Contracorriente

~ Blog del P. Manuel Martínez Cano, mCR

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Mensajes de fe 45: Raquel Meller, sus canciones y su perenne mensaje

23 domingo Ago 2015

Posted by manuelmartinezcano in Mensajes de fe, Uncategorized

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El 20 de julio de 1962 fallecía la popular e inolvidable Raquel Meller. Pero la figura y el recuerdo de la tonadillera de la «Violetera» y del «Relicario» no pasará. Y es que el recuerdo de Raquel no puede desaparecer ni del arte ni del recuerdo de las generaciones. «Raquel Meller -decía Manuel Bueno- es la maga lírica de nuestra escena. El encanto de su voz supera en poder sugestivo a todas las músicas». Nuestro Jacinto Benavente decía ingeniosamente: «EI arte de Rraquelmeller1aquel me sugiere siempre la misma pregunta: ¿Dónde habrá aprendido este ángel tanta diablura?» Amadeo Vives, el autor de mil «Maruxa»  y «Doña Francisquita» emitía este juicio sobre la genial canzonetista: «Raquel Meller, es, sobre todo, unos ojos, un gesto y una voz. Tiene a veces algo de sol y de luna, de clavel y de rosa, de feria, serenata y pavana. Es una feliz mezcla de pasión, sentimiento y fantasía, de mujer de carne y mujer de ensueño. Por eso todo en ella se hace misterio, porque uno no se explica cuál es la divina aleación que hace posible la convivencia de tan diversos elementos en un solo milagro que se llama Raquel Meller». Pero aparte de su arte impar, de sus genialidades, de sus fallos, hay en Raquel Meller un aspecto poco conocido, digno de ser recordado en esta ocasión. La Raquel Meller de los inmensos triunfos era mujer de fe. En sus últimos años vivió con verdadero fervor religioso. Quien la conoció de verdad en su manera de pensar y de sentir nos ha proporcionado el texto de una carta de Raquel Meller, que escribió a quien fue su empresario en diversas actuaciones en nuestra ciudad, al encontrarse gravemente enfermo.

PRECIOSO DOCUMENTO

«Muy señor mío y amigo: Casualmente supe con gran pena de mi corazón, que usted se hallaba algo delicado de salud. Me apresuré al punto para tener noticias suyas y telefoneé a su casa. Han pasado algunos años desde aquel día que, por primera vez, la Providencia nos puso a los dos en el mismo camino de nuestra vida: usted el gran empresario y yo la pequeña actriz cantante que prometía… Vinieron los éxitos, los aplausos, la popularidad… Pero como todo lo de este mundo, ya ha pasado. ¿Qué queda de todo?… Sólo el recuerdo y ahora, ante nosotros, una realidad: una vida que se nos acaba; cada día que pasamos, un paso más hacia la eternidad. ¡Qué realidad tan tremenda! Mucho consuelo me causó cuando supe que en su enfermedad, y en esos momentos críticos, puede usted tener a su lado un sacerdote jesuita. Dichosísimo usted si sabe afrontar con valentía y resignación cristiana esos momentos y aprovecha los instantes que el Señor concede de vida para reconfortar su espíritu y purificar su alma. Todos los días oigo la Santa Misa y comulgo. Por experiencia, pues, sé lo que conforta el alma recibir a Jesucristo en la comunión. Usted no se contente con una sincera confesión, sino busque unirse a Jesucristo íntimamente en la Eucaristía. Que cuando llegue el momento de pasar del tiempo a la eternidad, le halle bien preparado y unido a Él. Sí, es Raquel Meller la que así habla… Ya sé que el mundo, que sabe mucho de exterioridades y poco de vida de las almas, me juzga a través de la Violetera, del Relicario… ¡Qué me importa que así sea! Una persona no es más buena ante Dios porque la gente le alabe, ni es peor porque la vitupere. Somos lo que somos en realidad ante los ojos omniscientes del Creador. Y esto, no otra cosa, nos ha de importar: que si hemos sido pecadores, ahora como hijos pródigos, queremos, arrepentidos volver a casa del Padre… ¡Qué vanas y mezquinas son todas las cosas de este mundo…! ¡Dichoso el hijo, que aun cuando se haya apartado un día de su padre no se olvida que lo tiene y puede volver! Por desgracia, ¡cuántos hijos por este mundo volvieron las espaldas a Dios Padre y no quieren encontrar el camino de vuelta! Adiós. Perdone me haya atrevido a escribirle estas líneas, que más que carta parece sermón. Si en este mundo no nos volvemos a ver, que en el cielo sea nuestro encuentro. Servidora estrecha su mano, RAQUEL».

ACTITUD EJEMPLAR

Raquel Meller se preocupó de lo más importante que tenía aquel empresario, amigo suyo. Y en la hora de la muerte, además de los cuidados médica y familiar, LO MÁS IMPORTANTE para el enfermo es que se prepare para recibir los Sacramentos. Un médico famoso acaba de decir: Es cosa cierta que la recepción de los Sacramentos para los enfermos les hace un bien inmenso. Les ayuda incluso para curarse. En todo caso les da una paz muy grande para los últimos momentos. Los únicos que se ponen nerviosos son los familiares que tienen poca fe.

