Contracorriente

~ Blog del P. Manuel Martínez Cano, mCR

Contracorriente

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Santiago Apóstol

23 miércoles Jul 2014

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El 25 de julio, la Iglesia universal festeja al apóstol Santiago. En la ciudad de Compostela, nacida en torno de su sepulcro, se concentran es estos momentos numerosos fieles. Allí, España le honra como a su patrono. Allí confluyen, desde hace más de mil años, innumerables peregrinos de toda la cristiandad. Santiago, Roma y Jerusalén han sido, durante centurias, las metas de las mayores peregrinaciones de la Iglesia católica.santiago-apostol

Pasados veinte siglos, entre los sepulcros o lugares de los apóstoles, solamente Santiago en Compostela, San Pedro y San Pablo en Roma, conservan vivo todavía un culto resonante; y acaso el de Compostela sea el más afectuoso y el más popular ¿Qué podemos esperar del apóstol Santiago? Según un conocido testimonio de la Europa medieval, el motivo principal de atracción para los peregrinos de Santiago era «visitar el cuerpo de un apóstol que, a su vez, había tenido la dicha de ver y de tocar a Dios hecho hombre». Visitaban a un testigo del Señor. La Iglesia es apostólica. Está fundada sobre testigos enviados por Jesús. Por ellos enlazamos de un modo sensible con el Hijo de Dios asociado a nuestra historia.

Los Apóstoles, por tanto, son piezas básicas en la vida cristiana, ya que ésta no se alimenta sólo de aspiraciones o de teorías, sino de realidades atestiguadas. Todos los apóstoles podrían suscribir estas admirables palabras de San Juan, el hermano de Santiago: «Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos, lo que palparon nuestras manos tocando al Verbo de vida… –la vida eterna, que estaba en el Padre y que se manifestó…-, os lo anunciamos a vosotros, a fin de que viváis también en comunión con nosotros… para que sea vuestro gozo colmado» Podemos esperar de Santiago, sobre todo, que nos ayude a purificar y enderezar la fe, como principio y fundamento de toda nuestra vida; a situarnos con exactitud ante el reino de Dios, proclamado por Cristo y su Iglesia. El reino de Dios es un descubrimiento del amor; es adoración; es perdón de los pecados, docilidad filial, fraternidad en casa del Padre, visión completa de la realidad según los planes de Dios, esperanza de una vida plena.

El anuncio de este reino suscita la expectación de muchos. Pero, a veces, nos empeñamos en suplantarlo por un reino a la medida de nuestras pretensiones inmediatas, subordinado al logro egoísta de la independencia y del bienestar. Así, los discípulos de Jesús soñaban con la restauración política del reino de Israel, que estaba entonces bajo la dominación de los romanos. Santiago y Juan solicitaban para sí los primeros puestos. Jesús encauza su ambición hacia lo esencial: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber mi cáliz?», es decir, ¿podéis asociaros incondicionalmente a la suerte, al destino, que me reserva el Padre? La suerte de la cruz. Y la respuesta es decidida: «Podemos». Santiago será el primero de los apóstoles en dar su sangre por el Señor. Cuando el Resucitado va a despedirse de los apóstoles, «les habla del reino de Dios… Ellos le preguntaban: ¿Es ahora cuando vas a restablecer el reino de Israel?» La respuesta de Jesús es tajante: «No os toca a vosotros eso… (Con el poder del Espíritu) seréis mis testigos hasta el extremo de la tierra.» El Señor no juzgaba la legitimidad de las aspiraciones políticas de Israel; no las condenaba; pero las desliga de la misión directa confiada a los apóstoles.

El reino es Él, cualesquiera que sean las circunstancias exteriores. El Evangelio es fecundo por sí mismo. Transfigura, como un fermento activo, la vida en la tierra; pero no está limitado por la eficacia de nuestros programas, ni su esperanza se nutre de los éxitos temporales. La fe es confiada («Pedid y recibiréis»); pero, al mismo tiempo, es incondicional («Padre, si es posible, pase de mí esta cáliz, pero hágase tu voluntad y no la mía»). Misterio de la cruz: el poder de Dios, manifestado en Cristo, no actúa como un realizador satisfactorio de nuestras pretensiones inmediatas, sino como demostración de que nos ama y de que está con nosotros para realizar un programa de vida superior, cuya prenda tangible es la resurrección de Jesucristo. Santiago, patrono de España, nos ha inspirado siempre este aprecio de la fe, como valor primario. Con su protección se ha dado en nuestra patria un prodigio histórico: que, a través de siglos de presencia mahometana, se haya conservado la continuidad de un pueblo cristiano, sin diluirse, mientras, por ejemplo, las espléndidas cristiandades del país de San Cipriano o de San agustín se han desvanecido. Y no fue una conversación meramente defensiva: la fe, que había sido el aglutinante supremo en el interior del país, impulsó en su momento a España a una expansión misionera que, juntamente con Portugal, le dio a la Iglesia su universalidad geográfica.

