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~ Blog del P. Manuel Martínez Cano, mCR

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Fe y piedad popular ante el materialismo contemporáneo

14 miércoles Ene 2015

Posted by manuelmartinezcano in Uncategorized

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I. LA RELIGIOSIDAD POPULAR CRISTIANA NO SE REDUCE A SUS FORMAS DEFECTUOSAS
Mis venerados señor Cardenal y señores Obispos, queridos sacerdotes y religiosos, hermanos:
No sé si es lícito identificar «piedad popular» y «religiosidad cristiana popular». Acaso la piedad sea como una flor en las ramas y el tronco de la religiosidad. Pero en todo caso, tanto al hablar de la piedad como de la religiosidad populares, es notorio que muchas personas en la Iglesia relacionadas con el quehacer o las preocupaciones pastorales no ocultan su despego, que en algunas llega hasta la hostilidad: como si esta religiosidad y esta piedad fuesen un obstáculo para la recuperación de una fe auténtica y de un cristianismo puro.
Otros, más comprensivos y simpatizantes, estiman que la piedad popular contiene elementos y predisposiciones muy aprovechables para sembrar o reavivar las actitudes puras de la fe cristiana. Pero incluso éstos suelen subrayar mucho la condición imperfecta en relación con las exigencias de la Fe de la piedad y la religiosidad populares.Guerra-Campos.5

DEFECTOS COMUNES A OTRAS FORMAS DE VIDA RELIGIOSA
Yo me resisto a aceptar este enfoque. Porque muchos hablan de los defectos o de las imperfecciones de la piedad y la religiosidad populares señalando los hechos de las formas deficientes que existen, y olvidan acaso que, no sólo son posibles sino que se dan también de hecho formas de religiosidad popular que son expresión pura de una fe auténtica; olvidan, sobre todo, que las deformaciones que se le puedan atribuir a la religiosidad popular tienen, todas sin excepción, su equivalente en las posturas de quienes no participan, muy lejos están de ello, en las formas de la religiosidad popular. Por tanto, esos defectos no se pueden aducir como la nota característica de la piedad popular.

No es éste el momento de acometer una descripción de todas las situaciones de hecho, tan variopintas en el mundo (¿cómo, por ejemplo, confundir la vida religiosa de algunos de nuestros pueblos, más o menos perfecta pero perfectamente situada en la atmósfera de la fe y de la liturgia de la Iglesia romana, con ciertos sincretismos animistas o mágicos de determinados sectores del Brasil o de Haití?). Voy a evocar, como comienzo de estas consideraciones, algunos tipos de defectos o deformaciones, muy recordados a propósito de la religiosidad popular, para indicar al paso que existen igualmente en otras formas de vida religiosa o de vida espiritual.

Superstición
Muchas veces se habla de una religiosidad con mixtura de supersticiones. Ante todo habría que distinguir, en cada caso, las supersticiones que afectan a la relación con Dios y las llamadas supersticiones que llenan vacíos de la ciencia o son manifestaciones de un patrimonio cultural más o menos discutible pero legítimo. Por otra parte, es notorio que la calificación «supersticiones» depende muchísimas veces de las modas científicas de cada momento. Y todavía es más notorio que las supersticiones florecen por igual, en otras formas, fuera de lo popular.

Ritualismo
Se recuerda, cuando se habla de la piedad y la religiosidad popular, el vicio del ritualismo separado de la vida o del comportamiento. Pero ¿cuántas posiciones espirituales intelectualistas no están igualmente desligadas de la «vida»? ¡Cuántos cenáculos conocemos todos, saturados de apelaciones al Evangelio puro, Evangelio que sólo está presente en la hora del parloteo!
Utilitarismo
Se habla en tercer lugar, y en esto con más precisión, del peligro de caer en una religión utilitaria, que sólo utiliza a Dios y a los Santos como instrumento para realizar nuestros deseos y proyectos temporales en el orden de la salud, el éxito, etc. Religión que no apreciaría el auténtico Bien supremo que nos ofrece el Amor de Dios; religión que carecería de la indispensable docilidad propia de una actitud evangélica; religión que no tendría en cuenta el «Buscad primero el Reino de Dios…».

Es cierto que tal utilitarismo fue el gran obstáculo con que tropezó Jesús en su predicación histórica. Instrumentalizar al Señor es la tentación continua de los creyentes. Pero no es menos cierto que el obstáculo se da, a veces en formas más graves, en los que presumen de puros y purificadores. ¿No asistimos ahora mismo a la reducción del Cristianismo a un factor de acción social, a la reducción de Cristo a tipo o símbolo del valor de lo humano en la historia? El despego por la verdadera comunicación con Dios revelado llega, fuera del ámbito popular, a extremos que —llámese con este término u otro—, constituyen un «ateísmo cristiano».

Sincretismo
Se habla, especialmente en otros continentes, de sincretismo. Efectivamente se da; pero nosotros no podemos olvidar que el sincretismo en la historia de la Iglesia es un producto, si no exclusivo, sí primordial de ámbitos no populares y aun antipopulares. Sincretismo fue el gran hecho gnóstico en los primeros siglos de la Iglesia. Sincretismo viven y practican ahora tantos hombres eruditos que se apartan del vulgo, seguidores devotos o fanáticos de un autor, o movidos por todo viento de doctrinas; para los cuales la revelación cristiana no es el eje ni la luz de las perspectivas, sino un elemento más, barajado con otros muchos de forma inorgánica. Este es el peor de los sincretismos, bastante peor que el de los espiritistas de la América del Sur.

Descristianización
Otras veces, al referirse a la religiosidad popular, se trata directamente de las masas descristianizadas, donde naturalmente, si son tales, no hay fe ni piedad popular ni de ninguna otra especie. Pero es injusto caracterizar la religiosidad popular por lo que no es religiosidad popular, por los residuos de la desidia o del alejamiento.

También ocurre que algunos, al hablar de la religiosidad popular, se refieren casi exclusivamente a la supuesta realidad (que ahora no voy a discutir) de masas que quizá no han sido nunca cristianizadas, sino que con los elementos expresivos de la cultura cristiana siguen expresando una religiosidad puramente natural, de tipo pagano: como un modo de sacralizar los momentos decisivos de la vida, el nacer, el casarse, el morir.
En resumen: prescindo ahora de todas estas deformaciones y defectos. No voy a hablar de la piedad popular donde no la hay. Voy a hablar de la piedad popular donde la hay.

Oposición por principio
Hay otros cuyo despego, cuyas reservas o acusaciones frente a la piedad y religiosidad popular no brotan directamente de la situación de hecho; son de principio. Unos por la arbitraria oposición, tan difundida desde focos protestantes, entre fe y religiosidad, sobre todo entre Fe y el llamado cristianismo sociológico. Otros porque consideran no solamente diferentes sino antitéticas la fe y la religión. Estos últimos se aproximan peligrosamente, aunque desde puntos de partida a veces distantes, al desprecio pseudocientífico decimonónico de los que veían en lo religioso únicamente formas de incultura humana, de superstición o de magia, eliminables por la ciencia de la naturaleza y por la organización racional de las relaciones sociales.

II. LO ESPECÍFICO, POSITIVO E INSUSTITUIBLE DE LA PIEDAD POPULAR
Quisiera fijar la atención en lo que es, a mi parecer, específico, positivo e insustituible en la religiosidad popular. Porque, repito, no acepto el enfoque según el cual la religiosidad popular, aun siendo aceptable o tolerable, es sólo un estadio imperfecto.

Antes de explanar aquellas notas positivas, apuntaré dos observaciones previas, y perdónenme si son reiterativas.
Observaciones previas: a) La necesidad de purificación nos afecta a todos
Sin duda, cualquiera de las formas de la religiosidad y de la piedad populares puede incurrir en defectos, de los que hay que estar siempre purificándolas. Pero esta purificación nos es necesaria a todos y a todas las formas de la vida espiritual. Y por eso resulta sospechoso, para mí al menos, que la mención de la necesidad de purificación se reserve muchas veces para referirse a la religiosidad popular. ¿No late ahí de nuevo el supuesto, anticristiano a más no poder, de que las formas populares son necesariamente de nivel imperfecto en el orden de la fe, y de que lo perfecto corresponde a no sé qué grupo de selección?

b) Piedad popular, Teología y Liturgia.
Si hemos de acotar un poco el concepto de religiosidad popular cristiana, diremos que no nos limitamos a aquella franja de ideas o de prácticas que parecen estar en cierto modo al margen de la teología oficial o de la liturgia. Entiendo más bien como religiosidad popular una cierta tonalidad general con que el pueblo lo vive todo. Y quizá convendría no deslindar demasiado entre formas populares y formas litúrgicas y teológicas oficiales; pues, gracias a Dios, en nuestro pueblo, cuando está medianamente atendido, todo está estrechamente ligado a la enseñanza catequética y a la Liturgia.

elementos característicos

1. La piedad popular es «religiosa»
El primer elemento positivo, específico, insustituible de la piedad popular es ser religiosa. Y con esto no se dice poco: que el pueblo entiende la religión como una relación de verdad, una relación personal, con Dios históricamente manifestado; relación con personas vivientes: Jesús, María, los santos.

¿Oposición entre «religión»’ y «Fe»?
No es el momento de abordar ahora la famosa distinción entre religión y fe, que es muy equívoca. Si se entiende por «religión» el referirse a Dios ciertos actos sagrados y por «fe» el referir a Dios la totalidad de la vida, naturalmente que no sería auténtica la religión, ni la popular ni otra, sin esta dimensión de totalidad. Quizá es más adecuado históricamente entender por «religión» (así lo hacen muchos autores) lo que hay en el corazón humano de movimiento natural hacia Dios: expresión de deseos, sentimientos, búsqueda; y entender por «fe» la recepción de la revelación como don gratuito de Dios, que es una llamada y, al mismo tiempo, una respuesta a nuestras búsquedas y aspiraciones.
Es indudable —lo sabemos todos los que de algún modo ejercemos responsabilidad pastoral— que hay que velar para que las comunidades cristianas no degeneren hasta ser una mera expresión de la religiosidad natural del hombre, un producto histórico cultural. Hay que salvaguardar lo específico de la Revelación, su carácter gratuito y trascendente y su relación vital con Jesucristo resucitado. Pero me apresuro a decir que la religiosidad popular que yo conozco está centrada en Cristo, Hijo de Dios, nacido de María; y que en ella la fe impregna los sentimientos religiosos y les da su contenido y su sentido. La separación, en este caso, entre fe y religiosidad apenas tiene validez alguna. La fe cristiana es religiosa y la religión cristiana está informada por la fe.

No quisiera, por otra parte, dejar de evocar que la reducción de la fe a religiosidad genérica natural fue más bien, en sus comienzos y en Europa, una postura de los ilustrados del siglo XVIII, no del pueblo. Y los que desnudan la fe de sus connotaciones religiosas, como sucede en muchos sectores protestantes, en realidad terminan por vaciarla de todo contenido que no sea lo que llaman el acto existencial, que no sabemos si es algo más que una actitud del sujeto creyente sin respuesta. Cuando uno piensa cuál es el contenido de la fe en la Resurrección de Cristo o de la esperanza de una auténtica vida post mortem en algunos grandes autores protestante o en sus repetidores dentro de nuestra Iglesia católica, no puede menos de alabar a Dios que hace que el pueblo no tenga esa «fe», sino «religión»: es decir, una fe de auténtica comunicación con Dios.

