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El Rey Eternal

03 martes Sep 2013

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amor carnal, amor desordenado, bienestar corporal, Cristo Rey, Manuel Martínez Cano, P.Cano, rey, Rey Eternal, san ignacio, slaud

La segunda parte de la meditación “del rey temporal ayuda a contemplar la vida del rey eternal… consiste, en aplicar el sobredicho ejemplo del rey temporal, a Cristo nuestro Señor, conforme a los punto dichos”

Y en cuanto al primer punto, Si tal vocación consideramos del rey temporal a sus súbditos, cuánto es más digna de consideración ver a Cristo nuestro Señor, rey eterno, y delante de Él todo el universo mundo, al cual y a cada uno llama y dice: “ mi voluntad es de conquistar todo el mundo y todos los enemigos, y así entrar en la gloria de mi Padre; por tanto, quien quisiere venir conmigo, ha de trabajar conmigo, porque siguiéndome en la pena, también me siga en la gloria.

En la primera parte de la meditación, San Ignacio dice que todos los buenos súbditos debían de seguirle, con cuánta más razón debemos seguir a este Rey eterno que nos llama a la empresa más excelente: la santificación propia y la salvación de las almas. El salmo 2,8 dice: “te daré como herencia las gentes todas y como posesión los confines de la tierra” y nuestro Rey y Señor, Jesucristo, afirma: “Me ha sido dado Todo poder en el cielo y en la tierra”. San Juan dice que Cristo: “seducía a las turbas”. Sigamos también nosotros a Cristo Rey.

Cristo Rey nos dice hoy: “Mi voluntad es de conquistar todo el mundo y todos los enemigos y así entrar en la gloria del Padre”. Sí, porque Dios Padre: “quiere que todos los hombres se salven y vengan  al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2,4). Para ser fieles a Cristo, debemos “ser perfectos como vuestro Padre es perfecto” (Mt. 5,8). Cristo nos llama al vencimiento propio, a la conquista de uno mismo, a la santidad. Debemos, pues, luchar contra el mundo, el demonio y nuestra propia carne. La empresa a que nos llama el Rey eternal no puede ser más noble y trascendental: la eterna felicidad en el cielo y el Reinado Social de Cristo en la tierra “venid conmigo”, nos dice nuestro Rey y Señor. Si vamos solos a conquistar el mundo, no haremos nada; pero con Cristo lo podemos todo. Él venció primero a sus enemigos con su muerte y resurrección ¡con Cristo seremos santos y salvaremos muchas almas! “Trabajar conmigo! Nos dice. Si, con su gracia, todo lo podemos, como san Pablo y todos los santos. “prometiste reinar en España, fiel promesa que tú cumplirás”. Sí, aunque nosotros en el combate muramos mártires ¡Cristo triunfará!

El segundo punto es: “considerar que todos los que tuvieren juicio y razón ofrecerán todas sus personas al trabajo”

¿He procedido siempre en mi vida sobrenatural con sentido común? ¡Me ha movido el juicio y la razón o la pasión desordenada? De hoy en adelante ofreceré toda mi persona al trabajo de mi santificación y la salvación de las almas. San Juan de Ávila nos dice: “No huyáis de la guerra, que sin falta veréis venir sobre vosotros el socorro del cielo. No os espanten los muchos enemigos que tenéis, más consuelos da un solo amigo que os ama que todos los enemigos os aborrecen y Él sólo puede más que todos juntos.

Los que tienen algo más que juicio y razón se entregarán en cuerpo y alma al apostolado. Si Cristo hubiera sido mezquino con nosotros ¿qué sería de nosotros? Fuera mezquindad, a Cristo hemos de darle todo, toda la vida. Cuanto mayor entusiasmo tengamos al divino llamamiento, más frutos de santidad y gloria de Dios daremos. No se trata de resistir a los enemigos del alma y de la Iglesia, sino de  combatirlos “agere de contra”, nos dice san Ignacio. El santo vivía “deseando más morir con Cristo que vivir con otro”.

Los sordos que no quieren oír el llamamiento del Rey eternal a la santidad y a la salvación de las almas, son unos locos, porque ponen en peligro su propia salvación y no quieren colaborar con Cristo para establecer su Reinado Social en la tierra.

El tercer punto es: Los que más se querrán afectar y señalar en todo servicio de su rey eterno y Señor universal, no solamente ofrecerán sus personas al trabajo, más aun haciendo contra su propia sensualidad y contra su amor carnal y mundano, harán oblaciones de mayor estima y mayor momento, diciendo…

San Ignacio nos dice que el verdadero soldado de Cristo debe ejercitarse “contra su propia sensualidad, y contra su amor carnal y mundano”. La propia sensualidad es nuestra desordenada inclinación al placer de los sentidos exteriores o interiores. A la libertad en cosas no prohibidas en el uso de la vista, el oído, el tacto; el juicio temerario, la imaginación deshonesta.

