Contracorriente

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Contracorriente

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La confirmación

07 jueves Ago 2014

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  1. NOCIÓN DE CONFIRMACIÓN

La Confirmación es el sacramento que aumenta la gracia del Espíritu Santo para fortalecernos en la fe y hacernos soldados y apóstoles de Cristo.

La recepción del sacramento de la confirmación es necesaria para que el alma alcance la plenitud de la vida cristiana.

El sacramento de la Confirmación une a los bautizados más íntimamente a la Iglesia y los enriquece con una fortaleza especial del Espíritu Santo. Los confirmados se comprometen mucho más, como auténticos testigos de Cristo, a extender y defender la fe con sus palabras y sus obras.

“Recuerda que has recibido el espíritu de sabiduría e inteligencia, el espíritu de consejo y de fortaleza, el espíritu de conocimiento y piedad, el espíritu de temor santo, y guarda lo que has recibido. Dios Padre te ha marcado con su signo, Cristo Señor te ha confirmado y ha puesto en tu corazón la prenda del Espíritu” (San Ambrosio).

LA CONFIRMACIÓN INSTITUIDA POR CRISTO

Jesús prometió a sus Apóstoles (Lc 24, 49; Hech 1, 5) y a todos los fieles futuros (Jn 7, 38) que enviaría sobre ellos el Espíritu Santo. El día de Pentecostés cumplió su palabra con los apóstoles: “Quedaron todos llenos del Espíritu Santo” (Hech 2, 4).

Los Apóstoles comunicaban el Espíritu Santo por medio del rito exterior de la imposición de las manos: “Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo” (Hech 8, 1417).confirmacion

Los Apóstoles se consideraron siempre únicamente “ministros de Cristo y administradores de los misterios de Dios” (1Cor 4, 1). La naturalidad con que ellos realizaban el rito de la imposición de las manos presupone un mandato de Cristo, que ha querido enviar al Espíritu Santo a todos los fieles por medio del sacramento de la Confirmación.

“Es esta imposición de las manos la que ha sido con toda razón considerada por la tradición católica como el primitivo origen del sacramento de la Confirmación, el cual perpetúa, en cierto modo, en la Iglesia, la gracia de Pentecostés” (Pablo VI).

  1. EFECTOS DE LA CONFIRMACIÓN

El efecto más importante de la confirmación es la efusión plena del Espíritu Santo.

La Confirmación produce el aumento de la gracia santificante, a la que van unidas las virtudes infusas y los dones del Espíritu Santo.

El don del Espíritu Santo que más responde a la finalidad de la Confirmación es el don de fortaleza, que recibe el confirmado para difundir y defender la fe mediante las palabras y las obras como verdadero testigo de Cristo, para confesar valientemente el nombre de Cristo y para no sentir jamás vergüenza de la cruz.

La Confirmación imprime en el alma un carácter espiritual indeleble (imborrable). Este carácter sacramental que imprime la Confirmación da al confirmado la facultad y el derecho de realizar acciones sobrenaturales que tienen como fin el combate espiritual, entablado contra los enemigos de la Iglesia.

El carácter sacramental asemeja al confirmado con Cristo: Maestro de la Verdad, Rey de la Justicia y Sumo Sacerdote.

  1. ELEMENTO MATERIAL Y FÓRMULA RITUAL DE LA CONFIRMACIÓN

El elemento material remoto del sacramento de la Confirmación es el santo Crisma (aceite mezclado con bálsamo), bendecido por el obispo.

El elemento material próximo es la imposición de manos (la segunda imposición) que realiza el obispo en el momento de ungir la frente del confirmado con el santo Crisma, haciendo la señal de la cruz.

La fórmula ritual de la Confirmación son las palabras que pronuncia el ministro en el momento de la unción del santo Crisma en la frente del confirmado: N. recibe por esta señal el don del Espíritu Santo.

  1. MINISTRO Y SUJETO DE LA CONFIRMACIÓN

El ministro ordinario de la Confirmación es el obispo. “A los sacerdotes no les está permitido signar la frente con el mismo óleo; esto es cosa que únicamente compete a los Obispos cuando comunican el Espíritu Santo” (Inocencio I).

El ministro extraordinario del sacramento de la Confirmación es el sacerdote, a quien el obispo concede el poder para un caso determinado.

El sujeto de Confirmación es todo bautizado que no haya sido confirmado.

