Significado

“Desde el domingo de Pasión[1] el recuerdo de los dolores y muerte del Señor pasa a primer término también en la liturgia. […]
La Edad Media, ignorando el origen verdadero de ciertos detalles exteriores del tiempo de Pasión, tales como […] la velación de los crucifijos e imágenes del templo, los interpretó simbólicamente, relacionándolos con la Pasión del Señor. […] Las imágenes se cubren porque Cristo en su Pasión ocultó su divinidad (Durando 1. 1, c. 3, n. 34). Pero lo más probable es que […] en la velación de las imágenes sobreviva el velo de Cuaresma, mencionado ya en el siglo XI y que al empezar este período litúrgico se suspendía delante del altar mayor. Thurston (Lent and Holy Week 100) relaciona el origen del velo cuaresmal con la antigua disciplina de la penitencia: así como los penitentes públicos eran expulsados del templo, de un modo análogo los otros fieles, que recibiendo la ceniza al principio de la Cuaresma se declaraban penitentes voluntarios, veíanse privados al menos de la vista del santuario, del altar.”[2]

Cuaresma morado“Durante el tiempo de Pasión se cubre con lúgubre velo la Santa Cruz, las imágenes del Crucificado: es señal de las humillaciones que deberá sufrir el Hijo de Dios, empezando por la salida del templo de Jerusalén que el domingo de Pasión se conmemora: Exivit de templo.[3]

“El objeto casi único de nuestra meditación van a ser la Pasión y la Resurrección de Cristo. “Cielo de la santa Iglesia, dice Dom Guéranguer, se torna triste y sombrío.” En el centro de la liturgia se yergue la santa Cruz, en cuyo honor se entonan himnos entusiastas y emocionantes, que nos revelan la diferencia entre la antigua piedad, objetiva, y la nueva, penetrada de un fuerte acento subjetivista. Hay indicios exteriores de duelo: las imágenes de los Santos cubiertas, pues la Iglesia no quiere distraer su mirada con las bellas esculturas, con los esplendores del arte, ni siquiera con los metales que adornan el signo de la Cruz.”[4]

“Entramos en los días de duelo que lloramos al Esposo divino. La Iglesia se cubre con el velo de viudez. El tiempo de Pasión es la tercera etapa de la preparación pascual. La antecuaresma fue una introducción, la Cuaresma un periodo de conversión y purificación, el tiempo de Pasión está consagrado de un modo especial al recuerdo de los sufrimientos de Cristo. Este recuerdo se expresa en diversas prácticas exteriores de la liturgia. Se cubren los retablos el templo, lo cual es costumbre simbólica con que la Iglesia quiere manifestar su duelo, y se velan las cruces, en las cuales antiguamente no se hallaba grabada la imagen del Crucificado. Las imágenes y estatuas deben desaparecer de nuestra vista para que no nos distraigan del pensamiento de la Pasión de Cristo.”[5]

“En la liturgia, el recuerdo de este atentado es como el prólogo del drama sangriento. Entramos en una nueva etapa de la Cuaresma, entramos en el tiempo que se llama propiamente de Pasión. Una luz sombría se derrama sobre la escena; un triste presentimiento invade las almas, un ambiente de tragedia nos sobrecoge. La Iglesia sabe que los hombres buscan a su Esposo, que conspiran contra Él, que no acabarán hasta hacerle perecer. Llena de dolor, reúne a sus hijos para llorar con ellos el espantoso crimen de la ingratitud y prorrumpir en acentos de indignación contra los deicidas. David y los profetas ponen en su boca las exclamaciones más conmovedoras; se oyen imprecaciones terribles contra los verdugos, y de cuando en cuando se alza la voz del mismo Cristo, revelándonos las angustias mortales de su alma. La escena se cubre también de luto: en el altar, las imágenes de los santos quedan ocultas a nuestras miradas; se diría que renuncian a consolarnos en nuestro duelo. La misma cruz desaparece bajo un velo oscuro. Antes ella nos sostenía, hablándonos de luz, de fuerza, de amor; y he aquí que ahora se aparta, por decirlo así, de nosotros para hacer más viva nuestra esperanza y más sincera nuestra contrición. Porque no es una compasión estéril lo que se nos pide; las lágrimas son inútiles, las mismas oraciones sirven de poco cuando no las acompaña una conmoción profunda del corazón. Las terribles escenas que durante estos días van a pasar delante de nuestros ojos deben ser enseñanzas vivas para nuestras inteligencias, llamaradas de fuego para nuestras almas. “No lloréis por Mí -nos dice el Redentor en medio del desamparo-, llorad por vosotros y por vuestros hijos.” En esta hora de la justicia inexorable contra el pecado, debemos recordar que no son Judas, ni Pilatos, ni el odio de los fariseos, ni la cobardía de los discípulos el objeto de nuestras cóleras, sino esa serpiente de mil cabezas que se enrosca en nuestros corazones, y envenena nuestra vida, y pone sombras en nuestro camino, y hace correr ríos de sangre por el rostro de nuestro divino Salvador.”[6]