El amor carnal es buscar la comodidad del cuerpo; especialmente el amor desordenado a la salud, buscando siempre el bienestar corporal, huyendo de todo esfuerzo; que no soporta las molestias del hambre y la sed, el frio o el calor. También se ha de purificar el amor a los parientes y amigos, cuando no es puramente espiritual.

El amor mundano que hemos de combatir es el amor o lo que el mundo ama: riquezas, honores, vanagloria, lujo, diversiones… Amor mundano que siente vivamente las humillaciones, las injurias, los desprecios: “¡que cuesta! – ya lo sé. Pero ¡adelante!: “nadie será premiado –y ¡qué premio! – sino el que padece con bravura.” (San José María Escrivá)

“Pues tenemos Rey poderoso y tan gran Señor que todo lo puede y a todos sujeta, no hay que temer, andando… en verdad delante de su Majestad, no hay quien sea contra nosotros” (Santa Teresa de Jesús).

San  Ignacio termina la meditación, diciendo que los que le siguen han de hacer “oblaciones de mayor estima y mayor momento, diciendo: Eterno Señor de todas las cosas, yo hago mi oblación, con vuestro favor y ayuda, delante vuestra infinita bondad, y delante vuestra Madre gloriosa, y de todos los santos y santas de la corte celestial, que yo quiero y deseo y es mi determinación deliberada, sólo que sea vuestro mayor servicio y alabanza, de imitaros en pasar todas injurias y todo vituperio y toda pobreza, así actual como espiritual, queriéndome vuestra santísima majestad elegir y recibir en tal vida y estado.

Esta entrega a Cristo Rey consiste, además del trabajo personal en la propia santificación y en el apostolado, la entrega de los bienes de fortuna y la propia honra. El Concilio Vaticano ll dice: “todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, santidad con la cual, en la sociedad terrena, se promueve un modo de vivir más humano” (Lumen gentium, 40,2) y en el decreto Apostolicam actuositatem, el concilio nos dice: “Siendo Cristo, enviado por el Padre, fuente y origen de todo apostolado de la Iglesia, es evidente que la fecundidad del apostolado de los seglares depende de su unión vital con Cristo, porque dice el Señor: “El que permanece en Mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin Mí nada podéis hacer” (Jn 15,5; AA, 4,1)

El fin de la contemplación del Rey eternal es “hacernos prestos y diligentes para cumplir la divina voluntad” (San Ignacio)

P. Manuel Martínez Cano mCR

El llamamiento del rey temporal ayuda a contemplar la vida del rey eternal

28 miércoles Ago 2013

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eternal, eterno, llamamiento, rey, rey temporal, san ignacio

Con esta meditación, inicia san Ignacio la segunda semana de Ejercicios. Es el fundamento de todas las meditaciones de la vida de nuestro Señor Jesucristo que iremos meditando hasta “la contemplación para alcanzar amor”, con la que el santo termina las cuatro semanas de ejercicios espirituales. Cristo nos llama a seguirle de cerca, a imitarle, a amarle de todo corazón, a compartir sus alegrías y sufrimientos. Nos llama a trabajar para establecer en el mundo su reinado de paz, alegría, gozo, amor.

San Rafael María nos pregunta: “Suponte que estás en tu casa, enfermo, lleno de cuidados atenciones, pero un día vieras pasar debajo de tu ventana a Jesús, seguido de una turba de pecadores, de pobres, de enfermos, de leprosos… Si vieras que Jesús te llamaba y te daba un puesto en su séquito, y te mirase con esos ojos divinos que desprendían amor, ternura y perdón y te dijera: “¿Por qué no me sigues?” ¿Qué harías? ¿Acaso le ibas a responder: Señor, te seguiría si me dieses un enfermero, te seguiría si estuviese sano y fuerte para poderme valer? No, Si hubieras visto la dulzura de los ojos de Jesús te hubieras levantado de tu lecho sin pensar en ti para nada, te hubieras unido a la comitiva de Jesús y le hubieras dicho: Voy, Señor, no me importan mis dolencias, ni la muerte, ni comer ni dormir; si Tú me admites, voy; si Tú quieres puedes sanarme; no me importa que el camino por donde me lleves sea abrupto, difícil y esté lleno de espinas; no me importa si quieres que muera contigo en la cruz, voy Señor, porque eres Tú el que me promete una recompensa eterna, eres Tú el que perdona, el que salva, eres Tú el único que llena mi alma. Ni aun sufrir hasta el fin del mundo, merece la pena de dejar de seguir a Jesús.

