Dijo Pilato: ¿Eres Rey? Respondió Jesús: Tú lo dices; soy Rey. He nacido y venido al mundo para dar testimonio de la Verdad; todo el que es de la Verdad escucha mi voz. Díjole Pilato: ¿Y qué es la verdad? (Juan 18, 38).
Pilato no esperó respuesta. ¿Y tú?
¿Existe realmente la verdad?
Pensar que la verdad es algo relativo porque cada cual tiene una manera de ver las cosas es lo mismo que creer que no existe la verdad. Pensar que sólo alcanzamos la apariencia exterior de las cosas es también negar la existencia de la verdad. Tampoco aceptan realmente la existencia de la verdad los que opinan que lo único que puede la mente contemplar es lo que ella misma forma a su antojo; éstos llegan a veces a creer que lo único que existe es lo que forma su mente. Estas opiniones reciben el nombre de relativismo, empirismo e idealismo respectivamente.
Es cierto que muchos piensan así, y esto se explica por el enorme bagaje de materialismo que lleva nuestra civilización; estamos acostumbrados a imaginarlo todo distendido en el espacio; situamos nuestro mismo ser en un lugar del espacio e intentamos imaginar un mecanismo por el que lo de fuera se meta dentro de nosotros por medio de cuerpos en movimiento, sin abandonar nunca dicho espacio, y así llegamos a pensar que, de las muchas caras de un cubo, sólo podemos ver unas cuantas y cada cual las suyas; o bien que sólo se puede ver la parte exterior del cubo y no su realidad intrínseca. Los más inteligentes; los que no confunden la imagen con la idea, llegan a comprender que en la idea de cubo vemos simultáneamente todas sus caras a la vez y también su interior y exterior conjuntamente, pero se dan cuenta de que esa idea de cubo ha sido formada por la mente, que es algo, abstracto y matemático, que en realidad no existe, y piensan que lo que realmente existe es otra cosa inalcanzable: algunos de esos piensan al revés: que no hay otra realidad que esa que la mente concibe, la idea matemática de cubo.
Estas teorías no son nuevas: toda la historia de la filosofía está llena de corrientes relativistas, empiristas e idealistas; lo característico y nuevo de nuestro tiempo es que esas posiciones forman la opinión pública, y están tan extendido que es dificilísimo salir de esa atmósfera enrarecida y tenebrosa.
¿Qué es la Verdad?
La verdad es la expresión de la realidad, es decir de la «gracia» de las cosas; con esta definición se abarca el doble aspecto de la verdad: la manifestatividad, por medio de la palabra de la luz intelectual, y la capacidad de las cosas para ser conocidas, lo que tienen de predisposición y aptitud: para ser entendidas, su «gracia»; la verdad es la expresión de la «gracia» de las cosas.
Cuando el espíritu inteligente se unifica con la realidad inteligible, la expresa, y entonces dice la verdad: y ello es posible porque el conocimiento verdadero es la unidad en la participación de un existir superior. El que conoce y lo conocido no son dos cosas en el conocimiento, sino que éste se da cuando ambos se hacen lo mismo, lo cual no puede darse en el ámbito de lo material porque la materia distiende y separa: es lógico que en un mundo materialista como el nuestro se dé el escepticismo y el relativismo, porque el materialismo impide comprender la unidad y simultaneidad de puntos de vista en lo espiritual.
¿Cuáles son las verdades más importantes?
Los filósofos han dividido la filosofía en física, ética y lógica, pues bien, lo que hace posible la lógica; lo que lanza al hombre hacia la búsqueda de la verdad es el conocimiento de la espiritualidad de su propia alma: saber que el conocimiento consiste en una unificación espiritual con la cosa conocida, es fundamental para la esperanza de llegar a alguna certeza: la unificación espiritual exige la espiritualidad de quien ejerce el conocimiento.
Lo que hace posible la ética, lo que responsabiliza al hombre, es el conocimiento de su propia libertad contra toda fatalidad, y la cúspide de toda física y metafísica es el conocimiento de la existencia de Dios. Pero es que además la espiritualidad del alma es fundamento de su inmortalidad; su libertad la hace responsable de sus actos y la justicia divina no puede permitir la impunidad del mal ni dejar de coronar el bien con penas y castigos eternos por la inmortalidad del alma: por eso es necio quien elude la investigación a fondo de esas verdades y por tanto no la alcanza.