La fidelidad se mostró, una vez más, como fuerza creadora. Son hechos innegables por los que nosotros y el mundo entero debemos dar gracias a Dios. No tenemos por qué avergonzarnos de que nuestros padres hayan estimado la fe como el bien máximo que podían ofrecer a sus hermanos en todo el mundo. Lamentaremos, si acaso, en la presencia de Dios lo que haya habido de defectuoso en el cumplimiento de dicha tarea. En las actuales condiciones de la historia, vuelve Jesús a preguntarnos, como a Santiago, si estamos dispuestos a seguirle.

La tentación de ahora no es urgir al Señor para que instaure un reino temporal, ni pedirle los primeros puestos. La tentación es más bien invitarle a que se retire, a que nos deje concentrar toda nuestra esperanza y todo nuestro corazón en el reino que nosotros mismo intentamos construir en el tiempo. Es decirle a los apóstoles que han dado demasiada importancia a la fe. Se aboga por que los pueblos renuncien a su consagración, a las motivaciones trascendentes; se busca un modo prácticamente ateo, como forma de convivencia, con peligro de que se convierta en forma de vida.

Yo espero que el Apóstol vele sobre nosotros, sobre nuestras familias, sobre todo el pueblo de España, para que se reavive el gozo y el compromiso de la fe. Y como la fe, que es don continuamente ofrecido por Dios a cada uno, nos ha venido ligada a una tradición, que también es don de Dios, haga el Apóstol que las generaciones sucesivas hereden de nosotros la fidelidad al Evangelio.

24 de julio de 1972

 Monseñor José Guerra Campos

Post mortem Francisco Franco: Obispo de San Sebastián

23 miércoles Jul 2014

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Obispado de SAN SEBASTIÁN.

«Los asistentes no quedaron satisfechos con la homilía pro­nunciada (por Mons. José María Setién), porque en ella no se había hecho alusión a la vida y obra del Jefe del Estado. Por ello, se levantaron agrias voces de protesta contra don José Ma­ría Setién, incluso soeces insultos. Este incidente duró unos ocho minutos. Y para calmarlo, hubo de subir el Sr. Gobernador a los micrófonos del presbiterio, donde con voz firme pidió que se respetase el templo de Dios y la persona de la Jerarquía, alu­diendo al testamento 180px-Retrato_Oficial_de_Francisco_Francoespiritual del Caudillo y rogando a los asis­tentes una oración en silencio «por lo que no hemos oído». Re­cobrada una calma nerviosa, se hizo la oración de los fieles en la que el canónigo don José Arámburu pidió expresamente por el alma del Jefe del Estado, Francisco Franco, Caudillo de Espa­ña (…). Fuera del recinto sagrado, terminado el funeral, se can­tó por el gentío congregado en el atrio el himno de la Falange. Y, a continuación, un grupo bien nutrido de personas se acerca­ron al domicilio del Sr. Obispo en actitud amenazante… En el domicilio del Sr. Obispo, protegido por fuerzas de la Policía, des­pués de encaramarse al balcón del piso primero, se izó a media asta la bandera nacional, disolviéndose la gente después de un buen espacio de tiempo. Estas manifestaciones contra el señor Obispo Auxiliar han venido repitiéndose por espacio de varios días. Se recitaba el Padre nuestro, se cantaba el himno «Cara al sol», se daban gritos patrióticos y se proferían insultos contra Mons. Setién».

(Información del Bol. Of. del Obispado, sección «Iglesia Diocesana», núm. de diciembre de 1975, pág. 618.)

