Contracorriente

~ Blog del P. Manuel Martínez Cano, mCR

Contracorriente

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La Iglesia, Pueblo de Dios

18 miércoles Jun 2014

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1. LA REVELACIÓN DIVINA Y LA IGLESIA

La Revelación divina expresa clarísimamente la voluntad de Dios de formarse un pueblo que le ame, le sirva y le rinda culto; este pueblo, en el Antiguo Testamento, es Israel; en el Nuevo Testamento es la Iglesia, fundada por Nuestro Señor Jesucristo.

La Sagrada Escritura, la Tradición divina y la Iglesia Católica están tan estrechamente unidas que no pueden existir una sin las otras dos.

La Iglesia fundada por Jesucristo es una sociedad religiosa formada por obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos y seglares, bajo la autoridad soberana del Papa.

La unión moral de la Iglesia de Cristo está fundada en la profesión de la misma fe y moral, en la participación en los mismos ritos sagrados y Sacramentos y, sobre todo, en la obediencia a la misma autoridad jerárquica, el Papa.

La Iglesia Católica, por su fundador, por su Espíritu, por su organización y por sus elementos constitutivos es una sociedad esencial y principalmente divina.

La Iglesia Católica, por sus miembros, que somos todos los bautizados, es una sociedad humana.

2. FUNDACIÓN DEL PUEBLO DE DIOS

Con la elección de Abrahám aparece clara la intención de Dios de fundar un pueblo que será el depositario de sus grandes promesas y con el que establecerá una alianza perpetua. De la descendencia de Abrahám saldrá Aquél (Jesús) en quien serán benditas todas las generaciones.

romaEl Pueblo de Dios se organizó en una unidad jurídica y espiritual bajo la dirección de Moisés, con quién se establece el pacto de la Alianza entre Dios y su pueblo. Moisés recibió la palabra del Señor y su Ley en el monte Sinaí.

Con el rey David el Pueblo de Dios se constituyó en reino, un reino en el cual el trono de David no tendrá fin.

Los profetas anunciaron que el Pueblo de Dios había de ser universal, único, espiritual, temporal y eterno; en el que el Mesías prometido sería sacerdote, maestro y rey.

El Mesías prometido (Nuestro Señor Jesucristo) reunió y preparó numerosos discípulos de los que eligió doce para que fueran sus Apóstoles y fundamento de su Iglesia como nuevo Pueblo de Dios. Los hizo representantes suyos y les dio autoridad jerárquica en su Iglesia.

Jesús confió a los apóstoles la revelación divina y la predicación de su doctrina y les encomendó la administración de los Sacramentos.

De entre los doce Apóstoles, Jesús eligió a San Pedro como cabeza y jefe de todos ellos, le hizo Vicario suyo y Pastor supremo de toda la Iglesia.

Fundada y organizada la Iglesia como nuevo Pueblo de Dios, fue solemnemente inaugurada en Jerusalén el día de Pentecostés, cuando el Espíritu Santo vino de manera extraordinaria sobre los Apóstoles, como leemos en los Hechos de los Apóstoles.

3. PODERES DE LA IGLESIA

Para poder llevar a cabo su misión divina, Jesús, entregó a su Iglesia tres poderes: enseñar, santificar y gobernar. Estos poderes fueron ejercidos por los Apóstoles y sus sucesores desde el origen de la Iglesia.

La misión de enseñar la entregó Jesús a su Iglesia para protegerla de las desviaciones y garantizarle la seguridad de profesar sin error la auténtica fe. El Magisterio de la Iglesia vela para que el Pueblo de Dios permanezca en la verdad divina y eterna.

La Iglesia ejerce la misión de enseñar por medio de su Magisterio ordinario y extraordinario.

La Iglesia santifica a sus fieles con la oración y el culto litúrgico, la administración de los sacramentos, la dirección espiritual, etc…

La Iglesia gobierna a sus fieles por medio de los obispos, párrocos y vicarios en sus diócesis, bajo la autoridad suprema del Papa.