La oración preparatoria sea la sólita: “pedir gracia, a Dios nuestro Señor, para que todas mis intenciones, acciones y operaciones sean puramente ordenadas en servicio y alabanza de su divina majestad.” No nos cansemos de pedir. Nuestro Señor nos dice: “Pedid y recibiréis”. Una y mil veces, la oración de petición no se ha de dejar nunca, aunque el alma haya alcanzado la perfección, el matrimonio místico.

El primer preámbulo es “composición viendo lugar. Será aquí ver, con la vista imaginativa, sinagogas, villas y castillos, por donde Cristo nuestro Señor predicaba”. Ver y oír a Cristo que nos habla hoy por boca del Sumo Pontífice Francisco, por los obispos en comunión con él, los sacerdotes, religiosos, el director espiritual. Y, sobre todo, que nos habla en la Eucaristía, en el Santísimo Sacramento del altar.” ¡Oh rey mío! ¡Quien supiera ahora representar la majestad que tenéis cuando habláis al alma!” (Sta. Teresa de Jesús).

El segundo preámbulo es: “demandar la gracia que quiero. Será aquí pedir aquí la gracia a Nuestro Señor, para que no sea sordo a su llamamiento, mas presto y diligente para cumplir su santísima voluntad”. Jesús nos llama a cumplir su santísima voluntad. A dejar, de una vez por todas, nuestra mundanizada voluntad, para cumplir siempre y en todo la voluntad de Dios. En la primera semana conocimos que nos apartamos de nuestro fin. San Ignacio nos invita ahora a volver al buen camino para perseverar siempre en él. Con la gracia de Dios y la maternal protección de la Virgen María, conseguiremos imitar a Dios nuestro Señor hasta donde pueden las fuerzas humanas. Cristo cuenta con nosotros para la salvación de las almas, para la nueva evangelización.

“El primer punto es poner delante de mi, un rey humano, elegido de la mano de Dios nuestro Señor, a quien reverencia y obedecen todos los príncipes y todos los hombres cristianos”. Un rey, como san Fernando o una reina como Isabel la castilla que nos llaman, una vez más, a la reconquista de España para Dios. Un hombre de Dios que nos llama a una cruzada contra el aborto y todas las leyes antihumanas y anticristianas de esta democracia agnóstica y atea. Un rey fuerte y valiente, afable y recto que le hace amable y digno de respeto a los suyos y terrible a los enemigos.

“El segundo punto es mirar como este rey habla a todos los suyos, diciendo: “Mi voluntades de conquistar toda la tierra de infieles. Por tanto, quien quisiere venir conmigo ha de ser contento de comer como yo, y así de beber y vestir, etc. Asimismo ha de trabajar conmigo en el día, y vigilar en la noche, etc.; porque así después tenga parte conmigo en la victoria, como ha tenido en los trabajos”

Este rey humano no dice ¡Marchad! ¡Sino venid! Nadie marchara delante de mi ¡seguidme!

El tercer punto, “es considerar que deben responder buenos súbditos, a rey tan liberal y tan humano, y por consiguiente, si alguno no aceptase la petición de tal rey, cuanto seria digno de ser vituperado por todo el mundo y tenido por perverso caballero”, mal militar, soldado cobarde.

San Ignacio no dice nada de la respuesta de los buenos súbditos a la llamada de su rey. La historia nos enseña que la unión de reyes y súbditos católicos han realizado gestas grandiosas en honor de dios y de la patria. Hoy hacen falta jefes de Estado católicos que emprendan grandes campañas en defensa de la verdad y la justicia, a las que corresponderían fieles católicos alistándose para combatir en primera línea. El Papa Francisco, nos ha dicho que tenemos que ser valientes en esta “guerra de Dios”, en la que el diablo y sus sicarios están haciendo grandes maldades.

Que la Virgen Santísima suscite a los hombres y mujeres que, fieles al Magisterio emprenda una nueva cruzada en defensa de los derechos de Dios y de la Iglesia. No seamos sordos a su llamamiento más prestos y diligentes para combatir los nobles combates de la fe por la salvación de las almas.

 

                                                       P. Manuel Martínez Cano mCR

 

Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen María II

09 miércoles Ene 2013

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Introducción (continuación)

coronaciondelavirgen

6. La divina María, lo digo con los Santos, es el paraíso terrestre del nuevo Adán, en la que Jesús tomó carne por obra del Espíritu Santo para obrar en él maravillas incomprensibles. Es el grande y maravilloso mundo de Dios, en el que hay bellezas y tesoros inefables. Es la magnificencia del Altísimo, en la que ha ocultado como en su seno a su Unigénito, y con él cuanto hay de más excelente y de más precioso. ¡Oh, y qué de cosas grandes y ocultas ha hecho ese Dios poderoso en esta criatura admirable! Como Ella misma se ve obligada a decirlo a pesar de su profunda humildad: Hizo en mí grandes cosas el Poderoso (Luc. 1,49). El mundo no la conoce, porque es incapaz e indigno de conocerla.

