Contracorriente

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El sacramento del matrimonio

17 miércoles Sep 2014

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1. EL MATRIMONIO EN EL PLAN DE DIOS

El Matrimonio es el sacramento que santifica la unión de un solo hombre con una sola mujer para siempre.

El esposo y la esposa reciben la gracia necesaria para cumplir fielmente sus deberes de esposos y padres y para educar a sus hijos en las virtudes cristianas.

La Sagrada Escritura se abre con el relato de la creación del hombre a imagen y semejanza de Dios (Gn 1, 2627). Hombre y mujer los creó. Y fueron creados el uno para el otro: “Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne” (Gn 2, 1825).matrimonio

Dios que es Amor (1Jn 4, 816), bendice el amor del hombre y la mujer en el Matrimonio. Este amor es bueno a los ojos del creador (Gn 1, 31). Y está destinado a ser fecundo: “Y los bendijo Dios y les dijo: ”Sed fecundos y multiplicaos, y llenad la tierra y sometedla» (Gn 1, 28).

 

La íntima comunidad de vida y amor de los esposos, fundada por el creador con leyes divinas propias, establece un vínculo sagrado que no depende de las leyes humanas, porque el Matrimonio no es una institución puramente humana, sino divina pues el autor del Matrimonio es Dios.

2. EL MATRIMONIO EN EL SEÑOR

La Iglesia concede una gran importancia a la presencia de Jesús en las bodas de Caná (Jn 2, 111). Ve en ella una confirmación de la bondad del Matrimonio y el anuncio de que en adelante el Matrimonio será un signo eficaz de la presencia de Cristo.

En su predicación, Jesús enseñó claramente el sentido original de la unión del hombre y la mujer. Tal como el creador la quiso al comienzo: una mujer con un hombre para siempre.

Jesús afirmó que la autorización dada a Moisés de que el hombre pudiera repudiar a su mujer era una concesión a la dureza del corazón (Mt 19, 8). Porque la unión matrimonial del hombre y la mujer es indisoluble, como Dios mismo la estableció: “Lo que Dios unió que no lo separe el hombre” (Mt 19, 6).

Jesús viene para restablecer el orden inicial de la creación perturbado por el pecado. El Señor da la fuerza y la gracia del sacramento para vivir el Matrimonio santamente.

Siguiendo a Cristo, renunciando a sí mismos, tomando sobre sí las cruces, los esposos podrán comprender el sentido del Matrimonio cristiano y vivirlo santamente con la ayuda de Cristo. Esta gracia del Matrimonio cristiano es un fruto de la cruz de Cristo, fuente de toda la vida cristiana.

El sacramento del Matrimonio produce por sí mismo el aumento de gracia santificante, ordenada especialmente al fin de este sacramento que es santificar a los esposos y darles las fuerzas sobrenaturales necesarias para cumplir con los deberes de su estado.

Junto con la gracia santificante se les concede a los contrayentes las gracias actuales para cumplir convenientemente los fines del Matrimonio.

3. FINES DEL MATRIMONIO

Los fines del Matrimonio son la procreación y educación de los hijos, la ayuda mutua y la satisfacción moralmente ordenada de la concupiscencia de la carne.

“Por su índole natural, la propia institución del Matrimonio y el amor conyugal están ordenados a la procreación y a la educación de la prole, con los que se ciñen con su corona propia” (Gaudium et spes 48, Vaticano II).

“El marido y la mujer, que por el pacto conyugal ya no son dos, sino una sola carne (Mt 19, 6) se ayudan y se sostienen mutuamente, adquieren conciencia de su unidad y lo logran cada vez más plenamente por la íntima unión de sus personas y actividades” (Gaudium et spes 48).

“Un tal amor, asociando a la vez lo humano y lo divino, lleva a los esposos a un don libre y mutuo de sí mismos, comprobado por sentimientos y actos de ternura e impregna toda su vida; más aún, por su misma generosa actividad crece y se perfecciona. Supera, por tanto, con mucho la inclinación puramente erótica, que, por ser cultivo del egoísmo, se desvanece rápida y lamentablemente” (Gaudium et spes 49).

4. PROPIEDADES DEL MATRIMONIO

Las propiedades del Matrimonio son la unidad: un sólo hombre con una sola mujer; y la indisolubilidad: un sólo hombre y una sola mujer para siempre.

Dios instituyó el Matrimonio como una unión monógama: un sólo hombre con una sola mujer (Gen 1, 2728). La humanidad se apartó pronto de aquel primitivo ideal. Cristo volvió a restaurar el Matrimonio en toda su pureza: “De manera que ya no son dos, sino una sola carne” (Mt 19, 6).

