Madre mía, que quien me mire te vea
Desde entonces Teresita dio un cambiazo. Se acabaron los caprichitos, su aversión a los libros, las faltas de silencio, el «no me gusta de las comidas», la ley del mínimo esfuerzo y la búsqueda de juegos y diversiones… Y se dio a vivir el lema que grabó en su medalla de congregante: «Madre mía, que quien me mire te vea”. Y lo vivió tan bien con la ayuda de la Virgen, como atestiguan cuantos la trataron íntimamente y aun quienes la contemplaban de paso: «Mire qué chica. Si parece una Virgencita», oyó su madre mientras caminaba con ella por la Gran Vía madrileña. Sigue leyendo