Normativa actual

“La costumbre de cubrir las cruces y las imágenes de las iglesia puede conservarse, a juicio de la Conferencia episcopal. Las cruces permanecen cubiertas hasta después de la celebración de la Pasión del Señor, el Viernes Santo, y las imágenes hasta el comienzo de la Vigilia pascual.”[7]

“Antes de la primeras Vísperas de la dominica de Pasión, deben cubrirse con velo morado las cruces e imágenes; y continuarán así cubiertas: las cruces, hasta que en la función del Viernes Santo el Preste haya descubierto la cruz del altar; y las imágenes, hasta el gloria in excelsis del sábado siguiente. Acerca de estas rubricas debe notarse:
Se han de cubrir: a) antes de las primeras Vísperas de la dominica de Pasión, aunque éstas sean de una fiesta, no en el mismo domingo; b) todas las cruces que hay en los altares y sirven para la celebración de la Misa, como también las que fuera de los altares están en la iglesia para el culto y veneración, v. gr., a la entrada del Coro, las que se llevan en procesión; pero no hay obligación de cubrir las del Vía Crucis, las esculpidas en las paredes en testimonio de la dedicación, para ornamento o por otro motivo que no sea el del culto o veneración, ni la pequeña en que remata el sagrario, a no ser que supla a la del Sacrificio; c) las imágenes de los Santos que para el culto están expuestas en los altares, no las que sin ese objeto se hallan fuera de ellos, ni las pintadas para decoración en las paredes de la iglesia; e) con velo morado no trasparente, que cubra toda la cruz e imagen e impida verlas al trasluz; en él no pude haber figuras e imágenes, ni aun las de Pasión; f) hasta el Viernes o el Sábado Santo (ut supra), sin que puedan descubrirse antes por ninguna causa, v. gr., por ocurrir en tal tiempo la fiesta titular o la del Patrón, ni la imagen del Crucifijo con ocasión de Ejercicios espirituales.
Con todo, se tolera llevar las imágenes descubiertas en las procesiones que se hagan durante este tiempo, y exponer en la iglesia y llevar en procesión la Virgen Dolorosa con su Hijo muerto en los brazos el Jueves Santo por la noche y el Viernes siguiente, y aun (en virtud de antigua costumbre) que en el altar pueda estar descubierta la misma Madre Dolorosa el viernes de Dolores.
La Sagrada Congregación urge que se cumplan estas leyes según el uso aprobado de la Iglesia y que se eliminen como abusos y corruptelas las costumbres contrarias.”[8]

 

8 de abril de 2014

A.M.D.G.

 

 

[1] En la forma ordinaria del Rito Romano es el Domingo V de Cuaresma.

[2] Luis Eisenhofer, Compendio de litúrgica católica, Ed. Heder, Barcelona, 1947, nº 132, p 110.

[3] I. Gomá y Tomás, El valor educativo de liturgia católica, Editor Rafael Casulleras, Barcelona, 1940, parte 2ª, c. VII, punto II, apartado A), nº 6, p. 511.

[4] J. Pérez de Urbel y E. Díez, Misal con devocionario y ritual, Ed. Científico M.E, Madrid-Barcelona, 1943, El tiempo de pasión, p. 578.

[5] P. Parsch. El año litúrgico, Ed. Herder-Ed. Litúrgica Española, Barcelona, 1957, Tiempo de pasión, p. 255.

[6] J. Pérez de Urbel, Año cristiano, Tomo V, Ed. Fax, Madrid, 1951, Domingo de Pasión, p. 129.

[7] Misal Romano, Coeditores Litúrgicos, 2001, sábado de la IV Semana de Cuaresma, p. 224.

[8] G. Martínez de Antoñana, Manual de Liturgia Sagrada, Ed. Coculsa, Madrid, 1943, Trat. IV, Sec. 2ª, c. III, Art. 1º, nº 726, pp.986 y 987.