Procuremos que ningún familiar nuestro, vecino, compañero de trabajo, muera sin Sacramentos. Será el mejor favor que le podremos hacer. El que nos agradecerá por toda la eternidad. En cambio es un acto de crueldad de la peor especie el que aquella familia que no se interesa por el alma de un ser que tenía obligación de querer. Raquel Meller, ahora desde la eternidad, nos canta la canción del mejor amor.

PROHIBIDO DESESPERARSE

En la vida de don Orione -un sacerdote italiano verdaderamente extraordinario- hay un episodio impresionante. Una noche de invierno se encontraba predicando en la iglesia parroquial de Castelnuovo Scrivia, abarrotado de fieles, llegados hasta de los pueblecitos cercanos. Argumento del sermón era la misericordia de Dios tema predilecto de muchas de sus predicaciones. Para demostrar la grandeza del sacramento de la penitencia prorrumpió en esta frase: «Aunque un hijo hubiese llegado a un grado tal de maldad que hubiera echado veneno en el plato de su madre para matarla con tal que se arrepintiese de ello sinceramente, obtendría de Dios el perdón».

Terminada la función religiosa él se dirigió apresuradamente a la parada del tranvía para volverse a Tartana, pero llegó demasiado tarde y se dispuso a caminara pie los ocho kilómetros.

Un hombre, envuelto en una capa, estaba parado a un lado del camino como si esperase a alguien. Mientras se acercaba, don Orione pudo observar sus características: alto, de complexión robusta, con barba negra de dos puntas, sombrero de ala ancha, la mirada vaga como quien esta dominado por una idea. No era un tipo para dar ánimos en aquellos momentos de furiosa agitación. Don Orione para hacer amistad con él le dirigió la palabra: -Buen hombre. ¿Vais a Tartana? La respuesta fue rápida y decidida: -No, yo no voy a Tartana.-, -Entonces, buenas noches -dijo don Orione acompañando el saludo con una sonrisa y volviendo a emprender su camino. -Buenas noches no replico el hombre con una sonrisa amarga y añadió haciendo señas con una, mano: -Deténgase un momento. ¿Es usted quien ha predicado? -SI yo soy: -¿Ha hablado usted de la confesión? -Sí he hablado de la confesión. La voz de aquel hombre empezó a temblar: -¿Cree usted en lo, que ha dicho?- dijo mirando fijamente al sacerdote con ojos extraviados por el creciente nerviosismo. -Sí, creo en lo que he dicho -respondió lentamente don Orione. -Usted ha dicho -continuo el otro- que un hijo que hubiese echado veneno en el plato de su madre podía ser perdonado. ¿Cree que esto sea posible? -Sí que lo creo, porque es verdad, con la condición, ya se entiende, de que el culpable esté arrepentido.

Siguió una pausa; en aquel crepúsculo nebuloso de la campiña se sentía intensas vibraciones de expectación. ¿Usted me conoce? -replicó después el hombre mirando fijamente al sacerdote. -No, no le conozco. -Sí -insistió el otro casi enojado-, usted me conoce. -Le digo con sinceridad que no le conozco; quizá, quién sabe…, si se explica podré recordar, pero de momento no le reconozco -aseguró con acento sincero don Orione. -Le digo que sí -protestó el hombre acalorándose cada vez más, al ver que cada vez le discutían su propia convicción. -Pero entonces, ¿quién es usted? El desconocido giró sus ojos alrededor, como si temiese que saliera de la oscuridad que los envolvía algún extraño, y después, agachándose ante don Orione exclamó: -Yo soy ese de quien ha hablado usted esta noche, yo puse veneno en el plato de mi madre. Don Orione, sintiendo escalofríos, instintivamente dio un paso atrás. Siguió otra pausa aún más cargada de ansia que la anterior. -Dígame -continuó aquel infeliz, que final mente encontraba un desahogo de su propio remordimiento-, dígame, ¿puedo aún ser perdonado? -Si está arrepentido… -dijo don Orione con voz apagada en la que se reflejaba toda la emoción que embargaba su alma. -¿Y me pregunta usted si estoy arrepentido? ¡Si supiese cuánto he sufrido. Y refirió cómo desde el día del entierro de su madre, aunque nadie tuvo nunca la más mínima sospecha sobre él, no pudo ya tener paz. Habían transcurrido muchos años. Aquella tarde, al pasar casualmente por delante de la iglesia, él, que nunca había vuelto a poner los pies en una iglesia desde hacía tanto tiempo, sintió un impulso irresistible de entrar. -Entré precisamente cuando usted estaba hablando del hijo que hubiese envenenado a su madre. Y pensé que esas palabras se dirigían a mí. Después añadió con un tono de voz distinto por la inefable esperanza que empezaba a brotar en su corazón: -Si puedo obtener el perdón de Dios y usted puede dármelo, heme aquí; perdóneme. El hombre arrepentido, recibida la absolución, se levantó para separarse, pero antes, en un arranque de emoción, quiso abrazar a su consolador y lo apretó entre sus brazos con tanta fuerza por la explosión de afecto, que don Orione creyó morir sofocado. Inmediatamente después desapareció.

El que no reza, espiritualmente no respira. A lo menos, cada mañana y cada noche, reza las tres avemarías a la santísima virgen.

