Franco y la Iglesia Católica
José Guerra Campos
Obispo de Cuenca
Separata de la obra “El legado de Franco”
Hubo una gran solicitud por la regeneración de la familia. Juan XXIII dijo en un radiomensaje oficial: «¡Cuánto nos ha consolado en nuestras visitas a España el ver repletos los templos, rebosantes los seminarios, alegres y serenos vuestros hogares y familias!».
La Predicación se intensificó, acercándose a todos los lugares de vida y de trabajo. Las Misiones Populares reanimaron la vida de fe de muchas comarcas. Se entregaban a este ministerio más de 8.000 sacerdotes diocesanos y religiosos, y alcanzaron a más de tres millones de personas cada año. La Catequesis y la Enseñanza Religiosa llegaron a todos los niños y jóvenes. Al final del período la Iglesia tenía 6.852 escuelas propias, de todos los grados, con cerca de dos millones de alumnos. Los centros universitarios de la Iglesia tenían más de 17.000 alumnos.
Se practicaron con amor las manifestaciones públicas del culto y las varias formas de piedad popular; pero con atención a la renovación espiritual de las personas, orientada hacia un compromiso de conversión personal y de apostolado. Antes de 1965 habían hecho Ejercicios en retiro 1.100.000 hombres, en unos treinta mil grupos.
Algunas de las Obras de espiritualidad y apostolado nacidas en España adquirieron notoriedad y proyección internacional. El «Opus Dei», que ya en los años 40 inicia su expansión desde Roma. Los «Cursillos de Cristiandad», que surgen en la estela de las Juventudes Católicas de la Cruzada, peregrinas a Santiago, y se dirigen a adultos. El Movimiento de las «Comunidades Neocatecumenales», que brota en Madrid ya en los años sesenta, con el apoyo de uno de los Prelados más representativos de la Iglesia en concordia con Franco, don Casimiro Morcillo, de quien recibieron impulso anteriormente la Obra de Cooperación Sacerdotal Hispanoamericana (que envió a América cerca de 1.500 sacerdotes diocesanos) y la Obra paralela de Cooperación Seglar. Fuera de España y en las Misiones trabajaban, hacia el año 1960, unos once mil sacerdotes y religiosos, y unas dieciséis mil religiosas.
En los tiempos de dificultad económica merece reconocimiento la abundancia de iniciativas de instituciones de Iglesia, que en convergencia con organismos civiles procuraron aportar remedio a necesidades inmediatas. Fue grande el número de Párrocos que acertaron a proporcionar puestos de trabajo, particularmente a las jóvenes de sus feligresías, en formas modestas pero humanamente adaptadas a la realidad. En 1952 la Iglesia animaba 26 sociedades benéficas constructoras de viviendas para el pueblo. Y es de justicia registrar una obra que no cesa: la de cerca de 20.000 religiosas y religiosos entregados a cuidar a los menesterosos, enfermos o desvalidos, logrando en algunos casos formar con los que parecerían «desechos de la sociedad» unos hogares llenos de alegría incomparable.