Y si llamáis Padre a quien, sin acepción de personas, juzga a cada cual según sus obras, conducíos con temor durante el tiempo de vuestro destierro, sabiendo que habéis sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo, (1 Epístola de San Pedro 1, 17-19)
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Sino que, después de haber padecido sufrimientos e injurias en Filipos, como sabéis, confiados en nuestro Dios, tuvimos la valentía de predicaros el Evangelio de Dios entre frecuentes luchas. Nuestra exhortación no procede del error, ni de la impureza ni con engaño, sino que así como hemos sido juzgados aptos por Dios para confiarnos el Evangelio, así lo predicamos, no buscando agradar a los hombres, sino a Dios que examina nuestros corazones. (1 Epístola a los Tesalonicenses 2, 2-4)
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Entonces Pedro tomó la palabra y dijo: “Verdaderamente comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en cualquier nación el que le teme y practica la justicia le es grato. El ha enviado su Palabra a los hijos de Israel, anunciándoles la Buena Nueva de la paz por medio de Jesucristo que es el Señor de todos. Vosotros sabéis lo sucedido en toda Judea, comenzando por Galilea, después que Juan predicó el bautismo; cómo Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con poder, y cómo él pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con él”. (Hechos de los Apóstoles 10, 34-38)
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Desde allí buscarás a Yahveh tú Dios; y le encontrarás si le buscas con todo tu corazón y con toda tu alma. (Deuteronomio 4, 29)
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Yo le quitaré su alborozo de ciudad bien poblada y en duelo se trocará su orgullo. Fuego vendrá sobre ella de parte del Eterno por largos días, y será morada de demonios durante mucho tiempo. Mira hacia Oriente, Jerusalén, y ve la alegría que te viene de Dios. (Baruc 4, 34-36)
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Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión ni la incircuncisión tienen valor, sino solamente la fe que actúa por la caridad. (Epístola a los Gálatas 5, 6)
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Pues esos tales no sirven a nuestro Señor Jesucristo, sino a su propio vientre, y, por medio de suaves palabras y lisonjas, seducen los corazones de los sencillos. (Epístola a los Romanos 16, 18)
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Sabiduría y temor de Dios
Toda sabiduría viene del Señor, y con él está por siempre. La arena de los mares, las gotas de la lluvia, los días de la eternidad, ¿quién los puede contar? La altura del cielo, la anchura de la tierra, la profundidad del abismo, ¿quién los alcanzará? Antes de todo estaba creada la Sabiduría, la inteligente prudencia desde la eternidad. La raíz de la sabiduría ¿a quién fue revelada?, sus recursos, ¿quién los conoció? Sólo uno hay sabio, en extremo temible, el que en su trono está sentado. El Señor mismo la creó, la vio y la contó y la derramó sobre todas sus obras, en toda carne conforme a su largueza, y se la dispensó a los que le aman. Gloria es y orgullo el temor del Señor, contento y corona de júbilo. El temor del Señor recrea el corazón, da contento y regocijo y largos días. Para el que teme al Señor, todo irá bien al fin, en el día de su muerte se le bendecirá. Principio de la sabiduría es temer al Señor, fue creada en el seno materno juntamente con los fieles. Entre los hombres puso su nido, fundación eterna, y con su linaje se mantendrá fielmente. Plenitud de la sabiduría es temer al Señor, ella les embriaga de sus frutos. Toda su casa colma de cosas deseables, y de sus productos sus graneros. Corona de la sabiduría el temor del Señor, ella hace florecer paz y buena salud. (El la vio y la contó), ciencia y conocimiento inteligente hizo llover, y la gloria de los que la poseen exaltó. Raíz de la sabiduría es temer al Señor, sus ramas, los largos días. (Eclesiástico 1, 1-20)
