Contracorriente

~ Blog del P. Manuel Martínez Cano, mCR

Contracorriente

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Pobreza

05 jueves Mar 2015

Posted by manuelmartinezcano in P. Manuel Martínez Cano, Uncategorized

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canoNuestro compatriota, San Ignacio de Loyola, en su meditación de las dos banderas, nos previene contra las tentaciones del diablo, que primero nos tienta “con codicia de riquezas”, para que más fácilmente caigamos en el “vano honor del mundo” y después en “crecida soberbia”, de manera que “el primer escalón sea de riquezas, el 2º de honor, el 3º de soberbia, y estos tres escalones inducen a todos los vicios”. La bandera de Satanás es vivir en pecado, en los vicios.
La bandera de Cristo es la pobreza espiritual y la pobreza actual y deseos de oprobios y menosprecios porque “de estas dos cosas se sigue la humildad; de manera que sean tres escalones; el primero pobreza contra riqueza, el 2º oprobio o menosprecio contra el honor mundano, el 3º humildad contra la soberbia, y de estos tres escalones subir a la práctica de todas las otras virtudes”. La bandera de Cristo es la santidad, vivir practicando las virtudes cristianas.
signacio_loyolaSan Ignacio nos dice que hagamos un coloquio con la Virgen Santísima y le pidamos que nos alcance gracia de su Hijo y Señor, para que yo sea recibido debajo de su bandera. Pedir lo mismo al Padre. Y lo mismo al Hijo.
En su primera carta San Pedro dice: “El diablo anda en torno nuestro mirando a quien devorar” (5, 8). Y san Pablo nos advierte que “el amor al dinero es la raíz de todos los males”. Pidamos al Señor vivir en pobreza, porque: “para los siervos de Dios, el dinero es eso: un diablo, una serpiente venenosa” (San Francisco de Asís). Nuestra Santa Teresa de Jesús, dice: “La pobreza es un bien que todos los bienes del mundo encierran en si; es un señorío grande… La verdadera pobreza trae una honraza consigo que no hay quien la sufra; la pobreza tomada por solo Dios, digo; no ha menester contentar a nadie sino a Él”.
El Santo Padre Francisco, nos ha dicho varias veces que el mundo rinde culto al becerro de oro, al dinero. Reflexiones, si malgastamos algunos euros. Lo que para nosotros es poco, es mucho para las misiones.

P. Manuel Martínez Cano, mCR

Página para meditar 128

05 jueves Mar 2015

Posted by manuelmartinezcano in Padre Alba, Uncategorized

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P.albacenaEl fin de la tanda de Ejercicios y los gozos de la liturgia pascual de este mes de Abril, nos sugieren el tema de la alegría espiritual para nuestra meditación.
Nos enseña Sto. Tomás que el primer fruto del amor es la alegría. Tenemos ya el primer elemento aclarado. No hay verdadera alegría si no procede del amor. El amor a Jesucristo Resucitado para nuestra salvación, ha de ser fuente perenne de nuestra alegría, come es para el mismo Jesucristo gozo inacabable el amor a nosotros que resucitaremos con Él.
La vida espiritual, si se toma de una forma tétrica, no puede ser perseverante, pero conservando en el alma la santa alegría entonces se persevera fácilmente.
Hay dos maneras de gozo: uno egoísta y otro generoso. Se goza uno egoístamente cuando se goza en lo suyo, en sus éxitos. El gozo de hacer felices a los demás es el gozo generoso: a los pobres, a los atribulados, a los que tienen alguna pena, en una palabra, alegría con nuestro prójimo para ayudarle a seguir también adelante en su camino hacia Dios. Hay pues que gozarse en el bien de los demás, sembrando la alegría a nuestro alrededor. Es el afán de hacer a los otros la vida feliz.
Si el fruto primero del amor según Sto. Tomás es la alegría, no olvidemos tampoco el consejo de S. Juan Bosco cuando decía que no basta dar y darse sino que es necesario dar y darse alegremente, de manera la otra persona se percate, se dé cuenta, experimente nuestro amor hacia ella. En ello consiste nuestro gozo.
Para una paz verdadera en la vida espiritual hay que vivir con espíritu de alegría. Pasar por encima de lo que llamamos agradable o desagradable, duro o fácil, sino entrar en el recto camino espiritual de decirme: “esto me lleva a Dios, pues me gozo en ello”.
Vivir con generosidad, esponjados, según el consejo de San Pablo: Hacedlo todo sin murmuraciones, a fin de que seáis irreprensibles y puros en medio de generación perversa y extraviada, entra la cual lucís como antorchas en medio del mundo. Así nuestra Asociación será aún más una escuela de santos alegres, para la gloria de Dios.