A los párvulos que están en peligro de muerte se les puede y se les debe administrar la Confirmación, porque a un estado de gracia más elevado corresponde también un estado más elevado de gloria en el Cielo.

Para recibir dignamente la Confirmación se requiere el estado de gracia; que el confirmando esté convenientemente instruido en las verdades de la fe; bien dispuesto, y que pueda renovar las promesas del Bautismo.

“Los fieles están obligados a recibir este sacramento en el tiempo oportuno” (Can 890).

“En la medida de lo posible, tenga el confirmando un padrino, a quien corresponde procurar que se comporte como verdadero testigo de Cristo y cumpla fielmente las obligaciones inherentes al sacramento” (Can 892).

La Tradición cristiana ha enseñado siempre que los bautizados que mueren sin haber recibido la Confirmación pueden salvarse; pero pecaría quien, pudiendo ser confirmado, no quiere, porque se priva de gracias que pueden serle necesarias para vivir cristianamente.

La caridad cristiana para consigo mismo no permite desaprovechar una fuente tan importante de gracia, como lo es el sacramento de la Confirmación.

  1. CONFIRMACIÓN DE NIÑOS Y MAYORES

En los primeros tiempos de la Iglesia la Confirmación solía administrarse inmediatamente después del Bautismo. En nuestros tiempos como el Bautismo se administra a los niños sin uso de razón, conviene que el sacramento de la Confirmación se administre cuando los niños puedan darse cuenta de su fe y prometer a Cristo su firme fidelidad.

La Tradición divina enseña que la edad para recibir el sacramento de la Confirmación es “la edad del uso de razón”.

Se dice que la Confirmación es el “sacramento de la madurez cristiana”, sin embargo, es necesario que no confundamos la edad adulta de la fe con la edad adulta del crecimiento natural, ni olvidemos tampoco que la gracia bautismal es una gracia de elección gratuita e inmerecida que no necesita “ratificación para hacerse efectiva”.

“La edad del cuerpo no constituye un prejuicio para el alma. Así, incluso en la infancia, el hombre puede recibir la perfección de la edad espiritual de que habla la Sabiduría (4, 8): ”La vejez honorable no es la que dan muchos días, no se mide por el número de los años». Así, numerosos niños, gracias a la fuerza del Espíritu Santo que habían recibido, lucharon valientemente y hasta derramar la sangre por Cristo» (Santo Tomás de Aquino).

  1. EL RITO DE LA CONFIRMACIÓN

El sacramento de la Confirmación se administra normalmente en la celebración de la Santa Misa, para que el confirmando comprenda que la muerte y resurrección de Jesús que renovamos en la Santa Misa nos ha merecido el don del Espíritu Santo.espiritusanto

Los cuatro momentos principales del rito son: a) la homilía del Obispo, b) la renovación de las promesas del bautismo, c) la imposición de las manos y d) la crismación.

En la homilía el obispo recuerda a los confirmados las verdades fundamentales de la fe.

Renovación de las promesas del bautismo.

El día de tu Bautismo, tus padres y padrinos prometieron en tu nombre que renunciaban a Satanás y a todo pecado. Hicieron también en tu nombre un acto de fe en las verdades que Dios ha revelado. En la Confirmación eres tú el que personalmente renovarás aquellas promesas del Bautismo.

El Obispo pregunta a los confirmandos: ¿Renunciáis a Satanás?

 Confirmando: Sí, renuncio.

Obispo: ¿Y a todas sus obras?

 Confirmando: Sí, renuncio.

 Obispo: ¿Y a todas sus seducciones?

 Confirmando: Sí, renuncio.

 Obispo: ¿Creéis en Dios Padre Todopoderoso, Creador de cielo y tierra?

 Confirmando: Sí, creo.

 Obispo: ¿Creéis en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que nació de Santa María Virgen, murió, fue sepultado, resucitó de entre los muertos y está sentado a la derecha del Padre?

 Confirmando: Sí, creo.

 Obispo: ¿Creéis en el Espíritu Santo, en la Santa Iglesia Católica, en la comunión de los santos, en el perdón de los pecados, en la resurrección de los muertos y en la vida eterna? ¿Creéis que el Espíritu Santo es Dios y que hoy se os comunicará de modo especial por el sacramento de la Confirmación, como a los apóstoles el día de Pentecostés?

Confirmando: Sí, creo.