7. Los Santos han dicho cosas admirables de esta Santa Ciudad de Dios, y nunca han estado más elocuentes ni más satisfechos que cuando han hablado de Ella. Así, todos a una exclaman que la altura de sus méritos, que la han elevado hasta el trono de la Divinidad, no se puede percibir con la vista; que la anchura de su caridad, más extensa que la tierra, no puede medirse; que la grandeza de su poder, que se extiende hasta sobre el mismo Dios, no puede comprenderse, y, en fin, que lo profundo de su humildad, como de todas sus virtudes y de todas sus gracias, que son un abismo, no puede sondearse.

8. ¡Oh altura incomprensible! ¡Oh anchura inefable! ¡Oh grandeza desmedida! ¡Oh abismo impenetrable! Todos los días, del uno al otro confín de la tierra, en lo más alto de los cielos y en lo más profundo de los abismos, todo pregona, todo publica a la admirable María. Los nueve coros de Ángeles, los hombres de todas edades, condiciones y religión, buenos y malos, hasta los demonios mismos, se ven obligados a llamarla Bienaventurada, de buen o mal grado, por la fuerza de la verdad. Todos los Ángeles en los cielos la proclaman incesantemente, según San Buenaventura: Santa, Santa, Santa María, Virgen madre de Dios, y la ofrecen millones de millones de veces todos los días la salutación de los Ángeles: Ave María; y se prosternan ante Ella, y le piden por gracia que los honre con alguno de sus mandatos. San Miguel, a pesar de ser el príncipe de toda la corte celestial, es el más celoso en rendirle y en hacer que se le rinda todo género de honores, siempre esperando el tener la honra de ir, a su voz, a socorrer a alguno de los servidores de María.

maria llena de gracia9. Toda la tierra está llena de su gloria, particularmente entre los cristianos, entre los que se la tiene por tutelar y protectora en varios reinos, provincias, diócesis y ciudades. ¡Cuántas catedrales consagradas a Dios bajo su nombre! Ninguna iglesia sin un altar en su honor; ninguna comarca ni cantón en donde no haya alguna de sus imágenes milagrosas, y en donde se curan toda clase de males y se consigue toda clase de bienes. Tantas cofradías y congregaciones en su honor, tantas Ordenes religiosas bajo su nombre y amparo. Tantos congregantes y hermanos de todas las cofradías. Tantos religiosos y religiosas que publican sus alabanzas y que anuncian sus misericordias. No hay un niño que al balbucear el Ave María no la alabe; no hay pecador que, por endurecido que sea, no tenga en Ella alguna chispa de confianza, ni siquiera hay demonio en los infiernos que, a pesar de temerla, no la respete.

10. Después de eso, en verdad es preciso decir con los Santos: De Maria nunquam satis… no se ha alabado, exaltado, honrado, amado y servido bastante a María. Merece todavía más alabanzas, respeto, amor y servicios.

11. Y tenemos que decir con el Espíritu Santo: Toda la gloria de la Hija del Rey está en el interior (Psal. 44,14); como si toda la gloria exterior que le dan a porfía el cielo y la tierra no fuese nada en comparación de la que interiormente recibe del Criador, y que no es conocida por las pequeñas criaturas, que no pueden penetrar el secreto de los secretos del Rey.

12. Después de eso, debemos exclamar con el Apóstol: Ni el ojo ha visto, ni la oreja ha oído, ni el corazón del hombre ha comprendido (1 Cor. 2,9) las bellezas, las grandezas y las excelencias de María, el milagro de los milagros de la gracia, de la naturaleza y de la gloria. Si queréis comprender a la Madre, dice un santo, comprended al Hijo, pues es una Madre digna de Dios: Que aquí toda lengua enmudezca.

Santisima Virgen

13. Mi corazón ha dictado todo lo que acabo de escribir con un regocijo particular, para demostrar que la divina María ha estado desconocida hasta ahora, y que es una de las razones por las cuales Jesucristo no es conocido como debe serlo. Si, pues, como es cierto, el reino de Jesucristo ha de venir al mundo, no será sino consecuencia necesaria del conocimiento del reino de la Santísima Virgen María, que le trajo al mundo la vez primera y le hará resplandecer en la segunda venida.

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