Obra Cultural
Lauria, 4 – Barcelona-10

Mensaje de fe 44: cartas entre Dios y un ateo

31 viernes Jul 2015

Posted by manuelmartinezcano in Mensajes de fe, Uncategorized

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PRIMERA CARTA. -Señor Dios: Usted no existe. No puede existir. Por eso he puesto bien clara la dirección del remitente, para darme el gusto de mostrar la carta devuelta a esos crédulos que creen en usted. Si existiera, el mundo andaría mejor; los hombres no serían tan estúpidos ni tan canallas. No existe, pero le escribo para que la carta vuelva por no encontrar destino y me pueda reír de tantos creyentes embobados.

PRIMERA RESPUESTA. -Ateo amigo: Recibí tu carta. Me gusta tu sinceridad; creo que podremos ser amigos. Tienes razón de que el mundo anda mal, pero no me culpes a mí. Les he dado a los hombres libertad de acción. Ellos saben, saben muy bien, qué es lo que tienen que hacer. Si no lo hacen, no es mía la culpa. Si no fueran libres, todos protestarían, tal vez tú el primero. Serías, a lo mejor, mi enemigo, y yo no quiero que lo seas, sino mi amigo.

SEGUNDA CARTA. -Señor Dios: Aún tengo su carta entre mis manos y no me cabe la menor duda de que alguien me ha jugado una broma. Por culpa de ese alguien, todos los crédulos se han reído de mi fracaso. A pesar de la respuesta sigo sin creer en usted. No puede existir, pues queriéndome como amigo ha permitido que se burlaran de mí.

SEGUNDA RESPUESTA. -Mi amigo: Es verdad que se han reído de ti. Lo siento, pero te hago notar, que los hombres son así. Se ríen de las grandes decisiones y empresas y de los fracasos ajenos. Pero tú no has fracasado. Has empezado a triunfar. Créeme que deseo ser tu amigo. En prueba de ello te, envío este obsequio que espero te sea de utilidad.

TERCERA CARTA. -Señor Dios: Sigo creyendo que todo es una broma. Con todo, gracias por su obsequio. Raro, por cierto. Una carta prolijamente envuelta y dentro esta pequeña tarjeta: GRACIA DIVINA. ¿Es acaso algún mágico efluvio lo que me ha enviado? Todo esto me ha hecho dudar. Pero no, no puede ser. Un Dios no hace regalos de cajas vacías. A pesar de mis dudas y sospechas, ¿sabe?, cuando abrí la caja me sentí feliz; ¿Puede explicarme el porqué?

TERCERA RESPUESTA. -Mi buen amigo: Me alegro que el regalo te haya gustado y no me extraña que te haya parecido raro. Con todo, te sentiste contento, ¿verdad? Tienes razón, es algo así como un mágico efluvio, pero sólo produce efecto si tienes buena voluntad y eres dócil a sus insinuaciones. Me dices que has dudado y me alegro mucho. Quien duda busca la verdad. Tú la buscas y la encontrarás. Otra copa, si quieres podemos vernos. Vivo en el templo. Ve allí y pregunta por mí.

CUARTA CARTA. -Amigo Dios: A pesar de que quería ser tu amigo, nuestra amistad es imposible. ¿Cómo podría ser amigo de la nada: del vacío? Eres nada, reconócelo. De lo contrario ¿cómo te explicas que nadie te conozca? En la calle pregunté por ti, busqué un hombre que te conociera. Unos se rieron, otros se encogieron de hombros, los más siguieron impávidos su camino por estas calles hormigueantes e inquietas. Y los tuyos, ¿te conocen? Estuve en tu casa. Me dijeron qué estabas en el altar. No es posible, Si estás ahí, ¿cómo es que tan pocos parecían caer en la cuenta? Muchos hablaban hacia todos lados, menos hacia donde dicen que estás. Procedían como si no estuvieras.

Unos pocos parecía que te hablaban. Pero eran los menos. Luego salieron todos y se mezclaron en el bullicio de las calles, Me quedé entre ellos. Ninguno hablaba de ti. ¿Cómo explicas ese proceder de quienes se dicen tus amigos?

CUARTA RESPUESTA. -Querido amigo: Desde la primera carta -te dije que serías mi amigo porque eres sincero. Lo has demostrado una vez más. Tienes razón: muchos no me conocen, otros sí. Pero me temen o me huyen. Otros preferirían que no existiera. Hasta mis amigos a veces no me son fieles y no se portan en mi casa como deben. Lo que pasa es que les pido cosas costosas y ellos no son esforzados. Pero tú sí lo eres, y por eso te has atrevido a enfrentarte conmigo. Me alegro que sigas escribiendo, porque ¡es señal de que buscas la verdad. Y te aseguro, mi amigo, que al fin la encontrarás.

QUINTA CARTA. -Amigo Dios: A pesar de que no puedo creer en ti, me haces dudar porque eres convincente y comprensivo. Es verdad que estoy lleno de dudas y de que quien duda encuentra la verdad. Pero dime, ¿dónde la puedo encontrar?

QUINTA RESPUESTA. -Mi buen amigo: No sabes qué alegrón me has dado. Escúchame bien. Si quieres de veras saber la verdad, saber si existo, saber si soy, ve a ver mañana a las personas que señalo en la tarjeta adjunta. Ellas son verdaderas amigas mías y te dirán la verdad.