La imposición de las manos. Con las manos extendidas sobre los confirmandos el obispo pronunciará una oración. Desde ese momento quedas especialmente consagrado a Dios. Dios te ha elegido para que con tu vida, tu oración, tu sacrificio y tu palabra extienda su mensaje de amor y salvación eterna por todo el mundo.

 

La crismación. Es el momento culminante. Uno a uno, acompañados de vuestro padrino o madrina, os presentareis ante el obispo. Pondrá su mano sobre tu cabeza y ungirá tu frente con el Santo Crisma. El obispo pronunciará tu nombre y te dirá en el momento de la unción: “Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo”.

 Contestarás: Amén.

 El Obispo dirá: La paz sea contigo.

 Responderás: Y con tu espíritu.

¡Ungido en tu frente! ¡Consagrado a Dios! ¡Quedarás confirmado para siempre!

El beso de la paz, con el que concluye el rito del sacramento de la Confirmación, significa y manifiesta la comunión eclesial con el obispo y con todos los fieles.

Seguirá la Santa Misa, la paz de Cristo, la Comunión, la bendición final, la vida cotidiana. Con el sacramento de la Confirmación has recibido todas las gracias que necesitas para ser fiel a Dios, para ser fuerte en la fe, soldado y apóstol de Cristo.

  1. PALABRAS DEL PAPA

“La Confirmación fortalece la fe. Es el sacramento de la riqueza interior y del testimonio exterior; es el don de la madurez espiritual y de la fortaleza moral” (Pablo VI).

 

“En nuestros tiempos los cristianos vacíos y débiles no resisten, no sirven. Necesitamos cristianos ”confirmados», que vivan en la doble esfera natural y sobrenatural con deseos de perfección» (Pablo VI).

“El Cristianismo es un ejército de almas valientes, que están prontas, que oran, que velan, que trabajan… No es un refugio de hombres inútiles, sino que es plenitud de vida y de amor, e invitación diaria a la fortaleza, al control de sí mismos, e incluso al heroísmo” (Pablo VI).

“Apostolado quiere decir hacer el bien en torno a vosotros, especialmente con vuestra conducta. Quiere decir inspirar con vuestra vida la estima y el deseo de la virtud. Tender en todo a ser los primeros: en la vida de alumnos, en la vida de familia, en la práctica de la caridad y la pureza” (Pío XII).

Capitalismo salvaje

07 jueves Ago 2014

Posted by manuelmartinezcano in P. Manuel Martínez Cano, Uncategorized

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Nuestro Rey y Señor Jesucristo dice que no se puede servir a Dios y al dinero, a las riquezas. Satanás, en forma de serpiente, engañó a Adán y Eva; y, en forma de becerro de oro, engañó a Israel, el pueblo elegido por Dios. También tentó de avaricia a nuestro Señor: “Todo esto te daré”. Y desde entonces tienta a todos los hijos de Adán y Eva con la avaricia, con la que esclaviza a las almas y los cuerpos. El ídolo Mammón hoy es más adorado que nunca.

capitalismoLa economía mundial está controlada por un grupo de adoradores de Mammón a quién san Juan Pablo II condenó con el nombre de capitalismo salvaje. Capitalismo salvaje que financió la independencia de las naciones hispanoamericanas, la revolución comunista de Lennin, la revolución nacionalsocialista de Hitler y las guerras que sean necesarias para vender sus armas de guerra. Ese mismo capitalismo salvaje ha creado el negocio más satánico de la historia: el asesinato de niños y niñas en el vientre de sus madres. Espectáculos inmorales, modas indecentes, medios de comunicación corrompidos, etc. son cultos distintos al becerro de oro.

Leonardo Castellani, hombre sabio, santo y valiente y, por ello, perseguido por los enemigos de la verdad, ha escrito: “El dinero es hoy el dueño del mundo, pero el diablo es el dueño del dinero”. El diablo es “el príncipe de este mundo, el dios de este mundo” que ha impuesto la tiranía de la adoración del dinero, de las riquezas. Esta tiranía ciega hace que en el reducido grupo de quienes manejan grades fortunas sean en realidad dueños del dinero, que en lugar de ser manejado por sus poseedores, los arrastra en una carrera frenética hacia la total despersonalización exigida por la “dedicación” a las riquezas, que es en realidad una comunión permanente con el espíritu demoniaco”.