Ingredientes de la actitud religiosa
Porque es religiosa de verdad la piedad popular, por eso los hijos del pueblo viven con tanta espontaneidad (no digo con tanta perfección) los componentes clásicos de lo religioso: la
adoración, la acción de gracias, la petición, el sentido del pecado y de la penitencia. No faltan desequilibrios, sobre todo porque muchas veces se acentúa la oración de petición respecto a necesidades y aspiraciones temporales, con peligro, por tanto, de incurrir en una fe utilitaria. Hay peligro, pero la petición es legítima. Suprimirla fomentaría, más que una religiosidad pura, un espíritu de autonomía o de fatalismo, prácticamente ateo. La religiosidad nutre los gérmenes de todos los componentes de la actitud religiosa —la adoración, la acción de gracias, la penitencia— y no sólo la petición. Y el equilibrio se salva, aunque a veces de manera inestable, cuando gracias a la vigilancia delicada de aquellos a quienes corresponde se mantiene la petición de lo útil en el marco de la docilidad: «Padre, si es posible, pase de mí este cáliz, pero hágase tu voluntad y no la mía» 4.

El ateísmo, ¿purifica la fe?, ¿o es reflejo negativo de la transición entre dos formas de religiosidad natural? La Fe echa raíces en la religiosidad.
Algunos de los que no ocultan su desprecio hacia la piedad y la religiosidad popular sostienen solemnemente que lo que ha de favorecer en el futuro un rebrotar de la fe y de un cristianismo más puro y profundo ha de ser precisamente el ateísmo. La religión es, según ellos, el estorbo de la fe; el ateísmo sería la salvación de la fe porque la purifica de su ganga religiosa.

Todos conocen las explicaciones luminosas e insistentes que en torno a este tema publicó en tiempo del Concilio el difunto Cardenal Daniélou5. Recuerdan con qué vivacidad sostenía que lo que realmente prepara el camino a la fe es la religiosidad natural, no el ateísmo. El punto de partida para un pueblo cristiano es el paganismo o la religión natural, no la proclamación de autonomía en que el ateísmo consiste. Por eso cuando se alega que bajo ritos cristianos a veces no queda una fe específicamente cristiana, sino sólo otra manera de ser pagano, viviendo el cristianismo no como revelación, sino como religión en el sentido malevolente de esta palabra, el autor citado, y con él otros, replica que, aunque fuera así, eso es muy importante. Es muy importante que un pueblo sea religioso en vez de ser ateo. Un pueblo cristiano es posible a partir de un paganismo orientado hacia Cristo. Y el llamado cristianismo sociológico satisface de un modo muy elevado esa necesidad natural de Dios.
Lo que sí parece cierto es que en muchos sectores, incluso populares, de Europa se ha pasado de una situación de religiosidad a una situación de indiferencia, y que se espera que de esta situación broten nuevos gérmenes de fe. Pero no gracias al ateísmo, sino a pesar del ateísmo. Yo al menos pienso con toda sinceridad (y esto no es original) que el ateísmo, más que una purificación de la religiosidad, refleja los elementos negativos de una transición entre dos religiosidades. Transición quizá inevitable, quizá necesaria; pero el ateísmo es una rémora, no un impulso, para pasar de una a otra religiosidad.

Son muchos los que sostienen que estamos ahora en esa transición entre una religiosidad o paganismo —si se quiere llamarla así— de civilización rural, de acentos excesivamente cosmológicos, y una nueva religiosidad más antropológica, que correspondería a la civilización industrial. Se da por sabido que en la edad pretécnica los hombres veían con mucha facilidad los signos de Dios o la expresión de fuerzas misteriosas en los fenómenos de la naturaleza exterior. La ciencia y la técnica desacralizan esa visión; remiten al hombre que entiende y que produce y que manipula, no al hombre que contempla; y convierten al mundo en expresión del hombre, que eso es el ateísmo.

Pero es claro que esta posición no es humana, no puede ser estable. Lo humano no está en ver el reflejo de Dios únicamente en los fenómenos exteriores de la naturaleza, sino más bien en el hombre mismo y en su misma técnica. En la Sagrada Escritura la imagen de Dios es el hombre. Y de hecho observamos en estos mismos días que corren cómo la reflexión sincera sobre la persona, sobre la libertad, sobre la antinomia entre el dominio del hombre y la esclavitud creciente del mismo, etc., ayudan a descubrir el misterio no fuera —en los truenos y en los vientos impetuosos—, sino en la entraña misma del pensar y del sentir y del querer del hombre. Es posible que la religiosidad popular del futuro en muchos ambientes esté más bien configurada por esta nueva perspectiva. Pero tendrá que seguir siendo religiosidad, para que pueda haber vida de fe en el pueblo.

2. La piedad popular asume los valores precristianos
Por ser religiosa, la piedad popular asume los valores religiosos y las expresiones de la religiosidad precristiana. Y esto es muy legítimo, según la enseñanza de la Iglesia. Como dijo
el Papa Pío XII, la Iglesia asume esos valores, los purifica y los transfigura. Los purifica de la idolatría, que detiene la adoración en las creaturas visibles o en las fuer/as demoníacas y en las pasiones humanas; en niveles más intelectualizados, los purifica del panteísmo o del antropocentrismo.

El Concilio Vaticano II proclama que la Iglesia favorece y hace suyo «en lo que tiene de bueno» todo lo que revela la «idiosincrasia de cada pueblo» 7 y respeta lo que en las religiones hay de verdadero y de santo: destello de la verdad que ilumina a todos los hombres 8. En el discurso introductorio al Sínodo del año pasado Su Santidad Pablo VI dijo con toda claridad y precisión: «las religiones no cristianas no deben ser ya consideradas como rivales o como obstáculos para la evangelización, sino como zonas de vivo y respetuoso interés y de amistad futura ya iniciada».

Al oír estas palabras, uno recuerda a tantos autores y prelados que preguntan si hay derecho a aplicar esta medida a las religiones no cristianas, considerándolas simpáticamente como no obstáculo, y despreciar con el desdén que muchos le reservan la religiosidad popular cristiana. En la ponencia dedicada al tema en la reunión del episcopado de América del Sur en Medellín se hizo notar: «por cierta paradoja, lo que se admite fácilmente de los grupos étnicos todavía no totalmente incorporados a la fe y a la civilización, no se admite con igual facilidad con nuestras grandes masas católicas. So pretexto de que su fe es impura y mezclada de supersticiones, se rechazan fácilmente actitudes, usos y tradiciones, sin que haya precedido un verdadero estudio, equilibrado discernimiento y simpatía humana. Se declara su religiosidad condenada a desaparecer y no se trabaja en buscar sus elementos permanentemente valiosos, muchos de los cuales brotan de una fe no ilustrada, pero sincera».

3. Formas sensibles y representaciones imaginativas de lo invisible
La tercera nota —específica y positiva e insustituible— es que la piedad y religiosidad popular abundan en formas de devoción sensible y en representaciones imaginativas de lo invisible. Imágenes del Señor, Santa María, los santos; procesiones, peregrinaciones, medallas, escapularios, exvotos… ¿Que todo esto puede degenerar en superstición? Puede; pero en principio estas formas de devoción son conformes con la fe. Y de ordinario nuestro pueblo cristiano sabe muy bien, no menos bien que los sacerdotes, que el poder divino no está atado a las imágenes, y que la veneración asciende directamente a las personas representadas.

¿Acaso esta fe, aunque sea legítima, es de calidad inferior porque necesita apoyos sensibles? Mi respuesta es: no. Estamos ante la expresión de algo esencial a la fe, a saber, que el creyente cuenta con la presencia viviente de personas superiores. Sin duda, los modos de expresar esta presencia podrían variar; pero anularlos sería antivital: denotaría muchas veces una reducción de la fe a conceptos abstractos, a un sujeto creyente aislado en su autonomía o vinculado a categorías históricas, a grandes conceptos impersonales. De hecho muchos de los que desprecian las formas de devoción sensibles en relación con Dios y con los santos suelen practicarlas luego con multitud de ídolos banales en su vida social. Por eso me inclino a pensar que, por sí misma, la devoción sensible y el hecho de necesitarla no supone una fe inferior. Lo que supone más de una vez es, sencillamente, fe.

En cuanto a las representaciones imaginativas del más allá —donde ciertamente los datos de la Revelación son tan sobrios (apenas sabemos sino que es «estar con Cristo»)—, tampoco debiéramos olvidar que, si abundan las representaciones imaginativas en el corazón del pueblo cuando piensa en el cielo o en sus difuntos, no son menos abundantes y a veces son más estúpidas las representaciones ideológicas de no pocos intelectuales. Antes recordaba la vacuidad de ciertas nociones supuestamente existencialistas. Ahora preguntaría: ¿cuántos físicos, cuántos entre los millares de profesores de las universidades del mundo tienen una idea depurada de lo que significan, por ejemplo, las representaciones, ya conceptuales, ya imaginativas, de la estructura atómica de los cuerpos? Muy pocos.

Pero lo más importante es que, lo mismo que la fijación de la devoción en una imagen admite la conveniente relativización de esa imagen, así también cabe y existe un empleo relativizado y purificado de las representaciones.
Por lo demás, cuando nos ponemos a analizar y a juzgar las representaciones populares, los que de algún modo nos consideramos, no sé por qué, más cultivados, estamos en gran peligro de no entender nada. Porque incluso en el mundo pagano hay muchas representaciones que parecen muy toscas o físicas, y no lo son tanto como nuestro «racionalismo» nos induce a pensar. Cuando acusamos de ingenuo al pueblo que las expresa, los ingenuos podemos ser nosotros. Porque olvidamos que la imaginación y el lenguaje funcionan necesariamente en un espacio tridimensional, pero el espíritu, incluso de personas muy sencillas, trasciende ese espacio.

Recuerdo ahora, porque me produjo en su día gran impresión, lo que leí de un historiador árabe, Ibn Fadlán, sobre usos y costumbres de los antiguos eslavos en la alta Edad Media. Por este relato sabemos que, cuando moría alguien, ponían el cadáver en una nave y le suministraban toda clase de alimentos y utensilios domésticos, de animales, incluidos los de compañía (el perro, el caballo), etc. Si se trataba de persona descollante era corriente que una muchacha de la familia se ofreciese a acompañarle. Para realizar el acompañamiento mataban a todos los animales y a la muchacha y los ponían junto al otro cadáver en la nave; después daban fuego a la nave con todo su contenido y cubrían las cenizas con tierra, y encima del montón de tierra ponían un palo con el nombre del muerto. Pensaban que gracias a esta incineración era posible el viaje al Paraíso, mientras que los pueblos del occidente les parecían unos insensatos porque dejaban pudrirse en la tierra los cadáveres, impidiéndoles ese viaje.

Este relato nos obliga a preguntarnos: ¿los pueblos, de cualquier tiempo, que preparaban el viaje de los muertos al Paraíso, con tantos abastecimientos de utensilios y alimentos, imaginaban de veras un desplazamiento espacial ordinario desde el lugar de la sepultura hasta la meta feliz? ¡Ya tienen trabajo los analizadores racionalistas para interpretar con acierto qué es lo que pensaba el pueblo referido por Ibn Fadlán con sus representaciones!

4. La piedad popular es «sociológica'»
La piedad y religiosidad populares se viven en simbiosis con el ambiente social.
Puesto que la vida cristiana se ofrece a todos, es natural que se exprese en formas sociales; y para que la mayoría pueda desplegar de modo positivo su propia libertad religiosa, como toda libertad humana, necesita ambiente propicio. Todos conocen las atinadas consideraciones que sobre este punto ha emitido el cardenal Daniélou antes citado, principalmente en ese libro cuyo título sorprende en un primer momento: «La oración, problema político.»

«El problema religioso de las masas —dice el Cardenal— es que religión y civilización son estrechamente interdependientes. La civilización no es verdadera si no es religiosa. Y la religión de masas no es posible si no la sostiene una civilización. Carece de sentido, y es pastoralmente ruinoso, contraponer religión personal y sociedad no religiosa» u. Añadamos lo que consta por experiencia: no deja de ser auténtico y personal el cristianismo porque las personas necesiten ambiente propicio para vivirlo. ¿Qué queda de auténtico y personal, si no? ¿Los que se separan en pequeñas comunidades no van buscando a su vez un ambiente propicio?