SEXTA CARTA. -Dios mío: Tenías razón. No puedes menos de existir. Si así no fuera no podría explicarme la resignación de ese joven obrero a quien esta mañana amputaron la pierna, ni el sereno dolor de esa madre que ha perdido la mayor de sus riquezas: su hijo. Ni la intrepidez de ese joven sacerdote que va a tierra de misiones, sabiendo de antemano que acortará su vida en aras del prójimo desconocido: Todos me hablaron de Ti y de tu amor. ¿Cómo pueden resignarse así? ¿Acaso no tienen ambiciones? Tú los ayudas, ¿no es así? Explícamelo todo, Amigo. Todo esto es muy grande para que lo pueda comprender solo. ¡Ah!, me olvidaba si realmente he de ser tu amigo, quiero ser como uno de los que hoy visité: Amigo de verdad.

SEXTA RESPUESTA. -Querido hijo: Serás mi amigo, lo eres ya. Todo te lo explicaré. Ven a verme a mi templo. Ya sabes dónde vivo. Te, espero y conocerás toda la verdad. Ella te hará feliz, pues eres sincero y la amas y la buscas.

Este fue más o menos -más que menos- el diálogo interior y real de un hombre que se tenía por escéptico al leer el libro «Dios es un espejo», de monseñor Oliver Sandbow, de estilo válidamente humorístico y profundo, científico y popular. El qué vive todo hombre que puede repetir sinceramente la frase de Newman: «No he pecado jamás contra la luz.»

Obra Cultural
Lauria, 4 – Barcelona-10

Mensajes de fe 43

22 miércoles Jul 2015

Posted by manuelmartinezcano in Mensajes de fe, Uncategorized

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MILAGROS EN BARCELONA

Cuando se habla de milagros, aunque sea con una elemental información, ni se pueden atribuir a fanatismos indocumentados, ni a hechos lejanos y de otros tiempos. Hay milagros, ahora,  comprobables y contemporáneos. BarcelonaEntre otros testimonios, rebosantes de pruebas maravillosas y lecciones fecundas, Lourdes vale por muchos. Mauriac escribía en «Express»: «El milagro de Lourdes que contiene todos los demás es la historia de Bernardeta… Con Bernardeta, me hallo tranquilo. Entre ella y la Desconocida no hay cambios de palabra, no hay gesto que no me afecte, que no me transforme. En suma, creo, aún hoy, todo lo que esa niña ha contado; así lo creía cuando era el colegial cuya abuela había visto a Bernardeta, había hablado con ella.» Pero Lourdes no es algo pasado. Sino real, físicamente cercano, aureolado de sobrenaturales emociones y hechos extraordinarios científicamente incontrovertibles. El médico barcelonés doctor Agustín García-Díe, el año pasado, en unas declaraciones, decía: «Sí, yo he sido testigo de varios milagros auténticos. ¿Qué puede decir un hombre después de esto, qué puede decir un médico? Nada. Simplemente dar gracias a Dios. Yo digo como el doctor Carrel, francés y Premio Nobel, que cuando vio que la ciencia era incapaz de salvar un niño, lo único que hizo fue recomendar que lo llevaran a Lourdes. Años después, en un Congreso Internacional le preguntaban asombrados lo que pensaba de aquella curación del niño que había mandado a Lourdes. Y él, con toda su entereza, respondía: Eso es lo único que puede pasar en Lourdes. Eso digo. Yo he visto cerrar heridas, bajar hinchazones, recobrar el color y el pulso y la respiración a personas que estaban al borde de la muerte, a personas que los médicos mismos mandaron a Lourdes como única solución y todas estas reacciones, cómo se producían instantáneamente. Naturalmente la Iglesia no puede declarar milagros todos estos hechos. Porque la Iglesia no necesita de estos milagros ni los pide. Entonces, lo que hace es poner toda clase de impedimentos para que los casos, tan numerosos, sean reconocidos oficialmente como milagrosos y sólo elige los que tienen mayor entidad y los que aprueban los miembros del Comité Internacional. Por su parte, la ciencia pide todos los documentos Y todas las pruebas que conoce, para comprobar la veracidad de esos casos. Cuando un caso traspasa todas estas barreras, puede decirse que es completamente milagroso; pero, mientras, existen muchos otros no declarados que siguen siendo inexplicables curaciones y que sólo los pacientes y el médico los conocen. Me acuerdo de Mercedes Oliveró, una de las enfermas que fueron en las primeras peregrinaciones. Padecía una peritonitis tuberculosa. En aquella época no había nada con que curarla. Era mortal. Hoy ya existen algunos medios, pero sigue siendo una enfermedad seria, si no incurable: La llevamos en una camilla a Lourdes. Estuvimos allí un día. Al segundo, ella también descendió a la piscina y en el momento de salir se apoderó de ella una alegría y un bienestar incomparable Y gritó que ya estaba curada. La curación fue instantánea. Allí mismo lo verifiqué. ¿Sorpresa? ¿Por qué? ¿A qué habíamos ido a Lourdes? y vino cuidando a otros enfermos, cuando ella había llegado tumbada en una camilla. Hoy sigue viviendo, perfectamente sana.»

