La opción de Monod por una ciencia antihumanista.

Guerra-Campos.5Aunque las pretensiones cientistas, como dije antes, son muy arcaicas y cualquier científico contemporáneo se avergonzaría de tomarlas en serio, tenemos un caso recentísimo que refleja bien todo el dramatismo y la vaciedad de ciertos planteamientos ateístas, hechos desde la ciencia. Me estoy refiriendo a Jacques Manad, Premio Nobel en Biología, que acaba de fallecer este mismo año, y que publicó en 1970 un libro titulado «El azar y la necesidad»[1]. Ya el título, como confiesa el autor en una entradilla, está tomado de Demócrito, autor varios siglos anterior a N. S. Jesucristo, el cual en otro contexto decía: «Todo lo que hay en el universo es fruto del azar y de la necesidad». Pero Monod se muestra como un epígono, un sobreviviente del positivismo del siglo XIX. Aprovechando su especialización en Biología -que es de lo que entiende-, reconoce que lo característico del hombre y aun de otros vivientes inferiores es la que él llama «actividad proyectiva», finalista, «intencionada», orientada a fines. Sin embargo, se aferra a que las ciencias tienen como postulado la «objetividad», es decir, la exclusión de todo lo subjetivo, la exclusión de las causas finales. Propone, pues, que se tome como único criterio de interpretación de la vida y del universo el de la objetividad, eliminando el criterio subjetivo de la finalidad o la proyectividad. Confiesa, naturalmente, que ese postulado es indemostrable: es una «opción», una especie de decisión arbitraria para romper la tensión entre las dos direcciones del pensamiento, unificándolas. Postula que la interpretación mecanicista de la evolución universal sea considerada como el único valor. ¿Y los demás valores?: hay que elegir, renunciemos a ellos. Todo el universo quedaría reducido a una serie indefinida de asociaciones de elementos por azar, que luego se fijan y se reproducen por necesidad o inercia.

¿Y la visión finalista del universo, que es propia del hombre y parece darse en otros vivientes? Habría que catalogarla como una ilusión subjetiva del hombre. Pero Manad comprende -cosa que no comprendían los monistas del siglo XIX-que la subjetividad es algo real; y reconoce que es incapaz de traducir ese modo de realidad en términos de biología mecánica. A pesar de todo, se decide por descartarla, estimando que tal es la opción que se impone si queremos entronizar como valor supremo el de la ciencia objetiva. Así que su libro, dando un salto verdaderamente mortal desde esa opción -que después de todo es una decisión convencional y consciente de sus límites-termina en un enorme aserto dogmático, que deja al desnudo el contenido de esta clase de ateísmo, es decir, su pavorosa vacuidad. Va a parar a un humanismo nihilista. La última frase del libro es exactamente la siguiente: «El hombre sabe al fin que él está solo en la inmensidad indiferente del universo, de donde ha brotado por azar. Ni su destino ni su deber están escritos en parte alguna».[2] Afirmación, esta última, que nos trae resonancias de otras proclamaciones contemporáneas del absurdo, de inspiración existencialista.

Estas son, a mi parecer, las formas más caracterizadas del ateísmo de negación, sus planteamientos y sus razones.

Ateísmo-Hoy
José Guerra Campos
Obispo de Cuenca
Fe Católica-Ediciones, Madrid, 1978

[1] J. Monod, Le hasard et la nécessité, Ed. du Seuil, Paris, 1970 (ed. esp.: Barral, Barcelona, 1973)

[2] «L’hornrne sait enfin qu’il est seul dans l’irnmensité indifférente de l’Univers d’ou il a érnergé par hasard. Non plus que son destin, son devoir n’est écrit nulle part» (Ob. cit., p. 195).