Todo Matrimonio, incluso el de dos personas no bautizadas, es indisoluble. No se puede disolver por decisión de uno, ni aun de los dos contrayentes, ni por ley civil ninguna. “Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre” (Mt 19, 36).

Después de la muerte de uno de los contrayentes le es lícito al que ha quedado viudo contraer nuevo Matrimonio (Rom 7, 12; 1Tim 5, 14).

Cuando la Sede Apostólica declara nulo un Matrimonio no disuelve el vínculo matrimonial, no divorcia. Declara que ese Matrimonio es nulo, porque en realidad no ha habido tal Matrimonio por falta de consentimiento matrimonial u otra causa que hace inválido el Matrimonio.

En casos difíciles y graves de convivencia, la Iglesia concede, como excepción, la llamada “separación en cuanto al lecho y la mesa”, para que los cónyuges reflexionen y se decidan a quitar los impedimentos de su mala convivencia. Esto no es disolver el vínculo conyugal (divorciar), sino ofrecer a los esposos la oportunidad de rehacer su Matrimonio. La Iglesia exhorta siempre a restablecer la vida conyugal.

5. ELEMENTO MATERIAL Y FÓRMULA RITUAL DEL MATRIMONIO

El elemento material remoto del sacramento del Matrimonio son los cuerpos de los contrayentes, en cuanto aptos para la generación de los hijos.

El elemento material próxima es la mutua entrega de los cuerpos manifestada por las palabras en la celebración litúrgica del Matrimonio.

La fórmula ritual es la mutua aceptación de los cuerpos que se dan los contrayentes manifestada por las palabras en la celebración litúrgica del Matrimonio.

“El legítimo contrato es, a la vez, la materia y la forma del sacramento del Matrimonio, a saber: la mutua y legítima entrega de los cuerpos con las palabras y signos que expresan el sentido interior del ánimo, constituye la materia, y la mutua y legítima aceptación de los cuerpos constituye la forma” (Benedicto XIV).

6. MINISTRO Y SUJETO DEL MATRIMONIO

Los ministros del sacramento del Matrimonio son los mismos contrayentes (los novios). Cada uno de ellos administra el sacramento al otro, al aceptar su ofrecimiento.

El sacerdote que, como representante de la Iglesia, santifica el consentimiento mutuo de los contrayentes y bendice el Matrimonio, es sólo testigo del contrato matrimonial.

Sujeto del Matrimonio es toda persona bautizada que no tenga impedimentos que hagan inválido el Matrimonio.

Algunos impedimentos para contraer Matrimonio son: edad inferior a los 16 años en los varones y 14 cumplidos en las mujeres; el parentesco de consanguinidad hasta cierto punto; la incapacidad física para la necesaria unión conyugal.

Para la recepción lícita y fructuosa del sacramento del Matrimonio se requiere que los contrayentes estén en gracia de Dios y observen las leyes y ceremonias determinadas por la Iglesia.

Los bautizados que contraen Matrimonio en pecado mortal cometen un sacrilegio y no reciben la gracia sacramental. Quedan válidamente casados si tenían verdadera intención de contraer Matrimonio.

“Los católicos aún no confirmados deben recibir el sacramento de la Confirmación antes de ser admitidos al Matrimonio; se recomienda encarecidamente que los contrayentes acudan a los sacramentos de la Penitencia y de la Sagrada Eucaristía” (Canon 1065).

7. LA POTESTAD DE LA IGLESIA SOBRE EL MATRIMONIO

La Iglesia posee derecho propio y exclusivo para legislar y juzgar en todas las cuestiones relativas al Matrimonio de los bautizados.

El Matrimonio cristiano es uno de los siete sacramentos de la Nueva Alianza y su administración corresponde únicamente a la Iglesia.

Los comienzos de una legislación eclesiástica sobre el Matrimonio los tenemos en el apóstol San Pablo (1Cor 7). Desde entonces la Iglesia ha promulgado leyes sobre el Matrimonio en sínodos y concilios.

Los Emperadores cristianos reclamaron para sí el derecho a legislar sobre el Matrimonio, pero tenían en cuenta la mente de la Iglesia.

En la alta Edad Media se fue imponiendo poco a poco la exclusiva competencia de la Iglesia en la legislación y jurisdicción matrimonial.

El Estado moderno se ha arrogado para sí el derecho a legislar sobre el Matrimonio, pero esto es un abuso de poder, porque el Matrimonio no es una institución civil sino una institución divina.