Habría que preguntarse si son sinceros tantos ataques al llamado cristianismo sociológico. Se han dicho tantas cosas sobre este tema que no me atrevo a insistir. Pero realmente es pasmoso cómo se acentúa tanto, de una parte, la fuerza determinante en la vida humana de las estructuras sociales, y se exige tanto, de otra, un cristianismo personal y a la intemperie. ¿No se confunde a veces «cristianismo sociológico» con un producto residual, con una masa de descuidados y alejados, que no representan la religiosidad popular, sino la falta de la misma? No hace más de cinco días leí en un texto publicano en órganos oficiales de la Iglesia española una noción de la fe sociológica verdaderamente incoherente. La describía o definía así: «sus notas principales son la aceptación total de las verdades de la fe y divorcio entre esta aceptación y la vida concreta; en consecuencia, una religión sin Dios, una religión de tipo estético y ético, en donde sólo cuenta lo externo y ritual» n. El simple hecho de haber juntado sin otras aclaraciones estas dos palabras tremendas: «ético» y «sólo lo externo», nos mueve a sospechar que ciertas descripciones no corresponden a la visión de hechos reales, sino a una misteriosa inquina o al manejo de clichés o tópicos prestados.
Nos ilustra más el Concilio Vaticano II, que, preocupado por la difusión del Evangelio en el mundo moderno, ha mostrado que se requiere, sí, un clima de libertad y de responsabilidad personal, pero también y por igual una atmósfera comunitaria y hasta un derecho al estímulo en el terreno de la educación. (Derecho que no está recogido en las cartas corrientes de los derechos humanos; derecho preterido en muchos planteamientos catequéticos y pastorales.)

III. valores de fe en la piedad popular, especialmente

VÁLIDOS AL MATERIALISMO CONTEMPORÁNEO

Esta tercera parte casi reproduce el título del tema que se me ha asignado. Quede dicho ya, de paso, para no perdernos en disquisiciones innecesarias, que por «materialismo» entiendo aquí el humanismo autónomo, tanto si es solemnemente programático y social como si no pasa de ser pragmático y egoísta. Un humanismo en que la esperanza queda reducida a la «praxis», a los límites de la acción humana (sobre todo la colectiva): esto es, según la perspectiva que ahora nos interesa, el materialismo.

1. Profesión de la fe, y oración formal
Primer valor de fe, valor exquisito que se salvaguarda en la religiosidad popular: la profesión de la fe y la oración formal: contra la tendencia a dar la prioridad a un cristianismo anónimo y a una supuesta fe implícita, soslayando la relación intencional con Dios y resbalando hacia una secularización en la que ya no se distingue entre ser creyente y no serlo.
Sea lo que quiera de la existencia y del valor de la llamada fe implícita, sí sabemos que la Iglesia tiene por misión el evangelio explícito; si no, no tendría por qué existir. El pueblo religioso profesa la fe. Ora formalmente a Dios; es decir, antes de ver a Dios en todas las cosas, lo afirma en Sí mismo: única manera de poder verlo en las demás cosas sin identificarlo con ellas.

2. Piedad inspirada en la auténtica je cristiana
La piedad popular está muy lejos de ser algo residual o supersticioso. Está verdaderamente inspirada en los hechos y en las verdades de la Revelación cristiana. Aun en zonas populares que parecen rutinarias hay muchas personas sencillas con los dones del Espíritu Santo; sin exquisitez cultural, incapaces de formularlo, sintonizan profunda y cordialmente con el misterio de Cristo, con el mundo de la fe. Viven su vida en relación con las tres dimensiones del misterio cristiano: en relación con Cristo Dios, hijo de María, que se manifestó históricamente y llevó nuestra vida humana hasta la resurrección, y a quien recordamos; en relación con Cristo presente, accesible en la oración y en los sacramentos; en relación con Cristo que ha de venir para vencer a la muerte.

Muchas de esas personas, con más o menos defectos, pasan por el mundo como peregrinos y, lo que es más impresionante, mueren con esperanza: lo cual demuestra de modo decisivo que su fe no es sólo utilitaria o una fe ligada únicamente al desarrollo de proyectos temporales.
En el Sínodo de Obispos 1974 representantes de la América del Sur, de Irlanda, de África y de Asia han destacado una serie de contenidos de la religiosidad popular que demuestran una vivencia de fe muy válida. No son válidos los defectos; pero esto sólo se puede decir si añadimos que tampoco lo son los nuestros. No voy a leer, aunque las tenga a mano, las manifestaciones de los obispos mentados, porque también tengo a mano el reloj.

3. Comunicación cordial con las personas celestes y amor al prójimo. Fe animadora de la vida
La piedad popular, por razón de lo ya dicho, cultiva una comunicación cordial, como de amigo a amigo, de persona a persona, con personas vivas: Jesús, María, los Santos. A este hecho elemental no se le da acaso la importancia que tiene: toca al núcleo esencial de la fe, en contra de las abstracciones más o menos simbólicas de algunos «intelectuales». Y para que no se diga que se cae en el confuso animismo pagano, que ve el mundo poblado de espíritus buenos y malos, el pueblo cristiano cree de verdad que Cristo es el Señor que puede más que esos espíritus. Ahí está la esencia de la fe, no en las teorías sobre los seres intermedios.
Se podría decir que la relación cordial con las personas celestes es egoísta por faltarle la abertura y el amor al prójimo. La piedad popular de las personas que yo conozco junta muy bien las dos dimensiones: la relación cordial con Jesús y María y la conciencia de que precisamente esto las obliga a ser buenas con el prójimo, aunque luego no lo sean siempre, y a renunciar y a servir. Hay que afirmarlo: una actitud en la que convergen esas dos (creer en la presencia viviente y salvadora de Jesús y de María, y que esta fe nos impulse, aunque no siempre sigamos el impulso, a ser generosos con nuestros hermanos) es una expresión tan pura y perfecta de la fe cristiana que ninguna otra actitud la puede mejorar.
Y ni siquiera falta la jerarquía de los valores: pues nuestro pueblo cristiano, cuando se reúne, por ejemplo, en los santuarios marianos, sabe muy bien ascender por María al Perdón de Dios en el Sacramento y a la Santa Eucaristía.

Muchas acusaciones según las cuales el pueblo carece de una «fe adulta» son poco claras. ¿No se confunde «adultez de fe» con «adultez gnóstica»? Las personas para quienes Jesús, María, los Angeles, los Santos, son presencia viviente, manantial de luz y fuerza para obrar, padecer y esperar, y al mismo tiempo llamamiento a la generosidad, el perdón, y la paciencia con los demás… tienen una fe bien adulta. Ninguna especulación puede mejorarla. Tienen inteligencia de esas realidades y actitudes en grado proporcionado a su desarrollo intelectual: una visión sintética a la que refieren su vida con confianza.

Si la Gnosis oscurece el carácter personal —objeto de la Fe—, la fe queda viciada; su ámbito de relaciones personales es suplantado por un cientismo que todo lo encaja en categorías de «fuerzas», «constantes», evolución»… Ciertas apelaciones a la «fe adulta» pudieran enmascarar una negación de la Fe.

4. Contemplación
Lo más fino y característico de la vida de fe, lo más saliente en relación con el materialismo, es la contemplación.

Ser cristiano es ser contemplativo
Parece que se puede afirmar que en cierto modo toda ]a Iglesia y todo cristiano son esencialmente contemplativos; porque la misma fe es referencia a lo invisible, supone subordinar toda nuestra vida y nuestros proyectos de acción a un Ser y un Amor invisibles que se revelan en Cristo. Todo el que piensa un poco en la relación de lo sucedido a Jesucristo con su propia vida es contemplativo. Quizá en tiempos en que la contemplación era muy cultivada esto parecería poco. Ahora parece increíble la dosis de contemplación que hay en la fe elemental de las personas más sencillas.

Todo el que confía en que por encima de lo casual y lo fatal —que es el mundo de los hombres adultos sin fe—, y por encima de los conatos impotentes de nuestro pensar y de nuestro hacer hay una Inteligencia que nos ama, es contemplativo. Y, sobre todo, con palabras de San Juan de Avila, «creer que Dios nos ama aunque muestre señales de desamor», aunque nos lleve al hijo o lo tenga paralítico años y años, creer en ese amor de Dios esperando contra toda esperanza y «contra la misma desesperación que la razón humana y los sentidos podrían causar…», ¿qué es esto sino increíble contemplación? 1S. Increíble superación de la «praxis», es decir, del materialismo. Contemplación, no en el sentido de una teoría luminosa, platonizante, sino en el sentido de la fe que luce en lo oscuro.

Vivir de la alegría de que Cristo resucitado está con nosotros y acompaña a los muertos. Vivir como peregrinos, aunque a veces asuste y moleste la idea de la muerte, «viendo de lejos las promesas y saludándolas», como dice la carta a los Hebreos I6, y así pregustar de algún modo la vida celeste, remitir la totalidad de nuestro tiempo con sus inquietudes hacia algo que no es mero futuro, que es supratiempo. Todo esto lo hacen elementalmente millones de hijos del pueblo; y esto es contemplación.

Verdadero sentido de la Encarnación
Contemplar es tomar en serio la Encarnación. Es aceptar la imantación de nuestra vida por la presencia operante de Cristo. Todo esto es el gran antídoto contra el verdadero peligro de la vida espiritual contemporánea, que ciertamente no es el «angelismo» —como se dice con una audacia difícil de entender—; porque lo que predomina ahora es el peligro de que el hombre se encierre en su propio ámbito, y que se zambulla en el gran río de la vida, en el torbellino de las cosas o de los planes. No hay, por desgracia, ningún peligro de evasión en la espiritualidad contemporánea 17. Para que la religión sea de encarnación y de ascensión, de encarnación para la ascensión, como tiene que ser, es necesario que haya espíritu contemplativo. Está en juego la esencia misma de lo religioso.

Antídoto contra el falso humanismo
Esta actitud elemental del pueblo, a pesar de las mil tentaciones a las que sucumbe también en el ambiente de comodidad y de materialismo superficial, es un gran antídoto contra el humanismo autónomo, prisionero de la praxis. Esta es, perdonen que lo diga tantas veces, el núcleo del materialismo en su significación importante, que es la de encerrar al hombre en los límites de sus proyectos de acción. Muchos en el pueblo cristiano trascienden esos límites con la esperanza; muchos siguen siendo felices, a pesar de todo, cuando pasa la etapa activista y creadora de la vida y se ven sumidos en la debilidad, en la impotencia; y creen que pueden ser felices hasta en la hora del morir. Si esto no es altísima contemplación, no existe la contemplación.

Sintonía con el misterio de la Iglesia
El Concilio Vaticano II en sus comienzos, en la Constitución sobre la Liturgia, dice que ésta expresa la naturaleza auténtica de la Iglesia y su misterio por las siguientes notas o actitudes: «Es característico de la Iglesia ser a la vez humana y divina, visible y dotada de elementos invisibles, entregada a la acción y dada a la contemplación, presente en el mundo y, sin embargo, peregrina. Y todo esto de suerte que en ella lo humano esté ordenado y subordinado a lo divino, lo visible a lo invisible, la acción a la contemplación y lo presente a la ciudad futura que buscamos». Pues yo estoy convencido, porque lo palpo, de que muchos cristianos en medio del pueblo viven —no diré con perfección, pero viven—• este equilibrio de valores, realidades y actitudes. Un equilibrio consciente entre la vertiente utilitaria, apegada a los logros de la eficacia inmediata, y la vertiente contemplativa. Viven pendientes cordialmente de realidades que nos desbordan y no dependen de nuestra acción, pero integran e informan nuestra vida.