Rvdo. P. José María Alba Cereceda, S.I.
Meridiano Católico Nº 128, abril de 1989

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Niñas y niños,
venid con nosotros
a las Colonias del Padre Alba.
Sana diversión, santa formación.
De de 7 a 11 años.
Del 2 al 12 de julio de 2015.

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Chicas y chicos,
venid con nosotros
a los Campamentos del Padre Alba.
Sana diversión y santa formación.
Dos niveles: de 11 a 15 años
y de 16 en adelante.
Del 27 de julio al 10 de agosto de 2015.

Jesucristo es nuestra esperanza porque ha resucitado 1

05 jueves Mar 2015

Posted by manuelmartinezcano in Uncategorized

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guerra camposAtendiendo a la petición de la Junta Diocesana de Acción Católica, que ha querido que en esta primera semana de Cuaresma dijese algo provechoso para nuestra vida de fe, he pensado hablar de Jesucristo como nuestra esperanza, pero afirmando ya desde el título que Jesucristo es nuestra esperanza porque ha resucitado. Desde el comienzo invito a valorar el realismo impresionante de nuestra fe y de nuestra esperanza cristianas, porque hay muchas esperanzas que apenas son más que expresiones de aspiraciones o de proyectos, sin ninguna realidad presente, mientras que la esperanza cristiana se funda en algo que es ya la realización prototípica y garantizadora de lo que esperamos.
Los cristianos creemos -y casi debería resultar increíble para nosotros mismos, porque es un milagro- que Jesucristo, el mismo que nació, vivió y murió hace veinte siglos, ha resucitado y que, con su cuerpo glorificado, nos acompaña sin limitación de tiempos ni de espacios. Los cristianos creemos que ese cuerpo, el mismo que dio a luz y cuidó santa María, está realmente presente en la Eucaristía, y lo creemos no como un mito simbólico, sino como realidad, que es a la vez tanto histórica como transformadora y elevadora de la Historia. Por eso, esta convicción, que es el núcleo mismo de nuestra fe y la razón de nuestra esperanza, se enlaza necesariamente con el testimonio original que nos viene de los Apóstoles. Todo el movimiento de la fe de la Iglesia brota del testimonio de los Apóstoles, lo prolonga y lo continúa en el tiempo.
Desde el principio, los Apóstoles y otros muchos testigos oculares, como nos refiere san Lucas, atestiguan el hecho de haber visto y tratado a Cristo Jesús resucitado, hecho que les hizo pasar de una fe que se desvanecía, a una fe reavivada y contagiosa. Por la transmisión de aquel hecho con signos, milagros y palabras, surge la fe de los creyentes, la fe de las primeras comunidades. Desde entonces, toda la vida de la Iglesia en la Historia no es más que la actualización continua de ese testimonio y ahí está toda la fe católica.
Conviene señalar un punto elemental, que ha de ser el vértice de todas las consideraciones que queramos hacer en torno a la Resurrección. Las fuentes que nos notifican lo que pasó en ese tiempo, recogen, en este orden, precisamente dos hechos: uno, la experiencia y el testimonio de los Apóstoles, y otro, la fe de las comunidades. Y esto tiene mucha importancia, como se puede adivinar y posteriormente comprobar. Primero, el testimonio y, después, la creencia de las comunidades; no el testimonio como reflejo de la creencia, sino como causa y sostén de esa fe.JESUSREUCITADO1
Ahora bien, si nos trasladamos a la mente de los que dudan, se desentienden o niegan, comprendemos que hasta cierto punto es explicable, ya que mirando desde el exterior de esta continuidad testimonial, lo primero que ve un observador es la creencia del grupo cristiano, bien sea del siglo I o del siglo XX. El humilde amor a la verdad invita naturalmente a considerar el enlace entre esta creencia y el testimonio al que ella misma remite. Pero, por otra parte, los varios factores que se oponen al examen de una verdad (sobre todo cuando se quiere resistir a la misma), hacen que muchos observadores se queden en una de estas dos posiciones: o la simple comprobación de que está ahí la fe en la resurrección como una opinión humana entre tantas, o el intento de utilizar los mismos datos de las fuentes cristianas y apostólicas para construir explicaciones que eliminen el valor de ese testimonio inicial.
