ciencia y feManuel Mª Domenech Izquierdo

La Ciencia Ficción, Colmo de la Razón Falsa

La divulgación científica irresponsable, la confusión de la imaginación con la inteligencia, la suposición de que la realidad es proyectada por el cognoscente, el afán de misterio de la mente humana y la curiosidad por lo desconocido, se confabulan para producir el peor de los resultados: la ciencia ficción. Sus zarpazos actúan en todos los ambientes: literatura infantil, radio, televisión, libros, cine y alcanzan a todos: niños, gentes sencillas, adultos y universitarios.

Un fenómeno particular de nuestros días, es que .gracias a los medios de comunicación social, se ponen poderosos instrumentos en manos de hombres que, sin poder alcanzar un conocimiento profundo de nada, los hacen capaces de hablar de todo, y además a todos, dada la gran potencia y difusión que alcanzan hoy día las comunicaciones. Esto abre las puertas a lo que se ha llamado divulgación científica, que junto con la exuberante imaginación humana produce la absurda y utópica verborrea de la ciencia ficción y de los supermanes que sobrepasan las audacias de cualquier mitología. Es tal el alud de suposiciones y teorías mal fundadas, que, muchas veces, incluso los maestros de enseñanza general básica se avergüenzan de educar y reducen sus clases a un intercambio de opiniones ent.re los alumnos.

Todo tiene cosas buenas., es cierto. Sino, no existiría nada. La ciencia ficción será muy divertida., estimulante, sugerente y todo lo que se quiera, pero eso no interesa ahora. Quiero hablar solamente de su malicia, de una oculta perversidad que hay en ella.

La pérfida tentación del humanismo divinizante que propugnan las sociologías en boga, aprovechando la circunstancia de que la ciencia ya no explica las cosas clara y distintamente, deja suelta la imaginación para que vuele con toda su inventiva. Todo se explica confusamente y no se pone fundamento a nada. Se puede hablar del sueño que salva las barreras del tiempo hacia adelante y hacia atrás, de la curación de todas las enfermedades, del suero’ de la eterna juventud, de los paseos interestelares e intergalácticos, de las culturas de otros mundos, de la traslación instantánea, del hombre-dios, y se tiene lo que quería Adán al comer el fruto prohibido.

En el tratado «De Trinitate», explica San Agustín que los hombres yerran de tres maneras. (46) La primera consiste en juzgar de las cosas divinas según los sentidos corporales; podríamos decir confundiendo la imagen con la idea. La segunda en opinar de lo divino como si se tratara de lo espiritual humano; aquí pensamos en la hipostatización de los números. La tercera, que él llama vértice del error, consiste en pensar de Dios como si fuera lo que ni la criatura corporal ni la espiritual son: como una fuerza dinámica capaz de engendrarse a sí mismo. Así piensa la filosofía que subyace a la ciencia ficción.

En «El Retorno de los Brujos», nefasto libro de Louis Pawels y Jacques Bergier, que se puso de moda hace unos años, se da nombre a esa vana filosofía y se la llama «Realismo Fantástico». Vana ha de ser en verdad la filosofía que supone que la realidad es fruto de la fantasía. Vuelven a la memoria aquellas palabras de San Pablo: «Llegará tiempo en que los hombres, no pudiendo soportar la sana doctrina se aplicarán a las fábulas». (47) Estremece pensar que hoy tenga cumplimiento esta profecía.

El fin escatológico del hombre parece estar en manos de la técnica, como arte de cambiar el presente para que el futuro resulte fascinante. El hombre se adueña de sí mismo, y alcanza la liberación de todo lo que pudiera pensar como sobrehumano. Los dientes de la humanidad han consumado el mordisco que Eva iniciara en el Edén. Es el misterio de iniquidad que va desarrollándose hasta la total manifestación del hombre de pecado.

Pero esto no impedirá, tampoco ahora, que algunos sigan buscando la verdad, y que la hallen, porque el que busca halla. (48)

Sólo es preciso no olvidar que la piedra que los constructores rechazaron es la que ha de ser clave de bóveda. (49)

46 «De Trinitate». SAN AGUSTÍN. B.A.C. nº 39 pág. 116.

47 2ª Timoteo 4, 3-4.

48 Mateo 7, 7-8.

49 Hechos 4, 11.

A base de la expresión «akkadia ahan resa” (piedra clave de conclusión) y del escrito apócrifo “Testamento de Salomón”, que, al describir la construcción del templo, entiende por piedra angular la que se pone encima de la puerta del templo, algunos ven en la piedra angular la última piedra. En esta explicación, Cristo no es solamente el que levanta el nuevo templo de Dios, sino también el que lo corona o completa. Véase «Piedra angular” en “Diccionario de la Biblia». ed. Herder. Barcelona 1975.