5. Asimilación de lo precristiano
La vigencia de una fe auténtica y muchas veces pura explica que abunde tanto en los pueblos cristianos la asimilación, sin demasiadas escorias, de las formas paganas puestas a los pies de Cristo. Es una larga historia de la que se ha hablado muchas veces. Baste ahora una alusión rapidísima. No hace mucho leía cómo, por ejemplo, Orígenes y San Jerónimo 19 reprobaban acremente la celebración del natalicio o día del nacimiento; esto era cosa de Heredes y de los Faraones. Y bien, muchos —entre ellos el que habla— no celebramos el natalicio, sino el Santo, más relacionado quizá con el día del bautismo. Mas pregunto: ¿acaso hay algún residuo pagano entre los que en medio de nosotros sí celebran el natalicio? Yo no lo he visto.

6. Antisuperstición
La piedad popular, por su propia tendencia, es antisupersticiosa. Y es antídoto contra la exageración cientificista. Todos conocemos la clásica tensión entre religión y ciencia, que es la tensión entre la afirmación de la persona y la libertad y la afirmación de la ley, del orden fatal, de la necesidad o la casualidad. Todos recordamos que frente al animismo y al politeísmo paganos de otros tiempos hubo un doble movimiento» despersonalizador» del mundo: el de la ciencia, con su orden de fuerzas y leyes, y el del monoteísmo trascendente. Por algo a los cristianos se les consideró, en perspectiva pagana, como ateos. Pero ahora la extrapolación materialista, desbordando los límites metódicos de la misma ciencia, elimina todo lo personal sobrehumano, con lo cual destruye la misma persona humana, porque la reduce a ser epifenómeno, accidente, de un todo impersonal.

Por eso la verdadera religiosidad popular, que es perfectamente armonizable con la ciencia, mantiene por una parte ese transfondo personal en la consideración del mundo, que da sentido a la libertad y a la esperanza y, por otra parte, libera de las nuevas supersticiones a que recurren tantos hombres asfixiados por el materialismo.

7. Antimasa
Por último, quisiera decir que tampoco me gusta —no sé si pareceré demasiado abogado del pueblo (en todo caso me defendería a mí mismo y a mi madre)— que a la religiosidad popular se la llame «religiosidad de masas». Otro término equívoco. A veces se entiende por «masas» ese sector mayoritario de una sociedad que tiene menos participación activa en los valores e intereses de ésta y, sin embargo, los comparte con un cierto sentimentalismo y hasta entusiasmo, con una cierta inercia tradicional o tradicionalista. No me interesan ahora estas clasificaciones sociológicas. Lo que sí quería apuntar es que, si al decir «masas», aludimos al lamentable fenómeno de la masificación y del anonimato, yo me atrevería a decir que la piedad popular es lo más opuesto a la masa, lo más distante de una atomización conglomerada; porque está internamente ligada a la tradición orgánica de las familias. Un pueblo de nuestra patria, con una vida familiar definida (aunque no perfecta), animado por un sacerdote, ¿puede considerarse masa? ¿No es mucho más masa la población de una universidad masiva? a.

IV CONSECUENCIAS PASTORALES

Permítanme que (omitiendo otras consideraciones posibles, pues debo terminar) enuncie algunas consecuencias pastorales.

1. La piedad popular no es una imperfección de la fe
La piedad popular no debe ser estimada en principio como un grado imperfecto en la vida de la fe, como si los perfectos se lograsen sólo en no sé qué invernaderos aparte. Porque en el ámbito de la piedad popular florecen también los santos. La religiosidad popular por sí misma no denota imperfección ninguna, ni en relación con la fe ni siquiera en relación con la cultura de la fe.
Como se dijo en Medellín, «no podemos mirarla como simple cizaña que crece entre el trigo de la fe y condenarla de antemano al fuego; ni como simples expresiones religiosas de masas subdesarrolladas, epifenómeno de las condiciones socioeconómicas que desaparecerán con el progreso. Las manifestaciones pasan con los cambios sociales; pero las motivaciones, enraizadas en el trasfondo humano, permanecen».

2.1. Pero supone un pueblo atendido pastoralmente
Nota importantísima: todo lo que hemos dicho, con una valoración no solamente simpatizante, sino algo optimista, de la religiosidad popular, se entiende de un pueblo cultivado; no de gentes abandonadas a la rutina en un proceso de degeneración. Por eso no hay nada más injusto que lanzar acusaciones contra la catequización de otros tiempos porque los pueblos que la recibieron se encuentran ahora en estado de postración. A los pastores, sacerdotes u obispos, que compartieran esos juicios, habría que replicarles: ¿pero a quién hay que acusar?, ¿a los catequistas del siglo XVI, o al abandono y falta de asistencia en que,
culpable o inculpablemente, vosotros mismos y vuestros predecesores más próximos habéis dejado al pueblo?

El Cardenal Hoffner dijo muy bien en el Sínodo 1974: «la tradición no significa conservar las cenizas, sino alimentar la llama». No es un conglomerado de inercias residuales lo que hace a un pueblo. Hablamos del Pueblo de Dios, es decir, de un pueblo estructurado, un pueblo con ministerio, un pueblo con vigilancia sacerdotal, un pueblo en comunión con el obispo y la Santa Sede. Para que este pueblo esté cultivado y pueda vivir su religiosidad con pureza de fe (¡no para que supere su religiosidad, que sería saltar sobre su propia sombra!), hay que cuidar mucho dos condiciones: los gruposfermento y la predicación.

2.2. Gruposfermento, pero no sectas
Conviene hacer brotar del mismo pueblo personas que se dediquen generosamente a impulsarlo y hacer de fermento. De fermento en la masa; no de grupo segregado, que pretendiese ser reconocido como la realización perfecta de la Iglesia, como si los demás recibiesen de ellos el influjo desde un nivel inferior.

La Iglesia es la comunidad de todos los llamados por Dios, no sólo de los congregados por determinadas afinidades. Los grupos homogéneos, de índole apostólica o contemplativa, son muy necesarios y legítimos si están al servicio de la comunidad total. Si desprecian a la comunidad, si se estiman a sí mismos selectos y superiores a los demás, caen en secta y ejercen el fariseísmo, apostólicamente estéril. La necesidad o la conveniencia de que algunos sean instrumentos del Señor para bien de los demás, y el que esto constituya una altísima vocación, no equivale a que los que sigan esta vocación sean los más perfectos. Ningún sacerdote ni obispo ni Papa podría presumir de ello. Sólo Dios sabe quién está más alto: si el que tiene una conciencia muy desarrollada, muy analizada, y es capaz de expresarla en asambleas hermosa y simpáticamente, o esa persona sin brillo sociológico y rutinario. (Pensemos en la rutina de una madre de familia que recibe en la Eucaristía la fuerza para aguantar durante años y años a un esposo borracho y a unos hijos subnormales, o a su propia madre u otra persona de la familia paralíticos o impedidos, que frustran todas las posibilidades de evasión y diversión de quien los cuida. Esa rutina suele contener más santidad que nuestras brillantes reuniones.)

Recordemos que siempre ha habido en la historia de la Iglesia grupos antipueblo. Piensen en la multiforme Gnosis heterodoxa, que desde el comienzo suplantaba la fe de los sencillos, daba a los misterios explicaciones filosóficas que no respetaban la Revelación o rebajaba el cristianismo a ser una filosofía religiosa; pero, sobre todo, clasificaba a los creyentes: en el puesto más alto, ellos, los espirituales, los gnósticos, los sabios, los adultos, los mentalizados, los elegidos; luego, unos pocos más que podrían ser rescatados mediante la gnosis, los psíquicos o animados (los animales deberíamos decir, si esta palabra no estuviese tan degradada); y, por último, los materiales, el vulgo, la masa insalvable.

Sabemos que tales puros y perfectos de todos los tiempos (los gnósticos, los cataros, los albigenses, los valdenses, los fraticelli, los alumbrados, tantas formas de protestantismo y no quiero mencionar ni una sola de las muchas que hay ahora entre nosotros) empiezan presentándose como reformadores de la Iglesia, por retorno a su forma pura originaria, en contra de la fe popular que es también la oficial, con gran exhibición de pureza y de pacifismo; y cuántas veces degeneran en profetismo anárquico, en pobreza afectada, en libertinaje sexual, en belicosidad agresiva, en denuncias que no mueven a nadie a la conversión, en alejamiento de la Revelación, en autoexaltación del propio grupo como órgano de la revelación contemporánea del Espíritu y, por fin, en una deificación del hombre, en el humanismo autónomo, es decir, en el ateísmo.

Y mientras los gnósticos —por volver al ejemplo inicial—discrepaban de la fe popular y pretendían en muchos casos haber recibido de los Apóstoles el secreto de sus doctrinas, lo característico de los sucesores de los Apóstoles, principios de unidad en la Iglesia, era coincidir con la fe del pueblo. Nota muy importante para nosotros los obispos. En principio hemos de sentirnos más a gusto en medio de la gente sencilla, que no hace cabalas sobre su valer, que en medio de los teorizantes.

2.3. Predicación pura
La segunda condición —a la que doy la mayor importancia— es que los ministros de la palabra tenemos que dar al pueblo en el cauce mismo de sus formas de piedad, y sin atacarlas, una predicación purísima, tan pura como a una comunidad monástica. En no haberlo hecho siempre creo que ha habido gran error. Una predicación que en el clima propicio de las formas populares conduzca siempre a las fuentes, a la luz y al sentido auténtico y fundamental del vivir cristiano. Entonces se logrará lo que Dios quiere: que las formas, que son variables, sirvan de cauce para recibir la siembra evangélica, de la que es muy capaz nuestro pueblo. De mí sé decir que soy incapaz de hablar de modo distinto a un pueblo en una fiesta patronal y a una comunidad de monjas contemplativas: les digo más o menos lo mismo, sólo con diferencias de lenguaje exterior.

Se logra, además, que, como las formas son efectivamente variables, las variaciones de las formas no dañen al núcleo así robustecido. Las formas populares serán entonces a la vez provechosas y relativas.

3. El espíritu y las formas. Fecundidad de un ministerio respetuoso
Lo que no vale es querer imponer un espíritu sin formas o querer imponer las formas que uno mismo personalmente prefiere. Los profetas del Antiguo Testamento exigían implacables la interioridad del culto, pero no destruían el culto. Las purificaciones que puedan necesitar las situaciones de hecho en la religiosidad popular no tienen por qué orientarse a que las formas dejen de existir; porque cualquier forma —sacerdotal, monástica, etc.— necesita purificaciones análogas.

Permítanme decir, resumiendo (y conste que me incluyo), que los clérigos seamos servidores y padres de la gran familia popular, y no constituyamos una nueva secta gnóstica. Si somos secta —muchas veces así es—, no tenemos por qué quejarnos de que no nos entendemos con la gente sencilla; pues todo organismo tiene sus defensas, y en tal caso los invasores seríamos nosotros.
Pero no quisiera terminar sin una nota consoladora. Y es la comprobación de que muchas, por no decir todas, las formas y prácticas populares son fruto de intensas campañas misioneras de sacerdotes y religiosos que hace años o siglos predicaron para el pueblo y dejaron en él sus propias formas, precisamente porque respetaban al pueblo y no le imponían un espíritu sectario, sino que edificaban con los fieles la Iglesia Santa.

+José Guerra Campos, obispo

La Iglesia y los contemplativos

08 jueves Ene 2015

Posted by manuelmartinezcano in La voz de los santos, Uncategorized

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Toda la Iglesia ha de ser orante y contemplativa. Para realizar su misión en plenitud se requiere que algunos cristianos se consagren por vocación especial a la contemplación.

El día 25 de julio, fiesta del Apóstol Santiago, Patrono de España, se nos invita a ayudar a quienes tanto nos ayudan: nuestras hermanas las Monjas de clausura. El sentido de esa ayuda lo recordó, en el Boletín del mes de junio (pág. 145), el Director de CLAUNE, Instituto Pontificio para asegurar y promover la vida contemplativa.guerra campos

Es muy importante que todas los hijos de la Iglesia, sobre todo los Sacerdotes, reconozcamos el valor de la contemplación en la vida cristiana y el servicio eminente de los Institutos de vida contemplativa. Para contribuir a reavivar el aprecio de esta verdad, reproducimos una lección que tuvimos el honor de enunciar hace dos años en el Primer Congreso Nacional de Vida Contemplativa.