Espíritu demoniaco que ha penetrado en la Iglesia, como dijo Pablo VI y nos recuerda Su Santidad Francisco. Detalles anecdóticos que muestran el amor a las riquezas en personas que han hecho la promesa o el voto de pobreza. Hicimos una misión popular en un pueblo del Reino de Valencia. Vino a vernos el joven párroco del vecino pueblo, con su sotana. Nos dijo que sus hermanos sacerdotes de su entorno, vestían de seglar con las marcas más caras de ropa, zapatos, etc. Son vanidosos, nos dijo. Una madre de familia numerosa, empleada en un establecimiento de religiosas, me ha dicho: padre, todas van de seglar, menos dos ancianas que llevan su hábito. Visten los vestidos y pantalones de marca; cada dos por tres van a la peluquería, se perfuman con las colonias más caras, etc.

En su segunda carta a los corintios, San Pablo dice: “ya sabéis lo generoso que fue nuestro Señor Jesucristo: siendo rico se hizo pobre, por amor nuestro, para enriquecernos con su pobreza” (2ª Cor 8,9). El Señor nos quiere pobres: “Bienaventurados los pobres”, nos dice. Los pobres de espíritu y los pobres de cosas. Seamos pobres. “Sed pobres de todo y el corazón de Jesús os enriquecerá”(Santa Margarita María de Alacoque) La riqueza que Cristo Rey nos da es la santidad en la tierra y la eterna felicidad en el cielo.

P. Manuel Martínez Cano, mCR

Página para meditar nº98

07 jueves Ago 2014

Posted by manuelmartinezcano in P. Manuel Martínez Cano, Padre Alba, Uncategorized

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Dios quiere hablar con nosotros en particular y en secreto. En los tres primeros capítulos del Génesis encontramos a Dios hablando con el primer hombre, con un realismo sorprendente. A la hora del atardecer, dejaba Dios, por decir, toda otra atención para ponerse a hablar con Adán.

moises y las tablas de la leyEn el Éxodo, leemos que Moisés cogía la Tienda y la ponía a alguna distancia fuera del campamento. A esa tienda le dio el nombre de «Tienda de reunión». Todo el que buscaba a Dios iba a la «Tienda de reunión», fuera del campamento. Cuando era Moisés el que iba a la «Tienda de reunión» se le levantaba el pueblo todo y se estaba de pie de lente de sus tiendas, con los ojos fijos en Moisés. Una vez que entraba Moisés en la Tienda, bajaba la columna de nube y se paraba a la entrada de la Tienda. Entonces «Dios hablaba con Moisés, cara a cara como habla un amigo a su amigo” (Ex 33, 7). Esta era la reunión de Moisés con Dios.

Si no Somos obstinados en encontrar fuera del campamento de nuestras solicitudes diarias y de nuestras actividades nuestro sitio de reunión con Dios nunca entraremos en la intimidad de estar con Él como amigo con amigo.

Coloquio con Dios. La oración no es más que hablar con Dios, conversar con Dios, comunicarme con Dios. Lo que llamamos meditación, no es más que la ambientación de nuestro entendimiento para pasar con más facilidad al coloquio con Dios. Por eso Santa Teresa hablando de la oración mental decía «que no es otra cosa a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama».

Aislarnos, tratar a solas con Dios es labor de cada día. Antes que tratar con los hombres, y las cosas, y las más urgentes necesidades, esta la hora de mi trato con Dios.

Rvdo. P. José María Alba Cereceda, S.I.
Meridiano Católico Nº 98, junio-julio de 1986

Página para meditar nº 97

07 jueves Ago 2014

Posted by manuelmartinezcano in P. Manuel Martínez Cano, Padre Alba, Uncategorized

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Suplica por las vocaciones

Los primeros discípulos -Andrés, Simón, Santiago, Juan- te siguieron, Señor, inmediatamente, sin la menor resistencia, sin condiciones. Dejan las barcas, las redes y demás aparejos de pescar… y se van contigo. Tú prometes hacerlos, como recompensa, el más alto servicio: pescadores de almas. Siguen faenando todavía en todas partes por donde van a vivir. Pero ya va a ser otra la intención, va a ser otra la manera de vivir y trabajar.vocaciones

