de manera universal y sintener que vencer grandes obstáculos, que obligan a un heroísmo continuado.

El Enemigo lo permitirá todo si le conviene, en su obra de desconcierto y confusión, incluso el empleo de apariencia de vida cristiana y de libertad en el culto católico. Lo que no puede permitir es que la doctrina del Reinado Social de Jesucristo sea la línea directiva de un proceder de piedad personal, de piedad colectiva, y de ideal social y político para la Patria. Por eso, al conocer la táctica del Enemigo, debemos perseverar firmes en la estrofa de nuestro himno, el que cantamos con emoción delante de la tumba del glorioso P. Popieluszko: “El Reinado de Cristo es nuestro ideal, que vendrá por el Reinado del Corazón Inmaculado de María y su amor maternal.”

Rvdo. P. José María Alba Cereceda, S.I.
Meridiano Católico Nº 156, noviembre de 1991