cura de arsObra Cultural

Cosas de curas

Monseñor Pablo Hnilica, jesuita y obispo, exiliado de su patria, Checoslovaquia, en el 25 aniversario de su ordenación sacerdotal ha recordado este emocionante hecho de su vida:

El 13 de abril de 1950, a medianoche, la policía nos despertó a tres jesuitas, estudiantes de teología, y nos deportaron a un campo de concentración. Sinceramente, en aquel momento tuve miedo, más que de la tortura o de la muerte, de no poder llegar a ser sacerdote. Estaba lleno de angustia, pues el ideal del sacerdocio había sido siempre el mayor, el único ideal de mi vida. Este don debo agradecerlo, después de Dios, a mi madre, que siempre había orado para tener un hijo su Sacerdote, y desde, mi nacimiento -yo fui el primero de ocho hijos- me ofreció al Señor con esta intención.

Durante la guerra, bajo los bombardeos, luchaba siempre con el Señor: «Déjame vivir, permíteme celebrar al menos una Misa. Después puedo morir». Al ser preso perdí toda esperanza. Para librarme de esta angustia abrí la Biblia que había logrado esconder en el bolsillo: ¿No era necesario que el Cristo soportase estos sufrimientos para entrar en su gloria?» (Lc 24, 26) Era la respuesta del cielo. Por primera vez dije: «Señor, si es tu voluntad, estoy pronto a morir sin ser sacerdote».

Salí del campo de concentración. Imposible entrar en el único seminario abierto. Dentro de la suela de mis zapatos, amarillenta y mojada, llevaba una carta de recomendación de mis superiores para ser ordenado de sacerdote, pero todos los obispos estaban presos o bajo estrecha vigilancia. Al llegar a cierta ciudad recordé el nombre de una religiosa, hermana de un amigo, que trabajaba en el hospital. Fui; providencialmente conseguí verla. «Veré si puedo hablar con el obispo» Precisamente poco después debía llegar al hospital, y me ordenaría aquella misma tarde. Cuando llegó «acompañado» hubo que conseguir estuviese solo en un cuarto; Allí mismo, en menos de una hora, ante varias religiosas, tuvieron lugar todas las ceremonias de mi ordenación sacerdotal.

A los pocos meses logré dar con el paradero de mi P. Provincial, el único que se había salvado de ser detenido por estar enfermo en un hospital. «El Señor le ha enviado, porque le estaba buscando y no sabía dónde encontrarle. Tome el tren que sale dentro de media hora. Allí, donde le diga, será consagrado obispo». Intenté resistir, pero me cortó: «Mañana será obispo y no tendrá que obedecerme, pero hoy sí, y se lo ordeno en virtud de santa obediencia».

En el viaje iba descompuesto. Rogaba al Señor que me hiciera morir antes de llegar a mi destino. No tenía miedo de la policía, sino de Ia grave responsabilidad de ser obispo. Me sentía demasiado joven e inexperto; sin posibilidad de tener consejeros en tantos casos difíciles como se me habrían de presentar. Nada más llegar fui consagrado obispo en una cantina, a la luz de sólo dos velas. Al comenzar el introito de la Misa: «Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en la tierra, en el cielo y en los infiernos» -es decir, también los demonios-, me desapareció el miedo. Pensé: «¿Por qué tienes miedo? No eres más que un instrumento. Es Cristo quien dirige la lucha; Él vencerá a las potestades de las tinieblas. Sé solamente un instrumento humilde y sencillo en sus manos. Él se servirá de ti, y no debes temer nada». «¿Quieres ser desde hoy un padre, un apoyo para los pobres, los abandonados, los peregrinos? ¿Quieres ayudarles?» -«Sí, quiero».

Mi principal oficio de obispo clandestino fue preparar y ordenar nuevos sacerdotes. Las ordenaciones sacerdotales son, sin duda, lo más emocionante para un obispo, porque en ellas participa del poder más elevado y sagrado de Cristo: transmitir el sacerdocio de Cristo a otros; lo que le hace partícipe de todos los actos sacerdotales de sus hijos. Me temblaban las manos cuando ordenaba, no en una catedral toda iluminada, sino en los bosques, en casas abandonadas, en hospitales. Cuando luego he tenido ordenaciones en Occidente, en catedrales profusamente iluminadas y adornadas, nunca he tenido la misma emoción. Los candidatos venían de las minas, o eran ex seminaristas condenados a trabajos forzados, que aprovechaban una ocasión para eludir el control y recibir la ordenación. Muchos obreros me decían: «La Iglesia tiene necesidad de sacerdotes, y los sacerdotes están presos. Queremos ocupar su puesto, ¿qué tenemos que hacer?» A veces me sentía perplejo porque hombres casados venían a decirme: «Me he puesto de acuerdo con mi mujer para renunciar al uso del matrimonio, y ser sacerdote tomando el puesto de los que están en prisión. ¿Qué he de hacer?»