4. INFALIBILIDAD DE LA IGLESIA

El poder de enseñar tal y como Jesucristo se lo dio a su Iglesia, lleva consigo el privilegio de la infalibilidad, que consiste en una asistencia especial del Espíritu Santo, en virtud de la cual la Iglesia no puede engañarse ni engañar cuando enseña cosas de fe y costumbres.

La infalibilidad de la Iglesia, se desprende de los textos evangélicos en los que Jesús encarga a los Apóstoles su misión divina: “Id… Enseñad. Bautizad. El que no creyere, se condenará”. Si la Iglesia pudiera equivocarse en sus enseñanzas religiosomorales, Jesús no nos obligaría a creer en la Iglesia bajo pena de condenación.

La Iglesia no puede equivocarse nunca en cuestiones de fe y costumbres porque el Señor prometió que estaría con sus Apóstoles hasta el fin de los tiempos y que les enviaría el Espíritu Santo para que les enseñase todas las cosas: “El Paráclito… El Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre os lo enseñará todo y os recordará todo lo que Yo os he dicho” (Jn. 14,26). “El Espíritu de la Verdad os guiará hasta la verdad completa” (Jn. 16,13).

Cuando la Iglesia enseña las verdades reveladas por Dios debemos creerlas con asentimiento interno y sin reservas. De no ser así, rechazamos al mismo Dios: “El que os escucha a vosotros a mí me escucha; y el que os rechaza, a mí me rechaza; y el que me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado” (Lc. 10,16).

La Iglesia es infalible, no sólo al enseñar la verdad revelada por Dios, sino también al enseñar y precisar verdades o hechos íntimamente relacionados con la revelación divina. La Iglesia es infalible en los siguientes casos, cuando:

Declara la ortodoxia o heterodoxia de una doctrina.

Canoniza a los santos.

Aprueba una orden religiosa.

Afirma otras verdades íntimamente relacionadas con la fe.

 5. INFALIBILIDAD DEL PAPA

La infalibilidad de la Iglesia radica en el Episcopado (los obispos con el Papa a la cabeza de ellos) y en el Papa por sí solo.

“Enseñamos y definimos ser dogma revelado por Dios que el Romano Pontífice, cuando habla ”excátedra», esto es, cuando, cumpliendo con su cargo de pastor y doctor de todos los cristianos, define por su suprema autoridad apostólica que una doctrina sobre la fe y las costumbres debe ser aceptada por la Iglesia universal, por la asistencia divina que le fue prometida en la persona de San Pedro, goza de aquella infalibilidad de que el Redentor divino quiso que estuviera provista su Iglesia en la doctrina sobre la fe y las costumbres y, por tanto, que las definiciones del Romano Pontífice son irreformables por sí mismas y no por el consentimiento de la Iglesia» (Concilio Vaticano I).

El Concilio Vaticano II ha recordado la misma doctrina del Vaticano I y ha añadido: “Esta religiosa sumisión de la voluntad y del entendimiento de modo particular se debe al magisterio auténtico del Romano Pontífice, aun cuando no hable ”excátedra»; de tal manera que se reconozca con reverencia su magisterio supremo y con sinceridad se adhiera al parecer expresado por él, según su manifiesta mente y voluntad, que se colige principalmente ya sea por la índole de los documentos, ya sea por la frecuente proposición de la misma doctrina, ya sea por la forma de decirlo» (Constitución dogmática, Lumen Gentium, n. 25).

 6. PROPIEDADES DE LA IGLESIA

La Iglesia fundada por Jesucristo es una sociedad: sobrenatural, visible, perfecta, soberana, independiente, perpetua e indefectible.

La Iglesia es una sociedad sobrenatural por su origen, por su constitución y por su fin que es la santificación y salvación eterna de las almas. Los Apóstoles se presentaban como “ministros de Cristo y administradores de los misterios de Dios” (1ª Cor. 4,1).

La Iglesia es visible porque visibles son sus representantes y sus miembros; visible la predicación y profesión de la fe; visibles sus templos, su Liturgia, sus Sacramentos; visible la sujeción y obediencia a sus legítimas autoridades.