La ponencia respondía al título: «Los contemplativos, necesarios para que se realice en plenitud la presencia de la Iglesia como comunidad orante y contemplativa». Su exposición se mantiene dentro de la sencillez elemental con que se puede abordar hablando en medio da pueblo creyente, sin remontarse a las alturas teóricas que el tema de la contemplación parece sugerir y a las que conducen, con mejor mano, los especialistas.

1. TODA VIDA CRISTIANA ES CONTEMPLATIVA

La fe, referencia a lo invisible.

Quiero recordar sencillamente que toda la Iglesia es esencialmente orante y contemplativa, y que, por tanto, todo cristiano, de algún modo, ha de ser orante y contemplativo. Me refiero a aquella contemplación que es esencial a la misma fe en Dios. Todo el que vive de fe, en este nivel en que yo quiero situarme, es contemplativo. Sobre todo en nuestros tiempos. Porque la le es un don de lo alto, que supone la subordinación de toda nuestra vida y todos nuestros proyectos de acción a un Ser y a un Amor invisibles, que se revela en Cristo. La fe es la sustancia, es la garantía de las cosas que esperamos. Cualquier meditación, por intermitente que sea, sobre la relación de lo sucedido a Cristo con nuestra vida es ya contemplación. Igual que la Virgen Madre guardaba todo aquello que ocurría con Jesús, el Niño, y lo meditaba en su corazón.

En el ámbito de la acción y de las pasiones cotidianas de los hombres, Dios, esta realidad invisible, permanece oculto. El espíritu, sin embargo, lo presiente y lo desea, y advierte que hay como una llamada misteriosa a vivir, no de su suposición, de una hipótesis abstracta, si no de su presencia y de su paternidad.. El mismo Apóstol Pablo, en Atenas, desvela ante los adoradores del dios oculto, del dios desconocido, la presencia cercana, palpitante, de aquel en quien vivimos, cu quien respiramos y en quien somos. Todo el que confía que por encima de lo casual y de lo fatal; que por encima de los conatos impotentes de nuestro pensar, de nuestro querer y de .nuestro hacer hay una inteligencia y un amor, es, contemplativo. Y solo como Cristo y en Cristo, gracias al cual podemos confiar en esa realidad operante invisible, incluso contra todas las apariencias: tan invisible es, a veces. Aquí, representando a todos los Santos de la Iglesia, podríamos traer unas palabras que leí hace unos días en nuestro S. Juan de Avila, el cual, escribiendo a una persona atribulada por la oscuridad interior, por la aparente falta de fe, le decía: la fe verdadera nos hace creer «que Dios nos ama, y entonces más cuando más se esconde su amor… Creer no sólo con prendas y señales, mas sin ellas, y no sólo sin ellas, mas contra ellas… (La fe verdadera) cree y tiene esperanza en la verdad y bondad de Dios contra la esperanza o contra la desesperación, que la razón humana o los sentidos podían causar. Y con esa fe vemos lo invisible, por escondido que esté… Conocemos que Dios nos ama, aunque muestre señales de desamor».
La contemplación, según esto, no requiere una actividad teorética, luminosa, resplandeciente en el ápice de una concepción platónica. Puede darse y se da, tantas veces como el mundo ignora, en esta sima de lo oscuro y de las apariencias contrarias.

El cristiano sabe que Jesús está presente y se manifiesta.

Todos los discípulos de Jesús, todos los miembros de la Santa Iglesia, han sido advertidos por el mismo Señor de que habían de vivir, durante la ausencia del Resucitado, de la manifestación de Cristo por quien se accede al Padre. «Esta es la vida eterna —dijo a los suyos en vísperas de su muerte—, que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo». Aunque El va al Padre «y no me veréis más», y se dejará ver por los suyos: «y se alegrará vuestro corazón y nadie será capaz de quitaros vuestra alegría». Jesús se manifestará a los suyos «y no al mundo». Presencia presentida o sentida del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. «Permaneced en mi amor». Y en otro momento había dicho: «Donde está vuestro tesoro, allí está vuestro corazón».

Todo el que de alguna manera, la manera perfecta de la adhesión pura o la manera nostálgica del deseo triturado por los fallos y por las traicionéis y por las debilidades, deseó poner su corazón donde adivina que ha de estar su tesoro es un contemplativo. Todos los cristianos, o no somos cristianos o somos contemplativos.

Peregrinos, hacia la visión.

«Si fuisteis resucitados con Cristo —nos repite el Apóstol—, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Pensad en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Estáis muertos, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios ». «Somos ciudadanos del cíelo», nos dice a todos: «Ya no sois extranjeros o huéspedes, sino ciudadanos de los Santos y familiares de Dios». «Os habéis allegado —escribe en otro lugar— a la Jerusalén celestial y a las miríadas de los Angeles». En Cristo «estamos ya sentados en los cielos», y con los ángeles, nuestra primera reacción de cristianos es cantar gloria al Dios que está por encima de los límites de nuestro vivir pasajero.
Peregrinos, «no tenemos aquí ciudad permanente». Esta actitud, esencial a todo cristiano, por débil e imperfecto que sea, es bien sabido, bien hermosamente explicado por los teólogos, que lleva connaturalmente hacia la visión de Dios. La fe tiende a la visión. Caminamos incómodos en la fe, porque deseamos la visión. Caminar en la fe es como sentirse todavía distante del Señor hacia el cual va nuestro corazón. Pero la fe ya proyecta su lucecita en medio de la noche, marcando, al menos, él rumbo en dirección de ese objeto deseado. Con esa íntima manifestación de que habló Jesús en la última cena, caminamos hacia una visión, de la cual la fe es ya un anticipo. O, como dice la Carta a Los Hebreos, caminamos «viendo de lejos las promesas y saludándolas». Yo me atrevería a decir, hermanos, que todo el que camina viendo de lejos las promesas y saludándolas —y son muchos, millones de personas en el mundo—, todos son contemplativos, de una forma casi increíble dada la actual contextura mental de los hombres, de la humanidad.
Santo Tomás ha escrito páginas preciosas, y con él otros muchos autores, sobre esta praelibatio, sobre esta praegustatio de la visión de Dios que es ya la fe, y ante el Santísimo Sacramento nos invita a cantar:

lesu, quem velatum nunc aspicio,
oro ñfiat illud quod tam sitio,
ut te revelata cernens facie.
visu sim beatus tuae gloriae.

Y de esta polarización celeste, que en mayor o menor grado es constitutivo esencial del vivir de cualquier cristiano, brotan las más finas dimensiones del espíritu o del corazón evangélico. La eliminación profunda de la inquietud absorbente: «No os inquietéis por vuestra vida, por lo que habéis de comer, por lo que habéis de vestir». El cristiano pone su corazón en el Padre. Y por eso puede ser pobre y por eso puede ser niño. El cristiano no se deja absorber por las solicitudes del tiempo: ni las del tiempo presente ni, lo que es peor, por las del tiempo futuro. El hombre sin contemplación necesariamente tiene que soportar no solamente la carga de las solicitudes del presente, sino anticipar toda la solicitud del futuro. Porque está prisionero del tiempo, vive en el recuerdo, en la entrega más o menos ciega e instintiva al momento que fluye y en la expectación o programación del futuro. El que viva así no es cristiano y no es contemplativo. El que es cristiano, y por tanto, contemplativo remite la totalidad del tiempo en todas sus dimensiones y las consiguientes solicitudes o inquietudes hacia un supratiempo que no es futuro, aunque a veces se manifieste en forma de futuro. Esta polarización es típica del contemplativo. Es la que hace que estando en el mundo, como está la Iglesia, no seamos realmente del mundo.

En el mundo, no del mundo. No praxis atea.

La importancia de estos datos elementales del vivir cristiano aparece con todo su relieve escandaloso, sorprendente y al mismo tiempo consolador, en los tiempos que corren, que son, como nadie ignora, de humanismo autónomo prisionero de la praxis. Y la praxis que ha sustituido en tantos de los que hablan en la Iglesia a los conceptos evangélicos, si se la entiende en todo su rigor, no es más que esa incapsulación tetal del hombre en los límites de su propio proyecto o programa de acción, con tal subordinación a la acción, a 1o que hay que hacer, a la transformación del mundo, que el pensamiento y, por tanto, la, esperanza no son más que reflejo o instrumento de esa acción; encerrados en los límites de la misma acción. Este es el polo opuesto a la contemplación. Y por eso he dicho con tanta insistencia que sin contemplación no hay vida cristiana, y que todo cristiano, gracias a Dios, es contemplativo en la medida en que su corazón, aunque esté intensamente ocupado en las exigencias de la acción, las trasciende con la esperanza, con la proyección de la totalidad de su hacer más allá de sí mismo; en la medida en que, gracias al Reino de Dios, puede seguir siendo feliz cuando pasa la etapa activista y creadora de su vida, cuando se ve sumido en la debilidad e impotencia; en la medida en que cree que puede ser feliz en el mismo tránsito oscuro de la muerte. Eso es contemplación e incluso altísima contemplación. Que quizá no se ha valorado siempre lo suficiente porque quizá no habíamos llegado a este extremo tenebroso de una praxis asfixiante.

Cuando algunos sectores de la Iglesia caen en la plena identificación del corazón, de nuestro pensar, de nuestro querer, de nuestro proyectar, de nuestro ilusionarnos con el quehacer histórico del hombre, estamos, como es sabido, ante un cristianismo ateo: en realidad, ante un ateísmo. Por mucho que ese ateísmo se ennoblezca con altas motivaciones, pero incapaces todas ellas de levantarnos de verdad hacia lo trascendente y, por tanto, carentes de contemplación.
Si todas estas consideraciones elementales que acabo de evocar, son válidas, y creo que lo son —en la medida en que es válida la fe ofrecida por el Señor a los pequeñuelos, a todos los hombres—, queda bien claro que contemplar no es necesariamente platonizar aunque admitimos que una cierta actitud espiritual platónica haya servido para formular ciertos aspectos más intelectivos de la contemplación.
Contemplar, en el sentido exigible para todo cristiano, es tomar en serio la Encarnación y, por lo tanto, aceptar la imantación de nuestra vida por la presencia operante de Cristo, en quien se nos hace accesible el Padre, la vida trinitaria. Y por eso, dice el Concilio Vaticano II, refiriéndose a toda la Iglesia, a la congregación de los creyentes que suele reunirse en la sagrada Liturgia, que esta acción litúrgica es la expresión de la naturaleza y del sentido auténtico de la Iglesia. «Porque lo característico de la Iglesia, leemos, es ser a la vez humana y divina, visible y dotada de elementos invisibles, entregada a la acción y dada a la contemplación, presente en el mundo y, sin embargo, peregrina. Y todo esto de suerte que en ella lo humano esté ordenado y subordinado a lo divino, lo visible a lo invisible, la acción a la contemplación, y lo presente a la ciudad futura que buscarnos». Todo esto, repito, común a cualquier cristiano y, gracias a Dios, vivido por innumerables cristianos, que nunca han hablado de contemplación.

II. LA VOCACIÓN CONTEMPLATIVA REQUIERE ALGUNOS SEGREGADOS

La Instrucción de la Sagrada Congregación de Religiosos acerca de la vida contemplativa deduce de esta naturaleza de la Iglesia, dibujada a propósito de la sagrada liturgia por el Concilio Vaticano II: «Por eso es justo y conveniente que algunos cristianos expresen con una típica forma de vida esta nota contemplativa, apartándose de hecho a la soledad, en cuanto éstos han sido incitados por esta gracia del Espíritu Santo a consagrarse a Dios sólo en asidua oración y ferviente penitencia».
Jesús, sin duda, quiere que toda la acción humana, y más la acción de la Iglesia, se ordene a la escucha de su palabra: «María,, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra», y aunque Marta, afanada en el servicio se quejase, Jesús afirmó que «María ha escogido la mejor parte».