«Todo esto no ha sucedido únicamente hace 25 años. También hoy -termina monseñor Hnilica- en la Iglesia de las Catacumbas las vocaciones no faltan, y se sigue viviendo así. No lo olviden ustedes».

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He aquí otra historia que en los pasados meses de abril y mayo conmovió a Italia entera, pues la refirieron periódicos, revistas, emisoras de radio, y hasta la televisión nacional que presentó el semblante de su protagonista con la expresión de un sufrimiento desgarrador, heroicamente dominado por la fuerza de un ideal divino. Este joven se llamaba César Bisognin y vivía en Turín.

Su historia es la siguiente: Desde muy niño se había sentido llamado por Dios al sacerdocio. Y era tan generosa su respuesta a esta sublime vocación, que, mientras no podía iniciar sus estudios eclesiásticos por ser su padre un modesto tipógrafo, solía decirse con persuasión absoluta: «Algún día celebraré la Misa, algún día perdonaré los pecados…» ¡No sabía César que ese día le llegaría empujado por la muerte! En septiembre de 1974, los médicos le diagnosticaron una enfermedad mortal: cáncer óseo, que le dejaría pocos años de vida. «Si bastan para que yo llegue a ser sacerdote, no necesito más», pensó el muchacho que entonces tenía 17 años. Y arregló apresuradamente los trámites que le exigieron para matricularse en la Facultad de Teología. Parecía un viajero que se lanza desde el andén al tren ya en marcha, más deseoso de efectuar el viaje que de guardar la vida sin peligro. Avanzaban los meses, exigiéndole constante esfuerzo en los serios estudios sacerdotales, y avanzaba el cáncer royéndole el esqueleto. La primera Misa…, o la muerte, ¿quién de las dos llegaría la primera? ¡Aquello sí que era una carrera contra reloj, y… a tumba abierta! Cuando ya llevaba superado curso y medio, y se acortaban las distancias para el anhelado día del sacerdocio, la muerte pegó un arrancón, se lanzó a correr en solitario y lanzaba los anuncios de su victoria definitiva: dolores terribles por todos los huesos, falta de fuerzas, hastío por el estudio, angustia interior… Pero César no era hombre para darse por vencido. Comprendió que le era urgentísimo quemar etapas, si no queda ver fracasado el ideal de su vida. Y acudió a su párroco, don Pino Cravero, rector de la iglesia de San Pedro y San Pablo: «No me vencen los dolores del cáncer, no me espanta morir… Lo único que anhelo es llegar a ser sacerdote… Pero me queda muy poco tiempo…»

El sacerdote vibró al unísono con los sentimientos eje su querido César, y los expuso al arzobispo de Turín, cardenal Pellegrino, que hizo lo mismo y los transmitió al Papa. Pablo VI se sintió profundamente conmovido al conocer esta historia, y concedió que joven tan bueno y tan valiente pudiera ser ordenado de sacerdote a los 19 años y sin haber acabado los estudios de Teología. Además le regaló un Santo Cristo bendecido por él y un ejemplar del Nuevo Testamento con su dedicatoria y firma. Ordenado de sacerdote el pasado 4 de abril, Domingo quinto de Cuaresma, celebró casi todas sus Misas de los días siguientes en la cama del hospital de Le Molinette. Pronto su espíritu gigante sucumbió a los embates de la terrible enfermedad; se le agotaron, las fuerzas; ya no pudo seguir celebrando la Misa ni siquiera en la cama; los médicos le desahuciaron y los familiares le volvieron al hogar paterno. Pero… ¡la primera Misa había sacado a la muerte 25 días de ventaja! La capilla ardiente fue instalada en la iglesia de San Pedro y San Pablo, de Turín. Millares de personas desfilaron ante el cadáver, en una auténtica peregrinación de intensa piedad religiosa. El cardenal Pellegrino, en la homilía de la Misa exequial, declaró: «Me consuela haber podido, por la bondad del Padre Santo, satisfacer el deseo que ardía en su corazón: ser sacerdote. Sólo Dios conoce los frutos misteriosos que estos 25 días de ministerio sacerdotal han producido por el ejemplo, por la entrega de sí mismo en un sacrificio inspirado por la fe y vivido en el amor».

«MADRE MÍA INMACULADA, LA SIEMPRE AMIGA DE JESÚS, ENSÉÑAME A SERLO YO DE. VERDAD Y EN TODO», decía el santo don Manuel González. La amistad con Jesús se logra, también rezando cada mañana y cada noche las TRES AVEMARÍAS a la Santísima Virgen. No nos olvidemos.