Aparte de Mercedes Oliveró, citada por el doctor García-Díe, hay otras curaciones reconocidas oficialmente por la Oficina de Comprobaciones, de Lourdes, ocurridas entre nosotros: Rosa Buxó, de Vich; Teresa Gallart, de Calella; Concepción Samada, de Barcelona; Pilar Serinanell, de Vich; Josefina Ventura, de Villafranca del Panadés; Natividad Belzuz, de Barcelona; Ángela Torner, de Badalona. Hay, además, un número muy respetable de curaciones realizadas que registran curaciones de cáncer, tuberculosis, mal de pott, parálisis infantil, etcétera, que se atribuyen únicamente a la intercesión de la Santísima Virgen de Lourdes.

Al reflexionar sobre los hechos de Lourdes, los mismos se pueden anillar maravillosamente con esas frases profundas del doctor Alexis Carrel: «Todas las sociedades que ponen al margen la necesidad de orar están en vías de decadencia. Por esto, todos los hombres civilizados -creyentes o descreídos- deben interesarse por este grave problema del desenvolvimiento de cada actividad básica de que el ser humano es capaz… ¿no se nos permitirá, pues, asegurar que  estamos sumergidos en un medio espiritual sin el cual no podremos vivir, como no podemos vivir sin el universo material, esto es, la tierra y el aire? y ese medio no será otro sino el ser inmanente en todos los seres y que a todos trasciende, al cual llamamos Dios.» Por esto el milagro ha acompañado y certificado siempre la verdad religiosa. Y también en conciudadanos nuestros ha habido milagros tangibles. Basta enterarse sin prejuicios la historia de los santos   –rubrica el doctor Carrel- nos cuenta hechos  milagrosos y no hay duda de que la mayor parte de los hechos atribuidos, Por ejemplo al Cura de Ars, son absolutamente verídicos… lo que si sabemos ya de manera segura es que la oración produce efectos palpables. por muy extraño que esto nos parezca debemos considerar como verdad eterna las palabras de Cristo: «Pedid y recibiréis, llamad y se os abrirá.» porque con la oración el hombre llega a Dios, se dignifica y vive su filiación divina. Y a Dios se va por María. Y hoy los hombres lo necesitamos mucho. Porque hay odios criminales, erotismos monstruosos, bajezas tremendas, vacíos insalvables, sufrimientos horribles, injusticias flagrantes. Pero dijo Bernardeta Soubirous, la vidente de Lourdes: «no hay ídolos de carne en el corazón en que la virgen tiene un altar.» ¿Que menos que el rezo sincero y cordial de las tres Avemarías, cada mañana y cada noche, para suplicar a la madre de Cristo y nuestra, su intercesión para lograr esta realidad hermosa y coherente, espiritual y humana, divina y trascendente, como es el hacedero «milagro» de cada día de una vida limpia, honrada, moral, cristiana?

PABLO VI HA DICHO: «LA IGLESIA ES LA SOCIEDAD DE LOS HOMBRES QUE ORAN. SU FIN PRIMORDIAL ES ENSENAR A ORAR». CRISTIANO QUE NO REZA, CRISTIANO QUE PIERDE LA FE, SE DESMORALIZA Y SE EMBRUTECE. A LO MENOS CADA MAÑANA Y CADA Y NOCHE, NO NOS OLVIDEMOS DE REZAR CON EL MAYOR FERVOR LAS TRES AVEMARÍAS A LA SANTÍSIMA VIRGEN POR NUESTRA SALVACIÓN ETERNA.

SABIOS QUE DESCUBREN LA ORACIÓN

Yo creo en un Dios personal, omnipotente, que se interesa amorosamente por mí en particular. Yo no acepto la idea de Dios como fuerza cósmica e impersonal o como un gran director de orquesta interesado de la humanidad sólo en su conjunto y no en cada una de sus unidades. Dios me ha dado la vida. Por esto estoy yo aquí. Y me invita a entrar en relación directa con Él. Esto, para mí, es la oración.»Nia-India-rezando-antes-de-comer

Doctor Andrew G. Favert, antiguo cadete de West Point y actual experto de acústica subacuática de la Marina americana y de la Universidad católica de Washington…

«Hoy los científicos se ponen con frecuencia en oración. El reclinatorio para ellos no es menos importante que el laboratorio. En éste, analizan los fenómenos. En aquél, buscan su Autor.»

Doctora Helen Taussig, de la Universidad John Hopkins, considerada como la más importante mujer-cirujano del mundo.

«El científico os sabrá decir el cómo de las cosas, pero nunca el porqué. Él conoce bien cómo se comporta la ley de la gravedad de Newton, pero no tiene ni la menor idea del porqué. Esta es precisamente la diferencia que hay entre ciencia y religión. La religión contesta el porqué. Un científico que se estime no puede decir: Me contento con el cómo; no me interesa el porqué. El tipo de científico del siglo pasado en Europa -materialista, ateo, que sólo creía en su especialidad- está fuera de moda. Hoy, el científico quiere ser un hombre como los demás, contentándose con explicaciones superficiales. Esto significa que debe atender a la moralidad o si queréis con una palabra menos religiosa: la ética. Pero la verdadera palabra es: Dios.»

Doctor Warren Weaver, director de la Fundación Rockefeller.