El llamado “Matrimonio civil” no tiene valor alguno para los católicos, que están vinculados a la ley de la Iglesia. Para los no católicos, el Matrimonio contraído ante la autoridad civil es válido, y tiene las mismas propiedades esenciales de unidad e indisolubiidad que el Matrimonio cristiano.

8. NOVIAZGO

El Matrimonio es un sacramento, es cosa de Dios, algo sagrado, algo grande. Y las cosas grandes no se hacen en un día, necesitan tiempo, preparación, etapas.

La vida conyugal es una cosa muy grande y muy hermosa, pero hay que llegar a ella por sus pasos, sin quemar etapas, bien preparados. Esta preparación comienza ya desde la adolescencia, cuando el chico y la chica empiezan a descubrir un nuevo mundo físico y espiritual.

La evolución psicológica normal exige que chicos y chicas se traten entre sí, pero sin prisas. Este trato, al principio, debe tenerse en grupos de varios compañeros por un motivo cultural, benéfico, deportivo, folklórico, etc. Más tarde, quizá un chico y una chica empiecen a salir juntos. Salir juntos no es el noviazgo, pero puede ser el comienzo.

Los que empiezan a salir juntos deben estar convencidos de que ya no se trata de una diversión o de un juego, sino de algo muy serio. El salir juntos por diversión, por “pasar el rato” o por otros motivos menos dignos (flirteos o amoríos) es un juego peligroso que, además de graves consecuencias morales, puede también tener graves consecuencias psicológicas.

Los daños del enamoramiento prematuro suelen ser graves. Hay que saber esperar, como dijo Gigiola Cinquetti en la canción que ganó en el Festival de Eurovisión: “No tengo edad/ No tengo edad para amarte/ Y no está bien que salgamos solos los dos/ Tal vez querrás/ Tal vez querrás esperarme que sea mayor y pueda darte mi amor”.

El noviazgo es cosa seria. El noviazgo no es una diversión, ni un placer, sino una escuela preparatoria para el Matrimonio, que es una de las misiones más grandes y más serias que Dios ha confiado al hombre y a la mujer.

Hoy suele decirse que el Matrimonio está en crisis, pero habría que decir que lo que está en crisis es el noviazgo. Muchos jóvenes toman el noviazgo como un juego, con ligereza y frivolidad, no se preocupan de formarse, sólo buscan disfrutar el uno del otro. Así se hacen egoístas. No tienen idea de lo que es el verdadero amor y, una vez casados, se encuentran egoístas e incapaces de amar. Es lógico que estos Matrimonios sean un fracaso. Lo normal es que de un mal noviazgo salga un mal Matrimonio y que de un buen noviazgo salga un buen Matrimonio. Frente a los abusos y fracasos de tantas parejas, hay que volver al sentido cristiano del noviazgo. El novio ha de contemplar en su novia a la futura madre de sus hijos, digna de todo cariño, veneración y respeto. La novia ha de ver en su novio al futuro padre de sus hijos. Y así, uno y otro no tendrán que avergonzarse de nada en el día de su Matrimonio. Ni cuando les cuenten a sus hijos cómo se amaban casta y fielmente cuando eran novios.

La elección del novio o la novia es cosa tuya, pero debes hacerlo con mucha cautela. No te fíes del “flechazo”, que es muy bonito para películas y novelas, pero que en la vida real él sólo no basta para hacer feliz un hogar.

No te fíes sólo de tu “vista”, que ya sabemos que el amor es ciego. Consulta con tus padres, aconséjate de tu director espiritual. Porque la fascinación del enamoramiento puede ser engañosa y ocultarte los defectos del chico o la chica que desaconsejan totalmente seguir adelante. La fascinación es muy hermosa, pero pasará muy pronto. Lo que queda es la vida real. Y esa vida, si se construye con el corazón, con la razón y la fe, es mucho más hermosa.

Cuando encuentres una chica virtuosa o un buen chico que pueda ser la madre o el padre de tus hijos, toma el noviazgo con la seriedad que Dios manda y seréis muy felices. (P. Loring).

 

 

Página para meditar nº 105

17 miércoles Sep 2014

Posted by manuelmartinezcano in Padre Alba, Uncategorized

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Tratamos en el retiro de las tres tentaciones del Señor en el desierto. Recapitulo y fijo las principales ideas para todos, especialmente para los que no pudisteis asistir.Tentaciones-desierto

Muestra Asociación, la Unión Seglar, no es para dar solución a los problemas inmediatos de sus miembros, ni los sociales que nos agobian por todas partes. La tentación de sentirnos eficaces reformadores del mundo para que nuestras obras admirables se conviertan en reclamos y recetas de una fe mundana y desviada de su fin sobrenatural, debe estar siempre al descubierto entre nosotros. Si creemos que el día de mañana seremos cien veces más numerosos que ahora, y que los problemas que se nos presentan, tendrán solución aceptable y los hombres por consiguiente se entregarán a la verdad del Evangelio, estamos vaciando la fe de su contenido sobrenatural y abriéndonos a esperanzas intramundanas que traicionan la fe de Jesucristo. Lograríamos entusiastas de Jesús, entusiastas de los reformadores del mundo, entusiastas de una doctrina, panacea de arreglos humanos, pero no discípulos de Cristo, seguidores de Cristo que se entregan a Él la fe en Él mismo, sin otro apoyo alguno.