 

El 27 de noviembre, en la Acción de gracias, solemne por la proclamación del nuevo Rey, el Obispo Don Jacinto Argaya dijo:

«Permitidme una confidencia…: No pude estar presente aquí el día del funeral por el alma de S.E. el Caudillo. Fuimos testigos de la ejemplaridad de su vida familiar, de la devoción en sus prácticas religiosas y de tantos otros rasgos que le acreditaban como cristiano conse­cuente. Ese cristiano que tan manifiesto ha quedado en sus no­bles palabras póstumas de testimonio de fe, de perdón a los enemigos, de preocupación por la patria temporal que dejaba.

No se quebró después la línea que aquí se había iniciado. Sin entrar a enjuiciar su actuación política, nadie regateará elo­gios para la plena entrega a las tareas de gobierno, para la ri­gurosidad y seriedad impuesta en todas sus funciones, para el ejemplo de su vida privada, para la estabilidad lograda en un país que durante siglo y medio venía siendo atormentado por tremendos vaivenes políticos. No es posible eludir una alusión a sus últimos días. Incorporado a Cristo por el bautismo, por una fe intensamente vivida, por un amor a la Eucaristía paten­temente manifestado, le tocó hacer culminar esta incorporación con otra de tipo más personal y humano, si cabe hablar así: la del sufrimiento. Su muerte no fue la trágica de un atentado, de un accidente, sino, como la de Cristo, la culminación de un lar­go período de tremendos sufrimientos de toda índole. Parecía, ya el final, que no había lugar en su cuerpo para una nueva llaga o un nuevo sufrimiento. Acá en la tierra le tocó purificarse antes de pasar la frontera de la muerte. Y esos méritos obteni­dos en su vida y en su larga agonía le habrán acompañado aho­ra ante el Tribunal del Cielo. (…) El Jefe del Estado recién fallecido puedo estar ya, a estas horas, en condición de interceder por nosotros, pero puede también necesitar de nuestros sufragios.

Carecería de sentido, por otra parte, rendir un homenaje a la memoria de Franco y desconocer y olvidar sus últimos deseos que fueron los de su vida entera: «Velad también vosotros y para ello deponed frente a los supremos intereses de la patria y del pueblo español toda mira personal. No cejéis en alcanzar la justicia social y la cultura para todos los hombres de España y haced de ello vuestro primordial objetivo. Mantened la unidad de las tierras de España, exaltando la rica multiplicidad de sus regiones como fuente de la fortaleza de la unidad de la patria». Marchando hacia la patria eterna, Francisco Franco nos ha precedido con la señal de la fe y duerme el sueño de la paz…»

 

 

No, Zapatero

23 miércoles Jul 2014

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Zapatero, el ex presidente de España que culminó el programa socialista de destruir las raíces cristianas de nuestra patria -“a España no la va a conocer ni la madre que le parió”- (Alfonso Guerra) ha propuesto la “alianza permanente entre las confesiones religiosas”, vinculadas a la ONU y a la Alianza de Civilizaciones” para crear una “autoridad religiosa global” que, naturalmente, había de ser masónica, porque, como dicen los papas, el fin de las sectas secretas es la destrucción de la civilización cristiana.

Los papas San Juan Pablo II y Benedicto XVI han alabado el diálogo entre los culturas y las religiones pero “no solo desde la razón positivista” porque “Una razón que sea sorda a lo divino y relegue la religión al ámbito de las subculturas, es incapaz de entrar en el diálogo de las culturas”. Los enemigos de la Iglesia han intentado por todos los medios violentos que desaparezca de la faz de la tierra. En varios países, sigue la lucha violenta y en, otros, la lucha política anticristiana. Todos luchan contra la educación católica en los colegios y en las universidades.

Zapatero afirma que ninguna religión puede presentarse como verdadera. Por supuesto, solo es verdad lo que se vota en los parlamentos democráticos. El dogma fundamental del ex presidente es “La única verdad es la libertad”. ¿La libertad, para qué? para asesinar a millones de niños en el vientre de sus madres, para asesinar ancianos y enfermos en los hospitales… Eso es libertad satánica que hace siempre el mal, algunas veces disimuladamente. Zapatero: la libertad es para hacer el bien, para amar Dios sobre todas las cosas, al prójimo, aunque sea enemigo, y a la patria (en nuestro caso a España) la nación de eterna cruzada ¿volverán nuevos cruzados? sí, si lo quiere el Señor.verdad y libertad

La única verdad no es la libertad. La verdad, Zapatero, es Cristo, Dios y hombre verdadero, Rey y Señor de todas las naciones. Y la única religión fundada por Cristo es la católica. Sólo una religión puede ser verdadera, pues solo hay un Dios. Las distintas religiones que hay en el mundo se contradicen en su doctrina, moral y culto. Como Dios no puede contradecirse, solo una religión puede ser verdadera. Tenemos la obligación de reflexionar hasta hallar la verdadera religión.

