La festividad de la Purificación y de la Presentación de Jesús en el templo, nos encuadra la meditación de todo este mes. Las manos de María llevan a Jesús. Me extasío contemplando las manos de María. Llevan al único tesoro que existe de verdad: Jesús. Luego, miro mis manos, vuestras manos. ¿Cómo han de estar nuestras manos? ¿Qué llevan nuestras manos? Se dice peyorativamente: está mano sobre mano está con las manos juntas sin hacer nada. Yo no me refiero a este sentido, y os quiero a todos mucho tiempo con las manos juntas ante el Sagrario, en oración. Dios sin mover sus manos divinas, crea y conserva toda la creación. Vuestras manos juntas, en oración, conservan y salvan el mundo, y crean el mundo sublime de la vida de la gracia en unión con Dios. También vuestras manos en cruz, vuestras manos crucificadas, clavadas en la cruz de vuestro deber, de vuestro trabajo, de vuestro sacrificio, de la pureza. Manos como las de Cristo, abiertas en caridad, sujetas por la pureza, el amor, el deber.
¡Ah, sí, también con la espada! La espada erecta y noble del servicio a la verdad. De una verdad combatida por las fuerzas del mal, desde el primer momento de la vida del hombre sobre la tierra. Por eso es milicia su vida sobre la tierra, y su sueño ha de ser una vela junto a las espadas. Los enemigos visibles e invisibles que rodean nuestros ocios y nuestros pasos. Ahí están las herejías, la soberbia humanista, el erotismo que esclaviza. Los de siempre, los humos del mundo, del demonio y de la carne. Manos que tengan bien asidos los puños de las espadas. Manos que empuñen para el combate diario el Rosario invencible de María, la que aplasta la cabeza de las herejías, la que vence al diablo con su humildad de esclava de Dios, la Inmaculada y siempre pura, por encima de todas las pestilencias de la carne.
Manos que se agitan mientras levantan ramos de palmas. Son las palmas del martirio batidas por manos de hombres y mujeres que han derramado su sangre por la fe. No, el enemigo no ha vencido. Ellos han vencido con las palmas en sus manos. Y junto a ellas, las manos con las velas encendidas, en oblación a Dios, en fe y en amor.
Así os quiero, así sueño vuestras manos. Puras en el deber, en la cruz, con el rosario, con la espada, con la palma del martirio, con la luz de Cristo. Ojalá sea así toda nuestra Asociación. Jóvenes llamados a lo grande y santo. Y en medio de ellos las manos ungidas de sacerdotes, las manos traspasadas por la mística unción de la consagración religiosa, la virginidad, el amor indiviso.
Rvdo. P. José María Alba Cereceda, S.I.
Meridiano Católico Nº 47, febrero de 1981
