Todos hemos de estar enfermos. Puede ser una enfermedad larga o corta, penosa o tranquila, pero hemos de estar enfermos. Ante la enfermedad, como ante el sufrimiento, podemos tener tres actitudes: la que nos hace insensibles, nos atrofia, como a los animales. La que nos impulsa al nerviosismo, a la desesperación, al desasosiego. V, finalmente, la que aunque se sufra, porque no somos insensibles, nos hace ofrecer a Dios las penalidades, ya por nuestros pecados, ya por la salvación de los otros. Es cosa, buena en tiempo de enfermedad, incrementar la oración, en cuanto sea posible. Mirar y besar el crucifijo. Rezar, el Rosario, y si no se puede, a lo menos las tres avemanas. Pero, como que los enfermos de enfermedades largas, normalmente tienen horas de soledad, es buena cosa, desde la cama, hacer su Via Crucis, o sea, unir tus sufrimientos al sufrimiento salvador de Cristo. En tu cama, tranquilo, toma tu crucifijo, y lee y medita esto que está escrito para ti:
Señor mío Jesucristo, que dijiste: «Toma tu cruz y sígueme», dame tu luz interior y tu gracia para aprender en este Via Crucis la lección de tu dolor y de tu muerte. Madre dolorosa, lógrame la fuerza y el consuelo que te hizo a Ti fuerte para sufrir tanto por nosotros, pecadores.
I Estación. – Jesús condenado a muerte Para que yo fuera perdonado. Él fue condenado. ¡Injustamente condenado por los hombres! Pero era voluntad de Dios que muriese en la cruz por redimirnos y Él aceptó la injusta sentencia de los hombres y la santa voluntad de Dios. Jesús, yo quiero, con tu gracia, aceptar cristianamente esta enferme dad que es un camino seguro y heroico hacia Dios, un camino de cruz en que glorificaré a Dios mejor que en otros caminos cómodos.
II Estación. – Jesús con la cruz a cuestas Era la cruz suya. Preparada para Él por los hombres, decretada por Dios para que en ella nos redimiera y nos librara del pecado. ¡Pesaba y hería, pero nos salvaba! Jesús que, siendo inocente, cargaste con tu pesada cruz, fortalece mi corazón para que yo cargue con mi cruz cada día y vea en ella los designios de Dios sobre mi salvación y santidad.
III Estación. – Jesús cae por primera vez Era un hombre agotado, flagelado, exagüe. Caía en tierra su cuerpo para pedir perdón por otras caídas mías con este cuerpo apegado a la tierra y al pecado. Jesús, débil y agotado. Yo he caído enfermo. ¿Por qué caíste Tú? ¿Por qué he caído yo? Oh Señor, Tú que lo sabes todo, hazme entender la razón y el mérito del dolor que me envías.
IV Estación. – Jesús encuentra a su madre Lo que más dolor le podía causar. Hacerla sufrir a Ella. ¡Ver llorar a Ella! Él era un santo. Ella era pura y sin mancha. Y sin embargo, los dos tuvieron su dolor y su llanto. Jesús, María, Madre mía, si por mis pecados sufristeis los dos, temed los dos la alegría de verme ya arrepentido de verdad y ponedme entre los dos para que mi dolor y mi cruz lo lleve con vosotros.
V Estación. – Jesús ayudado por el cirineo Un ángel le ayudó en el Huerto de los Olivos, un hombre le ayuda ahora. iQué abandono más hum.iIIante y más desconsolador! Él, que había vencido a las tormentas del mar y a los demonios del infierno. Jesús, mi cruz llevada sólo por mí es desesperación. ¡Sé Tú mi Cirio neo. Señor, contigo mi cruz será fortaleza, paz y hasta alegría!
VI Estación. – Jesús y la verónica Cuando unos injurian, cuando otros hieren, una mujer valerosa enjuga caritativamente la santa Faz del Señor. Jesús, tu santa imagen ha quedado a veces mancillada y oscurecida en mi corazón pecador. Te ofrezco mi dolor de hoy para reparar mi maldad de ayer. Graba en mi alma tu bendita imagen llena de perdón y de misericordia.
VII Estación. – Jesús cae por segunda vez De nuevo la humillación de aparecer débil y vencido. Dolor, golpes, risas e insultos, lágrimas de la Virgen que no puede hacer nada por aliviarle este sufrimiento. Jesús, que pagas en tu cuerpo las flaquezas morales del mío. Por tus caídas y tu voluntad de continuar hasta la cruz, dame la gracia del perdón, de la fortaleza y de la constancia.