La Iglesia es perfecta como sociedad porque tiene un fin completo y perfecto: la perfección sobrenatural y la felicidad eterna de los hombres; y para conseguir ese fin tiene todos los medios necesarios.

La Iglesia es soberana e independiente de cualquier otra sociedad, porque como institución divina goza de la suprema autoridad y potestad concedida por el mismo Dios y, por tanto, no puede depender de ningún Estado en el libre ejercicio de su misión divina.

La Iglesia es perpetua e indefectible porque no puede faltar nunca en su misión ni fallar en lo sustancial de su ser y de su vida, según la promesa de Nuestro Señor: “Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mt. 16,18).

7. MILAGRO PERMANENTE DE LA IGLESIA

La Iglesia fundada por Cristo ha sido perseguida a muerte desde los inicios de su fundación. Los enemigos de Cristo han querido destruir su Iglesia desde sus mismos orígenes.

El Sanedrín judío mandó apresar a los Apóstoles y después de torturarlos les prohibieron predicar el Evangelio. Sólo el sanedrita Gamaliel salió en su defensa: “Dejad a estos hombres, dejadlos; porque si esto es consejo u obra de hombres, se disolverá; pero si viene de Dios, no podréis disolverlo, y quizá algún día os halléis con que habéis hecho la guerra a Dios”. (Hech.5,3839).

No hay en el mundo nada más grande y admirable que la Iglesia Católica. A pesar de las terribles persecuciones que ha padecido en casi dos mil años de historia: Sinagoga, Imperio Romano, Bárbaros, Islam, Cismáticos, Protestantes, Revolución Francesa, Liberalismo, Socialismo, Comunismo, Masonería, sectas,… la Iglesia siempre ha triunfado y siempre triunfará.

No ha habido institución más perseguida que la Iglesia Católica, ni tampoco más victoriosa. Los grandes imperios y sus crueles perseguidores han pasado, pero la Iglesia sigue en pie.

Nuestro Señor Jesucristo prometió que la Iglesia perduraría hasta el fin del mundo a pesar de que los poderes del infierno quieran destruirla. La Iglesia podrá ser combatida, pero jamás vencida.

8. ENEMIGOS INTERNOS DE LA IGLESIA

Los enemigos exteriores de la Iglesia no han podido destruir la obra de Cristo en 2.000 años de historia; lo terrible de los tiempos que vivimos es que los enemigos de la Iglesia están dentro de la Iglesia, haciendo cuanto pueden para destruirla.

“¿No es, acaso, cierto que hasta hace pocos años los enemigos de la Iglesia estaban fuera de ella y que de unos años a esta parte sus peores enemigos surgen en el seno de la misma Iglesia?” (Cardenal Siri).

“Los artífices del error, no hay que buscarlos hoy entre los enemigos declarados. Se ocultan en el seno mismo y en el corazón de la Iglesia y es un motivo de aprensión y de angustia muy vivas; enemigos tanto más terribles porque no lo son abiertamente” (San Pío X).

“Hoy después del Concilio, la Iglesia pasa por la prueba de los grandes sufrimientos (…) Sufre por la rebeldía inquieta, crítica y demoledora de tantos de sus hijos, los predilectos, maestros y seglares contra su íntima e indispensable comunión, contra su existencia institucional, contra su tradición y adhesión interior, contra su autoridad, insustituible principio de verdad, unidad y caridad; contra sus mismas exigencias de santidad y sacrificio; sufre por la deserción y el escándalo de ciertos eclesiásticos que crucifican hoy a la Iglesia” (Pablo VI).