El hecho es que, siempre, los enormes esfuerzos críticos e histórico-literarios realizados en los siglos XIX y XX para tratar de explicar, sin conseguirlo nunca, el misterio del origen del Cristianismo -naturalmente sin aceptar la Resurrección- se apoyan sin excepción alguna en esta operación sencillísima consistente en la inversión de las fuentes, convergiendo en este punto todas las teorías que puedan existir: lo primero habría sido la creencia en un vivir misterioso de Jesús pero sin hechos comprobatorios, una creencia interna, subjetiva; y lo segundo habría sido la acción creadora de esta creencia que lleva a imaginar sencillamente hechos, formas concretas y explicaciones causales. El testimonio, por tanto, sería una interpretación derivada de la creencia, y todo lo que podemos leer en centenares de volúmenes, cargados de espléndida erudición y aparato crítico, se concentra en esta sencillísima operación.
Conviene también indicar desde ahora que esta teoría (que es pura hipótesis) se explica muy bien como tal para quien mira el fenómeno desde fuera, pero resulta inadmisible para aquel que lo vive desde dentro, en continuidad con el testimonio apostólico. Como sería inadmisible para los compañeros de Colón -si se permite este ejemplo- la tesis de un posible erudito europeo que dijese (como se acostumbra a decir en casos semejantes) que las narraciones del descubrimiento de las tierras ignotas tras el océano, no eran más que plasmaciones imaginativas del viejo deseo de explorar ese mar misterioso, empeño que está consignado en tantas fuentes plásticas. El docto pensador podría decir esto y tendría mucho aplauso en la universidad; el compañero de Colón no podría prestarle la menor atención.
A nosotros nos pasa algo semejante. Estamos dentro de una continuidad histórica ininterrumpida y caudalosa y, si la recorremos hacia atrás para comprobar los comienzos del río, topamos en pleno siglo primero con una documentación realmente abundante, no tanto como quisiéramos, pero muchísimo más de la que tienen la mayor parte de los viejos hechos históricos, que refleja las actividades y el sentir de los cristianos en los primeros decenios de su historia, en el tiempo apostólico, es decir, en los años 30, 40, 50 o 60 del siglo I. Ante estos documentos, resulta evidente algo que parece obvio y, sin embargo, tiene en nuestro tiempo mucha importancia: lo que yo llamaría para abreviar la «facticidad» testimonial, el carácter «fáctico». Es decir, que para aquellos hombres lo primero fue un hecho experimentado y atestiguado, y lo segundo, fue una idea, o lo que es lo mismo, la interpretación del sentido salvífico de ese hecho, las consecuencias de ese acontecimiento para interpretar nuestra vida, las implicaciones morales, las adaptaciones para iluminar desde él las distintas situaciones anímicas o el entorno comunitario.
Al hablar de esta documentación, me refiero al Nuevo Testamento haciendo notar algo evidente, pero olvidado. El Nuevo Testamento no es un libro, sino una colección de veintisiete escritos, que nacieron y circularon independientemente, en momentos distintos, y que corresponden a once o doce autores diferentes: los tres Evangelios que llamamos sinópticos, el cuarto, la Historia o Hechos de los Apóstoles, las trece cartas de Pablo, la carta a los Hebreos, la carta de Santiago, las dos cartas de Pedro, las tres cartas de Juan, la carta de Judas y el Apocalipsis. En todo el entramado de estos múltiples escritos, algunos de los cuales tienen relaciones mutuas directas (aunque otros muchos no), aparece esta facticidad, es decir, esta prioridad de un hecho que los Apóstoles dicen haber experimentado y del que dan testimonio, y el carácter derivado de las ideas que en torno a ese hecho pensaron y propagaron.