Jesús mismo fue segregado

Son muchos los que replican que la dimensión contemplativa o la polaridad celeste del vivir de cada cristiano ha de realizarse en el mundo, sin separarse de él, y más en nuestros tiempos, que, al parecer, postulan una creciente secularización de la misma Iglesia. No como una segregación profesionalizada, sino encarnados, según la palabra tópica, en el vivir cotidiano. Este tipo de razonamiento ha suscitado a favor y en contra un gasto enorme, casi risible, de energías. Porque la verdad es que para nosotros, si somos cristianos, es decisivo el hecho originante del mismo Jesús. Jesús dio bien claramente a entender que para lograr la polarización de los implicados en el vivir común es necesario que algunos se consagren de modo especial con una vida que sea profesionalmente referencia a lo celeste. Y tenemos (escandaloso, inmutable hasta el fin de los tiempos) el espectáculo de su propia vida. El es hombre verdadero. El vino, para hacer brillar el testimonio suyo acerca del Padre, acerca de nuestra vida auténtica, definitiva; sin embargo, sin dejar de ser hombre verdadero, es evidente que no vivió vida matrimonial, que no se dedicó a la acción política ni a la acción económica; en .definitiva, que vivió segregado de lo que tantos en nuestros días califican como factores indispensables del vivir del mundo y, por tanto, de la presencia cristiana en el mundo. Y como El, su Madre, virgen. Y El sigue constituyendo a través de los siglos el corazón de la Iglesia en la Santa Eucaristía, que es un espectáculo prodigioso de segregación, de falta de incorporación aparente al bullir cotidiano: No hay nada más inerte, más silencioso, más «inútil», desde la perspectiva de la praxis contemporánea más o menos marxistoide.

Vocación en la Iglesia a vivir como Jesús

Y para la Iglesia, sin excesivas complicaciones de especulación, este hecho y las palabras consiguientes con que Jesús exalta la renuncia para conquistar el camino de la vida, sigue siendo ejemplar y normativo. Si Jesús escogió ser hombre de esa manera, es justo y es hermoso que surjan entre los creyentes algunos que quieran ser sus discípulos viviendo exactamente como El. El Concilio, en la Constitución sobre la Iglesia «Lumen Gentium», nos dice: «Pongan especial solicitud los religiosos en que por ellos la Iglesia muestre cada día mejor a los fieles y a los infieles el rostro de Cristo entregado a la contemplación en el monte… y siempre obediente a la voluntad del Padre que lo envió».
«No solamente os está concedido un lugar en la Iglesia católica —dice el Papa Pablo VI—, sino una función, como dice el Concilio. No estáis separadas de la grande comunión de la familia de Cristo; estáis especializadas» (hablaba a las abadesas de los monasterios benedictinos). Y la Instrucción de la Sagrada Congregación, antes citada, afirma, por su parte: «Puesto que los contemplativos manifiestan la vida más íntima de la Iglesia, son necesarios para que se realice plenamente su presencia».

«La vida contemplativa pertenece a la plenitud de presencia de la Iglesia. Por ello es necesario establecerla en todas las Iglesias nuevas», enseña el decreto sobre las Misiones del Concilio Vaticano II
.
Y Juan XXIII había, dicho antes: «Constituye una d« las estructuras fundamentales de la Santa Iglesia. Está presente en todas las etapas de su historia dos veces milenaria». En otra alocución del Papa Pablo VI leernos estas palabras sabrosas: «Os habéis dado a este género de vida para estar en continuo coloquio con el Señor, para ser capaces de captar mejor su voz, para manifestar esta pobre voz humana nuestra con más pureza y mayor intensidad. Habéis hecho de esta relación entre el cielo y la tierra el único programa de vuestra vida. Y la Iglesia ve en vosotras la expresión más alta de sí misma. Estáis, en cierta manera, en la cumbre».

Tensión peregrinante, anticipo visible de la vida que esperamos

Esta vocación especial, como ha enseñado constantemente la tradición y la experiencia de la Iglesia, conduce a vivir de un modo sensible, de un modo que constituye señal, la tensión peregrinante hacia lo que esperamos y, en cierto modo, el anticipo del vivir futuro. No me resisto a transcribir nuevas palabras de la Instrucción tantas veces citada: «Su vida entera, vivida en’ la búsqueda de sólo Dios, no’ es otra cosa que un viaje a la Jerusalén celestial y una anticipación de la Iglesia escatológica, abismada en la visión y posesión de Dios. Los contemplativos no sólo pregonan al mundo esa meta, la vida del cielo, sino que muestran el camino que a él conduce. Si el espíritu de las bienaventuranzas que vivifica el seguimiento de Cristo, debe animar toda forma de vida cristiana, la vida de los contemplativos testifica que esto puede realizarse ya en esta vida terrena». Y así, según un autor famoso, el monasterio o el modo de vida segregada de los contemplativos constituye cromo «la vanguardia de la Iglesia peregrina en marcha hacia el cielo».
«Los monjes y las monjas —escribe la Sagrada Congregación—, retirándose al claustro, no hacen otra cosa que realizar de una manera más absoluta y ejemplar una dimensión esencial de toda vida cristiana (la que apunta el Apóstol Pablo); por lo demás —dice—, que los que usan de este mundo se conduzcan como si no usasen, porque pasa la figura de este mundo» (1 Cor. 7,2931).

Vida angélica

Los contemplativos han anotado siempre deleitosamente una afirmación de Jesús que, por desgracia, molesta a muchos cíe nuestros hermanos. Jesús dice que después de la resurrección viviremos como los ángeles, y, más directamente, sin vida sexual. Según los Padres, la vida de Adán en el comienzo era semejante a la vida angélica por la contemplación, por la inmortalidad, por el dominio de sí, por la amistad con Dios. Y así se explica muy bien, según lo han expuesto luminosamente algunos autores recientes, que en la tradición de la Iglesia la vida monástica sea como vida angélica, como un intento, a medias conseguido, de anticipar, restaurándolo, el paraíso.
Un aspecto primario de esta vida angélica a la que nos remite el Señor, aunque se exponga a que ahora le acusemos de angelista, que es la moda, es que los ángeles ven de continuo en el cielo la faz del Padre. Como un paraíso recobrado, en la Iglesia se accede al trato amistoso con Dios. Y los que siguen esta vocación especial de ser señales de esta posibilidad viven la vida contemplativa, dice un autor contemplativo, como «una anticipación de lo que debe ser un día el estado de vida de toda criatura humana, su última y verdadera justificación». «El estado de castidad será un día el de todos los hombres. La vida consagrada a mirar y contemplar con amor a Cristo es un anticipo de la visión beatífica, es una afirmación de la vocación sobrenatural de la humanidad. El mundo necesita ver, necesita palpar estas realidades no sólo afirmadas en una predicación, sino realmente anticipadas ante su vista en unas vidas humanas». O lo que es lo mismo, el mundo, me atrevería a decir en el clima de la Semana Santa, necesita el escándalo de la Cruz, que es la única forma de contemplación de los que vamos de camino.

Celebramos este año, como saben, el centenario del nacimiento cié Santa Teresita de Lisieux. Ella, como tantas contemplativas, nos dio. ya desde la infancia un ejemplo emocionante de la
fecundidad de la renuncia a lo temporal para abrir los ojos de los demás a lo interno. Cuenta que durante su viaje de regreso de Italia a Francia, cuando acudió a Roma a arrancarle al Santo Padre el permiso de entrar carmelita antes de tiempo, iba admirando los prodigiosos panoramas de la Costa Azul, de la Riviera italiana. Y se sentía captada por aquella belleza. Y sin embargo, cuenta, «los veía desaparecer sin pena. El objeto de mis deseos eran las bellezas del cielo, y para hacérselas gozar a las almas deseaba convertirme en una prisionera», deseaba no poder ver nunca jamás tales bellezas.

«Laus perennis»; compensa el déficit de oración.

Esta condición de vanguardia de la peregrinación que es la vida cristiana, esta condición de anticipo de la vida que esperamos al llegar a la meta, tiene una expresión perenne y consustancial que es la oración, «laus perennis». La Iglesia peregrinante, cuando ora, por encima de todo se siente unida a la Iglesia celeste, a la Iglesia de los Angeles, la Iglesia de los que han llegado, los bienaventurados, donde Cristo está patente adorando e intercediendo en el Cielo. La liturgia es asociarse al Cordero rodeado de esa corte. La oración de los contemplativos, dice la Sagrada Congregación, «realiza la más noble tarea de la comunidad de orantes que es la Iglesia, la glorificación de Dios. Esta oración es el culto con que se tributa al Padre por el Hijo en el Espíritu Santo un eximio sacrificio de alabanza. Culto que en verdad introduce a los que a él se entregan en el misterio del coloquio inefable del Padre celestial que Cristo Señor continuamente mantiene y con el cual en el seno del Padre le expresa su amor infinito. Esa plegaria es el punto al que tiende como a su culmen toda la acción de la Iglesia», según el Concilio (S. C. 10). «El monje —escribió un viejísimo autor, S. Macario— es llamado monje porque habla con Dios día y noche y nada imagina sino las cosas de Dios, no poseyendo nada sabré la tierra».

Una razón que exige y justifica la segregación especializada de los que llamamos por antonomasia contemplativos es la palabra del Señor y de los Apóstoles, que han impuesto a los creyentes la norma de orar ininterrumpidamente. Esta norma los cristianos no solemos quizá, no podemos cumplirla. Los contemplativos compensan el «déficit» de nuestra oración.
Esta palabra del Señor tropieza, evidentemente, con una interpretación fácil y cómoda, y hermosa a la vez, según la cual hay que preocuparse menos de la oración formal o explícita y convertir en oración toda la vida. Pero aquí de nuevo se alza, indoblegable, el espectáculo de la vida de Jesús. Jesús, como escribe un contemplativo reciente, mejor que nadie vivió eso que se llama la oración continua de la vida, porque «vivió permanentemente ante su Padre en estado de adoración y de oración, pues to que la visión de Dios moraba en su alma en medio de todas sus actividades humanas. Y, sin embargo, vemos que aprovechaba las ocasiones de entregarse en silencio y soledad a la oración más pura: «Después de despedir a la gente —dice el Evangelio—, subió al monte a solas para orar».

El mundo, el mundo cristiano incluso, tiende a no orar sino cuando siente el deseo de orar. Y, por desgracia, es notorio, algunos así lo enseñan a nuestros jóvenes: no vayáis a Misa más que cuando sintáis vivo e impelente el deseo de asistir. Con lo cual falla necesariamente la perseverancia en la oración que pedía Jesús: el «sine intermissione orate» de la voz apostólica. «No esperéis para orar a sentir el deseo de oración —escribe un contemplativo—; dejaríais de orar justo en el momento en que más lo necesitáis. Es una ilusión peligrosa, por la que muchos se han apartado de Cristo.» «El deseo de orar sólo puede nacer de la fe. Desear orar es ya un efecto de la oración. Os tiene que bastar saber que Dios os espera. Dios desea siempre veros orar, aun cuando no deseéis orar. Y quizá, sobre todo, en ese momento. Cuanto menos oréis, peor lo haréis y menos lo desearéis».

Y esto pasa con todos nosotros. Y es una de las tragedias contemporáneas de la Iglesia, Por algo Santa Teresa, cuando fundaba casas en las que ponía el Santísimo Sacramento, mostraba su alborozo. «Es particular consuelo para mí ver una iglesia más, cuando me acuerdo d« las muchas que quitan los luteranos». La compensación del «déficit», aunque parezca extraño para la mentalidad activista y alicorta de tantos contemporáneos, es una de las exigencias del vivir cristiano y, por tanto, de la misión global de la Iglesia.