Post mortem Francisco Franco: Obispo de Salamanca

17 martes Jun 2014

Posted by manuelmartinezcano in Uncategorized

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«…Insisten los textos de la liturgia funeral renovada en que la homilía sea más bien catequesis sobre la muerte cristiana que elogio fúnebre del difunto. Pero no se excluye que la cate­quesis pueda hacerse basándose justamente en las circunstancias que han rodeado a una muerte concreta. Y éste creemos que es nuestro caso.

franco1Nuestro Jefe de Estado que acaba de fallecer hizo aquí mismo en Salamanca, en el Aula Magna de la Universidad Pontificia, con ocasión de su doctorado «honoris causa», una de las más explícitas manifestaciones que realizó en su vida sobre preocupación por el juicio que le esperaba en la otra. Están oyéndonos personas que lo presenciaron y que le escucharon decir, entre lágrimas, que en manera alguna quería comparecer ante el tribunal de Dios con las manos vacías. Lo que ha expresado en su último mensaje a los españoles estaba ya en su concien­cia allá en 1954 de manera bien explícita. Para él, morir era tener que dar cuenta de una actuación. No se trata de un testimonio lejano, sino del resultado de una fe cristiana arraigada, que los salmantinos pudieron apreciar cuando, viviendo en la que hoy es nuestra casa, fueron testigos de la ejemplaridad de su vida familiar, de la devoción en sus prácticas religiosas y de tantos otros rasgos que le acreditaban como cristiano conse­cuente, ese cristiano que tan manifiesto ha quedado en sus no­bles palabras póstumas de testimonio de fe, de perdón a los enemigos, de preocupación por la patria temporal que dejaba.

No se quebró después la línea que aquí se había iniciado. Sin entrar a enjuiciar su actuación política, nadie regateará elo­gios para la plena entrega a las tareas de gobierno, para la ri­gurosidad y seriedad impuesta en todas sus funciones, para el ejemplo de su vida privada, para la estabilidad lograda en un país que durante siglo y medio venía siendo atormentado por tremendos vaivenes políticos. No es posible eludir una alusión a sus últimos días. Incorporado a Cristo por el bautismo, por una fe intensamente vivida, por un amor a la Eucaristía paten­temente manifestado, le tocó hacer culminar esta incorporación con otra de tipo más personal y humano, si cabe hablar así: la del sufrimiento. Su muerte no fue la trágica de un atentado, de un accidente, sino como la de Cristo, la culminación de un largo período de tremendos sufrimientos de toda índole. Parecía, ya al final, que no había lugar en su cuerpo para una nueva llaga o un nuevo sufrimiento. Acá en la tierra le tocó purificarse antes de pasar la frontera de la muerte. Y esos méritos obteni­dos en su vida y en su larga agonía le habrán acompañado ahora ante el Tribunal del Cielo. (…) El Jefe del Estado recién fallecido puede estar ya, a estas horas, en condición de interceder por nosotros, pero puede también necesitar de nuestros sufragios (…).

Carecería de sentido por otra parte rendir un homenaje a la memoria de Franco y desconocer y olvidar sus últimos deseos que fueron los de su vida entera: «Velad también vosotros y para ello deponed frente a los supremos intereses de la patria y del pueblo español toda mirada personal. No cejéis en alcanzar la justicia social y la cultura para todos los hombres de España y haced de ello vuestro primordial objetivo. Mantened la unidad de las tierras de España, exaltando la rica multiplicidad de sus regiones como fuente de la fortaleza de la unidad de la patria».

Marchando hacia la patria eterna, Francisco Franco nos ha precedido con la señal de la fe y duerme el sueño de la paz…»

(Homilía: Boletín Oficial del Obispado, noviembre 1975, », 308, 309, 310, Mil.)

Página para meditar nº 91

17 martes Jun 2014

Posted by manuelmartinezcano in Padre Alba, Uncategorized

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¿Por qué peregrinamos?

Tenemos ante la vista las próximas peregrinaciones anuales Montserrat y a la Cruz del Bartolo en la provincia de Castellón. A comienzos de año llegará la peregrinación a S. Sebastián de Santa Colonia desde Tossa de Mar.