La religión es el opio del pueblo. Esta calumnia del marxismo frente a la fe católica, está caricaturescamente proclamando una verdad, como hacían los demonios cuando con rabia afirmaban la divinidad de Jesús al ser expulsados de los cuerpos bajo el imperio de su palabra. Sí, el Evangelio deja intactos los dolores, la enfermedad, las injusticias, las hambres de la Tierra. Aparentemente, todo sigue igual. Pero tampoco es así. La fe y la liberación del pecado, en lo que consiste el alma de la vida cristiana dejando las cosas como estaban, tienen una eficacia derivada que transforma el mundo. Pero esa eficacia derivada, no previa, hace al Evangelio libre de toda atadura humana y sujeción a condicionamientos humanos.

Así procedieron los santos, así procedieron los reyes santos que edificaron la Cristiandad, la redundancia histórica más bella, de aquellas palabras del Señor:»buscar el reino de Dios y su justicia, y lo demás se os dará por añadidura».

Esta primera tentación, bajo capa de eficacia inmediata para satisfacer una necesidad de hambre, lo que pretende es oscurecer el misterio de la Cruz. Por eso no debemos inquietarnos si somos pocos o muchos, sino de hacer siempre la voluntad de Dios Padre y abrazarnos a con nuestra cruz, libres del pecado y de las obras del pecado. Sufrir en nuestras carnes carencias y la persecución por el reino dalos cielos, es el mejor regalo que nos manda el Señor. Una vez más, nuestro problema primero no es ser reformadores humanos sino reformados divinos.