Obra Cultural
Laura, 4 – Barcelona-10

Mensajes de fe 42: Una madre

15 miércoles Jul 2015

Posted by manuelmartinezcano in Mensajes de fe, Uncategorized

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El escritor marxista checo Gardavsky ha escrito sobre San Agustín. Desde su plataforma atea. Pero con innegable honradez científica. Es interesante observar, por ejemplo, que no acepta la teología modernista de la llamada .muerte de Dios». Y reprocha: .No hagamos más pobre en esperanza a la humanidad, para que el hombre la encuentre digna de vivir en ella. Nosotros llamamos a esa esperanza comunismo. Cierto que no creemos en Dios, aunque esto es un absurdo.» Gardavsky tiene una predilección especial por San Agustín. Especial. mente por el converso de las «Confesiones», mejor que por el teólogo de .La Ciudad de Dios». En definitiva, también aquí Gardavsky, como marxista, fabrica dialéctica por no entender como síntesis y plenitud lo que procede de la misma lógica fontal y no de ninguna lucha ni oposición sistemática.madre

Pero no deja de ser notable este atractivo agustiniano en un autor marxista. Y lo es más si se considera que toda la apasionante peripecia de Agustín tiene por protagonista decisiva a su madre: Santa Mónica. Todas las tragedias morales de Agustín, con su potencia intelectual sojuzgada por el maniqueísmo y el escepticismo, pudo ser doblegada y encauzada y sublimada por la fe sin límites y las lágrimas poderosas de su madre. Lo había ella previsto en un sueño misterioso, muchos años antes de la conversión del hijo. Lo cuenta el mismo Agustín: «De pie sobre una regla de madera, vio ella que se le acercaba sonriéndole un joven hermoso y alegre, mientras que ella estaba abrumada de tristeza. Él le preguntó la causa de su pena y de sus lágrimas cotidianas, no para saberlo, como suele suceder, sino para instruirla. Respondió que se lamentaba de mi perdición. Entonces, para asegurarla, le dijo que mirase atentamente y que vería cómo en donde ella se encontraba me hallaba también yo. Habiéndose ella fijado, me vio cerca de sí, de pie sobre la misma regla de madera.» Cuando Agustín quiso interpretar sofísticamente este sueño, Mónica le contestó: «No se me dijo: allí en donde se encuentra estarás tú, sino en donde tú estás, también estará él… Y así fue efectivamente.

En 387, Agustín fue bautizado. Y entonces entre la madre y el hijo llegó la plena efusión. Nos lo cuenta el mismo Agustín en sus «Confesiones»: «Hablábamos solos con gran dulzura. Olvidando las cosas pasadas, mirando a las venideras, buscábamos en presencia de la verdad, que eres Tú mismo, Dios mío, lo que sería la vida eterna de los santos, esta vida que ni el ojo del hombre vio, ni el oído oyó, ni el espíritu pudo comprender. Aspirábamos con los labios del corazón las aguas de la fuente, de esa fuente de vida que está en Ti, para beber en ella lo más posible, y así formarnos una idea de una cosa tan grande. Ahora bien, nuestra conversación nos había llevado a esa conclusión: que el placer de los sentidos carnales, por grande que sea, y en el mayor resplandor de la luz corporal, no sólo no podía compararse con la alegría de aquella vida, sino que ni siquiera merecía un recuerdo.» En esta ocasión, Mónica siente ya terminada su misión. y le dice a Agustín: «Hijo mío, por mi parte nada me satisface ya en esta vida. No veo que tenga que hacer más, ni por qué he de vivir aquí. Se «desvaneció ya la esperanza de este mundo. Sólo una cosa me hacía desear la vida algún tiempo aquí abajo. Deseaba antes de morir verte católico. Dios me lo concedió con creces. Veo que menosprecias las alegrías terrenales para ser su siervo. ¿Qué hago yo aquí?» Y Agustín registra el fin glorioso de esta madre sin par: «Al noveno día de su enfermedad, a la edad de cincuenta y seis años Y a los treinta y tres de mi edad, esta alma religiosa y pía fue librada de su cuerpo.»

Agustín recordaba gratamente el testimonio de su madre en favor suyo: «Amorosamente me llamó piadoso. Con un gran sentimiento de cariño afirmaba que jamás había oído salir de mi boca ninguna palabra dura u ofensiva para ella.» Y sentía la dureza de la separación temporal: «¡Oh Dios que nos creaste!, ¿qué comparación puede haber entre el honor que recibió de mí y el servicio que ella me hizo? Verme privado así de su gran consuelo era lo que hería mi alma y desgarraba, por decirlo así, mi vida, que no era más que una con la suya.» Mientras tanto, las últimas palabras de Mónica traspasarán los siglos como un testamento para todos los hijos: «Enterrad este cuerpo en donde queráis, no os inquietéis. Solamente os pido que os acordéis de mi en el altar del Señor en donde quiera que estéis.»