No se trata de realizar una gesta olímpica sino de imitar a nuestros mayores, y permanecer en el sentir del pueblo cristiano. Caminar, orar, ofrecer a Dios las penalidades del camino con fe y devoción; vivir jornadas de caridad con hermanos de otros lugares; conocer la riqueza heredada de nuestra Cristiandad para dilatar los horizontes de nuestro corazón; aprender en la peregrinación devota, que es la nuestra, una gran peregrinación a la Patria, y que vamos todos de camino como peregrinos hacia Dios a impulsos del Espíritu Santo. Todo eso y mucho más nos enseña nuestra Asociación cuando nos llama a peregrinar. Pero además el Papa ha sentido en su alma ese grito de toda la Iglesia, en estos años gloriosos y dramáticos que nos separan del siglo XXI, que le llevan a peregrinar al Santuario en Santuario mariano, para pedir por todo el mundo. También nosotros rogamcarmelitasos en cada una de las peregrinaciones que se libre al fin nuestra Patria de la peste del liberalismo y del marxismo en cualquiera de sus versiones sociodemocráticas. Es la gran hora de suplicar por la instauración del Reinado Social de Nuestro Señor Jesucristo. Por eso, como el Papa, peregrinamos.

Profesión religiosa

El pasado 29 de septiembre hizo su profesión temporal en el monasterio de S. José de Cuenca nuestra hermana Eulalia Sanchís, del Corazón Inmaculado de María. Me preguntan algunas personas: ¿Se ha agotado la vena de las vocaciones religiosas en nuestra Asociación? Creo que no es así. Vocaciones vendrán y darán mucha gloria a Dios. Pero es necesario que oremos con insistencia al Señor de la mies que mande vocaciones sacerdotales y religiosas a nuestra Asociación. Esa será la señal inequívoca de su buen espíritu. Los padres los primeros debéis orar por la vocación de vuestros hijos. Los novios, debéis ofrecer a Dios vuestra pureza, para que el Señor os bendiga con vocaciones en vuestro matrimonio. Todos debéis orar para que broten en el erial del mundo, como de un jardín de predilecciones, que es lo que ha de ser nuestra asociación, muchas vocaciones para conquistar el mundo para Cristo Rey.

Rvdo. P. José María Alba Cereceda, S.I.
Meridiano Católico Nº 91, noviembre de 1985

Niñas y niños,
venid con nosotros 
a las Colonias del Padre Alba. 
Sana diversión, santa formación. 
Del 3 al 13 de julio de 2014.

Chicas y chicos, 
venid con nosotros 
a los Campamentos del Padre Alba. 
Sana diversión, santa formación. 
Del 7 al 20 de agosto de 2014.