Rvdo. P. José María Alba Cereceda, S.I.
Meridiano Católico Nº 105, marzo de 1987

El Humo de Satanás: tentaciones segunda y tercera

10 miércoles Sep 2014

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Venimos comentando lo que ha dicho el Papa sobre la infiltración diabólica en la Iglesia, como un ataque desde el interior a las raíces de la misma. El lunes último explicamos una forma de la tentación: la que intenta vaciar la fe de su contenido revelado y confundirla con una corriente de opiniones y deseos del tiempo actual.
Otra forma, reflejo lógico de la anterior, es la que induce a prescindir de la constitución divina de la Iglesia, reinventando una nueva y (tercera tentación) reduciendo su misión a una acción temporal, que muchos vinculan a una política revolucionaria. Insistamos hoy en esa doble tentación.guerra campos
Según la fe, la Iglesia es mucho más que una asociación humana. En ella está presente y actúa Cristo resucitado. Cristo nos libera del poder del diablo, del pecado, de la muerte, incorporando a los hombres a su propia vida. Nos libera de nuestro propio egoísmo. Nos da la libertad real, aquella por la cual, según el viejo himno de la Iglesia, «servir a Dios es reinar», y que coincide con la sumisión filial a los mandatos del Señor. Todos somos miembros de la Iglesia, llamados a una participación activa, pero subordinados a lo que el Señor ha instituido bajo la dirección de sus vicarios. Esta sumisión filial es condición de vida, como lo es para un niño el seno de su madre.
La tentación del diablo desde el principio de la historia es proponer con engaño una libertad sin obediencia. Apoyándose en la verdad de que nosotros somos miembros con participación activa en la Iglesia, empuja, con más o menos disimulo, hacia unas actitudes que suponen que la Iglesia no es más que nosotros mismos y no es de verdad nuestra madre. Todo lo que en ella se produce resultaría, según eso, de la participación de sus miembros, como iguales: no hay más norma que la que acuerde cada grupo o federación de grupos. Incomoda y se rechaza una autoridad que promulgue para todos, en nombre de Cristo, la norma y la verdad de validez universal. La finalidad de muchas reacciones negativas que se dan en la Iglesia actual -dijo el Papa el 23 de junio- es «la disolución del magisterio eclesiástico».
La tentación importa el desprecio, y aun el odio de la Iglesia del pasado. Los grupos revolucionarios se exaltan a sí mismos y a la Iglesia que dicen van a construir en el futuro.
El desprecio del pasado incluye a la mejor parte de la Iglesia presente, que es la Iglesia triunfante: se desprecia la comunión con todos los que, en cualquier tiempo, han muerto fieles al Señor y viven con Cristo en la gloria del Padre; las muestras de devoción a los santos impacientan: se reacciona ante ellas como Judas ante el obsequio de María de Betania a Jesús.
El desprecio se extiende a la mayoría de los creyentes contemporáneos, los que componen lo que se denomina la masa, los extraños a los grupos que a sí mismos se consideran selectos. No podemos olvidar que quien selecciona es Dios. Por medio de su Iglesia, Él desparrama la semilla en todos los campos, echa la red en todas las aguas: los selectos son los que responden con fidelidad a la llamada. Y éstos se encuentran donde Dios quiere, en cualquier zona del pueblo creyente, dentro o fuera de clases y grupos particulares. Dios sabe quiénes y cuántos son; nosotros sólo sabemos que no lo son los que presumen de serlo.
Las desviaciones sobre la constitución de la Iglesia suponen una desviación en cuanto a su finalidad.
La misión propia de la Iglesia es de orden religioso. A ella se subordinan, como algo derivado, sus proyecciones de orden temporal; y aun a través de éstas, la Iglesia ha de levantar los ojos de los hombres, como hizo Jesús al multiplicar los panes hacia la alegre perspectiva del amor de Dios y de la vida eterna.
En vez de respetar esta prioridad, el demonio (escalonando sus tentaciones, como hizo ante Jesús) sugiere en primer lugar invertir el orden: que la Iglesia se dedique por entero a la solución de los problemas temporales, con condición previa, necesaria, para que más tarde puedan los hombres apreciar el Evangelio. Exactamente lo contrario de lo que hizo el Señor y de lo que mandó hacer a sus Apóstoles.
En seguida, pasa a la tentación definitiva: no sólo aplazar la predicación del reino de Dios, sino identificar a éste con la eficacia histórica. Termina por menospreciarse la religión (comunicación con Dios, culto, sacramentos…); se la quiere sustituir por la mera acción política, que para ciertos grupos sólo puede ser la revolución, anarquista o marxista.
En todo caso se exalta y adora la potencia del hombre como «creador del futuro», desligado de todo vínculo permanente, tanto de la revelación como de la ley natural. Es significativo que la apelación obsesiva de algunos a determinados derechos y valores sociales coincida con el olvido, no sólo de lo religioso, sino de las normas morales que regulan el matrimonio, la vida familiar, la castidad propia de cada estado… Por este camino, quiérase o no, se acaba por fomentar un egoísmo que carcome las raíces de cualquier ordenación social verdaderamente humana. Pablo VI ha dicho hace poco: «La idolatría del humanismo contemporáneo… niega o desprecia la existencia del pecado, de lo que se deriva una ética loca de optimismo, que aspira a hacer lícito todo lo que gusta y lo que es útil; loca de pesimismo, que quita a la vida el sentido profundo, que procede de la distinción trascendente del bien y del mal, y la desanima con una visión final de angustiosa y desesperada fatuidad».
Mientras Cristo nos ha enseñado que son inseparables el amor a Dios Padre y el amor a los hermanos, pero que éste deriva de aquél, el demonio hace pensar que es una injuria estimar al hombre por relación con Dios; exige que se le tenga en mucho por sí solo; utiliza la solidaridad con los hombres como pretexto para no confesar a Cristo, mientras el Señora ha dicho: «A todo el que me negare delante de los hombres, Yo lo negaré también delante de mi Padre» y «el que ama al padre y a la madre, al hijo o a la hija, más que a Mí, no es digno de Mí».
El tentador dijo a Jesús: «Todos los reinos del mundo y su gloria te daré, si postrado me adorares». Jesús respondió: «Apártate, Satanás… Al Señor tu Dios adorarás y a Él solo servirás».
Del mismo Señor es el aviso: «No os inquietéis por el mañana… Buscad primero el reino de Dios…»
La carta a los Hebreos nos conforta con estas palabras: «Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos. No os dejéis llevar de doctrinas varias y extrañas…».