Por eso, hoy Señor, te queremos pedir todos, que tu «ven Sígueme» no haya cambiado designo. Hoy continúas llamando con igual prisa, con la misma amorosa insistencia. Y yo ciertamente podría dejar muchas cosas, para adentrarme más en Ti, haciendo lo que habitualmente hago para ganarte almas., para ganarte misioneros, para ganarte vocaciones, para ganarte un poco más mi corazón. Tú que sabes hacer milagro sin que se vean, haz que fructifique cualquier mínimo esfuerzo que yo realice con vistas a la salvación del mundo. Que alcance para mi Asociación, para mi familia, para mí mismo una nueva generación de almas entregadas, que ninguna fatiga les deprima, que ningún desengaño les envejezca, que ninguna dificultad les ha­ga perder de vista el horizonte de conquistar las almas contigo para así entrar en la gloria del Padre en tu compañía. Oh, Jesús, danos una ambición iIimitadísima de conquista. Que no sea esclavo de las mil conveniencias humanas, que por tu amor me pueda mortificar con ingeniosa facilidad en mil ocasiones de la vida, para alimentar un ardoroso deseo de que todos sin excepción te lleguen a conocer, a desear, a amar. Oh, Jesús mea ni última petición, que descubra la Adoración Nocturna, para alimentar así ser pescador de almas por el mar sin orillas de tu ansia redentora.

Reunión de grupo

La reunión de grupo, es el contacto de una hermosa amistad natural, espontánea, libre, rectamente elegida, en la que todos sintonizamos, que se eleva al nivel de lo sobrenatural, por el contenido, por las motivaciones que la mueven, por los frutos apostólicos que se obtienen y por el empuje que me fuerza para mi santificación. Con mis hermanos de reunión la proximidad del amor de Jesús más intensa. «Cuando dos o más se reúnen en mi nombre Yo estoy en medio de ellos». Eso ha de ser mi reunión de grupo.