La Iglesia y las religiones

11 miércoles Jun 2014

Posted by manuelmartinezcano in Uncategorized

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Expusimos la doctrina de la Iglesia sobre el valor religioso de la buena fe en las personas que no conocen la verdad de Dios. Respondimos a esta pregunta: «¿Basta acaso la buena fe sin necesidad de la fe»? Explicamos que la buena fe lo es porque está orientada hacia la fe. Por eso no disminuye la urgencia de la acción misional. ¿Y qué decir de las diversas formas de religión? Sobre esto circulan entre nosotros dos clases de interpretaciones inexactas. Por un lado, dicen algunos que la Iglesia católica, después del Concilio, ya no sostiene que ella es la «única religión guerra-camposverdadera». Dicen que ahora acepta que lo son todas las demás por igual, al menos, que todas son por igual parte de la verdad. Y algunos hasta recomiendan que se vaya a una «fusión». Por otro lado -también entre nosotros- se habla de que toda religión está superada; y aun hay quien pretende desnudar la fe cristiana de su sentido religioso. Por lo menos, se dice que está invalidada la religiosidad de los pueblos primitivos: no sería más que una manifestación de ignorancia, un intento por resolver problemas con recursos mágicos, invocando como a personas lo que no son sino fuerzas naturales. ¿No se disipa toda esa fantasmagoría -añaden- con el conocimiento racional de la naturaleza, con el dominio de las fuerzas y de sus leyes? ¿Cuál es, de verdad, la doctrina de la Iglesia? Ante todo, conviene recordar que el Concilio no es nada sospechoso de inclinaciones oscurantistas. Siguiendo la tradición de la Iglesia, siempre fautora de cultura, reconoce y exalta la dignidad y la eficacia de la ciencia y del esfuerzo humanos; señala como efecto del desarrollo cultural la superación de supersticiones y conceptos mágicos del mundo. Pero, al mismo tiempo, el Concilio afirma que las religiones, sin excluir las formas primitivas, tienen su valor. La razón es que las religiones tratan de responder a interrogantes profundos, y de expresar necesidades de la vida humana que, por su misma naturaleza, están y estarán siempre fuera del alcance de nuestro dominio científico o técnico: «Los hombres -dice el Concilio- esperan de las diversas religiones respuesta a los enigmas recónditos de la condición humana, que hoy como ayer conmueven íntimamente su corazón: ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el origen y el fin de nuestra vida? ¿Qué es el bien y qué el pecado? ¿Cuál es el origen y el fin del dolor? ¿Cuál es el camino para conseguir la verdadera felicidad? ¿Qué es la muerte, el juicio, y cuál la retribución después de la muerte? ¿Cuál es, finalmente, aquel último e inefable misterio que envuelve nuestra existencia, del cual procedemos y hacia el cual nos dirigimos?» . El valor de las religiones está en que, por lo menos, reflejan estos anhelos íntimos, las necesidades profundas, las muy variadas formas en que se ha ido expresando la búsqueda de los hombres, nos ilustran sobre el ser íntimo del hombre, con su proyección hacia Dios, y aunque no acierten a establecer comunicación con Él, aunque no pasen de buscar por tanteos, a veces imperfectísimos, esto es por sí mismo respetable y positivo; sin duda, mucho más que el desentenderse de la búsqueda. El valor está, además, en que, según reconoce el Concilio, las religiones, no obstante muchos errores y fallos, poseen ciertas intuiciones valiosas acerca del mismo Dios: «Rayos o destellos de la verdad»; en medio de las sombras, Dios no deja de iluminar al hombre. Ahora bien, sin mengua de lo dicho, el Concilio califica de nuevo a la Iglesia como «única religión verdadera». ¿En qué sentido lo es, y, por tanto, en qué sentido las demás son falsas? La posición de la Iglesia es muy clara; la misma según la cual la buena fe está orientada hacia el Evangelio. «La Iglesia católica nada rechaza de lo que en estas religiones hay de verdadero y santo». Pero lo considera preparación del Evangelio. Ella ofrece la plenitud de la vida religiosa: Dios ha querido manifestarse plenamente en Cristo, en quien reconcilia consigo todas las cosas. Por lo mismo, la Iglesia no es una competidora más entre las diversas religiones; es portadora de una revelación que constituye, al mismo tiempo, la llamada y la respuesta de Dios para los que le buscan. Por eso, toda búsqueda humana ha de orientarse a Cristo, todo hombre está llamado a adherirse a Dios en la forma con que Él se manifiesta. La búsqueda en cuanto tal, o las formas imperfectas de religión, a falta de otras, no son malas. Pero si alguien, por desidia o contumacia culpables, se queda en la etapa de búsqueda y no acoge al Señor que llama a su puerta, se pone en situación falsa. En este sentido siempre será verdad que la Iglesia es la «única religión verdadera». Por todo ello, la Iglesia fomenta, sí, la paz y la cooperación con los hombres de cualquier religión, y se goza en los valores comunes; pero sin dejar de anunciar el Evangelio. Carece de sentido hablar de una fusión de religiones, como si la verdadera pudiese resultar de ensamblar pedazos, y Cristo fuese un pedazo más. Cristo en su Iglesia nos ofrece todo lo que, fuera, los hombres, buscan a tientas o lo que entrevén de modo fragmentario, desfigurado e insuficiente. Cristo es la totalidad de la vida religiosa, es el único camino de salvación; no cabe añadirle nada. Una respuesta divina satisface a muchas preguntas humanas, pero no puede obtenerse mezclando esas preguntas. Al que necesita viajar aprisa y dispone de un avión reactor, no se le ocurre hacer una mezcla del avión con patines o carretas, aunque estas últimas tengan elementos que también se encuentran en el avión… Ahora bien, por lo mismo que es la totalidad, Cristo, gracias a Dios, asume todo lo bueno. Y así, a lo largo de la historia, con aceptación de la Iglesia se han ido incorporando a la vida cristiana y se ponen a los pies de Cristo formas expresivas del corazón humano o características de las tradiciones de los pueblos, sin que obste su origen pagano. Una última consideración, que no carece de importancia. El amor a la verdad, que es amor al auténtico bien del hombre, engendra simultáneamente la humildad agradecida, la justa comprensión y la justa intransigencia. Hay actitudes acomodaticias que nacen solamente de la indiferencia, donde no hay verdad ni amor, pues supone un desprecio de Dios y de los hermanos. En esta justa posición, ante la verdad y frente a sus destellos mezclados con tantos errores, deberíamos encuadrar nosotros una solícita preocupación por no malversar el gran tesoro de la fe en nuestra patria. Muchos espectadores vimos en su día, desde lejos, cómo los innumerables fieles congregados en Valencia, en torno a Jesucristo presente en la Eucaristía, junto al enviado del Papa, a los cardenales y demás obispos españoles allí presentes, aplaudieron la oración en que la primera autoridad de nuestro país invocaba la ayuda de Dios para que el pueblo español, fiel a su tradición católica, se mantenga firme en la fe». Dios lo haga. Y que nosotros no lo impidamos.