Zapatero, yo y todas las personas deberíamos tener muy presente que en el mismo instante de nuestra muerte seremos juzgados por Cristo. Los mueran en gracia de Dios irán al Cielo, para ser felices eternamente, y los que mueran en pecado mortal al infierno, donde sufrirán eternamente.

Padre Manuel Martínez Cano, mCR.

Meditación sobre María Inmaculada: el misterio

23 miércoles Jul 2014

Posted by manuelmartinezcano in Meditaciones de la Virgen, Uncategorized

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Medita bien lo que significa y representa este misterio y procura ahondar en él, pues es muy provechoso conocerlo a fondo.

1º Estado de la humanidad antes del pecado. – Recuerda lo que era y lo que hubiera sido el hombre sin el pecado de Adán. ¡Plan sublime y magnífico el de Dios!-Terminada la creación de los demás seres, el Señor quiere nombrar y crear un Rey de aquella creación, y piensa en el hombre… con qué cariño le forma en su cuerpo… con sus propias manos… no con su palabra, como a las otras criaturas.-Y, sobre todo, cómo le infunde el alma, espiritual, inmortal, imagen y semejanza de su divinidad.-Esto es poco, recuerda el paraíso terrestre, lugar de delicias y palacio de ese hombre… la vida feliz, sin penas, amarguras, sufrimientos, dolores, lágrimas, etc…, nada de tristeza, todo era alegría y satisfacción.-En su alma puso la integridad o sujeción de las pasiones a la razón… la ciencia infusa para saberlo todo sin trabajo ni estudio, y sobre todo, la gracia santificante para que fuera un santo siempre. El destino de la humanidad, ser feliz y ser santa sirviendo y amando a Dios sin cesar…, su fin, sin pasar por la muerte, trasladarse al Cielo, para alabar allí a Dios eternamente. -¡Magnífico, sublime, divino, el plan de Dios! – Detente a meditarlo, saborearlo y gustarlo como si fuera real y efectivo.inmaculado_corazon2

2. º La caída.-Vino el pecado y con él todos los males.-El autor del dolor y del sufrimiento no fué Dios… Él no nos hizo para sufrir, fuimos nosotros mismos al pecar.-El maldito pecado, causa de todo mal.-Contempla las tristezas, angustias, dolores y tormentos del corazón humano, desde Adán hasta ahora… mira las enfermedades asquerosas, dolorosas y repugnantes que afligen al hombre, Y sobre todo, la muerte con sus sufrimientos y agonías, con su humillación y corrupción del sepulcro… ¡qué cuadro más horrible!- Todo por aquel pecado.-Compara aquel plan felicísimo de Dios y este estado tan lastimoso del hombre.-Ahora, pasiones brutales que nos asemejan a las bestias…, pecados de todas clases, aun los más bajos y degradantes… pérdida de la santidad, de la inmortalidad y de la vista de Dios… Y más que nada, el infierno como término de esta vida tan triste, pues el cielo se cerró con aquel pecado y ya nadie podía entrar en él. Medita bien esto, y deduce de aquí lo que será el pecado cuando Dios justo así lo castiga.

3. º Universalidad de este pecado.-Lo peor de este pecado es que fue universal para todo el género humano.-Adán en el Paraíso no era una persona particular, era la fuente de la vida que se había de propagar a todos los hombres…, representaba a la humanidad…, allí en él, estábamos todos incluidos. -Todo lo que Dios le dió, no fue solo para él, sino también para los demás…, todos habíamos de ser iguales a él.-Esto no es una injusticia ni una crueldad.-Si un padre es inmensamente rico ricos serán sus hijos…, pero si ese padre dilapida su hacienda y se queda sin nada aunque no tengan culpa, sus hijos nacerán en la pobreza, ¡esto es natural!… Así fue con nosotros.- Nadie más rico que Adán, nosotros también debíamos serlo, así lo quiso Dios… pero todo lo perdió él y nacimos sus hijos desnudos en cuerpo y en el alma… ¡qué pena!, pero es verdad.