Newman llamará a Agustín «la gran lumbrera del mundo occidental que formo la inteligencia de la Europa cristiana.» Seeberg expresará con rotundas afirmaciones: «El alma de Agustín dio a la Iglesia occidental las alas del águila que le permitieron remontar su vuelo regio sobre Ios estados y los pueblos. Él indicó a las aspiraciones místicas la dirección que debían seguir; planteó los problemas sobre os cuales ya bajo la ciencia escolástica; y los mismos adversarios de la escolástica se acercaron a él para refrescar su espíritu… Él se remonto así sobre los siglos de la historia como un rey prodigando los dones más sublimes, como un sacerdote conduciendo las generaciones humanas a las fuentes de la religión.» A estos elogios se unen hoy los del filosofo ateo Gardavsky.

Siempre es lectura sugerente, inolvidable, de vivencias provechosas, la de las «Confesiones» de San Agustín. «Me creerán aquellos a quienes el amor abre los oídos», nos dirá Agustín de sus trascendentes intimidades. Pero no hay que olvidar que debajo de sus líneas palpita eI corazón de su madre, que realizó plenamente esta misma sentencia agustiniana: «Cuando se ama no hay fatiga o si la hay ama la misma fatiga.» La dichosa fatiga de Mónica ha regalado al mundo el don inapreciable del Agustín eterno. Es el gran triunfo de aquella madre. Lo mejor de cada hombre proviene de la herencia y el pálpito sobrenatural de nuestras madres. «Nada acerca tanto a Dios como el recuerdo de una madre santa», decía Ozanam. Muchos lo hemos comprobado que es así realmente.

«QUIEN NO TIENE A MARÍA POR MADRE, NO TIENE A DIOS POR PADRE», dice San Luis María de Montfort. Tenemos tiempo para trabajar, comer, divertirnos, hablar de futbol, de toros, de cine, de modas, de tonterías… ¿Diremos que no tenemos tiempo para rezar? A, lo menos, cada mañana y cada noche, reza, de corazón, no como un papagayo, las TRES AVEMARÍAS a la Santísima Virgen pidiendo por tu salvación y la de tu familia.

Una nonagésima parte

Después de leer tu carta, sentí la tentación de dirigirte una larga epístola, indignada, vehemente, en contestación a la frasecita que te has atrevido a dirigirme: No tengo tiempo de hacer oración. Y hubiera acumulado en ella argumentos numerosos e irrefutables; hubiera defendido los derechos de Dios, derechos a tu alabanza, a tu entrega, a tu sumisión; te hubiera recordado las invitaciones que saltan donde quiera en la Biblia; te hubiera celebrado los beneficios de la oración que equilibra y unifica nuestra vida, agudiza la mirada del espíritu, reafirma la voluntad. Apenas formado este plan lo abandoné. ¿Qué te iba a decir que no lo supieras ya? Y, sin embargo, quiero convencerte; casi se me antoja decir: confundirte.

Coge un metro. Colócalo delante, abierto, ahí, sobre la mesa. Quítale los cuatro últimos centímetros. Aún quedan 96. Y admite que cada centímetro representa uno de los 96 cuartos de hora de la jornada. Ahora, partiendo de la izquierda, corta 32 ó 36 centímetros, es decir, 32 ó 36 cuartos de hora: esto representa nuestro tiempo de dormir. Sigue cortando 36 ó 40 centímetros: es tu tiempo de trabajo; 4 ó 5, desplazamientos; 6 u 8, las comidas… y después mira en el extremo de la derecha el último cuartito de hora el 96.°; bien poca cosa en relación con el conjunto; y, sin embargo, eso es lo que disputas al Señor. ¿Te parece de veras que le das la mejor parte? Para quien lo consagra a Dios, este cuarto de hora transfigura milagrosamente los otros 95: les comunica su vibración de plegaria.

HENRI CAFFAREL

Obra Cultural
Laura, 4 – Barcelona-10

Mensajes de fe 41: Un S.O.S. que siempre es eficaz

10 viernes Jul 2015

Posted by manuelmartinezcano in Meditaciones de la Virgen, Mensajes de fe, Uncategorized

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Zorrilla, en su «Don Juan Tenorio», con el más saludable empeño quiere reconciliar con Dios al protagonista en sus últimas horas. «Don Juan, -un punto de contrición- da a un alma la salvación. -y ese punto aún te le dan», le conmina desde ultratumba la estatua de don Gonzalo. Don Juan se agarra a contrapelo: «Que si es verdad -que un punto de contrición -da a un alma la salvación -de toda una eternidad, -yo, santo Dios, creo en Ti: -si es mi maldad inaudita, -tu piedad es infinita… -¡Señor, ten piedad de mí!»

Esta doctrina -que el acto de contrición perfecta salva, con el propósito de confesarse si se pudiera-, es tan sólida, evangélica y confortadora que un teólogo tan sabio como el cardenal Franzelin decía: «Si me fuese dado recorrer el mundo, sería el tema favorito de mis predicaciones, la contrición perfecta.» Un sacerdote francés, J. De Driesch, en un libro muy conocido, escribe: «Cierto día, corrí peligro de muerte inminente. Fue cosa de ocho a diez segundos no más, el tiempo de rezar la mitad de un padrenuestro. En este momento tan breve, mil pensamientos cruzaron mi mente. Se me apareció mi vida con toda su increíble prontitud y me asaltó la idea de lo que me aguardaba después de mi muerte… Mi primer cuidado en tamaño peligro fue hacer lo que manda el catecismo: un acto de contrición perfecto, recurriendo a Dios en demanda de su protección. Entonces es cuando aprendí a cobrar el cariño y aprecio debidos a la contrición perfecta. Posteriormente, he tratado de hacerla conocer y estimar en todos los sitios en donde he tenido proporción para ello.»