José Guerra Campos

Imitación de Cristo 80

10 miércoles Sep 2014

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Capítulo 42

Que no debemos poner nuestra paz en los hombres

Jesucristo.– 1. Hijo, si buscas la paz en el trato con alguno para tu entretenimiento y compañía, te hallarás inconstante y sin sosiego.
Pero si vas a buscar la Verdad que siempre vive y permanece, no te entristecerás por el amigo que se fuere o se muriere.Jesus-con-doctores
En mí ha de estar el amor del amigo, y por mí se debe amar cualquiera que en esta vida te parece bueno y mucho amas.
Sin mí no vale ni durará la amistad, ni es verdadero ni limpio el amor que yo no enlazo.
Tan muerto debes estar a semejantes aficiones de los amigos, que habías de desear (por lo que a ti te toca) vivir lejos de todo trato humano.
Tanto más se acerca el hombre a Dios cuanto más se desvía de todo gusto terreno.
Y tanto más alto sube a Dios cuanto más bajo desciende en sí y se tiene por más vil.

2. El que se atribuye a sí mismo algo bueno, impide que la gracia de Dios venga sobre él, porque la gracia del Espíritu Santo siempre busca el corazón humilde.
Si te supieses perfectamente anonadar y desviar de todo amor creado, yo entonces te llenaría de abundantes gracias.
Cuando tú miras a las criaturas, pierdes de vista al Creador.
Aprende a vencerte en todo por el Creador, y entonces podrás llegar al conocimiento divino.

Cualquier cosa, por pequeña que sea, si se ama o mira desordenadamente, nos estorba gozar del Sumo Bien y nos daña.

El sacramento del Orden Sacerdotal

10 miércoles Sep 2014

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  1. EL SACERDOCIO DE LA ANTIGUA ALIANZA

El Pueblo Elegido fue constituido por Dios como “un reino de sacerdotes y una nación consagrada” (Ex 19, 6). Dios eligió una de las doce tribus de Israel, la de Leví, para el servicio litúrgico (Nm 1, 4853).

 Los sacerdotes de la Antigua Alianza fueron establecidos “para intervenir en favor de los hombres ante Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados” (Hb 5, 1).Sacerdocio PriesthoodEl sacerdocio de la Antigua Alianza era incapaz de realizar la salvación, por lo cual tenía necesidad de repetir sin cesar los sacrificios, y no podía alcanzar la santificación definitiva (Hb 5, 3), que sólo podría ser lograda por el sacrificio de Cristo.

La liturgia de la Iglesia ve en los ritos de consagración de los sacerdotes de la Antigua Alianza prefiguraciones del sacerdocio de la Nueva Alianza. (Catecismo de la Iglesia Católica).

«Los sacerdotes somos relicarios de Dios, casa de Dios y, a modo de decir, criadores de Dios; a los cuales hombres conviene santidad. Esto, padre, es ser sacerdote: que amanse a Dios cuando estuviere ¡ay! enojado con su pueblo; que tenga experiencia que Dios oye sus oraciones y les da lo que piden, y tengan tanta familiaridad con Él; que tengan virtudes mas que hombres celestiales o ángeles terrenales y aún si pudiere ser, mejor que ellos, pues tienen oficio más alto que ellos» (San Juan de Avila).

  1. EL ÚNICO SACERDOCIO DE CRISTO

 Todas las prefiguraciones del sacerdocio de la Antigua Alianza encuentran su cumplimiento en Cristo Jesús, “único mediador entre Dios y los hombres” (Tim 2, 5).

 Jesús, después de consagrar el pan y el vino en la última cena, dijo: “Haced esto en memoria mía”. Con sus palabras el Señor da a los apóstoles el poder de consagrar e instituye el sacramento del Orden.

 El único sacerdocio de Cristo se hace presente por el sacerdocio ministerial de los cristianos, elegidos por Dios mediante el sacramento del Orden, sin que con ello se quebrante el único sacerdocio de Cristo: “Sólo Cristo es el verdadero sacerdote; los demás son ministros suyos” (Santo Tomás de Aquino).

 El presbítero posee en verdad el ministerio del único sacerdote, Cristo Jesús. El sacerdote actúa “in persona Christi capitis”. (Catecismo de la Iglesia Católica).

 El sacerdote es el guardián de la ley de Cristo y su poder para reprimir el vicio es mayor que el de todos los agentes de orden público. 

  1. IN PERSONA CHRISTI

 El sacerdote, en virtud del sacramento del Orden actúa “in persona Christi Capitis”. El sacerdote es “otro Cristo”: “Cristo es la fuente de todo sacerdocio, pues el sacerdote de la Antigua Ley era figura de Él, y el sacerdote actúa en representación suya” (Santo Tomás de Aquino).

 La presencia de Cristo en el presbítero no debe entenderse como si el sacerdote estuviere exento de todas las flaquezas humanas, del afán de poder, de errores; es decir, del pecado.

 No todos los actos del ministro de Cristo son garantizados de la misma manera por la fuerza del Espíritu Santo. Mientras que en la administración de los sacramentos ni siquiera los pecados del sacerdote pueden impedir el fruto de la gracia, existen otros muchos actos en que la condición humana del sacerdote no siempre está impregnada por la fidelidad apostólica a la Iglesia.

