P. Manuel Martínez Cano m.C.R.
Aprendimos en el Catecismo que, inmediatamente después de la muerte, tiene lugar el juicio particular en el que la Justicia divina decide la suerte eterna de los que han fallecido. Con la muerte cesa el tiempo de hacer méritos, desmerecer y la posibilidad de convertirnos. Es de fe que las almas de los justos que en el instante de la muerte están libres de toda culpa y pena de pecado entran en el Cielo.
El Papa Benedicto XII definió en su constitución dogmática Benedictus Deus (1336) que las almas completamente purificadas entran en el Cielo y contemplan inmediatamente la esencia divina, viéndola cara a cara, pues dicha divina esencia se les manifiesta inmediata y abiertamente, de manera clara y sin velos; las almas, en virtud de esa visión y ese gozo, son verdaderamente dichosas y tienen vida eterna y eterno descanso (Denzinger 530).
El Cielo, pues, es un lugar y estado de perfecta felicidad sobrenatural, la cual tiene su razón de ser en la visión de Dios y en el perfecto a mor a Dios que de ella resulta. Esta felicidad del Cielo dura por toda la eternidad. Las almas… son inmediatamente recibidas en el Cielo y ven claramente a Dios mismo Trino y uno, tal como es (Concilio de Florencia – Denzinger 693).
Nuestro Señor Jesucristo representa la felicidad del Cielo bajo la imagen de un banquete de bodas. (San Mateo 25, 10) Y que todos los que le sigan serán felices eternamente: “Todo el que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna” (San Mateo 19, 29). En el Evangelio de San Juan, leemos: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo” (San Mateo 17, 3). En el Sermón de la montaña, Jesús dice: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (San Mateo 5, 8).
Escribiendo a los Corintios, San Pablo dice: “Ni el ojo vio, y ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman” (1 Corintios 2, 9). Y a los romanos, después de decirle que Dios pagará a cada uno según sus obras, dará: “vida eterna a quienes perseverando en el bien, buscan gloria, honor e incorrupción” (Romanos 2, 7). “Considero que los sufrimientos de ahora no se pueden comparar con la gloria que un día se nos manifestará” (Romanos 8, 18).
Santa Teresa de Jesús tenía tantas ansias de ir al Cielo que exclamaba: “muero porque no muero”. Y San Agustín: “Nos hiciste Señor para ti e inquieto nuestro corazón hasta que descanse en Ti”. “El será el fin de nuestros deseos, y será visto sin fin, amado sin hastío, y alabado sin cansancio… Allí descansaremos y veremos, veremos y amaremos, amaremos y alabaremos. He aquí la esencia del fin sin fin”.
Viviremos eternamente felices con la Santísima Trinidad, la Virgen María, San José y todos los santos y ángeles del Cielo. Una pregunta: ¿Por qué no empezamos a vivir en la tierra como viviremos eternamente en el Cielo? “Vivamos de amor, para morir de amor y glorificar al Señor que es todo amor” (Beata Isabel de la Trinidad).
Santa Bernardita: “¡La gruta es mi Cielo! La Virgen es mi Cielo ¡Es tan hermosa que estoy deseando morir para verla de nuevo! “Éxtasis eterno, felicidad insuperable ¡ver, amar y gozar de Dios eternamente!”.