La fe es un don de Dios. Tiene fe todo aquel que no pone obstáculos a la misma. Es cosa cierta que el que tiene fe y la vive, disfruta de esta certeza que nos da el saber que venimos de Dios, que vamos a Él, y que siempre nos ama. Por esto, los que no tienen fe, aunque lo disimulen, sienten la ausencia y el vacío de algo que no pueden llenar. Ningún hombre que tiene fe la abandona para ser mejor, más bueno, más honrado, más moral, más limpio, más caritativo. Y son innumerables los hombres que al superar su ateísmo, su escepticismo, sus cadenas morales, no. pueden menos que manifestar la alegría de conocer, vivir, trabajar y esperar en Jesucristo.
Gustavo Biosca, tan conocido por su brillante historial deportivo en el Club de Fútbol Barcelona; y su más reciente etapa de entrenador, ha manifestado, sin pedanterías triunfalistas ni intimismos arrogantes, con sencillez admirable, su experiencia religiosa personal. Es un abrirse cordial y honrado a la opinión pública, sin moralismos ni coacciones. Biosca distingue dos etapas en su vida privada. Y declara sin rodeos: «Ahí sí que no tengo la menor duda, de unos años a esta parte. Hubo otras épocas en mi vida. Tiempo pasado. Época donde Gustavo Biosca pudo dar una imagen que me esfuerzo en borrar. El Biosca de entonces, sí que pudo ser un hombre totalmente fracasado. Tanto, que he llegado a avergonzarme de mí mismo, siendo eso lo peor que le puede ocurrir a una persona. Gracias, empero, a otras circunstancias de mi vida, aquella imagen ya no es para mí más que un mal recuerdo. Hoy, en cambio, me siento un hombre distinto, completamente nuevo en todos los aspectos. Un nuevo Gustavo Biosca, nacido hace cinco años. Nuevo, y tremendamente alegre y feliz. Por tanto, un hombre positivamente triunfador». El contraste entre el ayer y el hoy, lo valora el mismo Biosca: «Vivía entonces un mundo interior radicalmente distinto al de ahora. La vida tenía para mí muy distinto significado. Todo había sido fácil. La suerte, la fortuna, acompañaban mi existencia. Disfrutar de ello era mi objetivo. Me parecía lógico ser envidiado. Y lo cierto es que en el fondo era un infeliz. Que la verdadera felicidad, la auténtica alegría de vivir, es la que ahora he hallado. Algo bien distinto a lo de entonces, pese a que en aquella época ni remotamente pudiera sospecharlo… Todo era frívolo, todo vacío. Nada de aquello merece la más mínima añoranza. Ahora, en cambio, cosas insignificantes al criterio de muchos, me hacen a mí muchísimo más feliz. Y en cuanto a la adulación de entonces, te aseguro que ahora me adulan de muy distinta forma, personas que realmente me quieren, pero cuya adulación, cuya admiración es sana, es sincera y es reflejo del cariño que me profesan. Como mi esposa, mis hijos. y otras personas que nunca pude pensar que ni siquiera llegara a merecer su interés por mí». Con lenguaje viril y humano, Biosca añade: «Todos cometemos errores. Y yo, por inmaduro, por insensato, por lo que fuera, cometí muchísimos, tan graves que nunca podré olvidar, y de los que me arrepiento profundísimamente. Pero quiero aclarar algo. No todo era negativo en el Biosca de entonces. Tenía, creo, algunas cualidades buenas que ahora intento mejorar cuanto me es posible. Al igual que me he esforzado en librarme de las otras.»