Esto, como es sabido, se puede comprobar de una manera especialmente luminosa, si vamos a uno de los escritos más antiguos: la primera carta de san Pablo a los de Corinto en Grecia, que data de la mitad de los años 50. En el capítulo 15 de esa carta, sin hablar directamente de la Resurrección del Señor (lo cual aumenta la fuerza del testimonio), Pablo remite a ella hablando con los de Corinto, y recuerda algo que, según cita él, ya sabían ellos, porque se trataba de un patrimonio común. Era el Evangelio recibido por ellos y por el mismo Pablo y común a todas las comunidades cristianas: «Que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y resucitó al tercer día, según las Escrituras, y que se apareció a Cefas y luego a los Doce. Se apareció también a más de quinientos hermanos de una vez, de los cuales muchos permanecen todavía; otros murieron. Luego se apareció a Santiago, después a todos los apóstoles; y después de todos, como a un aborto, se me apareció también a mí».
En este recordatorio (verdadero sentido de este texto), Pablo remite a «algo» notorio para todos en su predicación anterior (que se había realizado en Corinto hacia el año 50, aunque en otras partes de Grecia y del Asia Menor había comenzado ya antes del año 40) y, además, como saben todos los estudiosos de estos textos, Pablo -tanto aquí como en otras cartas- utiliza, al referirse a la Resurrección, fórmulas o frases hechas que preexisten a su carta, que son un patrimonio corriente y en curso en las comunidades. El mismo Pablo sabemos que se convirtió de la hostilidad absoluta a Cristo (en cuya supervivencia no creía) y a las comunidades cristianas, aproximadamente dos o a lo sumo cuatro años después de la muerte de Jesús. Situemos ahora provisionalmente la muerte de Jesús entre los años 30 y 33 del siglo primero.
Cuando entra en contacto con las comunidades que están cimentadas ya sobre la fe en la Resurrección (como por ejemplo la de Damasco y más tarde la de Antioquia), Pablo se encuentra con ese patrimonio común, que él después presentará a los de Corinto y a todos los pueblos que él evangeliza. Dentro de los mismos años 30 -entre el año 37 y 39 aproximadamente- Pablo se entrevista en Jerusalén con los testigos principales que allí permanecían. Nos cita a dos: Pedro y Santiago -el primer pastor de la comunidad local de Jerusalén-, los cuales no solamente eran testigos de las primeras manifestaciones del Señor Resucitado, sino de la vida anterior y de la muerte del mismo Jesús. Por tanto, lo que evoca Pablo como un dato fundamental compartido por todas las comunidades cristianas (como se ve por estas referencias cronológicas sencillísimas), es «algo» que empalma con el tiempo mismo de Jesús.
En los años 30, década en la que murió Jesús, todas las comunidades cristianas se apoyan sobre la condición de que han tratado a Cristo Resucitado, y por ese motivo no se trata de una predicación por razones o por ideas en primer término, sino de una predicación por testimonio y de hecho, que es el que origina y da sentido a las ideas. En la misma carta a los Corintios, después de citar tantos testigos que aún vivían y con los que Pablo trataba o había tratado, asegura que si hubiera error, no sería tal, sino un falso testimonio contra Dios por parte de los Apóstoles y de los predicadores. Más tarde que esta carta de san Pablo se escriben los Evangelios, que recogen con más pormenores lo que, según Lucas en su prólogo, trasmitían desde el principio los testigos oculares y ministros de la palabra.

