gonzalo-fernandez-de-lamoraGonzalo Fernández de la Mora
Revista Razón Española, nº 200, Noviembre-Diciembre 2016, pp. 258-303

Temas tan próximos a las tensiones cotidianas suelen abordarse con prejuicios ideológicos e insuficiente objetividad. Ahora sólo se trata de una visión panorámica, aunque esencial, que pretende ser racional y realista, no emotiva ni utópica. Vayamos, sobre todo, a los hechos mismos.

  1. La democracia

El vocablo «democracia», el más utilizado en la política contemporánea, es un género que ha sido especificado con múltiples calificativos: directa o indirecta, plebiscitaria o representativa, orgánica o inorgánica, unipartidista, bipartidista .o pluripartidista, popular, autogestionaria o partitocrática, etc. Y si se analiza con algún detenimiento cualquiera de estas especies, aparecen multitud de tipos. Por ejemplo, la democracia representativa se escinde en unitaria, autonómica y federal, en presidencialista y parlamentaria, en unicameral y bicameral, en mayoritaria o proporcional, etc. Y si se profundiza en cada uno de esos tipos aparecen numerosos subtipos. Por ejemplo, el escrutinio proporcional presenta una rica pluralidad de variantes: listas abiertas y cerradas, regla d’Hondt, acumulación de los restos, etc. Y no es una cuestión de matiz: democracia popular se autotituló la Unión Soviética, democracia autogestionaria Yugoslavia, y democracia socialista la actual Rumanía. Y son abismáticas las diferencias entre la democracia suiza, la norteamericana o la griega. Y, así, sucesivamente. Quizás por eso, Ortega y Gasset afirmó el 7 de septiembre de 1949 en la Universidad de Berlín: «La palabra democracia ha quedado prostituida, porque ha recibido sobre sí los nombres más diferentes» (3)

Todos los vocablos que se emplean en la lucha por el poder adquieren tal equivocidad que pierden concreción significativa. Pero durante el siglo XX, la democracia, a fuerza de manipulaciones semánticas, ha batido todas las marcas de ambigüedad y polisemia, y se ha convertido en una voz que, para que cobre validez intelectual, es necesario reestructurarla lógica y empíricamente.

Se han presentado centenares de definiciones de la democracia, casi todas oscilando entre la poesía y la utopía. A título de ejemplo, valga una de las más angélicas, tan ilustre y elegante como poco conocida: «la verdadera democracia es la comunidad de obediencia, libremente consentida, a la superioridad de la inteligencia y de la virtud» (4). Pero eso supondría una Humanidad sin pasiones -ni envidias, ni resentimientos-, tan justiciera, plenamente racional, y espontáneamente jerárquica, que no requeriría forma alguna de coacción.

  1. J. ORTEGA Y GASSET: Meditación de Europa, ed. Rev. de Occidente, Madrid, 19662, pág. 23.

4 BERGSON, Henri: Mélanges, París, 1972, pág. 1.283.