P.Alba, Loles y su padreRvdo. P. José María Alba Cereceda, S.I. Meridiano Católico Nº 188, octubre de 1994

Betania se queda a nuestra espalda. Descendemos por la carretera hacia el Jordán. El desierto de Judá se descubre en toda su impresionante austeridad. Es una llamada de la naturaleza a despreciar lo efímero y poner el pensamiento en lo eterno. Embebidos en esas consideraciones, divisamos repentinamente a nuestra derecha las ruinas del viejísimo mesón que albergó al peregrino de la parábola que cayó en manos de ladrones, de los que fue salvado por la caridad del buen samaritano.

En el camino de nuestra vida quiere el corazón no dejar jamás ruinas de indiferencia, egoísmo, deslealtad, sino cálidos recuerdos del ejercicio de la caridad. Ver en el prójimo a Jesucristo, oír sus palabras, “por Mí lo hiciste”, es toda la sabiduría. No quiero cultura, ni ciencia, ni grandeza humana, ni sabiduría de hombres, si falta esa otra sabiduría que es el entendimiento de Cristo presente en el prójimo. Ser obstinados en la caridad por el bien de las almas. De las que creen y de las que no creen, ni esperan, ni aman.

La entrada en la ciudad de “las palmeras” -eso es Jericó- es una gozada para los ojos y para el alma. Es la huerta de Valencia y la de Murcia, encajonada por dos desiertos, con la arteria del Jordán, vivificándolo todo. La ciudad más antigua de la humanidad, como lo atestiguan los arqueólogos, fue escenario de la entrada del pueblo elegido en la tierra prometida, del ascenso arrebatado, al misterio de Jesús. Piedras y huertos dichosos, entradas y salidas de Jericó, por donde el Señor pasó rodeado de multitudes. Aquí fue el milagro del ciego, el hijo de Bartimeo; aquí la conversión del pequeño Zaqueo. La rosa de Jericó, la espléndida rosa de aquellos vergeles húmedos y cálidos, nos regala la vista. Pero el alma busca una belleza más honda que llena los espacios de aquellos lugares que el Señor dejó prendidos en sus pupilas. Flores, frutos, aromas de campo, transparencia de cielos, verdura sin sombras, nos llaman al amor, ese amor de Jesús que penetró en Zaqueo, ese amor sin dolor que deshace el amor a las criaturas, para ponerle en el Creador de todas ellas, a Él sólo amando, conforme a su santísima y divina voluntad.

Pero es el mismo amor, el que obliga a dejar los goces del mismo amor, las torrenteras de la izquierda, llevan por caminos escarpadísimos a las alturas y a los precipicios del desierto. Allí, habitando en cuevas, en medio de las grietas, las piedras sin fin, vivió el Señor cuarenta días y cuarenta noches. Y todo esto “por mí”. El desierto para orar, para pensar, para hacer penitencia, para desasirse de las mil ataduras que nos atan a los cariños de la tierra, para encontrar la verdadera libertad del amor, del amor sin medida que no tiene frontera ni horario, ni proporción de oportunidad. Quiere el alma, llevar un pedazo de desierto en su corazón y una cueva donde orar continuamente junto al Señor. En medio del mundo contemporáneo, donde toda carne ha perdido su camino y se ha perdido sobremanera el silencio de la oración y la purificación de la penitencia, sigue la llamada de Juan el Bautista, el ejemplo y las palabras de Jesucristo nuestro Señor: “Es preciso orar y no desfallecer” y “si no hacéis penitencia, todos pereceréis.”

Principio de curso de 1994 – 95. Oscuridad de estos últimos tiempos. Hay una respuesta que Dios quiere salga de nuestra alma: caridad, contemplación, súplica, penitencia. Así se introduce el alma en el Corazón de Jesús, donde están todos los tesoros de la sabiduría y ciencia.