José Guerra Campos

La herencia de mi hija Mª Lourdes

25 miércoles Feb 2015

Posted by manuelmartinezcano in Uncategorized

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El P. Cano, me ha pedido que publique en Contracorriente un artículo publicado en la revista  Ave María.

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LA HERENCIA DE MI HIJA MARIA LOURDES:

SU ALEGRÍA.

       María Lourdes siempre estaba alegre. Sonreía y reía cuando su padre o sus hermanos o yo misma le hacíamos cosquillas o la cogíamos en alto y le decíamos cosas. Sólo lloraba cuando le hacían sufrir por causa de su enfermedad: cuando le hacían análisis, al ponerle la sonda nasal, etc. Y en su enfermedad sufrió bastante. Y este pensamiento me ayuda a sobrellevar los momentos de desánimo y que todo lo que viene de Dios debe darme alegría. A mis hijos les digo siempre que la señal que les hará ver si algo que hacen está bien o no es la alegría que les haya producido. Porque la alegría viene de Dios y el demonio sólo puede darnos tristeza.Escanear0007

Evidentemente tenemos la alegría de saber que María Lourdes está en el Cielo. Lo más importante para unos padres es que sus hijos vayan todos al Cielo y María Lourdes ha sido la primera. Les digo a mis hijos que pidan la ayuda de su hermana pues, ¿quién más cerca de ellos tienen en el Cielo? y seguro que les ayudará en sus necesidades espirituales y materiales.

Recuerdo que estaban mis hijos Antonio con 4 años y Santiago con 2 en el balcón mientras yo arreglaba mi habitación; tenían la foto de María Lourdes en las manos y le daban besitos y Antonio le dijo a Santiago: “Esta es la de mentira, la María Lourdes de verdad está en el cielo, al lado de Jesús”. ¡Qué bien entienden los niños estas cosas! ¿Verdad?

Recuerdo un día en que, al ver la dependienta de una tienda que llevaba a mi niña en brazos con la sonda puesta en la nariz, me preguntó qué le pasaba. Yo le expliqué que la niña tenía síndrome de Down y una cardiopatía de la que pronto iba a ser operada, y que para ganar peso era necesario alimentarla por sonda. Sorprendida me dijo que no entendía cómo podía estar tan tranquila y alegre teniendo a la niña así. Le dije que la niña no se merecía tener a su madre todo el día triste y que si eso era lo que Dios quería, bien estaba.

LA ACEPTACIÓN DE LA VOLUNTAD DE DIOS

       María Lourdes nos ayudó a aceptar todas las cosas que nos sucedieron, las buenas, las no tan buenas y las malas, humanamente hablando, como venidas de la mano de Dios. Veía que todo lo que Dios me enviaba era para mi bien, aunque en ese momento no lo entendiera, pues Dios nos ama y quiere lo mejor para nosotros. A lo largo de su corta vida y enfermedad, María Lourdes nos ayudó a decir “si Dios lo quiere así, bendito sea Dios”.

LA PRESENCIA DE DIOS EN NUESTRA VIDA

       Como ya saben las de mi reunión de grupo, a mí me cuesta mucho leer, y si no me lee mi marido, que me encanta escucharlo, no leo. Durante las largas horas que pasé con mi niña en el hospital, me leí un libro tras de otro, y como que María Lourdes dormía mucho a causa de la medicación, las horas no pasaban muy deprisa que digamos, sino al contrario, y después de leer, de rezar el rosario, etc. tenía muchos ratos de silencio, y aprendí en estos momentos a tener conversaciones con Dios y decirle que le amo y contarle cómo me encontraba. En casa era y es todo lo contrario del hospital, pues desde que te levantas hasta que te acuestas no paras ni un minuto, con el cuidado de la casa y de los hijos, el colegio, la compra, etc. Aunque sola en casa no estoy, pues después de María Lourdes Dios me regaló a Núria y a Rafael María, doy gracias a Dios por los pequeños momentos de silencio en que me acuerdo de Él y estoy en Su presencia.

LA PACIENCIA

       Aunque mi niña no fue nada llorona, le costaba mucho dormir, y mi hijo Jesús, que no tiene ninguna paciencia con sus hermanos, la cogía suavemente y la hacía dormir con mucha delicadeza. Esto a él le hizo mucho bien y a mí, en los momentos en que pierdo esa paciencia con los hijos, me acuerdo de esto, y me ayuda a tener este amor y cariño a los hijos, y paciencia con ellos por amor a Dios.