 Todos los fieles de la Iglesia están obligados a orar por sus sacerdotes.

 «La muerte es la muerte. Yo estaba envenenado, asfixiado. El sacerdote pronunció una frase: “Yo te absuelvo…” Y, de repente, la vida, la luz entró de lleno en mi alma, la liberación bautismal, volver a nacer, la resurrección de la carne» (Paul Claudel).

  1. GRADOS DEL SACRAMENTO DEL ORDEN

 El Orden sacerdotal es el sacramento por el cual algunos cristianos son elevados a la dignidad de ministros de Cristo.

 La Constitución Apostólica Sacramentum Ordinis, de Pío XII, dice que episcopado, presbiterado y diaconado son tres grados del sacramento del Orden.

 Con la consagración episcopal se confiere la plenitud del sacramento del Orden (Concilio Vaticano II).

 Los presbíteros, en virtud del sacramento del Orden, han sido consagrados como verdaderos sacerdotes del Nuevo Testamento (Concilio Vaticano II).

 En el grado inferior de la jerarquía están los diáconos que reciben la imposición de manos, no en orden al sacerdocio, sino en orden al ministerio (Vaticano II).

 El diaconado, el presbiterado y el episcopado son grados sacramentales del Orden. No son tres sacramentos distintos, sino que los tres constituyen un único sacramento, el del Orden sacerdotal.

 El poder sacerdotal encuentra toda su plenitud en el episcopado, alcanza un grado menor en el presbiterado y el grado inferior de participación del poder sacerdotal se verifica en el diaconado.

  1. EFECTOS DEL SACRAMENTO DEL ORDEN

 El sacramento del Orden produce tres efectos: la gracia santificante, el carácter sacramental y la potestad espiritual.

 El sacramento del Orden confiere gracia santificante a todo el que lo recibe válidamente. La gracia del Orden tiene por fin y función propia capacitar al ordenando para el digno ejercicio de su ministerio y para llevar una vida conforme a su nueva condición.

 El Sacramento del Orden imprime un carácter o señal indeleble que asemeja al ordenando con Cristo y lo distingue de los seglares, capacitándole para ejercer los poderes jerárquicos.

El sacramento del Orden confiere al que lo recibe una potestad espiritual permanente. Esta potestad se centra principalmente en torno a la Eucaristía. El diácono recibe el poder de ayudar inmediatamente al obispo y al sacerdote en la celebración de la Santa Misa y el de repartir la sagrada comunión. El presbítero recibe principalmente el poder de consagrar y absolver; y el obispo el poder de ordenar sacerdotes y confirmar.

 «El oficio propio del sacerdote es ser mediador entre Dios y el pueblo, en cuanto que es el sacerdote el que da al pueblo las cosas divinas» (Santo Tomás de Aquino).

  1. ELEMENTO MATERIAL Y FÓRMULA RITUAL DEL ORDEN

 El elemento material del diaconado, presbiterado y episcopado es únicamente la imposición de manos (Constitución Apostólica Sacramentum Ordinis, Pío XII).

 La imposición de las manos se debe hacer por contacto físico de éstas con la cabeza del ordenando, aunque basta el contacto moral obtenido extendiendo las manos sobre los ordenandos.

 La Sagrada Escritura (Hech 6, 6; 1Tim 4, 4; 5, 22; 2Tim 1, 6) y la Tradición divina sólo conocen la imposición de manos como elemento material del sacramento del Orden.

 La fórmula ritual del diaconado, presbiterado y episcopado consiste únicamente en las palabras que declaran la significación de la imposición de las manos (Constitución Apostólica Sacramentum Ordinis, Pío XII).

 «¿De qué aprovechan los métodos, de qué aprovechan los caminos cuando los hombres no tienen ánimo ni fuerzas para seguirlos? Lo que necesito son sacerdotes pacientes llenos de amor a Dios y a las almas, dispuestos al sacrificio hasta la inmolación de sí mismos. Santos sacerdotes es lo que necesita nuestro tiempo» (Papa San Pío X).

  1. MINISTRO Y SUJETO DEL ORDEN

 El ministro ordinario de todos los grados del sacramento del Orden es el obispo.

En la Sagrada Escritura aparecen como ministros del Orden sólo los Apóstoles (Hech 6, 6; 14, 22; 2Tim 1, 6) o los discípulos de los Apóstoles consagrados por éstos como obispos (1Tim 15, 22; Tit 1, 25).