VIII Estación. – Jesús habla a las piadosas mujeres Les dijo que no lloraran por Él. Que lloraran por sus hijos. Porque Él sufría mereciendo y redimiendo y ellos tal vez habrían de sufrir desesperados y rebelándose contra el cielo. Jesús, quiero llorar por mí que me olvidé de Ti. Quiero llorar por Ti, que primero diste la vida por mi salvación. Quiero llorar por las lágrimas que he costado a tu Santísima Madre, que tanto lloró por mi perdón.
IX Estación. – Jesús cae por tercera vez La majestad de Dios hecho hombre, cae y vuelve a caer. Nueva humillación y nuevas afrentas y nuevos golpes. Y todo esto por mis muchas: caídas y mis grandes pecados. Jesús, yo tantas veces me he crecido ante los demás y los he despreciado y he pensado que estaban por debajo de mí y te he ofendido con mi soberbia. Por eso has querido Tú caer tan bajo y ser despreciado. Por tus desprecios te pido que me des un corazón humilde y nuevo como el tuyo.
X Estación. – Jesús es despojado de sus vestidos Por esta humanidad deshonesta y sin pudor; por tantos seres inocentes víctimas del pecado de escándalo, Él quiso pasar esta afrenta indigna y además, sangrienta. Porque su túnica, al ser arrancada de su piel, herida por la flagelación hizo correr de nuevo su sangre. Jesús, cuánto ha costado el aplacar la ira de Dios ofendido por tantos y tan sucios pecados. Señor, acepta mis heridas y mis malos ratos cuando mi pobre cuerpo enfermo tiene que sufrir ante ojos extraños. Señor, este sufrimiento te lo ofrezco por tanto pecado impuro, por tanta inocencia perdida, para que todos seamos más limpios de corazón.
XI Estación. – Jesús es clavado en la cruz Las manos poderosas en milagros. Los pies incansables en hacer el bien por todos los caminos. Y ahora manos y pies dañados sin misericordia. Por mis malos pasos y mis malas acciones Él está clavado, inmóvil, herido, desangrado. Jesús, tendido sobre la Cruz, tu espantoso dolor te hizo levantar los ojos al cielo, aceptando la santa voluntad de Dios y perdonando la mala voluntad de los hombres. Toma mis manos y mis pies y hazlos firmes y constantes en el bien.
XII Estación. – Jesús muere en la cruz El Redentor cumple su misión muriendo por nosotros. Su sangre es el precio pagado por mi redención. Su muerte es el comienzo de mi vida. Qué fácil se me ha hecho el ser perdonado. Porque El pidió, al morir, que mi alma se salvara. Jesús, cuando llegue mi última hora, dame tu perdón y tu esperanza. Señor, yo que te he robado tantas cosas a Ti, te pido ahora, como el buen ladrón: «Acuérdate de mí desde tu Reino».
XIII Estación. – Jesús bajado de la cruz El ha dejado de sufrir. Ha llegado ya el fin. Pero la Virgen aún tiene que continuar su Calvario y su martirio. Porque Ella sintió su corazón bendito atravesado por la lanza del centurión que abrió el corazón de Jesús. Va no sufría Ella por El. ¿Por quién sufría? ¿Sería por mí, que tengo el corazón cerrado a las llamadas de Dios, que quiere convertirme? Madre, aquí tienes a tu hijo arrepentido y lleno de dolor por haber pecado.
XIV Estación. – Jesús es sepultado Un hombre amigo le cedió su sepulcro. Porque Jesús murió desnudo y no dejó nada. Hasta su túnica se la jugaron los soldados. El Santo Cuerpo del Señor descansa en el sepulcro. ¡Cuánto destrozo en su carne inocente! Pero está en paz y ha glorificado infinitamente a Dios por su Pasión y Muerte. V ahora va a ser glorificado en la Resurrección. Por la muerte a la vida y por la cruz a la glorificación. Jesús muerto por mí. Tu ejemplo me enseñe a aprovechar el calvario mío y a convertir mi dolor en redención de los pecados míos y de los de todo el mundo, que anda tan lejos de Ti.
«MADRE INMACULADA, REINA DE LA PAZ, RUEGA POR NOSOTROS Y ALEJA DEL MUNDO EL AZOTE DE LA GUERRA», decía el célebre don Manuel González. Tu oración de cada mañana y cada noche ha de ser las TRES AVEMARÍAS, para esta intención. No las dejes.