Gustavo Biosca, en Pontevedra, donde se encontraba como entrenador, después de una tarde en que su equipo perdió contra el San Andrés, en plena noche, en el Balneario de Cuntis. le brotan en su interior deseos «de ser alguien digno de vivir la vida». Y nos detalla Biosca: «Es bien cierto que esa noche de Cuntis, llovía torrencialmente. Todavía no sé cómo pasó. Pero de golpe, me hallé en mitad de la calle, bajo la lluvia, en plena tormenta. Dos jugadores del Pontevedra me vinieron a buscar. ¿Qué era lo que me ocurría? Pensé ql!e bien podría ser un aviso del Señor para darme a entender que lo de antes no podía continuar… Es una historia muy íntima para mí, muy hermosa. Trascendental. Y me dolería enormemente que alguien pudiera tomársela a risa. En fin, retorné a la habitación. Pasé la noche reflexionando. Al día siguiente, era otro. Físicamente estaba hecho una piltrafa. Trabajé con los jugadores en el campo, de un modo increíble. Al nuevo día no podía ni siquiera incorporarme, roto como estaba por las agujetas. Pero una fuerza interior me ayudó. ¿Quién, sino Dios, pudo dármela?» Biosca abona su testimonio para desmentir toda posible escapatoria de ficción estudiada: «En asunto tan serio, imposible fingir constantemente durante años. ¿Y para qué fingir? ¿De qué me serviría? No. Además, que en algo para nada cambié. Siempre fui sincero, lo cual más de un disgusto me ha costado. Y quienes me conocen de tiempo, quienes saben de esta innata cualidad de mi carácter, no pueden dudar. Además, ellos saben que soy ahora feliz como nunca… Y que ahora tengo una vida interior que antes no tuve. Vida interior que dándome la auténtica felicidad, me ha hecho cambiar radicalmente».
Gustavo Biosca ha tenido sus peripecias profesionales. Y ahora realiza lo que él califica su auténtica vocación. La analiza maravillosamente así: «Ahora sí que siento verdadera vocación. La siento cada día con más fuerza. Pero no precisamente como entrenador de fútbol profesional, sino más y mejor como educador de la juventud… Algo de eso y desinteresadamente hago ya en la Escuela Deportiva Brafa, con cuyos propósitos, objetivos e idea me siento plenamente identificado, podré quemar muchas de tales horas haciendo lo que realmente me apasiona, educando deportivamente a los muchachos. Por cierto, ¡qué poco se conoce a Brafa! iQué poca importancia se da a la gran labor pedagógica que altruísticamente se da a tantos niños barceloneses!» Biosca puede repetir con Chesterton: «Soy el hombre que, con la audacia más absoluta, descubrió lo que ya había sido descubierto». Biosca ha encontrado a Cristo. Ha probado lo que dice San Agustín: «Es inútil huir, porque Él está en todas partes». ¿Se puede desear mayor bien para tanta juventud y hombres que buscan orientación decidida y no la encuentran? De ahí la inmensa lealtad de Gustavo Biosca, con su humildad y con su alegría que ofrece a tantos que, frustrados por el materialismo, no las saben hallar.
Cuando hay problemas de fe, crisis morales, tristezas en la vida, enigmas sin resolver, interrogantes angustiosos, no debemos desesperar. Sea cual sea nuestra situación, nuestro pasado, nuestro presente, podemos encontrar a Dios. Si en la vida dedicáramos unos pocos días a practicar Ejercicios Espirituales en completo retiro, con un buen director, fácilmente encontraríamos soluciones que iluminarían toda nuestra vida. Lo que es imposible imaginar que sea normal es que con la enseñanza primaria del catecismo tengamos los conocimientos necesarios de religión para toda la vida. Si nos desarrollamos física, intelectual y culturalmente, ¿por qué nos quedamos con nociones de párvulo ante lo más trascendente de la existencia humana? Y Dios nos juzgará por el conocimiento que hemos podido tener de Él, y por nuestra pereza, vicios, indiferentismo, tonterías de todo género, no hemos alcanzado. Dios es infinitamente bueno, y nos llama continuamente mientras vi vimos. No nos hagamos sordos a sus llamamientos. Gustavo Biosca es un ejemplo viviente de que escuchar a Dios es el mejor negocio y la más perenne felicidad para nuestra vida.
«¿NO HE DE AMAR A LA VIRGEN MARÍA, SI ES MI MADRE?», decía muchas veces el heroico y formidable joven San Estanislao de Kostka. Esto es de sentido común. Por esto un cristiano de verdad se consagra cada mañana y cada noche con las TRES AVEMARÍAS. ¿Qué menos y qué más precioso para lograr las gracias de la salvación eterna?
Obra Cultural
Laura, 4 – Barcelona-10