Monseñor José Guerra Campos

Imitación de Cristo 69

11 miércoles Jun 2014

Posted by manuelmartinezcano in Uncategorized

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Capítulo 32

De la abnegación de sí mismo y abdicación de todo apetito

1. Hijo, no puedes poseer libertad perfecta si no te niegas del todo a ti mismo.
En prisiones están todos los ricos y amadores de sí mismos, los codiciosos, curiosos y vagabundos, que buscan siempre las cosas de gusto, y no las de Jesucristo, sino que antes componen e inventan muchas veces lo que no ha de durar.

Porque todo lo que no procede de Dios perecerá.imitacion-de-cristo

Imprime en tu alma esta breve y perfectísima máxima: Déjalo todo, y lo hallarás todo; deja tu apetito, y hallarás sosiego.

Reflexiona bien esto; y cuando cumplieres, lo entenderás todo.
El Alma.– Señor, no es esta obra de un día, ni juego de niños; antes, en tan breve sentencia se encierra toda la perfección religiosa.

2. Hijo, no debes volver atrás, ni decaer presto en oyendo el camino de los perfectos; antes debes esforzarte para cosas más altas, o a lo menos, aspirar a ellas con el deseo.

¡Ojalá hubieses llegado a tanto que no fueses amador de ti mismo, mas estuvieses dispuesto puramente a mi voluntad y a la del superior que te he dado! Entonces me agradarías sobre manera, y toda tu vida correría gozosa y pacífica.

Aún tienes mucho que dejar, que si no lo renuncias enteramente, no alcanzarás lo que pides. «Para que seas rico, te aconsejo que compres de mí oro acendrado» (Ap 3,18), esto es, la sabiduría celestial, que huella todo lo terreno.
Pospón la sabiduría terrena y toda humana y propia complacencia.

3. Yo te dije que las cosas más viles al parecer humano se deben comprar con las preciosas y altas.
Porque muy vil y pequeña parece la verdadera sabiduría celestial, puesta casi en olvido entre los hombres. Ella no sabe grandezas de sí, ni quiere ser engrandecida en la tierra. Está en la boca de muchos, pero muy lejos de sus obras, siendo ella «una perla preciosísima, escondida para los más» (Mt 13,46).

 

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“Espíritu Santo, infúndenos la fuerza para anunciar la novedad del Evangelio con audacia, en voz alta y en todo tiempo y lugar, incluso a contracorriente”. Padre Santo Francisco.

"Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la construyen. (Salmo 127, 1)"

Nuestro ideal: Salvar almas

Van al Cielo los que mueren en gracia de Dios; van al infierno los que mueren en pecado mortal

"Id al mundo entro y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado" Marcos 16, 15-16.

"Es necesario que los católicos españoles sepáis recobrar el vigor pleno del espíritu, la valentía de una fe vivida, la lucidez evangélica iluminada por el amor profundo al hombre hermano." San Juan Pablo II.

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