¿Peligro de «angelismo»? No; peligro de naturalismo. A mayor presencia en el mundo, mayor «fuga mundi».

Una y otra vez he tenido que aludir, es inevitable, a la acusación típica, la que ve en este llamamiento a la oración, a la renuncia, a la soledad de los contemplativos, el famoso peligro de angelismo o el peligro del menosprecio de la legítima condición terrena y temporal del hombre. Verdaderamente sería para llorar el tener que atender a este tipo de especulaciones. Porque es manifiesto que el peligro clásico en nuestros tiempos es exactamente el contrario., Yo no conozco ni un solo caso, en toda mi vida de relación con el prójimo, de peligro de angelismo, y conozco muchísimos, a la vista están, de peligro de animalismo, de vigencia y canonización de lo instintivo. «Todo en la vida moderna —escribe un monje— tiende y coadyuva no precisamente a desencarnar o a angelizar, sino a encarnar, a humanizar, a naturalizar con exceso. El hombre se siente cada vez más señor absoluto del universo. El hombre se encuentra bien en este mundo; el bienestar se generaliza; la moral se relaja; sólo de vez en cuando el sufrimiento individual o colectivo obliga a reflexionar un poco. Pero de nuevo se zambulle el hombre en el gran río de la vida y el torbellino del vivir moderno ahoga sus aspiraciones a una vida mejor.» «El cristianismo., que es a la vez religión de la encarnación, es religión de la ascensión… «Padre —hijo Jesús—, quiero que donde esté yo estén ellos también conmigo, para que vean mi gloria» (39). El cristianismo impulsa a un humanismo supratemporal. No desprecia lo relativo, pero prefiere lo absoluto. .
Y en este sentido estamos autorizados por la doctrina de la Iglesia y por la experiencia psicológica y sociológica para afirmar ,que la «fuga mundi», el retraimiento en búsqueda de la soledad contemplativa, es un antídoto necesario, ahora más que nunca, en la Iglesia, para que ésta no se diluya en el mundo. Cuando más presente quiera hacerse y deba hacerse la Iglesia en el mundo, más necesita la «fuga mundi». Algunos historiadores han advertido, y parece que no sin alguna razón, que las formas más llamativas de segregación monástica se produjeron o se multiplicaron precisamente en el momento de mayor intercompenetración de la Iglesia y el orden temporal, en el siglo IV, cuando comienza ese clima espiritual que luego llamaremos la cristiandad. Y el monacato resultó entonces eficacísimo como ningún otro factor para la misma vida temporal.

Con. pretextos extemporáneos de antimaniqueísmo —como si el maniqueísmo fuese ahora el peligro—, muchos en la Iglesia se Lanzan a una apologética irreal, adolescente, de la inmersión en lo sensible, en lo sexual, con una pedagogía que con pretexto de superar supuestas repugnancias de algunos frentes a lo legítimo, lo que hacen de, verdad sociológicamente es convalidar la licencia egoísta y destructora de los más. Y esto nos pasa con tantos movimientos pseudopastorales del momento presente. Hablamos obsesivamente de casos límites —como sucede, por ejemplo, en el aborto o el divorcio y oíros aspectos de la vida familiar o matrimonial—, sin darnos cuenta de que estamos echando leña a la hoguera de millones de personas a quienes no les preocupa lo más mínimo ningún caso límite, sino el caso cotidiano de la vida cómoda, de la vida irresponsable.

Lo que está en juego es el sentido de la presencia de Dios.

Lo que está en juego es el sentido de la presencia de Dios, de la vigencia histórica de la Encarnación, y, por tanto, la razón de ser de la Iglesia. Hay muchos que, preocupados en exceso con la futura sociedad secularizada, en la que, al parecer, Dios será un incomunicado (un Deus ineffabilis», absolutamente escondido), exageran de tal modo este «Deus ineffabilis» de la tradición teológica, que de hecho eliminan lo religioso. Dios termina convirtiéndose en una hipótesis inoperante. Y su manifestación histórica en Cristo Jesús se degrada a ser un mito expresivo de valores humanos realizables en el tiempo. «En la actual sociedad humana, que tan fácilmente rechaza a Dios y lo niega —nos dice la Sagrada Congregación—, la vida de hombres y mujeres dados a la contemplación de las cosas divinas proclama altamente la existencia de Dios y su presencia, ya que esa, vida entraña un trato de amistad con Dios que da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y por eso los que así viven pueden confirmar a los que están tentados en la fe y que por ello llegan a poner en duda la facultad misma dada a todo hombre de entablar coloquio con el Dios inefable».
Los contemplativos ayudan a la Iglesia a atravesar las dificultades de su peregrinación perseverando firme en el propósito, a semejanza de Moisés, como dice la carta a los Hebreos: «Como si viera al Invisible», que así es la vida cristiana, Y no se trata de una visión intelectualizada, sino de una posibilidad de acceso y comunicación para los más humildes, para los menos capaces de análisis, para los menos capaces de ascensiones estrictamente intelectuales.

III. FECUNDIDAD APOSTÓLICA DE LA VIDA CONTEMPLATIVA

Así se explica, y termino, el que la Iglesia en tantas manifestaciones que sería grato reproducir, pero no hay tiempo, afirme y reafirme la fecundidad apostólica de la acción y de la vida contemplativa. Los Papas, incluso los más recientes, no se cansan de asegurarlo. La Iglesia no tiene en los contemplativos un complemento, sino un motor indispensable para que los activos realicen de verdad la obra de Cristo y no su obra humana, diríamos ahora, para que la Iglesia siga siendo de verdad sacramento de Cristo y no una institución política. Santa Teresita, a quien acabo de citar, dice que ella tenía vocación activa, ella quería haber sido misionera, y ya que no pudo serlo, siguiendo el ejemplo de su santa y grande madre, Teresa de Jesús, procuró convertirse un poco en el corazón de la Iglesia y situarse como una niña en ese corazón para ayudar, para respaldar la acción de los misioneros. «No pudiendo ser misionera por la acción, quise serlo por el amor y por la penitencia, como Santa Teresa, mi Seráfica Madre». Y la misma Santa escribe al misionero Padre Roulland: «Vos sois como Josué, combatís en la llanura; yo soy vuestro pequeño Moisés y sin cesar mi corazón está levantado al cielo para obtener la victoria. Pedid a Dios que El sostenga los brazos de Moisés en. la oración».

Y, sobre todo, apuntaba Santa Teresita, especialmente al final de su vida, algo decisivo, y es la suprema actividad que constituye la pura contemplación. Es ¿a intuición de que no hay dicotomía entre actividad y contemplación (en definitiva, Dios es la pura actividad y la pura contemplación) la expresaba esta Santa, cuyo centenario celebramos, proyectándola de un modo audaz sobre su vida después de la muerte. «Cuento con no estar inactiva en el cielo, mi deseo es el de seguir trabajando por la Iglesia y por las almas. ¿No están acaso los ángeles continuamente ocupados de nosotras sin cesar, por eso, de contemplar el rostro divino?». Cuando muera, dice a otro misionero, «nuestros papeles seguirán siendo los mismos: para vos las armas apostólicas, y para mí, la oración y el amor». Y la palabra bellísima, tan difundida en los últimos decenios: «Sí, quiero pasar mi cielo haciendo el bien en la tierra. Y esto no es imposible, pues en el seno mismo de la visión beatífica los ángeles velan por nosotros».
Con esto acabo de esbozar torpemente y con otras muchas cosas que otros podrían decir mejor, creo que se justifica lo que afirma sintéticamente el Decreto sobre la Vida Religiosa del Concilio Vaticano II. «Los Institutos que se ordenan íntegramente a la contemplación, de suerte que sus miembros vacan sólo a Dios en soledad y silencio, en asidua oración y generosa penitencia, mantienen siempre un puesto eminente en el Cuerpo Místico de Cristo, en el que no todos las miembros desempeñan la misma función, por mucho que urja la necesidad del apostolado activo. Ofrecen, en efecto, a Dios un eximio sacrificio de alabanza, ilustran al pueblo de Dios con ubérrimos frutos de santidad y le edifican con su ejemplo, e incluso contribuyen a su desarrollo con misteriosa fecundidad apostólica. De esta manera son gala de la Iglesia y manantial para ella de gracias celestiales».
Dios quiera que lo sigan siendo para bien de todos.

José Guerra Campos

Imitación de Cristo 97

08 jueves Ene 2015

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Capítulo 58

Que no se deben escudriñar las cosas altas
y los juicios ocultos de Dios

Jesucristo.– 1. Hijo, guárdate de disputar de materias altas y de los secretos juicios de Dios; por qué uno es desamparado y otro tiene tantas gracias; por qué está uno muy afligido y otro tan altamente ensalzado.
Estas cosas exceden a toda humana capacidad, y no basta razón ni disputa alguna para investigar el juicio divino.
Por eso, cuando el enemigo te trajere esto al pensamiento, o algunos hombres curiosos lo preguntaren, responde aquello del profeta: «Justo eres, Señor, y justo tu juicio» (Sal 118,75).

Y también: «Los juicios del Señor son verdaderos y justificados en sí mismos» (Sal 18,10).

Mis juicios han de ser temidos, no examinados; porque no se comprenden con entendimiento humano.20500AK

2. Tampoco te pongas a inquirir o disputar de los merecimientos de los santos, cuál sea más santo o mayor en el reino de los cielos.
Estas cosas muchas veces causan contiendas y disensiones sin provecho, y crean soberbia y vanagloria, de donde nacen envidias y discordias, cuando uno quiere preferir imprudentemente un santo y otro quiere a otro.
Querer saber e inquirir tales cosas ningún fruto trae, antes desagrada mucho a los santos, «porque yo no soy Dios de discordia, sino de paz» (1Cor 14,33), la cual consiste más en la verdadera humildad que en la propia estima.

3. Algunos con celo de amor se aficionan a unos santos más que a otros; pero más por afecto humano que divino.
Yo soy el que hice a todos los santos; yo les di la gracia; yo les he dado la gloria.

Yo sé los méritos de cada uno; «yo les previne con bendiciones de mi dulzura» (Sal 20,4).

Yo conocí mis amados antes de los siglos; «yo los escogí del mundo, y no ellos a mí» (Jn 15,19).

Yo los llamé por gracia y atraje por misericordia; yo los llevé por diversas tentaciones.
Yo les envié grandes consolaciones, les di la perseverancia y coroné su paciencia.

4. Yo conozco al primero y al último. Yo los abrazo a todos con amor inestimable.
Yo soy digno de ser alabado en todos mis santos y ensalzado sobre todas las cosas; yo debo ser honrado por cada uno de cuantos he engrandecido y predestinado, sin preceder algún merecimiento suyo.
Por eso, quien despreciare a uno de mis pequeñuelos, no honra al grande, porque «yo hice al grande y al pequeño» (Sab 6,8).

Y el que quisiere deprimir alguno de los santos, a mí me deprime y a todos los demás del reino de los cielos.
Todos son una misma cosa por el vínculo de la caridad; todos tienen un mismo parecer y un mismo querer, y todos se aman recíprocamente.

5. Y, sobre todo, más me aman a mí que a sí mismos y a todos sus merecimientos.
Porque elevados sobre sí y libres de su propio amor, se pasan del todo al mío, y en él descansan con gozo inexplicable.
No hay cosa que los pueda apartar ni derribar, porque, llenos de la verdad eterna, arden en el fuego inextinguible de la caridad.
Callen, pues, los hombres carnales y animales, y no disputen del estado de los santos, pues no saben amar sino los gozos particulares. Quitan y ponen según su inclinación, no como agrada a la eterna Verdad.

6. Hácelo en muchos la ignorancia; mayormente en los que entienden poco de espíritu y con dificultad saben amar a alguno con perfecto amor espiritual; y aún los lleva mucho el afecto natural y la amistad humana, con la cual se inclinan más a unos que a otros; y así como sienten de las cosas terrenas, así imaginan de las celestiales.
Mas hay grandísima diferencia entre lo que piensan los hombres imperfectos y lo que saben los varones espirituales por la revelación divina.