LA CARIDAD

La enfermedad y muerte de mi hija me hizo sentir la caridad y el afecto de todos, respecto a mi familia. Primero la caridad lógica de mis familiares que estuvieron cerca en todo momento, luego la de los hermanos y hermanas de la Unión Seglar y la de otros amigos y vecinos que nos llenaron de atenciones y delicadezas. Desde la fe quisiera poder agradecérselo a todos y a cada uno sin olvidarme de nadie ni de los detalles de amor y caridad que me demostraron. Como amor con amor se paga, sólo de esta manera, ejerciendo la caridad, podré pagarles -podré pagaros- todo el bien que nos hicisteis.

Y POR ÚLTIMO, LA PAZ EN EL ALMA

       Los primeros días después de la muerte de mi hija el dolor por su pérdida era casi insoportable. Parecía que el corazón se me hubiera partido en dos. Mi corazón le dijo al Señor “Tú me la diste, tú me la quitaste, bendito seas”. La reacción que mi marido y yo tuvimos en esos momentos no se explica si no es desde la fe, sólo la fe te puede hacer soportar ese desgarro del corazón y aunque el alma ya había aceptado la voluntad de Dios, el cuerpo se resistía a la separación y era como una lucha constante entre el alma y el cuerpo. Pero casi en seguida empezamos a notar los efectos de las oraciones de tantas personas que en esos tristes días rezasteis por nosotros, y os lo quiero, otra vez, agradecer. Aunque yo ya había aceptado la voluntad del Señor, le pedí a mi hija que me ayudara a aceptarla con paz. Y esa paz me vino lenta y suavemente con el paso del tiempo y la intercesión de mi niña.

 

Y para terminar os quiero contar una anécdota que me sucedió en casa y el fruto espiritual que quisiera sacar de ella. Estaba jugando con mi hija Núria a pasarnos la pelota. Se la tiré y no llegó a cogerla, y dijo: “Casiiii”. Espero que cuando Dios me llame a su presencia no me diga: “Casiiii”, sino: “Lo has conseguido”.

María Lourdes Vila Morera

Testamento de Francisco Franco

25 miércoles Feb 2015

Posted by manuelmartinezcano in Uncategorized

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Una simpática lectora nos pide si podemos publicar el testamento de Franco. Sí podemos. Aquí está:

Ultimo mensaje de Francisco Franco

Españoles:

Al llegar para mí la hora de rendir la vida ante el Altísimo y comparecer ante Su inapelable Juicio, pido a Dios que me acoja benigno a Su presencia, pues quise vivir y morir como católico. En el nombre de Cristo me honro y ha sido mi voluntad constante ser hijo fiel de la Iglesia, en cuyo seno voy a morir.testa2

Pido perdón a todos, como de todo corazón perdono a cuantos se declararon mis enemigos, sin que los tuviera como tales. Creo y deseo no haber tenido otros que aquéllos que Io fueron de España, a la que amo hasta el último momento y a la que prometí servir hasta el último aliento de mi vida, que ya sé próximo.

Quiero agradecer a cuantos han colaborado con entusiasmo, entrega y abnegación en la gran empresa de hacer una España unida, grande y libre.

Por el amor que siento por nuestra Patria, os pido que perseveréis en la unidad y en la paz y que rodeéis al futuro Rey de España, Don Juan Carlos de Borbón, del mismo afecto y lealtad que a mí me habéis brindado y le prestéis, en todo momento, el mismo apoyo de colaboración que de vosotros he tenido.Franco-03

No olvidéis que los enemigos de España y de la civilización cristiana están alerta. Velad también vosotros, y para ello deponed, frente a los supremos intereses de la Patria y del pueblo español, toda mira personal.

No cejéis en alcanzar la justicia social y la cultura para todos los hombres de España y haced de ello vuestro primordial objetivo.

Mantened la unidad de las tierras de España, exaltando la rica multiplicidad de sus regiones como fuente de la fortaleza de la unidad de la Patria.

Quisiera, en mi último momento, unir los nombres de Dios y de España y abrazaros a todos para gritar juntos, por última vez, en los umbrales de mi muerte:

¡Arriba España! ¡Viva España!

Madrid 20 de noviembre de 1975

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"Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la construyen. (Salmo 127, 1)"

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"Es necesario que los católicos españoles sepáis recobrar el vigor pleno del espíritu, la valentía de una fe vivida, la lucidez evangélica iluminada por el amor profundo al hombre hermano." San Juan Pablo II.

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