Pero en la literatura española, singularmente, existe un «Acto de contrición de Lope de Vega Carpio», que ha conocido raras ediciones, y que bien merece los honores de la reproducción y de la más viva y cálida meditación. En el mismo palpita toda el alma de Lope de Vega:

Aunque en culpa y error fui concebido,
y fui nacido en culpa y en pecado,
y desde que nací, Dios te he ofendido
y he sido inobediente a tu mandado;
aunque como traidor he delinquido
contra Ti, gran Señor, que me has criado,
aunque es tan grande y tal mi desvarío,
¡dulcísimo Jesús!, en Ti confío.

Aunque me esté el castigo amenazando
de las terribles penas del infierno,
y aunque el demonio vil me esté acechando
prometiéndome dar tormento eterno;
y aunque mi vida ya se va acabando
y veo que he vivido sin gobierno,
y aunque he sido cruel, traidor, impío,
¡dulcísimo Jesús!, en Ti confío.

Aunque sé, Rey inmenso, en quien espero,
que eres en tus juicios riguroso,
y aunque sé que en el día postrimero,
has de bajar airado y muy furioso,
y aunque sé que eres justo y verdadero
y yo a Ti, fementido y alevoso,
si lloro y del pecado me desvío,
¡dulcísimo Jesús!, en Ti confío.

Poder tienes, Señor, para salvarme,
poder tienes, Señor, para admitirme,
poder tuviste, Dios, para comprarme
y del demonio pérfido eximirme:
poder tienes, Señor, para librarme,
y poderoso fuiste-en redimirme,
y pues es tanto y tal Tu poderío,
¡dulcísimo Jesús!, en Ti confío.

Tu divina palabra me asegura
en que dices, Señor, que en toda hora
que se volviera a Ti cualquier criatura,
con fe y con contrición el alma adora
que con brazos abiertos de dulzura
recibirás el alma pecadora
por esta real palabra, en la que fío,
¡dulcísimo Jesús!, en Ti confío.

Porque no me perturbe el grave estruendo
de las fuertes cadenas infernales
que parece que ya las voy oyendo
por mis graves delitos y mis males:
en tus manos sagradas me encomiendo,
Jesús, gran Redentor de los mortales,
porque sé que, eres Dios, clemente y pío,
¡dulcísimo Jesús!, en Ti confío.

Y vos, Virgen de culpa no manchada,
más Santa que los santos y más digna
del Padre eterno Hija regalada,
y de su Hijo Madre a quien se inclina:
del Espíritu Santo Esposa amada,
pues tenéis tantas prendas de divina
y tanto os ama Dios y sois tan mía,
¡rogad por mí!, Purísima María.

¡Ay!, Virgen Santa, nuestra gran Señora
Que hallo en el discurso de mi vida
No haber vivido en Dios tan sólo una hora,
por donde el alma teme esté partida:
mas Virgen, siendo Vos mi intercesora
no teme el alma mía ser perdida,
pues el alma en Vos espera y fía,
¡rogad por mí!, Dulcísima María.Lope_de_Vega_firma

Lo que Lope de Vega tan magníficamente expresa es lo que realmente de alcanza la reconciliación con Dios. Es la palabra eterna del perdón divino que se repite y repetirá hasta el final de los tiempos. A Dimas arrepentido, Cristo le dice: «Te digo, en verdad, hoy mismo estarás conmigo en el paraíso.» Zorrilla lo registró en el final de su drama: «Mas es justo, quede aquí – al universo notorio – que pues me abre el purgatorio – un punto de penitencia, -es el Dios de la clemencia – el Dios de Don Juan Tenorio.»

Con abundancia de poesía a lo Lope de Vega, o con las postreras premuras a lo Don Juan Tenorio, ojala no olvidemos el acto de contrición. Basta con decir con corazón y de verdad: «Dios mío, perdóname», para tener el «punto de contrición» que Zorrilla, el poeta de la «gigante voz y corazón altivo», puso en boca de nuestro trotamundos de todas las aventuras y amoríos. ¿No es una buena lección para el día de hoy? Repasa, si lo has olvidado, el acto de contrición, o sea, el «Señor mío Jesucristo», pues puedes necesitarlo en momentos de apuro. En un accidente automovilístico o laboral, para asistir a un moribundo sin tiempo para avisar al sacerdote, al ponernos a descansar todas las noches, cuando nos demos cuenta que hemos ofendido a Dios, de momento y rápidamente, recemos de corazón, este acto de amor y de reparación, de amistad y de reconciliación que es el «Señor mío Jesucristo», o simplemente lo que nos salga del interior reconociendo la infinita misericordia de Dios, infinita Bondad.

DICE JESÚS EN EL EVANGELIO: «TODO CUANTO PIDIEREIS EN UNA ORACIÓN LLENA DE FE, LO OBTENDRÉIS». Es cosa santísima unirse a la oración de la Virgen. Por ello, cada mañana y cada noche reza las TRES AVEMARÍAS a la Santísima Virgen para que vivas como hijo de Dios.

Obra Cultural
Laura, 4 – Barcelona-10

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