4. º María Inmaculada-Contempla ahora el alma de María al entrar en el mundo.-También Ella debía ser como nosotros y nacer como nosotros… pero Dios la exceptúa y Ella sola… la única… nace tal, cual se formó en las manos del Señor… pura… limpia… sin mancha… inmaculada. – Detente a admirar esta hermosura y a felicitar a María por ser inmaculada. – Mira a los ángeles acompañándola con palmas y celebrando su entrada en este mundo, que no es una derrota como en nosotros… sino un triunfo sobre la serpiente. Canta con los ángeles alabanzas a la Virgen, al verla así aparecer tan hermosa en la tierra.-No ha habido, ni habrá flor más blanca que el alma de María en su concepción. – Piensa además, cómo por no pecar, no debió de sufrir, ni padecer, ni morir, pero Dios quiso que fuera así, para ser como su Hijo, que por amor se abrazó a la Cruz. Esto es, en Ella, el sufrimiento no fué como en nosotros por castigo, sino por amor a Dios, para ser como Jesús… y por amor a los hombres, para servirnos de consuelo. – Dale gracias por ello, y anímate a sufrir como Ella y a amar la Cruz también como Ella.

Los sacramentos

23 miércoles Jul 2014

Posted by manuelmartinezcano in Uncategorized

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  1. NOCIÓN DE SACRAMENTO

Cristo redimió al género humano con su pasión, muerte y resurrección. Hoy Cristo sigue salvando a los hombres por medio de los sacramentos, canales de su gracia. «Cristo actúa ahora en la Iglesia por medio de los sacramentos, instituidos por Él para comunicar su gracia” (Catecismo 1.084).

Los sacramentos son signos sensibles instituidos por Cristo para darnos la gracia. Son encuentros del hombre con Cristo que significan y realizan la santificación de las almas.

Cristo pudo comunicar la gracia santificante sin necesidad de ritos y signos sensibles, pero, acomodándose a la manera natural del ser humano, determinó transmitir la gracia por medio de signos sensibles.

El calvario y la MisaEl signo sensible de los sacramentos se compone de dos partes: el elemento material y la palabra: “Viene la palabra sobre el elemento y se hace el sacramento” (San Agustín).

El elemento material puede ser sustancia material (el agua en el Bautismo), unas acciones o unas palabras (los pecados en la Penitencia).

Las palabras o fórmula sacramental son las palabras que pronuncia el ministro al aplicar el elemento material (en el Bautismo: Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo).

No puede haber sacramento sin el elemento material o sin la fórmula sacramental. El sacramento produce la gracia santificante cuando, a la aplicación del elemento material, acompaña la correspondiente fórmula sacramental.

El Bautismo se administra válidamente cuando al derramar agua (elemento material) sobre el bautizado, el ministro dice la fórmula sacramental: “Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

LOS SACRAMENTOS INSTITUIDOS POR CRISTO

Los siete sacramentos fueron instituidos por Cristo. El Nuevo Testamento ofrece los testimonios explícitos de la institución de los sacramentos del Bautismo, la Eucaristía, el Orden sacerdotal y la Penitencia.

La Confirmación, el Matrimonio y la Unción de los enfermos se administraban ya en tiempos de los Apóstoles y como ellos se consideraban solo “ministros y administradores de los misterios de Dios” (1 Cor 4, 1), es evidente que estos tres sacramentos fueron instituidos por Cristo.

En varios sacramentos ha sido la Iglesia la que ha determinado el signo sensible, pero en todo caso ha sido Cristo el que ha dado la orientación sacramental y la significación primordial de cada sacramento. Porque, como los sacramentos son signos eficaces de la gracia divina, sólo pueden tener como autor al mismo Dios.

La acción sacramental es una acción de culto que la Iglesia presenta al Padre por Cristo y un acto de santificación para los fieles que reciben la gracia de los sacramentos.

Nadie ha demostrado que alguno de los sacramentos los haya instituido un Papa o un concilio. San Agustín dice: “Lo que toda la Iglesia profesa y no ha sido instituido por los concilios, sino que siempre se ha manifestado como tal, eso creemos con toda razón que ha sido transmitido por la autoridad apostólica”.

  1. LOS SACRAMENTOS PRODUCEN LA GRACIA

Los sacramentos producen la gracia por sí mismos, independientemente de la santidad del ministro, siempre que realice el rito sacramental y tenga la intención de hacer lo que hace la Iglesia.

“Si alguno dijere que los sacramentos de la Nueva Ley no contienen la gracia que significan, o que no confieren la gracia misma a los que no ponen óbice, sea anatema” (Concilio de Trento).