 La Tradición divina sólo conoce a los obispos como ministros de las ordenaciones.santa misaEl sujeto del sacramento del Orden es solamente el varón bautizado. El derecho divino prescribe que sólo los varones están capacitados para recibir el sacramento del Orden.

Según el testimonio de la Sagrada Escritura (1Cor 14, 34; 1Tim 2, 11) y conforme a la práctica constante en la Iglesia, los poderes jerárquicos solamente se conferían a los hombres.

Para recibir lícitamente el sacramento del Orden se requiere que el candidato reúna las condiciones canónicas exigidas por la Iglesia: La divina vocación, el estado de gracia, haber recibido la Confirmación, recta intención, costumbres conformes con el sacramento que va a recibirse, edad canónica, ciencia suficiente y no tener irregularidad ni impedimento alguno canónicos.

«Si encontrara en mi camino a un ángel y a un sacerdote, saludaría primero al sacerdote por la potestad que ha recibido de Dios» (San Francisco de Asís).

  1. UNA EXTRAORDINARIA AVENTURA

Juan Pablo II, exhortando a los jóvenes a vivir intrépidamente su fe, les decía: «Os hablo particularmente a vosotros, jóvenes. Más bien quisiera hablar con vosotros, con cada uno de vosotros. Me sois muy queridos y tengo gran confianza en vosotros. Os he llamado esperanza de la Iglesia y mi esperanza.

Recordemos algunas cosas juntos.

En el tesoro del Evangelio se conservan las hermosas respuestas dadas al Señor que llamaba. La de Pedro y la de Andrés, su hermano: “Ellos dejaron al instante las redes y le siguieron” (Mt 4, 20). La del publicano Leví: “Él, dejándolo todo, se levantó y le siguió” (Lc 5, 28). La de los Apóstoles: “Señor, ¿a quién iríamos? Tu tienes palabras de vida eterna” (Jn 6, 68). La de Saulo: ¿Qué he de hacer, Señor?» (Hech 22, 10).

Desde los tiempos de la primera proclamación del Evangelio hasta nuestros días, un grandísimo número de hombres y mujeres han dado su respuesta personal, su libre y consciente respuesta a Cristo que llama. Han elegido el sacerdocio, la vida religiosa, la vida misionera, como objetivo ideal de su existencia. Han servido al Pueblo de Dios y a la humanidad con fe, con inteligencia, con valentía, con amor. Ha llegado vuestra hora. Os toca a vosotros responder. ¿Acaso tenéis miedo?

Reflexionemos, pues, juntos a la luz de la fe. Nuestra vida es un don de Dios. Debemos hacer algo bueno. Hay muchas maneras de gastar bien la vida, poniéndola al servicio de ideales humanos y cristianos. Si hoy os hablo de consagración total a Dios en el sacerdocio, en la vida religiosa y en la vida misionera, es porque Cristo llama a muchos de entre vosotros a esta extraordinaria aventura.

Él necesita, quiere tener necesidad de vuestras personas, de vuestra inteligencia, de vuestras energías, de vuestra fe, de vuestro amor y de vuestra santidad. Si Cristo os llama al sacerdocio, es porque Él quiere ejercer su sacerdocio por medio de vuestra consagración y misión sacerdotal. Quiere hablar a los hombres de hoy con vuestra voz. Consagrar la Eucaristía y perdonar los pecados a través de vosotros. Amar con vuestro corazón. Ayudar con vuestras manos. Salvar con vuestra fatiga.

Pensadlo bien. La respuesta que muchos de vosotros podéis dar, está dirigida personalmente a Cristo, que os llama a estas grandes cosas.

Encontraréis dificultades. ¿Creéis quizá que yo no las conozco? Os digo que el amor vence cualquier dificultad. La verdadera respuesta a cada vocación es obra de amor. La respuesta a la vocación sacerdotal, religiosa, misionera, puede surgir solamente de un profundo amor a Cristo. Esta fuerza de amor os la ofrece Él mismo, como don que se añade al don de su llamada y hace posible vuestra respuesta.

Tened confianza en “Aquel que es poderoso para hacer que copiosamente abundemos más de lo que pedimos o pensamos” (Ef 3, 20). Y, si podéis, dad vuestra vida con alegría, sin miedo, a Él, que antes dio la suya por vosotros».

«Dejad a un pueblo sin curas y pronto las gentes adorarán a las bestias» (San Juan Mª Vianney).

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"Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la construyen. (Salmo 127, 1)"

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"Es necesario que los católicos españoles sepáis recobrar el vigor pleno del espíritu, la valentía de una fe vivida, la lucidez evangélica iluminada por el amor profundo al hombre hermano." San Juan Pablo II.

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