7. Guárdate, pues, hijo, de tratar curiosamente de las cosas que exceden a tu alcance; trabaja más bien y procura que puedas ser siquiera el menor en el reino de Dios.
Y aunque uno supiese quién es más santo que otro, o el mayor en el reino del cielo, ¿de qué le servirá el saberlo si no se humillase delante de mí por este conocimiento y no se levantase a alabar más puramente mi nombre?
Mucho más agradable es a Dios el que piensa en la gravedad de sus propios pecados y en la poquedad de sus virtudes, y cuán lejos está de la perfección de los santos, que el que porfía cuál será mayor o menor entre ellos.
Mejor es rogar a los santos con devotas oraciones y lágrimas, y con humilde corazón invocar su favor, que escudriñar sus secretos con inútil investigación.

8. Ellos están cumplidamente contentos si los hombres saben contentarse y refrenar la vanidad de sus lenguas.
No se glorían de sus propios merecimientos, pues que ninguna cosa buena se atribuyen a sí mismos, sino todo a mí; porque yo les di todo cuanto tienen con infinita caridad.
Llenos están de tanto amor a la divinidad, y de tal abundancia de gozos, que ninguna parte de gloria les falta, ni les puede faltar cosa alguna de bienaventuranza.
Todos los santos, cuanto más altos están en la gloria, tanto más humildes son en sí mismos, y están más cercanos a mí, y son más amados de mí.

Por lo cual está escrito que «abatieron sus coronas delante de Dios, y se postraron rostro por tierra delante del Cordero, y adoraron al que vive por los siglos de los siglos» (Ap 4,10; 5,14).

9. Muchos preguntan «quién es el mayor en el reino de Dios» (Mt 18,1), que no saben si serán dignos de ser contados con los ínfimos.
Gran cosa es ser en el cielo siquiera el menor, donde todos son grandes, porque «todos se llamarán» y serán «hijos de Dios» (Rom 9,26).
Pues cuando preguntaron los discípulos quién fuese mayor en el reino de los cielos, tuvieron esta respuesta:
«Si no os hiciereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos».
«Por eso, cualquiera que se humillare como niño, aquel será el mayor en el reino de los cielos» (Mt 18,3).

10. ¡Ay de aquellos que se desdeñan de humillarse de voluntad con los pequeñitos, porque la puerta humilde y angosta del reino celestial no les permitirá entrar!
«¡Ay también de los ricos que tienen aquí sus deleites» (Lc 6,24), porque cuando entraren los pobres en el reino de Dios, quedarán ellos fuera llorando!
Alegraos los humildes y regocijaos «los pobres, que vuestro es el reino de Dios» (Lc 6,20), con tal que andéis en el camino de la verdad.

Sonrisas de Dios

08 jueves Ene 2015

Posted by manuelmartinezcano in P. Manuel Martínez Cano, Uncategorized

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Somos espectáculo del Cielo, al Señor le gusta estar con los hijos de los hombres; y, desde el Cielo, nos mira y sonríe. Una bebé de seis meses me miró, me sonrió tan a lo divino, que se ha quedado grabada su carita de ángel en mi memoria, como una mirada de Dios.

Vengo de dar los Ejercicios de san Ignacio de Loyola. En el aeropuerto de Vigo, atravieso una fila de personas que esperan para subir al avión. Una joven madre, lleva a su hijito de siete meses colgado delante de ella. El infantico me miró con una sonrisa, tan tierna, tan feliz que estuvimos unos minutos riéndonos los tres. Me marché convencido que el Niño Jesús nos había mirado.Jesús-riendo-con-María

Hace muchos años, Madre Maravillas de Jesús me entregó, a través de las rejas del locutorio, un rosario de rosas. Apenas pudo levantar la cabeza hundida en su pecho, pero se adivinaba su mirada celestial. Su estampa está en mi mesa de trabajo, junto con la de san Juan Pablo II, la del valiente santo y sabio obispo José Guerra Campos y la del P. Alba sonrientes, como los buenos hijos de Dios.

Mi biznieta espiritual -di unas cuantas clases a sus abuelos y muchas a sus padres- con 21 días recién cumplidos, me ha fulminado desde su trono real; me lanzó una mirada tan angelical que, es de esperar, que el Cielo será algo igual.

Tiene 24 años y es recepcionista. Si Dios quiere, se casará pronto. Sus ojos son unas ventanas al Cielo: limpios, puros, luminosos. Yo estoy convencido que el Señor nos mira por medio de sus hijos e hijas. No olvidemos que el hombre y la mujer es la obra maestra de la Santísima Trinidad.

Hablo con unos ancianos de 86 y 84 años. Ella me dice que hacen 62 años que están casados y que cada día se quieren más, más que cuando eran novios. Él me enseña sus manos muy gruesas y me dice que, con ellas, trabajando en el campo, sacó a sus cinco hijos adelante. Los cinco con carrera universitaria y, el primero sacerdote. Me miran con serenidad y paz, como si estuviesen viendo a su hijo sacerdote.

En la autopista, paramos en un área de servicio. Me acerco a un joven matrimonio, con tres niñas, para darles cinco medallas de la Virgen. La mayor tiene nueve años y es guapísima. Las gemelas de tres años, dos angelitos del cielo. Las tres me miran con sonrisas celestiales. Le digo a la mayor, eres muy guapa, -se lo dicen todos- pero esa belleza te la ha dado Dios, para que seas obediente, trabajadora y simpática.

Mira que te mira Dios, mira que te está mirando. Míralo tú en todas las cosas y se ensanchará tu corazón.

Manuel Martínez Cano, mCR

La anunciación de María: su fiesta

08 jueves Ene 2015

Posted by manuelmartinezcano in Meditaciones de la Virgen, Uncategorized

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Todo lo que tiene este misterio de la Santísima Virgen, de incomparable y grandioso se lleva a cabo por medio de la embalada de un ángel, será pues, muy provechoso comparar esta embalada con las que el Señor tan frecuentemente a nosotros nos envía.

1º La Embajada. -Dios envía ángel en forma visible para anunciar a la Santísima Virgen su elevación a la dignidad de Madre de Dios. -A lo que parece, el ángel apareció en forma humana, como un joven hermoso y rodeado de resplandores celestiales. -Así convenía para el fin tan excelso a que iba destinado…, a tratar del asunto más grande que jamás se ventiló entre el Cielo y la tierra, entre Dios y los hombres.anunciacion_maria

También Dios quiere muchas veces tratar con nosotros algo relacionado con su gloria y con el bien de nuestras almas, y lo trata por medio de sus ángeles aunque en forma invisible. -¡Cuantas veces será nuestro fiel Ángel de la Guarda, el que en nombre de Dios nos inspira algo que no hacemos caso! -¡Si le viéramos visiblemente no obraríamos así! -¿Por qué no verle con la fe?…

Con ojos de fe, también vemos a esos otros que en representación de Dios también hablan, Superiores…, directores espirituales…, predicadores…, las buenas lecturas y los buenos ejemplos…, las mismas humillaciones y tribulaciones…, todo eso ¿qué otra cosa es para ti sino como embajadas que el Señor te envía para comunicar contigo? ¿Cómo las recibes? -Examina y medita el recibimiento de María al Ángel y compáralo con tu conducta.

2º El saludo del Ángel. -En el mismo saludo del Ángel considera no sólo las alabanzas que dirige a María, sino las verdades tan gloriosas y magníficas que la recuerda. -La dice que es llena de gracia y que Dios está con Ella y, en fin, que es bendita entre todas las mujeres. -Mira cómo de este modo quiere el ángel prepararla a que correspondiendo a esos favores del Señor, dé su consentimiento a su embajada y no ponga obstáculos al plan de Dios. Así nos habla también a nosotros el Señor. -Muchas veces y de muchas maneras, especialmente con sus luces interiores, nos habla al corazón y nos hace sentir las gracias que de Él hemos recibido…, la obligación que tenemos de corresponder a ellas, y trabajar con ellas, y nos alienta con la esperanza de los frutos riquísimos de gracias y de gloria que con esta correspondencia podemos conseguir.

Mas, nosotros ¿qué hacernos? ¿Cómo recibimos estas inspiraciones del Cielo? Y si alguna vez conseguimos enfervorizarnos y trabajar con más entusiasmo en nuestra santificación, ¿no es verdad que otras muchas no hacemos nada, perdemos el tiempo porque prácticamente desperdiciamos esas ilustraciones y llamamientos del Señor?

3º Cómo lo recibe María. -Mira cómo la Santísima Virgen así preparada por el ángel recibe claramente el mensaje de Dios en su parte más principal: «Serás la Madre de Dios porque darás a luz al Santo de los Santos». -María escucha y lejos de correr llena de vanidad a dar su consentimiento, con gran prudencia y humildad, examina esas palabras y mira cómo pueden estar conformes con la voluntad del Señor, manifestada antes en el voto de su virginidad.

Aprende esa prudencia de la Santísima Virgen. -Qué fácilmente creemos que es un ángel y que es cosa de Dios, cuando se nos ofrecen cosas que redundan en provecho nuestro, o en nuestra gloria, y en seguida nos lanzamos tras de lo que nos agrada…, y quizá no sea el ángel de la luz, sino el de las tinieblas…, a lo mejor no es una inspiración, sino una tentación. Examina, medita y consulta, para que así aciertes en todo y sepas imitar esta prudencia de la Santísima Virgen.

4º El consentimiento. -Contemplaahora a María dando su consentimiento, una vez convencida de que es cosa de Dios. -Fíjate bien cómo obra el Señor -El pudo hacer todo esto sin contar con la voluntad de la Santísima Virgen y, sin embargo, no quiere forzar su libertad. -De este modo obra con nosotros. -Dios no quiere corazones forzados, ni amores a. la fuerza. -Quiere almas que libre, voluntaria y generosamente se entreguen a Él. Para crearte, no contó contigo, pero, en cambio, para salvarte y santificarte, es necesario que tú des voluntariamente tu consentimiento. -No te hará santo violentamente y contra tu voluntad. -Él te dará su gracia y su ayuda, pero… en ti está el santificarte con ella o el desperdiciarla y abandonarla.

Por tanto, de ti y sólo de ti (convéncete de ello) depende el que te santifiques o no. -¿No te basta este pensamiento para una meditación muy provechosa, especialmente al compararte con María que ahora y siempre dio su libre y generoso consentimiento a la obra de Dios?

Valor y generosidad. -Nunca, pues, vacilar ante las inspiraciones y embajadas que el Señor nos envía. -No detenernos ante la voz de Dios sino para examinarla con prudencia y para no confundirla con las asechanzas del enemigo, pero… jamás detenerse por flojedad y cobardía, por amor propio y soberbia…, por miedo a la humillación y al sacrificio. -María no atiende tanto a la corona de oro que la ofrece el ángel, como a la corona de espinas. -Sabe que el ser Madre de Dios significa tener su corazón siempre atravesado con una espada de dolor… y valiente y decidida la acepta «hágase en mí según tu palabra». Pues bien, si quieres que tu alma sea de veras hija de Dios y esposa de Cristo y si aspiras a la corona del Cielo, has de amar ahora el sacrificio la mortificación, la crucifixión de la carne y de tus pasiones. -Ante el ejemplo de Ma­ría, Reina de los Mártires, no dudes en ser tú también mártir de amor…, acepta y abraza con generosidad ese sacrificio por María y con María.

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"Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la construyen. (Salmo 127, 1)"

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"Es necesario que los católicos españoles sepáis recobrar el vigor pleno del espíritu, la valentía de una fe vivida, la lucidez evangélica iluminada por el amor profundo al hombre hermano." San Juan Pablo II.

"No seguirás en el mal a la mayoría." Éxodo 23, 2.

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