La espiritualidad del alma se demuestra por sus operaciones: primero hay que darse cuenta de que el entender está por encima del espacio y del tiempo y por tanto de lo corporal; el hombre es el único animal que se cita porque con su entendimiento puede concebir un lugar y una hora como distintos de todos los demás y quedar con un amigo a las cinco en el cruce de dos calles; todo el saber matemático es independiente del lugar y el momento en que se considere, es incorpóreo aunque su fundamento esté en los cuerpos; más lejos todavía de los cuerpos está, por ejemplo, la noción de justicia; la misma concepción de la posibilidad de la eternidad de la propia existencia, feliz o desgraciada, es una operación inmaterial que alcanza más allá de la muerte corporal y que muestra la naturaleza espiritual del intelecto humano. Esto no se comprende la primera vez que se piensa ni la segunda; hay que meditarlo mucho y tranquilamente, liberándose de las pasiones corporales y de los falsos intereses que el mundo sugiere, inspirado por el demonio, para impedir la desmaterialización del hombre; si la espiritualidad del alma se demuestra por su operación, lo primero que hay que tener son operaciones espirituales y hay muchos hombres que no las han tenido nunca, o al menos las tienen sin reflexionar sobre ellas: muchos de los que reflexionan las confunden con la imaginación, y si para los que las distinguen de ella es difícil comprenderla, qué será para los que las confunden o ni siquiera las tienen.
El olvido de la verdad lleva a las mayores aberraciones y nuestro mundo materialista vuelve a montar el tinglado de un determinismo fatal inspirado en leyes físicas mecanicistas que trasladan a imaginarios átomos y ondas el poder vinculante que los antiguos atribuyeron a los astros: proliferan de nuevo los horóscopos tomados en serio por gente culta e inculta. Si bien es verdad que la física moderna reconoce que en última instancia sólo puede asegurarse en leyes estadísticas y probabilísticas, esto no basta: hay que darse cuenta de que corresponde a la interioridad de la voluntad que acompaña al ser inteligente la determinación del último juicio por el que se decide a obrar, aquel juicio de lo bueno que se acepta como un buen juicio, y la posibilidad de constituirse un fin último particular, que si no es el verdadero, es decir Dios, implica el pecado. En este caso no basta la experiencia de la libertad, porque el nombre superficial la considera fácilmente una ilusión; hay que darse cuenta de la posibilidad metafísica de la libertad y eso requiere también mucho estudio y meditación.
Que Dios existe no es tan evidente que no requiera demostración, ni tan difícil que no se pueda demostrar; la demostración de esta verdad no es fácil; es la cumbre y coronación de la física y la metafísica: hay pues que saber mucho y bien para entender esta verdad: no se puede uno convencer de ella en una charla de café por más dialéctica que se desarrolle; no quedan pues justificados los que no creen en Dios porque en unas cuantas discusiones de amigotes no han quedado convencidos o se han convencido de que no existe. La Fe puede suplir la ignorancia de algunos, pero no es lícito argüir contra la Fe con la ignorancia. Es posible demostrar que Dios existe y por eso es posible la Fe; la Fe en su Trinidad, en su Encarnación; algunos hombres creerán también que Dios existe por la Fe: no alcanzarán los argumentos que demuestran su existencia, pero, al menos, sabrán las limitaciones de la naturaleza y comprenderán el carácter milagroso de ciertos hechos, para lo cual es imprescindible también pesar bastante y tener certeza de las verdades previas a la Fe; hay que conocer la naturaleza del cosmos para no atribuir a los ídolos las fuerzas de la creación, ni las intervenciones milagrosas de Dios a causas naturales; para no caer ni en la superstición ni en el ateísmo materialista.
El creer es un don sobrenatural, y entre la percepción de los motivos de credibilidad y el acto definitivo de Fe existe un abismo; Dios sólo, cuando no se opone la mala voluntad del hombre, puede llenar ese abismo, pero se equivocan los que se oponen a Dios de tal manera que llegan a negar incluso los mismos motivos de credibilidad.
- M. Domenech l.
«PROPONTE POR MODELO A LA SANTÍSIMA VIRGEN, CUYA PUREZA FUE TANTA QUE MERECIÓ SER MADRE DE DIOS», dice San Jerónimo, el gran traductor de la Biblia. Ella te enseñará la pureza, ya que fue Madre de Dios. Rezar cada mañana y cada noche TRES AVEMARÍAS es un camino que lleva a Jesucristo. No lo olvides.