Los sacramentos producen la gracia santificante, la gracia sacramental y el carácter sacramental.

Cada sacramento confiere una gracia sacramental específica que produce un efecto distinto correspondiente a su fin característico. El Bautismo da la gracia para ser buenos cristianos, la Confirmación para defender la fe valientemente, el Matrimonio para ser buenos esposos y padres, el orden sacerdotal para ser santos sacerdotes.

El Bautismo, la Confirmación y el Orden sacerdotal imprimen en el alma un carácter sacramental: una marca espiritual indeleble, que no puede borrarse, y se perpetúa durante la vida eterna.

Por el pecado mortal se pierde la gracia, pero el sacramento de la Penitencia vuelve a dar la vida sobrenatural al alma.

  1. SACRAMENTOS Y VIDA CRISTIANA

Los siete sacramentos corresponden a todas las etapas y momentos importantes de la vida cristiana: nacimiento, crecimiento y curación de la vida sobrenatural de los cristianos.

Los sacramentos de la iniciación cristiana, Bautismo, Confirmación y Eucaristía, son los fundamentos de toda la vida cristiana: “La participación en la naturaleza divina, que los hombres reciben como don mediante la gracia de Cristo, tiene cierta analogía con el origen, el crecimiento y el sustento de la vida natural. En efecto, los fieles renacidos en el Bautismo se fortalecen con el sacramento de la Confirmación y finalmente son alimentados en la Eucaristía con el manjar de la vida eterna, y así, por medio de estos sacramentos de la iniciación cristiana, reciben cada vez con más abundancia los tesoros de la vida divina y avanzan hacia la perfección en la caridad” (Pablo VI).

Para la vida social de la Iglesia, Jesús instituyó dos sacramentos: El Matrimonio, que santifica la unión de los esposos y les da gracia para cumplir sus deberes de esposos y padres; y el Orden sacerdotal, que provee a la Iglesia de los ministros que necesita para continuar en el mundo la misión que Cristo le encomendó.

La unción de los enfermos prepara al cristiano para entrar en la vida eterna.

  1. MINISTRO DE LOS SACRAMENTOS

Ministro de los sacramentos es la persona que aplica el elemento material y pronuncia la fórmula ritual sobre el sujeto que recibe el sacramento.

El ministro principal de todos los sacramentos es Jesucristo: “Cuando los sacramentos de la Iglesia se administran con rito externo, Él es quien produce el efecto interior en las almas… Él es quien, por la Iglesia, bautiza, enseña, gobierna, desata, liga, ofrece y sacrifica” (Pío XII).

El ministro secundario de los sacramentos es una persona. A excepción del Bautismo y el Matrimonio, el ministro de los sacramentos es el sacerdote o el obispo.obispo20munilla

La validez y eficacia de los sacramentos no dependen de la fe ni del estado de gracia del ministro secundario, sino del ministro principal. Si un sacerdote no cree en el infierno y bautiza en pecado mortal, pero tiene intención de realizar lo que cree la Iglesia, el bautizo es válido y transmite la gracia santificante.

Como servidor y representante de Cristo, el ministro del sacramento está obligado en conciencia a administrar los sacramentos dignamente, es decir, en estado de gracia.

Es pecado mortal administrar un sacramento en pecado mortal. Una excepción es administrar el Bautismo en peligro de muerte.

  1. SUJETO DE LOS SACRAMENTOS

Sujeto es la persona que recibe el sacramento.

El sacramento sólo puede recibirlo válidamente una persona viva; los muertos no pueden recibir los sacramentos; si se duda que una persona esté viva o muerta, se administra el sacramento bajo condición: “Si vives, yo te bautizo…”.

Para la validez del sacramento se requiere, por parte del sujeto que tiene uso de razón, intención de recibirlo. El sacramento que se recibe sin intención o contra la propia voluntad del sujeto es inválido.

El niño que recibe el Bautismo sin tener uso de razón recibe la gracia santificante, la gracia sacramental y el carácter sacramental. El Papa Inocencio III declaró, a propósito del Bautismo de los niños: “El pecado original, que se contrae sin consentimiento, se perdona también sin consentimiento, en virtud del sacramento”.

Para recibir los sacramentos de la Eucaristía, Confirmación, Matrimonio, Orden sacerdotal y Unción de los enfermos es necesario estar en gracia de Dios. Quien recibe uno de estos sacramentos en pecado mortal comete un sacrilegio.

