el pueblo con francoFranco y la Iglesia Católica
José Guerra Campos
Obispo de Cuenca
Separata de la obra “El legado de Franco”

  1. Ayuda material a los servicios públicos de la Iglesia. Parquedad ejemplar en la dotación de las personas

La ayuda económica del Estado a la Iglesia se dio en tres planos. El primero, las exenciones tributarias que favorecían el servicio público del culto, del apostolado, de la beneficencia social.

El segundo, la reconstrucción inicial de edificios dentro del plan de Regiones Devastadas por la guerra, y las subvenciones para construcción de templos y, sobre todo, de los grandes centros para acoger la riada de vocaciones (Seminarios diocesanos, Colegio Español de Roma, Casas Religiosas de Formación). Esto se llevó inversiones copiosas, si bien hay que advertir que se unían a colectas y donativos y que esta clase de obras, por su austeridad y modo de administración, cuestan varias veces menos que las análogas civiles. Entre 1939 y 1959, según informe de Franco en Burgos (1961), los Seminarios que o fueron construidos de nuevo o bien reconstruidos o ampliados fueron 66; y las cantidades invertidas entonces en todos los edificios de la Iglesia, 3.106.718.251 pesetas. En 1972, contando todas las aportaciones -incluidas las obras de suplencia educativa y asistencial que la Iglesia desarrollaba en favor del pueblo español-el vicepresidente del Gobierno, Carrero Blanco, cifró todo lo recibido por la Iglesia a lo largo de 36 años en trescientos mil millones de pesetas.

Tercero, la dotación de las personas. El espacio ocupado por este capítulo fue siempre muy modesto. Las habladurías sobre el «bienestar material» de los eclesiásticos contradicen la realidad más comprobable. En general, la dotación -entonces como ahora-estaba por debajo del salario mínimo interprofesional. En los años cincuenta las dotaciones mensuales de las piezas eclesiásticas se situaban entre 1.000 y 1.500 pesetas. Luego, hasta el año setenta, sin cambiar la base se añadió una gratificación de dos mil, siendo el total menos de 3.500. Desde 1970 la mensualidad ascendió a 5.000. Los Obispos -incluyendo los complementos trimestrales por visita, representación, etc.-recibieron en las tres fases indicadas, respectivamente, 5.600, 7.600 y unas 10.000 pesetas.

El motivo de este nivel personal ínfimo es, en verdad, una gloria evangélica de la Iglesia española. Porque en 1957 un decreto-ley de la Jefatura del Estado había homologado el sueldo de los Curas al sueldo-base de los maestros de Enseñanza Primaria. Ahora bien, en 1976, los Curas recibían cinco mil; los maestros se acercaban a las veinte mil. Ello fue porque el paso del sueldo-base a escalones superiores, de aplicarse a todos, haría imposible atender la demanda del Magisterio en un momento de expansión numérica por la escolarización total que se estaba implantando. Los Obispos estimaron que frenar la subida de los Maestros a causa de los Curas no era justo ni pastoralmente oportuno, y con su asentimiento se congeló la subida de éstos, para no estorbar la de aquéllos. Si esto pudo causar incomodidades a algunos sacerdotes, el hecho histórico es honroso para el Estado y para la Iglesia: desmiente la supuesta condición de «clientela de un bando vencedor» con que se ha calumniado a la Iglesia. Compárese con las «clientelas» de los actuales «bandos vencedores».

Para mayor autonomía de la Iglesia, el Concordato (art. 19) había previsto la constitución de un patrimonio eclesiástico, que de algún modo sustituyese al confiscado en la Desamortización. En 1966 el Gobierno de Franco propuso estudiar un sistema basado en un porcentaje fijo del Presupuesto estatal. Los Obispos no llegaron a dar curso eficaz a la propuesta. De haberse aplicado, la dotación global del año 1975 hubiera sido, más o menos, de unos 17 mil millones, es decir, un 2 por cien del Presupuesto. Dado que éste, entre 1975 y 1991, ha crecido unas 27 veces, los catorce mil millones que los fondos públicos aportan ahora efectivamente al Fondo Común Interdiocesano representan bastante menos del uno por mil. La dotación efectiva de los años sesenta (independientemente del proyecto aludido) giraba en torno al seis por mil.

Bueno será que no se pierda este dato: a poco de acabar la guerra, una ley del Jefe del Estado concedió pensión a los padres pobres de sacerdotes mártires.