Rvdo. P. José María Alba Cereceda, S.I.
Meridiano Católico Nº 97, mayo de 1986

Recapitulación primera

30 miércoles Jul 2014

Posted by manuelmartinezcano in Uncategorized

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«El octavo día» ha tenido doce emisiones, una por semana. En los diez minutos de cada una sólo caben algunas pinceladas, que en espacios sucesivos se van ordenando para diseñar una figura intangible. Mas no todos los que me otorgan el honor, que no sé cómo agradecer, de abrirme la puerta de sus casas, habrán podido seguir la línea en su totalidad. Por eso, acaso no sea inútil volver la mirada, evocar la finalidad general de «El octavo día», y subrayar algunos rasgos salientes de lo dicho hasta ahora. La finalidad se ajusta a estas palabras del Concilio: «Cristo es la luz de los pueblos… y su claridad resplandece en el rostro de la Iglesia». Muchos lamentan, no sin motivo, que en algunos sectores responsables se presente a la Iglesia no como luz, sino como espectáculo de confusión. «El octavo día» se propone difundir un poco de claridad. No, bien lo sabe Dios, porque el que habla tenga luz propia o presuma de resolver problemas difíciles. Habla solamente como obispo, servidor de la Iglesia; es decir, no emitiendo opiniones personales, sino la enseñanza de la Iglesia universal, cuyo maestro y portavoz supremo es el Papa.16873245 En la vida humana hay siempre zonas oscuras, y a la Iglesia no le faltarán nunca dificultades en su camino; pero también lleva consigo una luz inextinguible, que alumbra nuestros pasos. Lo sensato es aprovecharla, no mezclar lo claro con lo oscuro, no tapar la linterna ni sofocar su luz con las humaredas artificiales de una palabrería que aturde en vez de orientar. «El octavo día» está animado por la decisión de levantar en alto, con sencillez y seguridad, la lámpara de la doctrina de la Iglesia. La luz viene de Jesucristo, camino, verdad y vida. La Iglesia no es más que resonador de su voz, y cuando sus ministros comparecen ante el mundo, no han de hacerlo para exhibirse a sí mismos (sus planes, su sabiduría, su poder), sino para elevar la atención hacia el misterio luminoso de Cristo. Como nos avisaba hace poco el arzobispo de Toledo, es necesario hablar menos de las estructuras de la Iglesia y más de Dios y sus misterios. El fundamento de todo, al que hemos dedicado los dos primeros espacios, es la presencia salvadora de Cristo resucitado. La Iglesia es más que una asociación de personas que buscan la verdad o que comparten unas ideas y actitudes; su enlace con Cristo es más que con un fundador o un maestro lejano: Cristo es su vida, no sólo por lo que dice, sino por lo que El mismo es y hace, por encima de los límites humanos. Todos los hombres necesitamos un ideal. Un ideal digno de este nombre es algo que dé sentido a la totalidad de nuestra vida, incluida la muerte; algo que mantenga tensado nuestro espíritu y que encauce nuestras energías, como una vocación que, al mismo tiempo, nos levante, vincule y libere. Muchos hombres desesperan de poder levantar los ojos hacia un ideal, sospechando que esta pretensión sea un sueño ilusorio, o se limitan a ideas y programas parciales y pasajeros. Cristo se nos ofrece como ideal pleno, no soñado, sino realizado. El nos revela y nos comunica el amor del Padre; nos hace hijos; transforma nuestra vida por el amor y la esperanza; nos conduce hacia la victoria sobre el pecado, el dolor y la muerte. Su luz y la eficacia del amor fraterno contribuyen también a mejorar las condiciones de la vida temporal, pero la esperanza del reino de Dios no se identifica con ningún futuro que sea obra de los hombres y, por eso mismo, no se disipa cuando llega la hora de la debilidad o de la muerte. Y porque Cristo resucitado es el corazón viviente de la Iglesia, ésta tampoco se identifica del todo con nosotros, sus miembros. Es más que nosotros: es nuestra madre. Dos veces hubimos de tomar en consideración a quienes piensan que esta realidad sencilla y hermosa de Cristo en su Iglesia queda oprimida por la carga de los dogmas o de las verdades que hay que creer. Algunos menosprecian las verdades de la fe en nombre de la vida o con el pretexto de la humildad o de la libertad y unidad de los hombres. Hemos visto que la verdad cristiana es precisamente la expresión de la vida plena, que se nos da por la persona de Cristo. Y, como verdad y vida son inseparables, lo que se esconde realmente en el desprecio de la verdad, es el desprecio de esa plenitud de vida que Cristo nos aporta, para encerramos en los límites de nuestros proyectos o de la acción humana. Hemos visto que la firme orientación que nos da la fe, en medio de las oscuridades, no se funda en la presunción orgullosa de ser, nosotros, propietarios de la verdad. Se funda en un don de Dios, que todos hemos de acoger con humilde gratitud, que a .todos se ofrece y a todos ha de juzgar. Y no puede haber amor a los hombres sin amor a la verdad, que es la que nos hace libres. Por eso mismo hicimos notar cómo, según el Concilio y en contra de lo que algunos propalan, la acción misionera sigue siendo, como siempre, una función primaria de la Iglesia. E indicamos cómo se relaciona con la predicación del Evangelio la buena fe de los que caminan a tientas hacia Dios, sin conocer todavía la verdad. Pero, sobre todo, «El octavo día» iba mirado con simpatía fraternal a los innumerables «hijos del pueblo que respiran confiadamente la atmósfera de la fe y que ahora se ven acusados de poseer una fe de inferior calidad, porque no entienden las interpretaciones nuevas que algunos tratan de imponerles. Puedo afirmar que el móvil principal de «El octavo día» ha sido decir a todos, como si me dirigiese a mi madre: «No desconfiéis de vuestra fe. Es válida, para la vida y para la muerte. La fe cristiana no es más accesible para los que presumen de sabios que para los sencillos, los auténticamente inteligentes. ¿Os invitan a renovaros? Si es una invitación a mejorar en amor de Dios, en amor del prójimo, en desprendimiento, en colaboración activa con la Iglesia, en asimilación ,más honda de las verdades y valores del Evangelio…, aceptadla. Si os invitan a cancelar, por inútil, la formación, a veces muy honda, que habéis recibido o heredado de la madre Iglesia, rechazad la invitación; no viene de Dios. En ciertos ambientes de confusión, esto exigirá que cada uno sepa defender su fe. Para tal autodefensa hemos dado criterios en «El octavo día». Será conveniente recapitularlos de nuevo. Lo haremos en la próxima emisión.

Monseñor José Guerra Campos

 

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"Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la construyen. (Salmo 127, 1)"

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Van al Cielo los que mueren en gracia de Dios; van al infierno los que mueren en pecado mortal

"Id al mundo entro y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado" Marcos 16, 15-16.

"Es necesario que los católicos españoles sepáis recobrar el vigor pleno del espíritu, la valentía de una fe vivida, la lucidez evangélica iluminada por el amor profundo al hombre hermano." San Juan Pablo II.

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