Para recibir el Bautismo y la Penitencia es necesario la fe y el arrepentimiento de los pecados.

Los sacramentos del Bautismo, Confirmación y Orden sacerdotal, si se recibieron válidamente pero indignamente (en pecado mortal), reviven si se quita el impedimento moral (confesando).

7. LOS SACRAMENTALES

Los sacramentales son signos sagrados por medio de los cuales se expresan y obtienen efectos espirituales, obtenidos por la intercesión de la Iglesia

El Concilio Vaticano II define los sacramentales como: “signos sagrados creados según el modelo de los sacramentos, por medio de los cuales se expresan efectos, sobre todo, de carácter espiritual, obtenidos por la intercesión de la Iglesia. Por ellos, los hombres se disponen a recibir el efecto principal de los sacramentos y se santifican las diversas circunstancias de la vida” (Const. sobre la liturgia, nº 60).

Es ministro de los sacramentales el clérigo provisto de la debida potestad; pero, según lo establecido en los libros litúrgicos y a juicio del ordinario, algunos sacramentales pueden ser administrados también por laicos que posean las debidas cualidades (CDC. Nº 1168)

Se consideran sacramentales: a) las ceremonias empleadas en la administración de los sacramentos; b) las bendiciones, consagraciones, exorcismos; c) el uso de objetos bendecidos y consagrados; d) estos mismos objetos bendecidos y consagrados (sacramentales permanentes).

  1. LA OBRA DE CRISTO EN LA LITURGIA

“Sentado a la derecha del Padre” y derramando el Espíritu Santo sobre su Cuerpo que es la Iglesia, Cristo actúa ahora por medio de los sacramentos, instituidos por Él para comunicar su gracia.

En la Liturgia de la Iglesia, Cristo significa y realiza principalmente su misterio pascual. Durante su vida terrestre Jesús anunciaba con su enseñanza y anticipaba con sus actos el misterio pascual. Cuando llegó su hora (cf Jn 13, 1; 17, 1), vivió el único acontecimiento de la historia que no pasa: Jesús muere, es sepultado, resucita de entre los muertos y se sienta a la derecha del Padre “una vez por todas” (Rm 6, 10; Hb 7, 27; 9, 12). Es un acontecimiento real, sucedido en nuestra historia, pero absolutamente singular: todos los demás acontecimientos suceden una vez, y luego pasan y son absorbidos por el pasado.

El misterio pascual de Cristo, por el contrario, no puede permanecer solamente en el pasado, pues por su muerte destruyó a la muerte, y todo lo que Cristo es y todo lo que hizo y padeció por los hombres participa de la eternidad divina y domina así todos los tiempos y en ellos se mantiene permanentemente presente. El acontecimiento de la Cruz y de la Resurrección permanece y atrae todo hacia la Vida.

Por esta razón, como Cristo fue enviado por el Padre. El mismo envió también a los Apóstoles, llenos del Espíritu Santo, no sólo para que, al predicar el Evangelio a toda criatura, anunciaran que el Hijo de Dios, con su muerte y resurrección, nos ha liberado del poder de Satanás y de la muerte y nos ha conducido al reino del Padre, sino también para que realizaran la obra de salvación que anunciaban mediante el sacrificio y los sacramentos en torno a los cuales gira toda la vida litúrgica” (SC 6) (Catecismo de la Iglesia Católica).

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“Espíritu Santo, infúndenos la fuerza para anunciar la novedad del Evangelio con audacia, en voz alta y en todo tiempo y lugar, incluso a contracorriente”. Padre Santo Francisco.

"Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la construyen. (Salmo 127, 1)"

Nuestro ideal: Salvar almas

Van al Cielo los que mueren en gracia de Dios; van al infierno los que mueren en pecado mortal

"Id al mundo entro y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado" Marcos 16, 15-16.

"Es necesario que los católicos españoles sepáis recobrar el vigor pleno del espíritu, la valentía de una fe vivida, la lucidez evangélica iluminada por el amor profundo al hombre hermano." San Juan Pablo II.

"No seguirás en el mal a la mayoría." Éxodo 23, 2.

"Odiad el mal los que amáis al Señor." Salmo 97, 10.

"Jamás cerraré mi boca ante una sociedad que rechaza el terrorismo y reclama el derecho de matar niños." Monseñor José Guerra Campos.

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